Narrativa: Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Novena parte – Final – Layla: La rebelión de los insectos

Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Novena parte – Final – Layla: La rebelión de los insectos

Gocho Versolari

Es el final de Alemín con un gran interrogante: el único niño que ha marchado de la tierra en una nave de derviches, ¿podrá regresar de la muerte? ¿Darán resultados los esfuerzos de la avispa Layla y los insectos nocturnos? 

Periódicamente, la Gran Avispa se fecundaba a sí misma; casi siempre sus hijos formaban nidos en asteroides cercanos o en su propio tórax, engrosando las colonias de insectos. Con el Despertar de los Insectos, nació una camada de retoños, que no parecían dispuestos a instalarse. Apenas nacidos, hablaron entre ellos, con zumbidos incoherentes,  sabiendo muy bien lo que buscaban. Volaron al palacio de luz ubicado entre el vientre y el tórax y golpearon hasta el cansancio el piso con sus patas.
 Layla emitió una réplica de sí misma, y fue a su encuentro. Apenas la vieron, las pequeñas avispas la recibieron con gritos inarticulados.
 – Bienvenidas a la luz, hijas mías…
 Todas hablaron a la vez; las frases se superponían.
 – …Layla, antes de nuestro nacimiento estuvimos en el Barzaqh. Hay decisiones de tus entrañas que debes seguir.
 – Somos los mensajeros de tu instino, oh madre.
 – Te traemos noticias sobre lo que debes hacer…
 El coro de zumbidos a media lengua se hizo inaudible
 – Silencio, por favor – ordenó Layla – Ya mi hígado me ha informado lo que debo hacer: es tiempo de irme. Lo siento en mis ojos en mi vientre y en mi tórax. Debo migrar al otro lado del Barzaqh donde está la oscuridad de lo que no se manifiesta…
 Las avispas pequeñas asintieron con entusiasmo y volvieron a hablar a la vez, confundiendo sus zumbidos. Layla se apartó y se habló a sí misma sin que la escuchen
 – …antes de migrar debo hacer algo que pertenece a mi naturaleza, pero que puede acabar con mi vida…
 La réplica dejó a las ruidosas recién nacidas, voló por la escotilla de su propio vientre y se dirigió hacia el agujero central que unía su abdomen con su tórax. En el lugar había despedido  a los insectos que debieron acudir al país de la muerte a recuperar a Alemín. Hacía muy poco habían llegado una abeja y una avispa: la noche portátil, maltrecha y los insectos desorbitados. Por momentos hablaban con coherencia y por momentos caían en impresionantes delirios. Afirmaban eso sí, que el niño seguia vivo, que no había sido devorado por la muerte.
 La avispa se detuvo frente a la cueva desde la cual la niebla surgía como un humo brillante, verdoso. Se detuvo y oteó el lugar: corría el riesgo de quedar aprisionada en la muerte; imaginaba su propio cuerpo y las especies de insectos que lo habitaban, desarmándose, cayendo de a pedazos, convirtiéndose en un enorme agujero negro que atraería a  los cuerpos que la rodeaban.
 A pesar del peligro, entró en la grieta. Se elevó y voló bajo, sosteniéndose con dos de sus cuatro alas y produciendo un leve zumbido. Si Alemín había podido liberarse, ella lo ayudaría a recorrer los últimos tramos
 El Despertar de los Insectos había llegado a su culminación y ahora empezaba a decrecer, pero la avispa Layla sentía con fuerza las vibraciones en sus patas y sus alas.
 Aquel lugar no cambiaba: sabía que los caminos de la muerte eran monótonos, que un mismo motivo se repetía hasta el cansancio y que la propia muerte surgía del tedio, del sentimiento de no llegar a ninguna parte, de la falta de sentido de todo.

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 Pensaba en esto, cuando las nubes se interrumpieron y Layla casi pierde el equilibrio sobre un vacío negro. Voló lentamente con sus cuatro alas, tratando de habituarse a él. De pronto surgió una línea cortada que avanzaba hacia arriba, culminaba, volvía a caer y se sostenía en el punto donde el vacío parecía hacerse más profundo.
 Llegó hasta el punto plateado que recorría la parábola y viró despacio: el zumbido de sus alas era lo único que rompía el silencio; Layla sintió que debía recoger la partícula no sobre su cuerpo físico sino sobre el sonido. Apenas lo hizo, algo leve estalló sobre ella; en ese momento vio a lo lejos una valla detrás de la cual se sucedían los rayos, las tormentas y las nubes espesas.
 Layla giró sobre sí misma, y ahora fue ella quien describió una parábola  que la llevó enseguida al túnel de nubes brillantes que terminaban en la gruta de su vientre.
 Suspiró cuando pudo salir del pasillo y se sacudió; en su lomo sentia un peso creciente, y su corazón latió con fuerza: esperaba ver a Alemín, dormido, pero en vez de eso, un resplandor sólido estalló con rapidez y se disolvió en chispas. Quedó desconcertada.
 – Madre nuestra, desde el Barzaqh te llaman…
 Las tres avispas recién nacidas volvieron a presentarse; por primera vez en mucho tiempo, Layla se sintió angustiada, sin saber qué hacer. Su sentimiento se trasladó a las colonias de insectos; la luz entre su tórax y su vientre parpadeó a punto de apagarse y los nidos cerraron sus ventanas.
 – Hijas mías, alguien muy querido debía volver de la muerte e ignoro si lo ha logrado. Vosotras llegáis de Barzaqh. ¿Habéis escuchado allí algo de un niño llamado Alemín?
 Las tres avispas hablaron a  la vez; los zumbidos volvieron a ser inaudibles. Layla se apartó con una sensación de urgencia en su vientre: después del Despertar de los Insectos debía migrar sin demoras
 Se alejó con tristeza: debía fundirse a la Gran Avispa y emprender  el vuelo que la llevaría al otro lado del universo. Una de las  recién nacidas llegó hasta ella.
 -… Layla, querida: el niño Alemín está vivo. Así dijeron en el Barzaqh…
 La avispa apenas podía zumbar, y le costaba mantenerse en el aire agitando sus dos pares de alas. Layla se preguntó si la pequeña quería consolarla o si era cierto lo que afirmaba.
 
 
 La  migración de la Gran Avispa se preparó con rapidez; por una unidad profunda con su madre y Señora, todas las especies de insectos sintieron la necesidad de alejarse.
 El asteroide listado de negro y amarillo, se desplegó; en el momento en que lo hizo, apartó otras rocas que estaban junto a ella y un momento antes de romper el vuelo, la Gran Avispa tuvo una visión.
 Era un planeta iluminado, donde Baraqahs de humanos caminaban de un lugar a otro. Layla volaba por praderas azules, bajo tres soles; enormes montañas de rocas multicolores llenaban el horizonte. Desde el aire vio una de las Baraqahs más alta que las otras; llegó hasta ella: era una mujer con el rostro cubierto; estaba de pie, como esperando a la avispa, y se descubrió mostrando las hermosas facciones de al-Hallaj.
 – Alemín… ¿Dónde está Alemín? Debo viajar al Barzaqh…
 La Baraqah no contestó y se limitó a sonreír plácidamente. En ese momento,  todo se precipitó  , Layla sintió que atravesaba espacios enormes y voló hacia una sutil cortina púrpura que se tendía en el espacio, como dividiendo el universo.

FIN 

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 GOCHO VERSOLARI

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