Narrativa: Alemín –Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Séptima parte – El peregrinar de Alemín

Alemín –Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Séptima parte – El peregrinar de Alemín

Gocho Versolari, Poeta

Los insectos en el cuerpo de Alemín dejaron ver el interior del niño: lentamente, la Baraqah atravesó su laringe, bajó por su esófago y se detuvo al llegar a su vientre. Allí brilló y en pocos minutos fue el centro de un intenso resplandor que iluminó sus vísceras; después salió por su ombligo y se unió con la luz que llegaba del cielo. El halo del vientre del niño creció hasta deslumbrar a los insectos y a al-Hallaj. También cubrió el patio de los objetos, atravesando el vapor tornasol de las aguas de lluvia que se evaporaban. En los límites de la muerte las tormentas seguían arreciando.
  Alemín despertó de pronto, abrió los ojos y  lanzó una inexplicable carcajada que expandió sus pulmones. Se abrazó a al-Hallaj, lo besó en la boca y siguió riendo. Los insectos se separaron de su cuerpo y quedaron suspendidos a su alrededor como colgando de la noche portátil. El niño siguió riendo; al Hallaj se contagió de sus carcajadas sonoras, que  fueron tomando consistencia  al ritmo  del resplandor pulsante que surgía de su vientre.
 Dejó de llover mientras el niño seguía riendo. El patio de los objetos se recompuso: desapareció el orín del acero, la madera volvió a armarse por sí misma y todo lo que llenaba el lugar recuperó su individualidad, integrándose a las demás cosas a pesar de su diversidad
 Las abejas y las luciérnagas que cumplían un  papel de protección, se pusieron tensas: a los confines del patio llegaron cantidad de  bolas brillantes que  se abalanzaron como centellas sobre Alemín y entraron en él.
 – Tranquilos – dijo al-Hallaj a los insectos – es todo lo que el niño había perdido y que ahora vuelve.
 A medida que las esferas luminosas entraban en Alemín, sus mejillas cobraron color. En su mente los fragmentos del pasado se armaron como un rompecabezas y en pocos minutos recuperó su vitalidad. Dejó de reír, limpió las lágrimas de sus ojos y al-Hallaj acarició suavemente su rostro.
 – Alemín, debes apurarte. Aunque el Despertar de los Insectos haya cambiado el clima del país de la muerte, a partir de ahora deberás aprovechar tu vitalidad para escapar de él. Sólo tú podrás regresar al mundo de los vivos y deberás utilizar tus propias fuerzas; has tragado tu propia Baraqah y ya no debes esperar la ayuda de la avispa Layla ni de nadie. Sólo nosotros nos quedaremos aquí: seremos una parte tuya inmóvil, mientras tú buscas tu salvación. Cuando logres tu meta, en algún momento volveremos a estar juntos. Deberás tomar cualquier camino: te guiará tu instinto y dos de los insectos aquí presentes: estás acostumbrado a recorrer senderos tortuosos sin más ayuda que un par de Ghazal revoloteando a tu alrededor; de ese modo salvaste a las Baraqahs condenadas por Faqaha, el Doctor de la Ley. Ahora no importa lo que ocurra; no importa si los monstruos o los demonios te destruyen; no son ellos los que impedirán que regreses al calor de los vivos. Sólo si abandonas tu senda, si el cansancio tibio se prende de tus músculos, si el sueño te vence y te acuestas a dormir junto al camino, perderás todo. Recuerda que estás en la patria de la muerte. Es una nube negra que llena todo, impera y contamina el aire y el agua, y más que nada la tierra. Si tu espíritu no está atento, la muerte te envolverá como un puñado de hebras muy finas y muy fuertes y tus enemigos lograrán aniquilarte.
 al-Hallaj se arrodilló junto a Alemín, lo tomó de los brazos y lo miró a los ojos.
 – Escucha,  niño: lograrás volver al mundo de los vivos; serás el primero que por su propio esfuerzo escape de la muerte. Cuando llegues, te encontrarás en el planeta de las Baraqahs. Es un mundo creado por los Akl: Avicena, su amante Aristóteles y Hayy, el Sabio Adolescente. Allí rigen la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos y Abdul Arabih. Te encontrarás con un enorme cielo lleno de nuevas constelaciones y todos los que te aman saldrán a recibirte. Tú serás a la vez la roca que sostenga el planeta y un oscuro caminante que irá al sitio donde quiera residir.
 al-Hallaj calló. Había llegado el día, cubierto de nubes, pero después de aquel inmenso tiempo de tinieblas, la luz llenaba todo. A lo lejos, las tormentas arreciaban como queriendo llegar hasta  ellos.

