NARRATIVA – Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 5 – Tercera parte – Eduardo: “Soy un hombre abusado”.

– Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 5 – Tercera parte – Eduardo: “Soy un hombre abusado”.

Gocho Versolari

Ximena, el lector hembra y su amante Eduardo estaban consumiendo cocaína. En un movimiento brusco, el polvo cae y se disemina en el piso. Esto produce la furia de Eduardo que por primera vez golpea a su amante. 

 

Eduardo se volvió hacia Ximena con la cara desencajada.
 – ¡Puta! ¡Yegua! ¡Era casi un gramo de la buena y me la echaste a perder!…
Golpeó a Ximena en pleno rostro con la mano abierta. Ella sintió la bofetada como un relámpago. Estuvo a punto de reaccionar. Eduardo era delgado y le bastaría una simple trompada para dejarlo sin conocimiento; pero eso sería actuar como hombre, y él era hembra; era profunda y básicamente hembra. Su cerebro funcionó con rapidez:era la primera vez que un hombre le pegaba. Como mujer debería actuar con astucia, y no devolver la agresión. Sintió que un hombre furioso era como un jarrón muy fino : que debía sostenerlo con suavidad y firmeza y debía conducirlo como a un animal encabritado. Arrodillado en el piso, Eduardo trataba de aspirar un montículo casi imperceptible de cocaína que había quedado en el borde de una baldosa.
 Ximena se incorporó.
 – No me contestaste a lo que te pregunté.
Ahora Eduardo trataba de aspirar partículas de polvo en la rejilla del baño.
 – No me dijiste cómo habías conseguido ese loro…
 Ximena se miró el rostro: la bofetada le había producido un corte en la parte inferior del párpado. Una gota de sangre cayó lentamente en dirección a su boca. Tomó un algodón, lo empapó en loción y lo pasó por la herida.
 – No me respondiste si mi tío es el hombre que te acosa…
 Eduardo había salido rápidamente del baño. Ximena lo siguió hasta la sala con el algodón empapado en sangre en la mano. El hombre caminó de un extremo a otro del comedor sosteniéndose la cabeza con las manos. Ximena advirtió que estaba a punto de un estallido; que debía tener el suficiente tacto como para evitar que la furia explotara. De pronto se acercó a él y lo tomó en sus brazos. Al principio, Eduardo intentó soltarse, pero los brazos de Ximena eran demasiado fuertes; al sentir que lo sujetaban, se detuvo y la miró con un asomo de sorpresa.
 – No digas nada – murmuró ella – Va a ser mejor que te sientes y que le digas a mamita qué es lo que te tortura; qué es lo que te tiene así, como un animal en celo, caminando de un lado al otro…
 Ximena se asombró al levantar en vilo a Eduardo y depositarlo en uno de los sofás que había en el comedor. El cuerpo del hombre se había aflojado; su cara seguía tensa pero expresaba dolor.
 – Lo que me pasó fue terrible – Ximena acariciaba lentamente el pecho de Eduardo, y su contacto parecía tranquilizarlo por momentos.
 – Contame, descargate conmigo.
 – Me obligó a vestirme de mujer.
 – Bueno… eso no es tan terrible.
 – Me obligó a usar una malla enteriza abierta en las nalgas, y me hizo desfilar frente a él. Me decía “Mina, sos una mina…” Después me hizo poner en posición de perrito y me metió un hierro forjado en el culo; todavía me arde… ¡Fue humillante…!
 Ximena dejó que Eduardo llorara contra su pecho. Después lo apoyó en el sofá, se levantó y fue al dormitorio. Abrió el ropero y buscó entre su ropa. Después de unos minutos encontró una malla enteriza. Se quitó la trusa y el corpiño y se la puso sin dejar de mirarse al espejo: la prenda terminaba en un gorro con enormes y puntiagudas orejas. Se ajustaba al cuerpo y debajo de la cadera, un enorme agujero dejaba ver las redondas y depiladas nalgas de Ximena. Se asomó al comedor: sentado en el sofá, Eduardo miraba con tristeza frente a sí.
 – Eduardo…
 – ¿Si?
– ¿Te obligó a usar medias?
 – Si. Medias de seda negras y zapatos de tacón alto.
 Ximena volvió y se colocó rápidamente un par de medias y zapatos de tacón. Antes de volver al comedor, apagó la luz central y dejó encendida la del velador. Eduardo levantó la cabeza sorprendido y miró a su alrededor.
