PASIÓN, PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 9 – 1- Proyectos

 Todos se precipitaron sobre el cuerpo. Era grande y colorado. Esta no es Ximena dijo la voz masculina desde el enorme panel en que el corazón seguía detenido. Este no es Ximena dijeron los demás y la voz atravesó los circuitos del electrocardiógrafo que trasmitía una línea recta y sibilante. Todos volvieron a inclinarse sobre el cuerpo de un hombre, vestido con el uniforme del Ejército Literario Macho’s. Este es nuestro amigo, el miliciano literario Rosto. En ese momento el hombre tosió; todos se inclinaron sobre él y levantaron sus brazos procurando darle respiración artificial. Los asesores médicos corrieron. Rosto, Rosto, despierta decían a coro, mientras el hombre casi ahogado, tosía. El médico apartó a todos y con varios movimientos rituales, casi mágicos, apretó su pecho haciéndolo despedir por la boca lo que quedaba de agua en sus pulmones. Afuera la noche estaba huérfana de Ximena. Ximena con su ausencia era la gran presencia que animaba a todos.
 ¿Qué te pasó Rosto?
 ¡Ese puto…!
 ¿Qué puto? ¿Ximena?
 Ese puto. Me dio una trompada y me tiró a la laguna…
Al escuchar aquello, todos los soldados se lanzaron a la vieja cantera, a revisar hasta abajo de las pequeñas piedras, mientras se escuchaba la orden tonante a través de un megáfono.
 – ¡Maten a Ximena donde la encuentren…!
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 La cafetera humeaba en la cocina de Ximena. Ignacia, que vestía una robe abierta adelante, se acercó y apagó el fuego.
 – …entonces él admitió haber sido el de los atentados.
 – ¿Te das cuenta, Ignacia? Una confía en una persona, le abre las puertas de su casa, se entrega a él y mirá con lo que se encuentra… Te confieso que cuando era adolescente me gustaba disfrazarme de mujer, salir a la calle y seducir a jovencitos. Cierta vez lo hice con un grupo; al principio pensaron que era una mujer, pero cuando advirtieron que no, me dieron una paliza mortal. Y no fue el dolor físico, Ignacia, sino la humillación, como la que siento ahora; que reaccionen con indiferencia o con violencia por lo que una es, por aquello que no se decide sino que te elige.
Ignacia sirvió el café y alcanzó a Ximena un plato con roscas.
– Si sabés que él fue el del atentado de la bomba y el perrito habría que avisar a la policía.
 – Ignacia, intuyo que la policía está detrás de todo esto, que es una confabulación de muchos contra mí, como aquel grupito de jóvenes que se puso de acuerdo para darme una paliza. Mientras me golpeaban repetían: ¡Esto para que te hagas hombre… Ahora es algo parecido, me aterrorizan, me castigan para que me haga hombre.
 – No quiero pensar lo que te hubieran hecho si subías a ese coche.
 – Sería otro Martín Miguel, otro desaparecido, sólo que nadie se preocuparía ni haría manifestaciones por ello.
 Tomaron el café en silencio mientras miraban la televisión.
 – Mirá, Ignacia, allí está el muchacho que me reporteó. el me aseguró que en una hora estaría en las pantallas, pero ya ha pasado más de una hora y nada.
 – No seas impaciente. Ya ves que están pasando imágenes y hablando de eso.
– Aquí se está preparando el gran acto multitudinario a pesar de las advertencias gubernamentales… – anunció el locutor
 Varios jóvenes agitaban fotos gigantescas del llamado Martín Miguel.
 – Ahora proyectaremos algunos testimonios…
 – Prestá atención, Ignacia.
 La cámara tomó el primer plano de una joven muy delgada, con los ojos saltones.
 – Queremos libertad de lectura – dijo – Queremos leer lo que nos venga en gana. No importan si dicen que es lectura fácil, lectura para mujeres. La juventud no quiere complicaciones. Encuentra el placer en lo sencillo… ¿Es eso tan difícil de entender?
 La escena se cortó de pronto y apareció la cara de Ximena en primer plano.
 – ¿Por qué está aquí, señorita?
– Vengo aquí para reivindicar el derecho humano básico del ciudadano Martín Miguel raptado por una organización desconocida. El es la única víctima de la violencia, pero mientras haya una sola víctima esta será la misma humanidad.
 Mientras veía la escena, Ximena se levantó y caminó hacia la pared. Ignacia también se incorporó y se puso junto a ella como protegiéndola.
– Debo decir que lo conocí a Martín Miguel; fui su amante; todas las tardes me tenía con los nervios rotos, pero yo le pasaba la mano por la frente, lo miraba, o le sonreía y le hablaba bajito y le pellizcaba una oreja; cuando le dolía la cabeza le decía: bien hecho que duela la cabecita, amor, y él la besaba. ¿Quería dormir un ratito, le cerraba la cortina, corazón? Sí, se ponía de pie, un ratito, se tumbaba en la cama y las sombras trajinaban a su alrededor, buscándose.
 – Como ustedes verán – interrumpió el locutor – tenemos aquí otro testimonio sobre la única víctima hasta ahora de esta repudiada organización…
 – ¡ Martín Miguel….! ¡ Martín Miguel…! – interrumpió detrás un grupo de manifestantes, que llevaban en astas, como banderas, retratos del desaparecido.
 – No entiendo lo que pasa…
 Ximena se echó a llorar violentamente. Ignacia la tomó de un brazo, la condujo al baño y la obligó a mojarse la cara y a beber agua.
 – No te descontroles, Ximenita…
 – Pero… ¿qué vamos a hacer?
 – Yo sé lo que vamos a hacer, mira: mi cuñada tiene una piecita en el fondo. Podemos vivir en ella hasta que pase todo.
 – ¿Y a vos te parece que alguna vez pasará todo?
 – Dese ya, Ximenita,todo tiene que pasar; todo; entendeme, todo. Las cosas son así, me decía mi pai en Brasil, nos angustiamos, nos parece que nuestro problema es el único y después con la distancia, con el tiempo, todo queda chiquito sin importancia…

GOCHO VERSOLARI

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