Narrativa: Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Octava parte – El Gran Ciego

Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Octava parte – El Gran Ciego

Gocho Versolari

El cielo se oscureció un momento y algo brilló en el aire: como una sucesión de esferas color naranja que encandilaban; el fuego parecía surgir de su interior.
 Alemín siguió caminando,  lleno de presentimientos oscuros. Intentó tranquilizarse, pero a los pocos minutos, los temores  volvieron. Otra vez  se sentó junto al camino. Los insectos que lo acompañaban se suspendieron sobre él, y la abeja se adelantó.
 – Niño tu rostro se hunde en los pantanos de la desesperación…
 La luciérnaga se adelantó y recitó con voz chillona.
 Para nosotros el cuervo se ha levantado
a nuestra derecha, y en su vuelo
descubro un mal presagio durante mi noche
pues su mensaje
en su tan sutil expresión
es más acre que la muerte…
 Alemín no terminó de escucharlo: volvió a dormirse. No tuvo sueños precisos: sólo pozos profundos en el fondo de los cuales se movían negras serpientes y otras alimañas.
 Al despertar no reconoció el lugar: el cielo se había oscurecido  como en el atardecer y frente a él se levantaba una colina que no recordaba haber visto. Detrás de ella, brillaba un resplandor que parecía el sol de la Tierra.
 Alemín se incorporó; la noche portátil flotaba a su alrededor, pero los insectos que hasta el momento lo acompañaban, se habían escondido en las profundidades. El niño sintió una desazón enorme, como si  el universo hubiera perdido su sentido y ya no tuviera importancia el fin de su viaje. Volvió al camino, dio primero un paso y luego otro: los pies le pesaban y le resultaba  difícil avanzar.
 Sintió algo duro en un pliegue de su gandura: era la caja que contenía la partícula de semen del ahorcado. La apretó con fuerza, como aferrándose a ella. Dio un paso más, y en ese momento, detrás de la colina, surgió la piedra ovalada, cubierta de fuego. En el centro estaba la mujer desnuda de senos desparejos: la misma que había visto en  sueños; la que conociera en la cueva de la realidad virtual, a la que Habib al-Masgid, el que se Postra, había llamado Bathna. La postura de su cuerpo era de total abatimiento; su rostro, una máscara enmarcado en arrugas; sus ojeras llegaban hasta las mejillas y su boca estaba curvada hacia abajo en una expresión de dolor; a simple vista parecía una anciana decrépita y los senos desiguales le daban un aspecto monstruoso. Miró fijamente a Alemín; retorció sus manos, atadas a la piedra:  verdes, hinchadas, agrietadas; intentaba apuntar al niño con uno de sus dedos
 No era la mujer suplicante, quejosa que conociera en la cueva virtual. No era tampoco la que había aparecido en el sueño de la muerte, con gusanos en vez de cabellos, con sus ojos furiosos y su lengua bífida, intentando alcanzarlo.
 Su figura era un pozo que giraba hacia adentro, que lo atraía sin moverse; tan sólo su boca sin dientes, se abría y cerraba como pronunciando palabras. Alemín no podía dejar de mirarla, y al hacerlo, crecía su deseo  de dejar todo, de unirse con la tierra que lo rodeaba; no sólo de morir definitivamente, sino de hundirse en el olvido más total, como si nunca hubiera existido.
 No supo cuánto tiempo estuvo frente a la mujer. Ella hablaba a una parte de sí mismo con palabras oscuras que después no recordaría. Desfilaron ante sus ojos imágenes de cementerios: mausoleos, tumbas abandonadas, cadáveres a cielo abierto,  llenos de gusanos. Alguien cantaba un himno glorioso y negro y sus entrañas sentían el deseo de sumergirse en la muerte
 De pronto  el horizonte se movió a uno y otro lado, como si se volcara. Su cuerpo buscaba la posición horizontal; caía sin que lo pudiera controlar, aunque una parte de sí mismo intentaba levantarse, pero  sus fuerzas  disminuían momento a momento.
 Sólo lo mantenía en pie  un creciente terror al vacío  que latía debajo de las cosas que lo rodeaban y de su propia vida; ese miedo era el que revestía la comarca de la muerte de caminos, árboles y aún de tormentas y de límites, así como del sentido de la duración por un miedo básico de enfrentarse con la realidad.
 Y en el centro  lo único que existía era la mujer crucificada al Infierno,   destilando y concentrando en su rostro todo el dolor.
 En uno de los intentos por levantarse, Alemín tuvo un momento de lucidez: tomó la caja que contenía el semen del ahorcado, la abrió y arrojó su contenido hacia el enorme guijarro ardiente. No ocurrió nada: era como si todo a su alrededor se derrumbara; otra vez de su cuerpo salieron bolas brillantes que rodaron por el campo como centellas, estallando a su alrededor.
 Primero fue un trueno que se repitió y se prolongó, haciendo vibrar toda la realidad. Después fueron relámpagos que iluminaron  el paisaje de la muerte como si se incendiara. Finalmente cayó una lluvia intensa, un aguacero que no apagó el fuego; por el contrario, las llamas que cubrían al guijarro aumentaron hasta que la mujer desapareció cubierta por las ellas.
 En ese momento, como emergiendo de la colosal tormenta, surgió una figura gigantesca; Alemín debió abrir y cerrar los ojos para verlo con claridad: todo su cuerpo despedía fuego brillante, abrasador; era un anciano encorvado, cubierto por un sayo hasta los pies. Sus ojos enormes, blancos sin pupilas asomaban por sus cuencas y parecían flotar en el aire enrarecido.
 Alemín  sintió nuevamente el suelo debajo de sus pies.
 – ¿Jeque Shari’ah…?
 – El Jeque Shari’ah ha muerto – respondió la figura – Sólo queda su Baraqah quien ha recuperado la juventud y vaga del infierno al Barzaqh. El jeque Shari’ah fue un monigote, fue alguien que creyó disponer de poder, de prestigio; soñó viajar en una nave con forma de mezquita que había salido de un lugar absurdo llamado “Tierra”; creyó presidir un Diwán y  supuso tener una mirada con la que podía controlar a los hombres. Todo era ilusión. El Jeque Shari’ah ha muerto y lo reemplaza el Gran Ciego, el Señor del Infierno….
 El tono de soberbia del personaje contrastaba con sus gestos, con su modo de acercarse a Alemín, con su mano levantada como tendiéndose a él.
 – Mírame niño. Detrás de mí está la verdadera muerte…
 En el guijarro ardiente las llamas habían retrocedido y la mujer había vuelto a presentarse. Alemín se sentía tentado a mirarla; su rostro le producía el peor sufrimiento de su vida, pero deseaba hacerlo, por una oscura necesidad de saber cómo terminaba todo.