 – Aquí estoy.
 Ximena avanzó por la habitación moviéndose con gestos sugerentes.
 – Algo así fue lo que te obligaron a usar…
Mostró sus nalgas desnudas, y alcanzó a Eduardo un hierro que servía para remover leños en una chimenea.
 – La forma de que te sientas mejor es que hagas conmigo lo que te hicieron. En mi caso puedo llegar a gozarlo. Cuando murió mi Tito mi único consuelo era meterme cosas en el culo. he llegado a insertarme una lámpara de 100 voltios. y tuvieron que hacerme una operación complicada para sacármela. Creo que deben andar circulando por ahí adentro una lapicera y un una pelota de golf, así que un trozo de hierro más o menos no me hará mucho…
Pasaron varios minutos de silencio; Ximena permanecía arrodillada, sostenida en sus manos, con las nalgas hacia Eduardo. Detrás de ella escuchó que el hombre se levantaba, y volvía a caminar; esperaba sentir de un momento a otro entre sus nalgas el frío y áspero acero.
 – No es la solución…
 Eduardo dejó caer el trozo de acero que golpeó rebotando varias veces sobre el piso.
– No es la solución. Necesito que me acaricies, que me beses. No gano nada con este tipo de venganza…
Ximena se incorporó y se acercó a él.
 – ¿Qué querés decir? ¿Es que hay otras formas de venganza?
Intentó sostener la mirada de Eduardo, quien desvió sus ojos. Ximena lo abrazó.
 – Así. Apoyá tu polla entre mis piernas…
 El miembro de Ximena estaba erecto. Lo apoyó contra la pelvis de Eduardo.
 – ¿Vas a ser buena? ¿Vas a leer a Barces Almeida? ¿Vas a leer a Estévez Velázquez?…
 Eduardo se apartó y tomó de los brazos a Ximena.
 – Mirá, esta semana te podés dedicar a Negroide Lee un capítulo por día. no importa que te cueste. Vos te ponés en el balcón, en la vieja cantera, en un lugar donde puedan advertir la tapa del libro y te concentrás en la lectura…
 – Hay algo que te pregunté hoy que no me respondiste – Ximena lo seguía mirando fijamente – El hombre que te explota sexualmente, ¿es mi tío? ¿Es Florindo García González, el presidente de la empresa de aviación AVAKIA?
 – El es una persona muy poderosa, Ximena, será mejor que no te metas; es peligroso averiguar.
 – Me explicaste que debo leer esa literatura para dejar de ser hembra. Es importante que sepas que no hay lectores de diferentes sexos. Hay hembras y algunos por excepción son machos. De todos modos para ser lector macho como vos querés para indagar el texto con mi pene mental, debo ser macho en todos los órdenes de la vida. Es por eso por lo que necesito saber si se trata de mi tío.
 Eduardo pareció contenerse, replegarse sobre sí y miró fijamente a Ximena.
 – No es tu tío, Ximena…
Ella se sintió aliviada-
 – ¿De dónde sacaste entonces el loro que encontré en tu campera?
 – Esa es una larga historia.
 – Voy a preparar un trago y me la contás…
 Ximena fue a la cocina y tomó dos vasos largos; la negativa de Eduardo la tranquilizaba; sirvió una mezcla de gin, cola y ron; cuando volvió al comedor, el hombre no estaba.
 – ¿Eduardo…?
 Caminó hacia la puerta, la abrió y en ese momento Eduardo surgió en el pasillo que daba a la pequeña habitación donde Ximena guardaba sus maquetas.
 – Había ido al baño – dijo Sonriendo.
 Ximena se volvió, sirvió el otro vaso de gin y en ese momento escuchó la puerta de calle y los pasos apurados del hombre en la escalera.
– ¡Eduardo! – Corrió detrás de él bajando precipitadamente las escaleras; salió a la calle, pero el hombre había desaparecido doblando la esquina una cuadra más allá. Ximena avanzó unos pasos, y en ese momento recordó que estaba vestida con su malla negra, exhibiendo sus nalgas. Un grupo de adolescentes que llegaban desde el otro extremo de la calle corrieron hacia ella gritando, pero Ximena entró con rapidez al edificio y cerró la puerta de calle.

Diego L. Rodríguez Tutt'Art@ (1)

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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