PASIÓN PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 7 – 2a – Ignacia y Ximena.

PASIÓN PERSECUCIÓN Y PRESUNTA MUERTE DEL LECTOR HEMBRA – Capítulo 7 – 2a – Ignacia y Ximena.

Gocho Versolari

Ximena acarició los cabellos de Ignacia, y se besaron. En pocos minutos estuvieron desnudas en el piso del departamento. Jadeos, espasmos. Ignacia tuvo un largo orgasmo. Ximena observaba el rostro mientras la penetraba. Era como si olas sucesivas lo cruzaran una y otra vez.
 – Nunca me pasó esto – murmuró Ignacia – te juro que por un momento tuve miedo.
 – ¿Qué es lo que nunca te pasó?
 – Los orgasmos me venían, uno tras otro; no podía detenerlos… ¿es normal eso?
 – Por supuesto que es normal. Yo me los puedo imaginar, puedo condicionarme para tener varios orgasmos interiores sucesivos y culminar en la eyaculación, pero lo que te pasa a vos es otra cosa….
 Se recostaron sobre los almohadones y abrazadas hablaron durante horas. Ignacia contó su vida con su esposo, los golpes que recibía, el temor que le inspiraba.
 Cayó la noche y siguieron a oscuras, iluminadas tan sólo por los focos de la calle. Ximena contó a Ignacia su experiencia en la cantera: el haber encontrado el vestido vivo, y haber perdido la entrada, después de olvidar el libro de Odirco Nelaba. Ignacia la escuchó en silencio, y de pronto se apartó y se volvió hacia ella.
 – ¿y si vamos ahora?
 – ¿Cómo decís?
 – Si vamos ahora a la cantera y buscamos todo eso que viste?
 – ¿Ahora? Son las nueve, ya es de noche y en ese lugar no hay luz…
 – Yo tengo un farolito a pilas; es suficiente como para guiarnos.
 Ya Ignacia se había puesto ropa interior y un vestido liviano; Ximena la siguió poniéndose sus pantalones con volados y una blusa blanca.
 Ambas salieron. La noche era calurosa; caminaron hacia el paseo. Las polillas volaban alrededor de los faroles que flanqueaban el sendero bordeado por árboles. Encima de ellas el cielo estaba estrellado.
 – Ximena, ¿piensas que hay vida después de la muerte?
 – Hay vida… ahora
 – ¿Y qué pasa cuando morimos?
 – Cuando morimos no nos enteramos. No corresponde la pregunta acerca de algo tan diferente a todo esto como la muerte…
 Habían llegado al final del paseo, donde terminaban las luces. Ignacia encendió el farol y caminaron por la vieja cantera.
 – Hay que andar con cuidado: frente a nosotros está la laguna… el lugar que te digo tiene que estar… hacia allá.
 Caminaron hacia la derecha, en medio de la oscuridad; la luz del farol apenas iluminaba un espacio alrededor de ambas.
 – ¡Ahí está!
 Ximena señaló un resplandor que parecía provenir de la ancha pared de piedra. Se adelantó y caminó con rapidez. Las estrías de luz se sucedieron.
 – Ésta…ésta es la entrada…
 – Ximenita, no será peligroso…
 Sin contestar, Ximena tomó de la mano a Ignacia y la llevó consigo adentro. Ambas se detuvieron: todo estaba como esa tarde: la tarima, los spots, el trono y el revestimiento dorado cubriendo las paredes de la cueva.
 – Y todo esto, Ximenita… ¿de quién es todo esto?
 – No sé, Ignacia.. quizá te parezca cursi, pero pienso que todo esto es del amor. Por lo menos funciona como el amor, a veces está, a veces no. Va y viene con una lógica propia, siguiendo una ley desconocida. Esto se relaciona con lo que me preguntabas recién: la vida es algo que va y viene; no hay una lógica, no hay una sucesión que podamos seguir…
 Ximena se acercó a la tarima y recogió el libro de Odirco Nelaba. Miró la caja que estaba detrás del trono; su boca se llenó de saliva y su corazón latió con fuerza cuando se acercó a ella y la abrió: allí estaba el vestido, negro, majestuoso, con su extensión de tul.
 – ¿Qué es eso, Ximenita…?
 Ignacia se había acercado a él.
 – Es algo que quiero que te pruebes…
 Ximena sacó el vestido. Ignacia lanzó una exclamación de asombro.
– Ximena, esto es algo maravilloso.
 – Quiero que te lo pruebes…
Las manos de Ignacia temblaban; tenía los ojos clavados en el vestido sin pestañar. Ximena se acercó a ella y la ayudó a quitarse el vestido.
 – Será mejor que te lo pruebes sin ropa interior… ¿Qué te pasa?
 Ignacia temblaba con violencia.
 – Ximena… tengo miedo de ponérmelo.
 Ignacia se había quitado el corpiño y se cubría los pechos con los brazos.
 – ¿Miedo? ¿Miedo de ponértelo?
 – Si… miedo de que me guste demasiado.
 – Yo te ayudaré a ponértelo y también a quitártelo. Vamos, Ignacia.
 Ignacia quedó desnuda, y dejó que Ximena le colocara lentamente el vestido; a medida que el terciopelo negro ajustaba su cuerpo, cerró los ojos, y su rostro se tensó de placer. Cuando lo tuvo puesto, no pudo sostenerse, y Ximena debió sujetarla de la espalda para evitar que cayera sin fuerzas al piso.
 – ¡¡¡¡AAAAaaaahhhhhh….!
 Ignacia se movía espasmódicamente, apretando con fuerza los brazos de Ximena.
 – ¡AAAAAaAAAahhhhhh…! DIOS MIO!!!!…
 Ximena la arrastró hasta la tarima y la apoyó en la madera junto al trono. El hermoso cuerpo de Ignacia se agitaba y se retorcía; sus formas eran mucho más bellas a través del vestido que parecía crecer naturalmente de su cuerpo. Sus manos se movían a través de sus muslos y de sus pechos, tocándose sin dejar de gemir. Ximena se acercó a ella y miró su cara: tenía las pupilas vueltas hacia adentro y sus ojos en blanco.
 Finalmente quedó inmóvil, con los ojos cerrados, jadeando, agitándose en pequeñas convulsiones.
 – Ignacia, es hora de volver…
 Ignacia abrió los ojos
 – ¿Y el vestido?
 – Al vestido debemos dejarlo, Ignacia…
 Ante la expresión de desconsuelo de Ignacia, Ximena la miró fijamente y acarició su cara. Ella se levantó con un suspiro y se lo quitó lentamente. Después, Ximena lo plegó con cuidado y volvió a guardarlo. Ignacia se vistió con su vieja ropa y caminaron hacia la estría brillante.
 – Ximena…
 – Si?
 – Quiero mirar una vez más este lugar. Sé que no volveremos aquí….

GOCHO VERSOLARI

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