Ricardo Fernandez Ortega - Tutt'Art@ (32)

 Una de las abejas se adelantó
 – al-Hallaj, déjame darle a Alemín esta caja con la partícula del semen del ahorcado: es necesario que la lleve con él; sabrá cómo usarlo en el momento preciso.
 Abrió un pliegue de su vientre y tomó la caja roja que le alcanzó a Alemín.
 – Debes recordar algo, niño: estás muerto y no necesitas alimentarte; aquí tampoco existe el tiempo y el hecho de presentar tu regreso al mundo de los vivos como una marcha es porque no lo puedes entender de otro modo. Si tienes duda sobre qué camino seguir, fíjate en lo que hacen los insectos que te acompañan.
 Al-Hallaj y Alemín se abrazaron y se miraron a los ojos antes de separarse.
 – Nos encontraremos, niño…
 Alemín inició el camino por un sendero de tierra apisonada, alrededor del cual crecían extraños arbustos retorcidos como si hubieran sido alcanzado por rayos; en algunos de ellos, brillaban  ojos pequeños y fugaces que desaparecían apenas el niño se fijaba en ellos.
 El cielo se iluminó aún más, aunque la niebla seguía ocultando cualquier astro. A lo lejos los límites de la muerte continuaban cubiertos de nubes espesas. al-Hallaj no le había sugerido que los atravesara, y Alemín no deseaba hacerlo; algo dentro suyo le decía que salir de la muerte era muy sencillo, tanto que eso mismo ocultaba la solución del problema
 Se encontró con numerosas encrucijadas en las que debió decidir el trayecto; no dudó en tomar uno u otro camino, guiado exclusivamente por su instinto.
 Desembocó por fin en un sendero muy ancho, de piedra lisa y tibia bajo sus pies. Se extendía sin bosques, montañas o recodos y no podía ver su fin. Los límites de la muerte que seguían tronando y relampagueando,  continuaban tan lejanos como siempre
 Atendiendo a lo que le había recomendado al-Hallaj, Alemín permaneció alerta tanto a lo que sucedía a su alrededor como a sus propias reacciones: no sentía hambre y su sentimiento del tiempo se alteró: el día parecía continuar en una mañana permanente y no había nada que le permitiera medir horas, minutos o segundos. Tuvo la impresión de caminar durante un largo tiempo, pero podía no ser así.
 Atravesó campos de tierra roja, negra y amarilla. A veces soplaban fuertes vientos y a varios metros de él corrían  bolas de pasto incendiadas; se perdían en la distancia sin que el fuego se consumiera.
 Poco a poco fue cediendo el optimismo con que  había iniciado el viaje: se preguntó si en el camino tendría algún atajo al mundo de los vivos; si dicho mundo se encontraría al final. Varias veces tuvo que desechar una vaga sensación de desaliento: frente a él, los insectos avanzaban firmemente; de vez en cuando se volvían y lo miraban. Todo parecía demasiado normal.
 Al atravesar un campo de enormes flores amarillas con sus centros dorados y redondos, pensó en sentarse a la vera del camino; apenas lo hizo, advirtió lo cansado que estaba y sintió sueño mientras la abeja y la avispa zumbaban  sobre él. Recordó lo dicho por al-Hallaj acerca del cansancio que podría inmovilizarlo, pero no había aclarado si estar muerto también lo eximiría de la necesidad del sueño.
 En medio de estos pensamientos cayó en un sopor profundo y luego se durmió. Se soñó caminando por el largo camino, cuando frente a él surgió algo inesperado: una enorme roca ardiendo: ovalada, con cuatro ángulos negros en sus extremos; retrocedió ante el calor intenso y recordó que la había visto  en su pasado
 Despertó sobresaltado: seguía a la vera del camino; se levantó  y siguió caminando: el sueño había sido reparador y se sentía menos cansado. Los insectos se pusieron en movimiento con él. A sus costados se levantaba un  campo amplio, de un  amarillo sucio.
 A poco de andar, volvió a sentir cansancio y trató de superarlo: escuchaba en sus oídos las palabras de al-Hallaj: el principal obstáculo podía llegar desde su interior
 De pronto,  en la mitad del camino surgió una nube brillante  que giró con rapidez sobre sí misma, hasta formar  una figura humana gigantesca, sentada de perfil hacia el niño.
 – Wekil, ayo…
 Alemín recordó que lo había visto por última vez en la nave, poco antes que él y la Baraqah del jeque Shari’ah encontraran la primera entrada a la realidad virtual. Ahora el ayo llevaba su peluca roja, y estaba cuidadosamente maquillado; se volvió hacia él y lo miró fijo unos instantes: sus ojos estaban pintados con Khol, formando diseños suaves; en sus mejillas tenía un tenue colorete  y sus labios estaban delineados con el llamado lápiz labial. Miró fijamente a Alemín, sonriendo apenas. El niño se acercó a él con deseo y aprehensión; esta vez no quiso tocarlo, temía que desapareciera como la última vez que lo había intentado
 – Ayo, te extraño, te necesito. Quiero saber si estás bien.
 A lo lejos un fuerte rayo y un trueno ensordecedor lo interrumpieron. Un viento intenso y caliente con olor a azufre llegó hasta ellos; la silueta de Wekil vibró un instante y desapareció de pronto.

Ricardo Fernandez Ortega - Tutt'Art@ (4)

 GOCHO VERSOLARI

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