PASIÓN, PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 8 – 1 – Ximena y el elefante

PASIÓN, PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 8 – 1 – Ximena y el elefante

Gocho Versolari

 En la cabina circular levantada en el extremo norte de la cantera, los paneles que trasmitían los signos vitales de Ximena se habían detenido. Dos miembros del comando «Vargas Llosa», recibieron la orden de buscarla en la noche y darle muerte apenas la encontraran. Basta de contemplaciones – había dicho el Supremo – Ya tengo suficiente de este juego. El médico que supervisaba el panel central, donde se recibían los latidos del corazón y la respiración de Ximena, había dado su veredicto: Si todo se detuvo tiene que estar muerta… Entonces se exigió que buscaran el cadáver. La oficialidad del Ejército Literario Macho’s, miró solemnemente la película que registrara a Ximena durante su persecución en la cantera. En las últimas escenas, habían registrado un primer plano de su rostro desencajado, de sus ojos extraviados, hasta que todo su cuerpo giró y se perdió detrás de la pared sur.
 Tiene que haber muerto – repetía el médico – La tecnología deestos aparatos es a prueba de errores; su funcionamiento está garantizado; además no pueden descomponerse todos a la vez…¡¡ Acá está la marica…!! – gritó alguien arrastrando un cuerpo inerme desde la laguna. Pájaros negros graznaron mientras todos ayudaban a llevar la figura empapada hasta la cabina redonda donde el comando «Vargas Llosa» seguía paso a paso el acoso y la muerte del lector hembra.
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 Cuando Ximena e Ignacia llegaron al edificio advirtieron en los peldaños de la escalera huellas de barro y pasto que terminaban junto a la puerta del departamento. Las dos se detuvieron y se miraron con miedo. Ximena había cerrado antes de salir, y ahora la hoja estaba entreabierta; adentro estaba encendida la débil luz de la cocina.
 Sin hablar, Ignacia hizo gestos a Ximena para que esperara unos escalones más abajo, exactamente en el rellano de la escalera; entró rápidamente a su departamento que había quedado sin llave y volvió con el palo de amasar que usara para combatir la dentadura. Abrió lentamente la puerta con una mano, mientras con la otro levantaba el palo. Ximena la siguió. En el comedor no había nadie: en el piso estaba la ropa de Eduardo; lo único extraño era un plato con colillas de cigarrillos en la mesa, y una nota dirigida a Ximena.
 – Esperá, Ximenita – advirtió Ignacia – Vamos a asegurarnos de que no haya nadie.
 Revisó la cocina, el dormitorio y el estudio privado donde estaban las maquetas.
 – está todo bien – dijo encendiendo la luz del comedor – si hubo alguien, ya se fue…
 Ximena había tomado la nota y leyó en voz alta.
     Querido Santiago:
                                   Recibí con alegría tu pregunta sobre las lecturas que debes encarar. Para tu largo camino hacia la masculinidad, te conviene abordar los libros que estaban en tu biblioteca y que dejo sobre la mesa. Me hubiera gustado hablar contigo, pero tuve que irme exactamente siete minutos antes que llegaras.
                                                                 Tu tío
                                                                                Florencio García González.
Ximena buscó encima de la mesa y encontró Azul y Rojo de Mario Barces Almeida y Negroide de José María Estévez Velázquez. sobre este último había una nota unida a la tapa por un clip. También la leyó en voz alta.
                                                  Te recomiendo especialmente que leas a Estévez Velázquez: él ha cumplido el sueño de todos los escritores del continente y pasó de sus ensueños femeniles a un machismo como Dios manda.
                                                  Te quiere mucho
                                                                FGG
 – Hay algo que no entiendo: ¿Cómo sabía que yo iba a llegar siete minutos después de que él se fuera?
 – Por lo que me contaste, Ximenita, ha de ser una persona especial tu tío…
 – Te juro que no comprendo: él piensa que voy a dejar de ser travesti, que me voy a convertir en «paqui», en chongo, por el solo hecho de leer un autor u otro…
 Ignacia se acercó y pasó los brazos por su cabeza.
 – No sé bien lo que sos para los demás, pero para mí sos un verdadero macho.
