NARRATIVA – Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 5 – Primera parte – El libro perdido.

Pasión, persecución y presunta muerte del lector hembra – Capítulo 5 – Primera parte – El libro perdido.

Gocho Versolari

 

 Un niño transformándose en un monstruo.
Un pez aspirando el aire a bocanadas, en un suicidio acuoso, imperdonable.
Una pasión menguándose, encogiéndose, oliendo el aire, agazapándose para cazar los colores del cielo y los aromas de la tierra.
Así fue el puño de Ximena, levantándose desde el barro, atravesando el enhiesto aire de la estación incierta.
Así fue la figura   que de pronto asomó de atrás de la repisa caliza que bordeaba el lado norte de la cantera. Así fue su rostro: el bosquejo de un azul monigote contra el negro del horizonte. Su boca enorme, babeante, abierta en un grito de triunfo que no podía pronunciar, ya que el aire se agolpaba, se amontonaba, se balanceaba en esa gigantesca boca que no llegaba a tragarlo. Y blandía   su triunfo como una segura bandera roja y verde en medio de los colgajos de la noche.
Ximena había sido estibador.
Su pasado se concentró en su mano, en sus nudillos blancos, en la fuerza que tomó su brazo, que le llegó desde la tierra oscura, babeante de ondas. Allí estaba el hombre, su perseguidor. Allí estaba ella, el monstruo, que se había negado a dejar de ser hembra, a contaminar   su sagrado interior con la conducta del macho.
Allí estaba el monstruo supuestamente pasivo, cargado de las pasiones más barrosas, lleno de pestilencia y de decadentes abyecciones.   Ella, la que había osado despreciar el monolito, el cetro, el poder que le ofrecieran una y otra vez los buitres del atardecer del cosmos.
Cuando tu antebrazo se tensó habrás recordado a Homero, a las lentas lanzas que atravesaban carnes flácidas, que disolvían la sangre y que la vertían en helénicas canaletas.
 Así la mano de Ximena se movió lentamente, hendiendo el aire. Ella vio sus dedos, nudillo a nudillo, cerrarse como animales que se encogieran buscando la presa. En tanto, la expresión imbécil del hombre seguía suspendida de las luces de la noche, inmóvil; quizá su brazo se estuviera levantando levemente desde atrás de la barrera de piedra; pero el tuyo, Ximena, tu brazo cargado con la fuerza insólita de los mares, de los barcos que llegan y salen, que surcan las aguas hacia uno y otro puerto, tu brazo Ximena, lleno de resortes invisibles, de resortes de carne, golpeó duramente contra la expresión estúpida, quebrando la filigrana blancuzca. Ay Ximena. La mano que nació para acariciar, debe golpear; la mano que nació para paloma es un salvaje animal que no llegó al ámbito respirable de las formas.
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 Ximena subía la escalera que la conducía a su departamento en el viejo edificio, cuando escuchó el teléfono. Se quitó los zapatos de tacón y corrió descalza, hasta llegar a la puerta; la llave estuvo a punto de trabarse y le costó abrir. Se arrojó casi sobre la mesita y levantó el tubo, mientras jadeaba.
 – ¡Hola…!
 – ¿Ximena…?
 Se mordió el puño al escuchar del otro lado la voz de Eduardo.
 – ¿Ximena…?
 Ximena no podía hablar: de pronto sintió ganas de llorar y no quería que él lo notara.
 – Eduardo, soy yo…
 No pudo evitar el sollozo.
 – ¿Qué te pasa…?
 – No sé… no quería… no quería….
 Las lágrimas cortaban su voz una y otra vez.
 – ¡No te muevas! ¡Voy para allá!
 Eduardo cortó. Sin dejar de llorar, Ximena quedó mirando el tubo y colgó. Se levantó y se miró al espejo. Sintió necesidad de arreglarse, de estar presentable para él. Ocurría algo extraño. Después de la experiencia en la cantera, de haberse probado aquel vestido casi vivo que se ajustó a sus formas, una importante parte de ella no quería que Eduardo llegara. Era como si de pronto hubiera conseguido un grado de intimidad consigo misma, y la presencia del hombre amenazara con interrumpirla. Además, sentía cierto resentimiento hacia Eduardo: no había estado cuando lo necesitó. Se pintó los ojos, y los labios. Se vio hermosa, a pesar de su llanto; descubrió que se amaba profundamente, y se acercó al espejo besándose en la boca.
 Estuvo frente a sí misma, sumergida en su propia contemplación, hasta que una señal de alarma interrumpió su éxtasis.
Monasterio… – murmuró mientras caminaba por la habitación buscando el libro de Odirco Nelaba, de tapas magenta y roja. Lo había llevado a la cantera; hacía unos instantes, al subir precipitadamente las escaleras, ya no lo traía consigo. De pronto recordó: al descubrir el vestido en la cantera, lo había apoyado en la repisa de rocas, y no lo había recogido cuando se fue.
 Se sintió desesperada: no podía vivir sin la novela; necesitaba ese libro cerca de ella, pero a la vez no podía irse y dejar a Eduardo que estaba por llegar. Caminó de un lado al otro del comedor, hasta que decidió escribir una nota: Eduardo, mi amor: fui a hacer una diligencia. Vengo enseguida. Por favor, no te vayas.
 Se calzó un par de zapatillas para caminar con más rapidez y colgó el cartel en la puerta del lado de afuera. Ya la tarde se ponía; Ximena había salido sin abrigo y sintió sobre su piel la brisa fresca del atardecer. En la zona de la cantera no había luz, así que debía darse prisa. Tenía la boca seca; temía que el dueño de aquel lugar hubiera llegado, y se hubiera apoderado del libro.
 Avanzó casi corriendo por el paseo de árboles. Faros en las esquinas se iban encendiendo de a poco, pero terminaban al llegar al espacio abierto, donde empezaban las paredes de roca viva que conducían a la laguna y a los promontorios de pedregullo.
 Ximena llegó allí y caminó lentamente hasta reconcer el lugar donde había estado esa tarde. Caminó junto a la pared rocosa donde debían abrirse las vetas brillantes. Avanzó tanteando la piedra: había surcos rellenos de sustancia blanca, opaca y sólida. Ximena se sintió inquieta: ya había caminado lo suficiente como para encontrarse con la puerta brillante por la que había entrado. Se detuvo: la pared se continuaba en estribaciones circulares, y puntiagudas, dando un giro hacia una rampa natural también de piedra a la que no recordaba.
 Volvió sobre sus pasos y buscó centímetro por centímetro hasta convencerse que ya no estaban las vetas plateadas. Se detuvo confundida; la angustiaba pensar en la pérdida de la novela; en su casa tenía otros dos ejemplares, pero aquel era el que mas amaba: estaba subrayado por ella, y comentado al margen con su propia letra.
 De pronto recordó a Eduardo: debía volver; quizá mañana durante el día pudiera encontrar el lugar por el que había pasado.

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GOCHO VERSOLARI

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