NARRATIVA – Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 5 – Segunda parte – Violencia doméstica.

Ximena fue durante mucho tiempo estibador en el puerto. Ahora es un transgénero, que viste y se comporta en forma femenina.  En la sociedad distópica en la que vive, Ximena es considerada como un “lector hembra”. Son muchos los que pretenden cambiarla. Su poderoso tío, Florencio García González, insiste en que una mala selección de lecturas en su adolescencia fue la que desató la tendencia transexual de su sobrina. A pesar de los intentos de quienes la rodean, Ximena permanece aferrada a la lectura de las obras de Odirco Nelaba, autor execrado por el statu quo, ya que promueve “la pasividad del lector”. 

 

Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 5 – Segunda parte – Violencia doméstica.

Gocho Versolari

Ximena caminó rápidamente en la oscuridad y atravesó el sendero iluminado; corrió tratando de llegar rápidamente a su departamento. Estaba terminando de subir las escaleras, cuando se abrió la puerta de la pieza de su vecina.
 – Ximena…
 – Si Ignacia.
 – Estuvo el señor. Ese que te gusta…
 – ¿Estuvo? ¿Quiere decir que ya se fue?
 – Dice que te va a llamar esta noche. Ahora te dejó esto…
 Ignacia abrió la puerta y mostró dos grandes bolsas plásticas, y un sobre de papel madera.
 – Dice que te va a llamar esta noche a las nueve; que lo estés esperando. Que te deja esta carta y esta ropa para que le laves…
 – Gracias Ignacia.
 Ximena tomó las bolsas y estaba por entrar a su departamento cuando la detuvo la voz de Ignacia.
 – Ximena…
 – Si.
– Empezamos mal. No te ve desde hace días y cuando viene en vez de esperarte te deja este regalito.
 Ximena sonrió.
 – No te preocupes, Ignacia – dijo acariciando la piel color terracota de la boliviana – yo le pedí que me traiga cosas para lavar….
 Apenas estuvo en su departamento,su sonrisa se transformó en un gesto de dolor. Aquel día era una sucesiva pérdida de cosas: el vestido que sentía suyo y había tenido que dejar, la novela y ahora el desencuentro con Eduardo.
Ximena tomó el sobre de papel madera que acompañara a las bolsas y lo abrió lentamente. Había una nota escrita con marcador grueso y una foto. Leyó lo que decía.
 Ximena: me enteré de lo ocurrido por tu vecina Ignacia. Tuve que permanecer estos días con el hombre del que ya te he hablado. Esta noche llamaré sin falta y procuraré ir y estar contigo. Te pido que esperes mi llamado. Acompaño esta nota con una foto tuya: esto demuestra que no has seguido mi consejo acerca de tus lecturas, aunque no pienses que me enojo o algo parecido. Besos. Eduardo
 Ximena miró la foto: se trataba de una reproducción en color; a pesar de que su rostro no estaba visible, reconoció el costado de su pierna y el color del vestido que había llevado esa tarde; el centro de la foto era la cubierta de Monasterio, el libro de Odirco Nelaba.
 – ¿Cómo pudieron…? – preguntó en voz alta y en ese momento recordó el colosal helicóptero amarillo y rojo; los fogonazos que viera desde las ventanillas. La idea la turbaba: habían podido entrar a su casa y colocar una bomba, ahora la fotografiaban sin su consentimiento; estaba expuesta: cualquiera podía entrar y violar su privacidad. Sintió un acceso de pánico y recorrió las ventanas cuidando que los vidrios y las celosías estuvieran cerrados. Revisó los caños que daban hacia afuera; notó que sus manos temblaban y trató de controlarse. Procuró pensar que todo era producto de su imaginación; que no había nada que justificara sus temores; volvió a mirar la foto: podía tratarse de cualquier mujer, sentada en esa posición, con un vestido igual al suyo y con un libro cerrado a su lado.
 Se volvió hacia las bolsas de ropa y las abrió: una de ellas estaba llena de ropa interior de Eduardo. Tomó un par de calzonicllos y lo olió buscando el aroma del pene; sintió que se excitaba levemente: hacía días que no tenía sexo; ni siquiera una simple y rápida masturbación. Metió las manos en la bolsa y sacó más ropa interior y medias sucias de Eduardo. Abrió la otra: tenía pantalones y al fondo encontró una campera de plástico multicolor. La desplegó. Tenía los hombros cuadrados, y no pudo dejar de imaginar a Eduardo vistiéndola; pensó en pedirle que la usara desnudo para hacer el amor con ella. Se quitó su vestido verde y se la probó. mirándose al espejo: era entallada, “unisex” y correspondía a su talle; de pronto, palpó algo de cartón en uno de los bolsillos internos. Metió la mano y sacó un folleto de cartulina brillante, con un logo en forma de alas de avión y un leyenda que decía AVAKIA.
