El Tango : Un erotismo que se baila / Rosario Salazar – Gocho Versolari en Arquitectura del orgasmo

¿Qué tendrá que ver con lo sagrado, se preguntarán algunos, toda esa alta pulsión erótica que late en el tango? Se lo preguntarán como si no supieran —no, no lo saben— que el erotismo, o confina con lo profundo y sagrado, o es de una pasmosa trivialidad gimnástica.

Javier R. Portella

(El desarrollo radiofónico de este artículo lo realizarán Rosario Salazar y Gocho Versolari el próximo jueves 14 de febrero por 33hfstereodigital en el horario de 18:00 a 20:00 hora de México. )

 

Entre fines del siglo XIX y principios del XX, se produce una ola inmigratoria desde el interior de Argentina hasta Buenos Aires. Cantidad de familias formadas en valores rurales, acceden a la ciudad donde las crecientes manufacturas e incipientes industrias enmarcaban modos de vida y valores típicamente urbanos.
El tango llega con ellos. Danza de orígenes africanos, una de las etimologías del nombre que fue aplicado en el ámbito rioplatense, proviene precisamente del latín: Tanguere, Tocar.
Acompañando a aquellos que llegan del interior del país a los suburbios de Buenos Aires, se encuentra por un lado el desarraigo y por el otro el prostíbulo, lugar en que los recién llegados no sólo buscaban satisfacer el deseo sexual, sino la carencia de afecto; el paso de una sociedad de vínculos primarios a otra en la que sus individualidades se desvanecían.
Los prostíbulos rioplatenses, ubicados en Buenos Aires y Montevideo, solían tener dos pisos. En el inferior las parejas bailaban el tango: esa música sumamente sensual, sin letra, que a diferencia de los bailes de salón como la pavana, la polca  o el minué, unía los cuerpos y los preparaba para el encuentro que se concretaría en el piso superior. Desde sus inicios, la danza fue anatematizada desde los púlpitos por los sacerdotes. Se condenaba un baile en que la pareja estuviera abrazada, un baile desde sus inicios pecaminoso.
A estos prostíbulos solían ir los hijos de las familias acomodadas, propietarias de latifundios. “Debutaban” en los templos del amor, conducidos por un tío o un pariente soltero y experto en esas lides. Esos mismos niños ricos serían luego profesionales de cierto renombre. En el recuerdo de esa música sensual, del tango, muchos de ellos la harían conocer en Europa haciendo que de ese modo la danza rompa el cerco local y se convierta en universal.
LA CONCHA DE LA LORA
La misma es una expresión muy grosera y a la vez muy frecuente en Argentina. Concha, ya lo vimos en “Monólogos ela vagina” es uno de los nombres que en el Río de la Plata se utiliza para denominar el órgano sexual femenino. A su vez lora tiene dos significados: entre la inmigración europea que recibiera Argentina desde 1880, había muchos italianos que llamaban “lora” no precisamente a la esposa del loro, sino a la mujer “orillera”. La misma se alojaba en las orillas del Río de la Plata. Era considerada una mujer libre, la “mina” del tango. No era una prostituta, sino una mujer que solía vivir sola (Gran escándalo) que a veces convivía sin necesidad de casarse y que frecuentaba la milonga, es decir el lugar donde se bailaba el tango. Naturalmente si bien no pertenecía a las trabajadoras del amor, para la “gente bien” era considerada una ramera por la liberalidad de las costumbres. Estrictamente en términos coloquiales del italiano rioplatense “lora” denominaba a una mujer extranjera.
Dice la leyenda que a un prostíbulo de Montevideo llegó una lora muy hermosa y empezó a trabajar en el mismo. Aseguran que su fama en las artes del amor llegó tan lejos que por su “concha” habrían pasado presidentes, obispos y militares de alto rango. Ya en su vejez fue la madama del burdel y su presencia legendaria habría inspirado la expresión.
De este modo, haciendo eco de este mito erótico, Manuel Campoamor, escribe en 1901 el tango “La concha de la lora”, pero la expresión es prohibida por la censura de la época, de allí que entonces se lo cambiara por “La cara de la luna”
Compuesto en 1901, cuando el tango era bailado en prostíbulos y locales nocturnos su título original era otro: “La concha de la lora”. Un título que ahora nos hace reír y que seguramente hizo también reír a la clientela de aquellos turbios lugares constituida principalmente por personajes marginales, marinos, soldados y algunos burgueses que, como el mismo Campoamor, se aventuraban en los barrios bajos de Buenos Aires. Sin metáfora alguna, “La concha de la lora” retrata la realidad social de la que la música y el baile de tango formaban parte y por la cual también se lo consideraba algo prohibido. Abrazados, el matón y la prostituta eran artistas, poetas del cuerpo. Sublimando el mero deseo sexual, el tango lograba por breves instantes hacer de esos malvivientes seres sensibles con una creatividad desinteresada que sólo buscaba como recompensa el reconocimiento a los más hábiles. Así, de lo más oscuro del alma humana, de los instintos más bajos de poder y sexualidad, fue posible esta música y este baile dionisíaco que trasmutando “loras” en “lunas”, mezcló sin contradicción lo peor y lo mejor del ser humano.
De allí que cantidad de tangos tienen nombres vinculados con el erotismo, con la sexualidad en su forma más primaria. He aquí un listado de ellos:
“Tocámelo que me gusta” (Prudencio Muñoz)
“Metele bomba al Primus” (José Arturo Severino)
“Se te paró el motor” (Rómulo Pane)
“Dejalo morir adentro” (José Di Clemente)
“Tocalo que me gusta” (Alberto Mazzoni)
“La c…ara de la l…una” (Manuel Campoamor)
La danza erótica.
El tango es una de las tantas danzas eróticas que existen. Es decir el tango original. A partir de 1920, esta música se convierte en el tango canción, que abandona el sentido original de un fuerte erotismo y toca los temas nostálgicos y de desarraigo a los que estamos acostumbrados.
Toda cultura tiene danzas eróticas. Aquellas que hacen referencias a cortejos, en muchas de las cuales la sexualidad está unida a la cosmovisión. Es así lo que ocurre en Tailandia, donde muchas de sus danzas no se orientan tan sólo a la sexualidad vinculada a la procreación. Muchos temas apuntan a episodios de necrofilia y de otras parafilias exhumando el aspecto luminoso de las mismas.
Tango y danzas eróticas forman una literatura, casi una cosmovisión en la que no es necesario un desarrollo extenso. Forman parte de la voz del instinto. Poesías a veces sin letra, con un solo título, pero que conmueven
 

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.