– Pasaron el resto de la noche en el departamento de Ignacia; hicieron el amor varias veces;
 Ximena se sentía cansada, pero no podía dormir. Pensaba en Eduardo; estaba segura que había tenido que ver con los dos atentados; la torturaba no saber por qué; la desesperaba haber confiado en él y que ahora quisiera matarla. Se preguntaba una y otra vez que relación lo unía con su tío. Trató de relajarse; a su lado, Ignacia, desnuda, dormía profundamente. Ximena dio varias vueltas hasta sentarse en la cama: de pronto sintió la urgencia de hablar con su tío: el poderoso Florencio García González.
Tapó el cuerpo de Ignacia con una sábana; antes de separarse apartó un mechón de cabellos negros que caían sobre su cara y miró sus rasgos finos y serenos. Fue hasta su departamento, se preparó un café y comió dos galletitas de salvado. Después se puso el  vestido rojo, cruzado por líneas transversales grises; peinó los cabellos con cuidado y se maquilló. Calzó zapatos abiertos y plateados, y antes de salir dejó una nota para Ignacia tranquilizándola y avisándole que no tardaría.
 Salió a la calle: eran las siete y media de la mañana. Compró el diario en un puesto. En primera plana estaba el rostro del muchacho secuestrado. NO HAY NOTICIAS SOBRE MARTIN MIGUEL, decía en titulares de catástrofe. Ximena se detuvo a leer la noticia. Al parecer, en últimas horas de la noche anterior, los captores difundieron una llamada telefónica en la que el muchacho hablaba a la comunidad. Aconsejaba olvidarse de él, y concentrarse en la reivindicación básica ante el ministerio de cultura: los libros amenos y serenos, considerados «light» por la cultura oficial, debían reeditarse. Esa tarde habría una colosal manifestación en el centro que congregaría a personas de diferentes puntos del país.
 Miró con curiosidad la enorme fotografía del llamado Martín Miguel: el primer plano lo mostraba sonriendo; no tenía rasgos particulares y podía pertenecer a cualquier muchacho de su edad. Caminó hasta la parada del colectivo, pensando que las oficinas de su tío quedaban en una de las cuadras céntricas donde se anunciaba la manifestación; allí habían ubicado los enormes paquidermos.
 Ximena llegó al lugar, bajó del bus y atravesó una plaza. Se detuvo frente a un coro de niños. Todos vestían túnicas rosas y celestes. En sus espaldas llevaban alitas blancas y sus mejillas estaban maquilladas con colorete. Al principio Ximena no entendía lo que estaban diciendo.
 – ¿Vio que originales son estos manifestantes? – preguntó un señor mayor que estaba junto a ella
 -No entiendo lo que dicen
– Anuncian en forma cantada las noticias y los avances de la negociación… escuche, preste atención.
Libertad de lectura
Libertad de leer.
 Eso pedimos señores.
 No hay otra cosa que hacer. – decían las voces infntiles
 Los acompañaban dos mandolinas y un oboe, que seguían con el tema central mientras esperaban una nueva frase del canto.
 – Hoy a las nueve se tomará la plaza.
 Los que estamos por la lectura, arriba,
 los que están por la basura, abajo…
 Ximena siguió caminando hasta las calles laterales, siempre buscando la oficina de su tío. De pronto volvió a detenerse: estaba frente a uno de los grandes elefantes que pareció volverse hacia ella y mirarla con sus ojos expresivos y tristes
 – Tenga cuidado, señorita, no se acerque mucho porque puede ser peligroso – advirtió un muchacho con la cabeza rapada; tenía en su solapa el escudo de los que organizaban la manifestación: el kawa japonés: dos líneas verticales derechas y una ligeramente curvada, simulando un río. Ximena no prestó atención a su advertencia y acarició la piel gruesa y arrugada del animal; se lo notaba asustado; en el costado de su cuerpo pudo ver algunos cortes y goterones de sangre coagulada. Despedía un olor fuerte y desagradable y cantidad de moscas revoloteaban alrededor de  orejas,   cuello y   heridas. Desde el cuello hasta la cola colgaba un cartel de tela, blanco con letras rojas en el que se leía LA MEDICINA SURGE DEL VENENO…. Sobre la piel gris oscura habían trazado con pintura roja en aerosol leyendas como MUERTE A LOS CHANCHOS o MINISTERIO DE CULTURA: HOY VA A SER TU FIN. Ximena tomó con ambas manos la trompa del elefante, se inclinó y la besó.
– Sos  como yo – dijo por lo bajo – estás entre dos fuegos; recibís golpes de ambos bandos y nadie se entera.

GOCHO VERSOLARI

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