 Ximena permaneció con él en la mano, mirándolo durante un largo rato mientras se quitaba lentamente la campera. Apenas terminó de hacerlo, abrió el folleto: el interior estaba formado por varias tiras de cartón que movió con habilidad. En pocos minutos armó un loro de cartón multicolor; de su pico salía un globo blanco que decía AVAKIA. Ximena estaba pálida. Apoyó el loro encima de la mesa y permaneció mirándolo durante unos segundos. Después lo tomó y caminó hasta el baño. Abrió un encofrado que se levantaba encima del inodoro, y sacó un folleto igual. En pocos minutos lo abrió y armó un loro idéntico al que tenía frente a ella: otro globo exactamente igual salía de su boca diciendo AVAKIA.
 Permaneció inmóvil, llevando su mirada desde los loros hasta el espejo que le devolvía su rostro pálido, su expresión preocupada.
 Se sobresaltó al escuchar el timbre de la puerta. Intentó guardar los dos loros en el encofrado, pero sólo logró hacer un amasijo de cartón multicolor. Cuando estaba llegando al comedor volvieron a llamar a la puerta.
 – ¡Un momento…!
Después de su experiencia con Paulo, decidió ponerse una robe encima de su ropa interior y abrió. Era Eduardo. Por un momento, estuvo a punto de arrojarse sobre él y besarlo, pero se contuvo. Lo miró fijamente, detenida en el vano de la puerta. Eduardo estaba más delgado que la última vez. Su rostro estaba tenso, y en su mejilla izquierda un músculo se movía involuntariamente; tenía su comisura derecha levantada y dejaba ver su hilera de dientes pequeños y blancos. De pronto levantó su brazo rígido y su mano áspera acarició la cara de Ximena. Ella no pudo evitar un gemido; a pesar de la súbita aprehensión hacia él, deseaba ser acariciada y besada.
 – ¿Querés pasar?
 – A eso vine… Veo que te empezaste a ocupar de mi ropa – dijo al ver las bolsas abiertas y la ropa en el piso de la habitación.
 Ximena se sentó con un suspiro.
 – Eduardo… había empezado a ocuparme de tu ropa como vos decís. Había empezadlo a separarla, a olerla a alegrarme de hacer algo tan femenino como lavar los calzoncillos de mi hombre, pero de pronto descubrí algo que me desconcertó… no sé si mostrártelo. En un primer momento no pensé en decírtelo.
 – Te escucho…
 Ximena miró la cara rígida de Eduardo; las muecas la cruzaban y sintió que estaba frente a alguien distinto del hombre que había conocido hacía pocos días.
 – ¿No querés tomar algo antes? ¿No querés conversar un rato? Por ahí lo que tengo que decirte son zonceras mías….
Ximena se interrumpió: Eduardo la había tomado con fuerza del brazo, obligándola casi a incorporarse.
 – Mostrame lo que dijiste. Es importante que todo entre nosotros sea trasparente…. ¡trasparente, entendés…!
 – Me hacés doler Eduardo. – Ximena retiró su brazo. Bajó la mirada ante los ojos llenos de furia inexplicable – Está bien; seguime al baño.
 Eduardo caminó detrás de ella. Los loros estaban aún colgando del encofrado.
 – Encontré esto en tu campera Se trata de una propaganda de la empresa que dirige mi tío. Estos loros de cartón fueron creados este año como un diseño especial para clientes y personas allegadas. Hay un total de 25, yo tengo uno de ellos porque mi tío se empecinó en enviármelo. Lo hubiera destruido, pero lo vi tan hermoso que me dio pena. Lo único que hice fue confinarlo al baño. Al ver que tenías uno exactamente igual tuve una extraña idea: por un momento imaginé que la persona que te somete sexualmente es mi tío…. pero es una tontería, ¿no es cierto?
 Ximena se volvió hacia Eduardo; mientras la escuchaba, había tomado un papel muy fino, como el usado para armar cigarros y lo había desplegado sobre el vidrio del botiquín del baño. Ahora había volcado en él una porción de polvo blanco; con un rasero lo alineó, tomó una pipeta y empezó a aspirar.
 – ¡Qué hacés! ¡ te va a hacer mal…! dejalo.
Ximena se dirigió hacia él tratando de detenerlo, y en ese momento Eduardo levantó el brazo golpeándola y arrojándola hacia el bidé. Con el dorso de su mano hizo caer el papel, el polvo y la pipeta desparramándolos por el suelo.

Valentin Rekunenko (18)

GOCHO VERSOLARI

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