Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 8 – Segunda parte / En el despacho del tío

Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 8 – Segunda parte / En el despacho del tío

Gocho Versolari

 Se separó y siguió su camino; en la cuadra siguiente el tránsito estaba cortado y casi todos los comercios habían cerrado. Cruzó la calle y estaba por llegar al edificio donde funcionaba la oficina de su tío, cuando otra cosa llamó su atención: era una caja cuadrada de madera que ocupaba casi por completo una pared vacía en la mitad de la cuadra. El muro estaba pintado con líneas grises y plateadas y la madera formaba un entramado completamente cerrado; su parte trasera estaba firmemente amurada a la pared.
 – ¿Para qué es esta jaula? – preguntó Ximena a otro muchacho de cabeza rapada y con una remera mostrando el escudo del kawa Se volvió y la miró con sus ojos grandes y verdes.
 – ¿Esta jaula, preciosa? Esta jaula es para aprisionar algún sueño fugitivo, encerrarlo y hacer que mire como nos desplegamos nosotros en nuestra lucha… – Se acercó más a ella- Y vos, preciosa, ¿no querrías ser ese sueño y espiarnos desde allí dentro…?
 Ximena tuvo un escalosfrío
 – ¡No! – Interrumpió alejándose con rapidez. Llegó hasta el edificio de su tío. Un cartel anunciaba que por ausencia del encargado no funcionaban los ascensores, de modo que se dispuso a subir los cinco pisos. Estaba llegando al tercero, cuando se tropezó con Paulo.
 – Señor Santiago, qué sorpresa!
 – Paulo, tengo que ver a mi tío.
 – Me temo que no podrá, señor Santiago. El está en una importante reunión de directorio.
 – Es urgente, me tiene que recibir…
 Paulo se había ubicado de modo que sus largos brazos y piernas cubrían por completo el hueco de la escalera.
 – Señor Santiago, reflexione, le dije que no podrá atenderla en este momento. Usted sabe que yo soy el alter ego, la correa de trasmisión, el otro yo en suma de su tío; soy sus ojos y oídos; lo que usted me trasmita se lo haré llegar a él….
 – ¡Paulo! – Ximena lo interrumpió al borde de la furia – Estoy siendo objeto de una gran injusticia. He recibido dos atentados del Ejército Literario Macho`s al que busca la policía y nadie hace nada. Mi tío, que dice quererme, tampoco se interesa en mí…
 – Además, señor Santiago, tiene que ser razonable. Así, vestido de mujer su tío no lo va a recibir. ¿Recuerda hace diez años cuando se fue por primera vez de su casa y vino a pedirle ayuda? Lo hizo vistiendo un trajecito estilo «Grace Kelly» y con zapatos de tacón altísimo.
– Por supuesto; estaba imitando a Roxana Celeste Algolagno, un personaje de Odirco Nelaba. A veces suelo vestir así: con tacos de 20 cms. hechos especialmente para mí por un maestro zapatero… mire, Paulo, si mi tío no me recibe ya me pongo a gritar aquí, en medio de la escalera. Todo su personal sabrá que su sobrina es un travesti….
 Furiosa, Ximena había abierto la boca, cuando Paulo la detuvo.
 – Está bien, señor Santiago, le ruego que se calme. Suba conmigo que veré lo que puedo hacer. Sígame, por favor.
 Ximena obedeció; Paulo la hizo pasar a la oficina: dos salones con ventanas a la calle, en los que trabajaban gran cantidad de empleados detrás de computadoras y máquinas eléctricas. Siguió a Paulo por varios pasillos circulares, hasta que entraron a una pieza con las paredes descascaradas. Sólo había una mesa y una silla.
 – Tome asiento y espere un momento, señor Santiago, nada más que un momento…
 Antes que Ximena pudiera decir nada, Paulo salió y cerró con llave desde afuera. Ximena no llegó a sentarse: tenía cierta tendencia a la claustrofobia, y saberse encerrada en aquel lugar la desesperó.
 – ¡Paulo…! – llamó tratando inútilmente de abrir la puerta – ¡Paulo! ¡Abrame!
 Miró a su alrededor: la única iluminación era una claraboya pequeña con dos vidrios.
 – ¡Paulo! Si no abre voy a romper la puerta….
 Se detuvo y miró la cerradura: en cierta época de su vida había trabajado en una fábrica de puertas: aquella era de interior: dos chapas de madera sosteniendo frágiles rejillas. Ximena tomó impulso y golpeó con su cadera la madera alrededor del herraje; crujió y con un segundo golpe se astilló. Entonces cerró su mano poderosa y con su grueso puño golpeó con fuerza. Las astillas rozaron sus gruesos nudillos. Dos golpes más con el costado de su mano y un tercero con todo el peso de su cuerpo rompieron definitivamente la cerradura y pudo abrir la puerta. Se detuvo frente al pasillo: uno de sus extremos daba al lugar por donde habían llegado; el otro daba a varias puertas lujosamente labradas. Ximena miró a ambos lados y no vio a nadie. Caminó hacia el fondo del pasillo y abrió una de las puertas. Escuchó voces: estaba en un balcón que se abría a una gran sala donde varios hombres estaban reunidos alrededor de una mesa. El que estaba en la cabecera hablaba a través de un micrófono.
 – ¿Qué vemos afuera señores? Vemos gente que llega y llega. Vemos dos elefantes sobre quienes se está tramitando en la municipalidad la posibilidad de retirarlos del lugar de acuerdo con disposiciones vigentes. Vemos en suma una minúscula polvareda rectilínea, un hilo de pólvora encendiéndose, una rampante flecha invisible. ¿Y qué tiene de favorable la multitud enloquecida si oculta y vela su objetivo final? ¿Qué tiene de bueno el mar si desconoce sus límites y está falsamente convencido de que puede avanzar sin coto sobre la tierra…?
 Ximena tuvo la certeza de que aquel hombre era su tío. Se quitó los zapatos para no hacer ruido y caminó lentamente hacia el costado del balcón, procurando ver su cara. Desde el ventanal llegaba el poderoso reflejo del sol.
 – …la multitud desplegará sus armoniosas alas retintas; se inclinará, solemnemente girará y sobrevolará otra vez los árboles, la avenida, las plazas, las gruesas capas de asfalto, describiendo círculos pausados sobre las deslumbrantes calaminas, indiferente al vocerío, al estratégico silencio de las armas…
 Ximena había encontrado un ángulo desde el que podía ver su perfil; se inclinó un poco más y en ese momento sintió que la tomaban del brazo.
 – Vení conmigo – reconoció la voz de Eduardo. Quiso soltarse.
 – Vamos, pebeta, no tenés de qué temer…. vení conmigo te digo.
 La fuerte mano de Eduardo se cerraba con fuerza en su antebrazo; tironeó de ella hacia afuera. Ximena miró una vez más la figura que seguía hablando: aunque no había visto su cara, estaba convencida de que era su tío; Eduardo la arrastró y la llevó consigo a través de la puerta.
 – ¿Dónde vamos? – preguntó ella con miedo.
 – No te preocupes; vamos a tomar un café y a hablar. Tenemos mucho que decirnos.

 

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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