Yoshiro Tachibana - Tutt'Art@ (2)

 – ¡Mírame a mí, niño! ¡Yo soy el Señor del Infierno!
 – Ni tú ni ella existen – Alemín se asombró al escuchar su voz firme – no tengo dirección a la que mirar.
 El llamado Gran Ciego lanzó una carcajada.
 – ¡Es muy cierto lo que dices! Aceptas el vacío y tú también eres ciego.
 Alemín miró hacia arriba: ya no había cielo: sólo un enorme agujero en el cual los astros se alejaban a enorme velocidad; todo se derrumbaba lenta y silenciosamente.
 – Recién cuando escuchabas el monólogo del dolor en las palabras silenciosas de Bathna, sentías que eras tú quien se  derrumbaba. Ahora, ante el sonido de mi voz, todo lo que te rodea cae irremediablemente. En pocos minutos quedarás sin nada, sin suelo que te sostenga, y sabrás que sólo puedes escapar de la muerte caminando por el vacío. Deberás hacer algo más: el guijarro está sostenido apenas en una roca, balanceándose junto al espacio. Te acercarás a él y lo empujarás para que caiga. El reino de la muerte arderá hasta desaparecer, y si logras atravesar el vacío que quede, podrás salvarte.
 A continuación el Gran Ciego rió sonoramente, mientras el niño caminaba en medio de las tinieblas hacia la gran hoguera, tratando de no mirar el rostro de Bathna, que gritaba en silencio su dolor.  La risa monótona, repetitiva del Gran Ciego conteníael enorme sufrimiento que recibía de la imagen.
 Las piernas le pesaron y antes de llegar al guijarro sintió un viento huracanado que pareció detenerlo. Debió esforzarse. Las risas del anciano se alejaron y él mismo rió: al principio fue un gruñido que apenas pudo salir de su garganta y luego sus carcajadas crecieron y pudo avanzar más y más.
 Por dos veces sus manos llegaron a la superficie donde el fuego era menor; otras tantas tuvo que apartarse repelido por una extraña fuerza. Finalmente gritó; algo en su hígado emergió con una fuerza caliente que llegó a su cabeza: deseaba volver al mundo de los vivos. El guijarro cedió bajo sus manos, se tambaleó varias veces, y cayó hacia atrás. Por un momento Alemín vio las estrellas que seguían alejándose y finalmente se perdieron entre las llamas de la esfera que explotaba. Un grito tremendo  fue la última señal. Después sólo quedó el vacío vibrante.

Yoshiro Tachibana - Tutt'Art@ (11)

GOCHO VERSOLARI

Ilustraciones; Yoshiro Tachibana

 

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