PASIÓN, PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 8 – 3- Ignacio.

Eduardo la sostenía tan apretada contra sí, que sintió su aliento caliente en su cuello; la cercanía del hombre la excitó levemente. Caminaron por los pasillos iluminados, a través de oficinas donde el personal trabajaba frente a computadoras que llegaban al techo, hasta que llegaron al otro extremo del salón. Allí funcionaba un bar; en aquel momento había poca gente: un grupo de hombres sentados en una mesa del fondo, que los miraron fijamente al entrar.
A un indicación de Eduardo, Ximena se sentó en una de las sillas. Prefirió ser ella la que tomara la iniciativa.
 – Así que conocías a mi tío.
 – Nunca te negué que lo conociera; me preguntaste si era el hombre que me acosaba sexualmente y te respondí la verdad: no. En realidad no hay un solo hombre que me acose sexualmente.
 – ¿Qué quieres decir?
 Eduardo se inclinó hacia Ximena;  ella advirtió que tenía ojeras muy profundas y sus ojos ya no eran verdes: se habían transformado en dos círculos opacos, grises, y había perdido el encanto que la enamorara
 – En realidad, son muchos hombres los que me acosan. Somos un grupo que nos hemos juramentado el exclusivo amor al cuerpo masculino. Es decir, hablando groseramente, que nos follamos unos a otros. No existe entre nosotros algo parecido al amor, sino que el mismo se reemplaza por el sometimiento. Quien coge, goza, quien es cogido sufre; sufre como un verdadero hombre, apretando los dientes mientras la verga erecta del otro va atraviesa su culo, rompe los vasos y lo hace sangrar. Su único consuelo es que después él mismo será quien ocupe el lugar activo; que se desquitará haciendo sufrir al otro.
 Eduardo se había excitado con sus palabras; Ximena se apartó: sus axilas despedían un fuerte y desagradable olor a transpiración.
 – Admites entonces que fuiste tú quien trató de matarme poniendo la bomba en mi balcón y la dentadura postiza con el petardo en mi cuarto.
 – Tratar de matarte es un poco fuerte. Digamos que nuestra intención fue darte un susto.
¿Por qué te fijaste en mí? Yo tengo tetas, me visto como mujer….
 – Hay un macho en vos, Ximena. Te confieso que tu tío está en el grupo de hombres que se aman unos a otros; él, el fundador de nuestra sociedad de juramentados, ha visto en tu cuerpo al hombre que sólo podrá emerger por la lectura adecuada que corresponde; los libros son hembras, Ximena, hembras pasivas a las que el lector macho debe penetrar, hacer salir lo mejor de sí.
 – Si hablás así de las hembras, ¿por qué se hacen el amor entre hombres y no eligen mujeres?
 – Porque el sexo básico del hombre es el masculino. Es el sexo privilegiado. La mujer es un hombre castrado, un hombre frustrado que anhela tener un pene…
 Mientras Eduardo hablaba, Ximena negaba con la cabeza.
 – Se ve que leíste bien a Freud…
 Eduardo se levantó y llamó al mozo.
 – Vas a venir conmigo.
 – ¿Dónde me vas a llevar?
 – A tu casa, por supuesto.
 Eduardo pagó el café; su mejilla izquierda volvió a latir en un movimiento involuntario. Tomó a Ximena de un brazo y la obligó a levantarse. Los hombres que estaban en la mesa del fondo también se incorporaron y siguieron a la pareja cuando salió del bar.
 Sin soltarla del brazo, Eduardo la condujo por la escalera hacia la calle. Salieron y allí se detuvo. Se inclinó sobre ella y la besó. Ximena hizo un intento por apartarse; advirtió que estaban junto a la enorme jaula que ocupaba una pared entera; el enrejado de madera formado por ojos pequeños y cuadrados y la lengua del hombre, su saliva con olor ácido, la ponían nerviosa. Se apartó con firmeza de Eduardo.
 – Esperá…. después de lo que me acabás de decir, no estoy segura que quiera seguir con vos.
 Los hombres que estaban en el bar habían salido, subiendo a un automóvil mediano que estaba estacionado en la mitad de la calle lateral.
