PASIÓN, PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 9- 2 Muerte de Ignacia.

Se preparaban para escapar a la casa de la cuñada de Ignacia. La muchacha boliviana guardaba ropas en un bolso.
 – ¿Te pongo tres vestidos? ¿Te parece que estará bien…?
  – Me parece bien, Ignacia, pero antes de ir a la casa de tu cuñada, te pediría algo: quiero estar otra vez en la cantera, quiero ponerme y que te pongas una vez más el vestido vivo que está encerrado allí.
– ¡Ay, sí, Ximenita, yo también!
Las mujeres empacaron con rapidez, y salieron cada una con un bolso. Afuera el sol brillaba. Caminaron hacia la avenida de árboles.
 – Ignacia, te confieso que tengo un poco de miedo. Esto está demasiado solitario, a esta hora siempre hay movimiento.
 – No te preocupes, Ximenita, nos ponemos el vestido una vez más y ya…
 El silencio entre los árboles era total. Ximena tuvo un sobresalto al escuchar un ruido de motores a lo lejos.
 – ¿Ves? – comentó Ignacia – todo sigue igual, todo está bien; los carros corren por las carreteras, y nosotras vamos con tranquilidad a probarnos el vestido y después a la casa de mi cuñada. Ella es muy buena persona; también es viuda, vive sola, y tiene todo un departamento donde podremos vivir un tiempo. Tenés que conocer la casa: es una amante de las aves y todo está lleno de pájaros. Los tiene en libertad, en la planta alta, donde crece todo un bosque en plantas de interior para los pajaritos…
 – ¿Y en cuanto a lo nuestro?
– Yo me siento muy bien con vos, Ximenita. Quisiera que estemos juntos un tiempo, que veamos cómo nos llevamos conviviendo….
 Ignacia se detuvo: acababan de llegar al fin del paseo, donde empezaba la cantera abandonada: allí tres autos plateados, estacionados, apuntaban hacia ellas, parecían tres escarabajos grises y brillantes. Las puertas se abrieron y bajaron un grupo de hombres vestidos con uniformes verde claro; algunos de ellos llevaban metralletas en las manos y todos tenían en las pecheras de sus casacas, cubiertas de libros NOMBRES DE ESCRITORES
Ximena e Ignacia intentaron inútilmente correr por donde habían llegado, pero de entre los árboles surgieron otros dos hombres corpulentos. En el pecho de uno decía “El fantasma del alar” y en el del otro “La muerte del rey relajado” . Sin hablar, caminaron hacia Ximena e Ignacia, haciéndolas retroceder y dejándolas en el medio del círculo.
 – ¡Eduardo…!
 Vestido con el mismo Uniforme, y llevando en su pechera una cubierta que decía “¡Los perros! ¡Los perros!” y debajo de las letraslos dibujos de un par de mastines furiosos, surgió Eduardo. A Ximena le costó reconocerlo, ya que tenía la cara pintada de negro como camuflaje.
 – ¡Matar a la chica! – Ordenó alguien con voz potente. Dos hombres tomaron de los brazos a Ignacia y Eduardo se acercó a ella.
 – ¡No, a ella no! – gritó Ximena, tratando de correr, pero alguien la sujetó. Eduardo rompió su vestido dejando su pecho al descubierto; sacó algo de su uniforme y su mano se movió rápidamente cerca del cuello de Ignacia; la cabeza de la chica cayó hacia adelante, y Ximena pensó en un principio que había vomitado. Tardó unos segundos en advertir que le habían cortado la yugular con un solo tajo y que su sangre caía empapando la tierra.
 – ¡Noooo…!
Con la fuerza de sus músculos de estibador se soltó de los brazos de quienes la sostenían y corrió hacia allí, pero sintió un fuerte golpe detrás de la oreja y se desmayó.

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GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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