NARRATIVA – Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 6 – Segunda parte -“Paqui-dermos”

Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 6 – Segunda parte -“Paqui-dermos”

Gocho Versolari

Ximena siguió mirando televisión. En un paneo, la cámara mostraba las calles céntricas, donde llegaban cada vez más grupos a reclamar por un joven desaparecido. Había entre la gente tres elefantes, que se movían con lentitud. Tomaron un primer plano de uno de los animales.
 – … varias organizaciones defensoras de derechos humanos, representantes de organizaciones gays y lesbianas, han organizado para mañana en horas de la tarde una manifestación sin precedentes por la liberación y aparición con vida de Martín Miguel. Es de destacar que los acompaña un par de elefantes; cada uno de ellos tiene en sus lomos carteles que dicen entre otras cosas “Extraigo la medicina del veneno”.
 En ese momento, un periodista con un micrófono, se acercó a uno de los manifestantes.
 – ¿Qué significa el elefante?
 – El elefante es un paquidermo, y entre nosotros, personeros de la nueva cultura, el paquidermo representa lo retrógrado, aquello que se queda inmóvil frente a la realidad cambiante. Es “paqui” aquel que vive su sexo, su vida en suma como una única posibilidad, sin imaginación sin aceptar ni pensar en otras cosas.
 – Si es así, por qué utilizar elefantes.
 – Porque nos sirven contra los asaltos de los policías. Hay un elefante instalado al principio y otro al final de la manifestación. Ellos, con su piel gruesa protegen de las balas convencionales, de las balas de goma y retardan el efecto de los gases lacrimógenos. Ellos, los paquidermos, son barreras vivientes que nos defienden contra las fuerzas de la represión. Son el aspecto bueno, positivo, de los “paquis”, algo así como vacunarse en contra de la rutina, el aburrimiento y la falta de imaginación.
 Ximena volvió a apagar el televisor. Estaba confusa. ella había sido la primera víctima de aquel ejército y nadie decía nada, como si no existiera. Hacía dos años, cuando Tito estaba agonizando por el SIDA, había militado en una de aquellas organizaciones. Sabía por eso que la forma de exponerse a los ataques de los discriminadores era el aislamiento. Volvió a la mesa, terminó de comer y se asomó al balcón, recordando que hacía dos días que no regaba sus plantas. Se puso un par de guantes amarillos, un delantal de goma, tomó la manguera y empezó a mojarlas. En el balcón de al lado, Ignacia tenía las ventanas cerradas. De pronto, Ximena tuvo una idea súbita. Terminó de regar rápidamente sus plantas, volvió, se quitó los guantes y el delantal, tomó el teléfono y discó el número de su tío.
 – Hable. Lo escucho – era la voz de Paulo.
 – Paulo, soy Ximena…
 – ¿Ximena? ¡Ah! si, el señor Santiago
 – En efecto, Paulo, el señor Santiago. En estos días he recordado con todo detalle su visita, y hay algo que no pude entender. ¿Está mi tío por ahí? ¿Puedo hablar con él…?
 – Un momento…
 Ximena escuchó el silencio del otro lado. De vez en cuando rumores de voces, alguien preguntaba y otro contestaba. Fue entonces cuando advirtió que, de ponerse al teléfono, escucharía la voz de su tío por primera vez en muchos años. Pasaron los segundos, y Ximena sintió una mezcla de alivio y desilusión al volver cuando resonó la voz de Paulo del otro lado del teléfono.
 – Señor Santiago, su tío no puede atenderlo en este momento y está lo suficientemente ocupado como para que le haga esa pregunta y pueda obtener una respuesta coherente.
 -Bien, Paulo, como de costumbre debo preguntarle a usted, la gran correa de trasmisión.
 – Así es.
 – Mi tío me aconseja lecturas, pero no me dice qué libros leer…
-Bien. Estoy tomando nota y procuraré que más tarde el señor Florencio se comunique con usted y le aclare el punto.
 Se despidieron. Ximena se sintió más y más inquieta: la preocupaba lo que acababa de ver, el saber que quienes habían atentado contra ella formaban parte de una organización armada, pero lo que más la preocupaba era no recordar los rasgos de su tío. Mientras Tito, su ex pareja vivía la había acosado en forma más disimulada, después de la muerte sus requerimientos de que “volviera por la buena senda” se habían redoblado. Ahora el no recordarlo aumentaba el poder de su tío; desde la invisibilidad la influencia sobre ella  se multiplicaba y temía que pudiera destruirla.
 Fue hasta el desván: allí en una vieja cómoda de caoba, guardaba las fotos de la familia. Abrió los álbumes llenos de polvo. El tío Florencio era hermano de su padre, en las dos primeras colecciones se agolpaban las fotos de la familia de su madre con quien se había criado cuando se separaron. Buscó en los álbumes rotos, gastados, con páginas sueltas. Reconoció las fotos de su padre cuando era niño, y se detuvo en una hoja con un enrome retrato de familia en sepia. Miró los rostros que asomaban sonrientes y rígidos. Estaba segura que en una de aquellas fotos estaba su tío. Recordaba como en un sueño el dedo grande y rugoso de su padre, señalando uno de aquellos rostros sonrientes, diciendo “éste es tu tío Florencio…” pero ahora no podía precisar de quién se trataba. Cerró los álbumes y recurrió a los recuerdos de su infancia. “Acá llega Florencio”, decía su madre. “Tío, te sirvo un cafecito…” ofrecía la voz de su hermana. Ella misma se sentía besando un rostro áspero. También recordaba los regalos del tío: revólveres, armas, pelotas de fútbol… pero su presencia era un cuerpo sin rostro sentado en el viejo sillón de la sala.
 Guardó todo desprolijamente en la vieja cómoda y bajó del desván cerrando la puerta. Fue hasta la habitación donde había montado la maqueta de Monasterio. Diariamente la actualizaba, cambiando de lugar los personajes, alterando las ecuaciones numéricas y simbólicas que Odirco Nelaba sugería en su prosa clara y amena. Miró las tres cabezas. Encendió las pequeñas luces a pila y activó los pequeños vagones que recorrían el cerebro de Carlos Marx. De pronto uno de ellos se trabó. Ximena se inclinó: era de suponer que nadie había entrado en aquella habitación , pero la vía estaba ligeramente desviada. Ximena se demoró encajándola   y estaba terminando cuando escucho el fuerte ruido de un despertador.   d la explosión hizo que saltara hacia atrás y que trastabillara a punto de caer; sobre su rostro se derramó una lluvia de papeles y en ese momento, algo de tamaño mediano saltó de un estante en su dirección. Cayó sobre la maqueta. Ximena se llevó una mano ala boca y retrocedió al ver frente a ella una dentadura de gruesos dientes por la que asomaba una lengua rosada y húmeda. El objeto volvió a saltar en su dirección. Entonces corrió   hacia la puerta, salió y cerró tras de sí.

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GOCHO VERSOLARI

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