 – Ximena… a pesar de lo que te dije, debo reconocer que te quiero. No puedo dormir pensando en vos. Cuando llega la madrugada me descubre con los ojos abiertos sin haber podido pegar un párpado. Toda la noche la paso pensando en vos. No sé qué voy a hacer, cambiaste mi vida…
 Mientras le hablaba mirándola fijamente, Eduardo la conducía hacia el automóvil que estaba en marcha. Habían abierto la puerta trasera que daba a la vereda.
 – Ximena, mi amor, mi cielo, mi ángel…. tu presencia me hace olvidar la oscuridad en la que estamos sumergidos.
 Siempre sosteniéndola, Eduardo caminaba más y más ligero. En la otra cuadra se levantaba la gigantesca figura del elefante. En la calle había grupos que se estaban formando y que no se fijaban en Ximena, en Eduardo ni en el auto estacionado.
 – Ximena…
 ` En ese momento ella se soltó con un tirón del brazo que la sostenía y corrió lo más rápido que pudo a pesar de sus tacos altos. Llegó hasta la mitad de la calle, tratando de confundirse con los grupos. Se detuvo junto a un par de hombres que llevaban un micrófono y una cámara de televisión.
– ¡Ayúdeme! – Ximena señaló a Eduardo que se había detenido detrás de ella. – Ese hombre pertenece al Ejército Literario Macho’s.
 – ¿Quién? ¿Ese…?
 El hombre con el micrófono llamó a Eduardo, que se volvió sobre sus pasos llegando hasta el automóvil; partió y se alejó de inmediato.
 – Perdone, usted es de la televisión.
 – Si
 _ Tiene que saber que yo soy la primera víctima de ese Ejército del que le hablo.
 – ¿Usted? – El hombre era delgado, vestía con traje, y sus ojos verdes la miraban con ironía
 – Puede parecerle raro, pero hay denuncias, lo que le digo lo puedo certificar… ¿Me están filmando?
 – Por supuesto, señorita…
 – Ximena, Ximena Gonzaga. bien, como pueden apreciar yo soy un travesti: elegí el sexo femenino porque considero que es el sexo básico de todos. Hace unos días, este Ejército, colocó una bomba en mi departamento que hizo importantes daños en mi balcón, además de matar a un cachorrito. En el día de ayer, dejaron una dentadura postiza que saltaba y me atacaba; todo ello con volantes en los que ese ejército se adjudicaba los atentados.
 – ¿Y por qué atacarla a usted?
 – Por mis preferencias literarias. Yo leo a Odirco Nelaba. El es mi Biblia,sus libros ocupan la cabecera de mi cama. Al parecer quieren obligarme a leer otro material… un tal José María Estévez Velázquez… dicen que leyendo eso pasaría a ser completamente hombre; un lector que penetre el libro como si lo hiciera con un pene.
 Ximena se interrumpió. A su alrededor, la gente aumentaba: jóvenes con las cabezas rapadas, otros con cabellos excesivamente largos. Algunos de ellos vestían tan sólo slips que cubrían sus sexos. Algunas chicas, con los pechos desnudos, usaban tan sólo una bombachita y llevaban aros y pulseras por todo su cuerpo
 – Es muy interesante lo que nos cuenta, señorita Ximena. Se descuenta que participará en la manifestación.
 – Por supuesto, ahora voy a buscar a mi amiga Ignacia y venimos para protestar contra ese Ejército cruel y malvado…. todo esto lo están grabando, ¿no?
 – Quédese tranquila, que dentro de una hora su rostro estará en todas las pantallas de la ciudad.
 El hombre se inclinó y besó a Ximena en la mejilla; después se apartó para hacer un reportaje a un anciano con vestimentas hindúes que acababa de llegar; unió sus manos encima de la cabeza y lo rodeó una gran cantidad de jóvenes.
 Ximena miró a su alrededor. Acababan de cortar el tránsito y no había señales de Eduardo y de sus amigos. Cruzó la calle, caminó hasta la avenida, detuvo un taxi y le dio la dirección de su casa.

Gocho Versolari

2 Comments

  1. Narrativa que atrapa por su lenguaje y novedoso enfoque de algo tan antiguo como el amor que el ser humano lleva consigo desde las profundidades del PALEOLÍTICO INFERIOR.

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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