ARQUITECTURA DEL ORGASMO – Anais Nin y el «Coleccionista» / por Guadalupe Ángeles

ARQUITECTURA DEL ORGASMO – Anaïs Nin y «El Coleccionista»

por Guadalupe Ángeles

 

 

ARQUITECTURA DEL ORGASMO – El universo de Anaïs Nin – Programa emitido por 33 FM Stereo, la «Radio que enamora» el jueves 11 de abril. 

Versión completa del programa para oír o descargar

Con toda razón, Guadalupe Ángeles afirma que “en torno a la vida de Anaïs Nin se ha forjado un gran mito”. Curiosamente, ni quince mil páginas de su diario, buena parte de las cuales fueron publicadas por vez primera hace treinta y seis años, han bastado para que el grueso del público deje de pensar en Anaïs como la “protectora del arte y los artistas”, la mecenas de Henry Miller (cosas que efectivamente fue), y a cambio la vea como una voz literaria poderosa y autónoma tanto en lo que tenía por decir como en la forma de decirlo. Esta breve semblanza aporta datos y puntos de vista útiles para revisar un concepto que no por erróneo ha sido menos persistente.

 

MARIANNE – Textos narrados de Anaïs Nin

Cuando quedas atrapado en la destrucción, debes abrir una puerta a la creación.
Sólo me importa mi propio juicio. Soy lo que soy.
Anaïs Nin
Anaïs Nin dejó instrucciones precisas a Rupert Pole (su último esposo y albacea literario), de no publicar los famosos Diarios en su totalidad sino hasta la muerte de Hugh Guiler, por discreción, puesto que éste fue su esposo, compañero inseparable y protector durante las décadas de los veinte y los treinta en París, época en la cual desarrolló parte fundamental de su trabajo literario.
Cuenta la leyenda que la aventura de los Diarios se inició en el vapor Montserrat, en un largo viaje Barcelona-Nueva York, cuando Anaïs sólo tenía once años. En ese año de 1914 su padre, el compositor español Joaquín J. Nin y Castellanos abandonó a su mujer Rosa Culmell, quien con sus tres hijos decidió cruzar el Atlántico mientras su pequeña hija escribía una carta para contar a su padre los detalles del viaje, con la esperanza de que la separación fuese momentánea. Sin embargo, Anaïs volvió a ver a su padre hasta el verano de 1933. Aquí empieza la redacción de esas quince mil páginas, publicadas parcialmente en 1966. Un hecho feliz para la difusión de esta obra fue que en 1988 Emecé publicó completo el diario de 1931 a octubre de 1932, bajo el título Henry Miller, su mujer y yo; en mayo de 1996 apareció Incesto. Diario no expurgado 1932-1934; naturalmente, para estas fechas Hugh Guiler y casi todos los protagonistas de este documento habían muerto.
En torno a la vida de Anaïs se ha forjado un gran mito, el de la «protectora del arte y los artistas», principalmente a partir de que conoce a Henry Miller, ya que ejerció para él una especie de mecenazgo, sin menoscabo del afecto que ambos se procuraban, pues su relación siempre estuvo llena de matices que fueron desde el aprecio sincero de la valía del trabajo literario de uno y otra (pues llegaron incluso a colaborar a nivel creativo con gran seriedad); hasta el compartir su vida sexual, la camaradería y una amistad profunda que los unió durante muchos años.

 

Cuando sus propios medios econ
ómicos fueron insuficientes para apoyar a los jóvenes escritores (que se le acercaban por el mito de su protección incondicional), quiso la casualidad que apareciera milagrosamente un coleccionista de libros solicitándole a Henry Miller que escribiera para él cuentos eróticos; Miller empezó a hacerlo por diversión, pero luego, todos los amigos necesitados se reunían y contaban historias verdaderas o falsas y fabricaban con ellas el material requerido por el mecenas, quien pagaría generosamente, a dólar la página, precio mejor que el inicial, pues al hacer la propuesta a Henry Miller habló de estar dispuesto a recibir material por la suma de cien dólares mensuales. Todo el grupo participó en la medida de las posibilidades de su imaginación; sin embargo, y a pesar de haber trabajado muy duramente en este proyecto, Anaïs Nin lamentaba que el coleccionista insistiera en pedirles «menos análisis, menos filosofía, menos poesía» en los cuentos que le hacían llegar; ella hubiera deseado que el inesperado mecenas comprara toda su obra sin distinción de temas, pero éste deseaba una mayor descripción de hechos propiamente físicos. En las páginas de su diario, Anaïs expresa su descontento al reflexionar que la enunciación de relatos estrictamente descriptivos, en lugar de aumentar el placer (estético, se entiende) lo disminuía. Muchas veces, ahogada por las exigencias prácticas de la vida, se puso en contacto con el coleccionista para resolver problemas económicos al parecer interminables. Habían llegado al límite, hastiados de lo que les era solicitado y rayaba ya en la pornografía; les parecía empobrecedor seguir con ese trabajo, que les exigía despojar de su magia al hecho erótico; al parecer, el contratante ignoraba la sutileza de esa magia, quizá incluso ignorara su propia existencia; ellos, los narradores a su servicio, poco a poco sienten que se van alejando del disfrute de una visión sana del erotismo y deciden enviarle
 una carta, fechada en diciembre de 1941; he aquí un fragmento:
Querido coleccionista:
Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida. Usted nos ha enseñado mejor que nadie lo erróneo que es no combinarla con la emoción, la sed, el deseo, la lujuria, los antojos, los caprichos, los lazos personales, las relaciones más profundas, que cambian su color, su sabor, sus ritmos y sus intensidades.
No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que l
a enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo. Es todo esto lo que da a la sexualidad sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisiacos. Usted reduce el mundo de sus sensaciones. Lo está marchitando, lo hace pasar sed, lo deja sin sangre… No hay dos pieles que tengan la misma textura, nunca hay la misma luz, ni la misma temperatura ni las mismas sombras, ni tampoco el mismo gesto; porque el amante, cuando está encendido por un verdadero amor, puede recorrer la interminable historia de tantos siglos de cuentos de amor. Una enorme gama, enormes cambios de época, variaciones de madurez e inocencia, perversidad y arte, animales graciosos y naturales.

 

GUADALUPE ÁNGELES

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