Narrativa: Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Sexta parte – Alemín en los límites de la muerte

Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Sexta parte – Alemín en los límites de la muerte

Gocho Versolari

 

En el universo que formaba la avispa Layla, tanto ella en su forma de asteroide como los insectos que estaban bajo su protección, seguían los exactos ciclos de la tierra. De allí que se guiaran por el calendario del Islam para medir los cambios que debían producirse en sus organismos, atentos a esas distancias inconcebibles que los separaban del lejano planeta.
Así, hubo para las colonias que la habitaban, varias señales de que el día catorce del mes de Di el Keda, se produjo el Despertar de los insectos. Aumentaron los resplandores tanto en el exterior de la Gran Avispa como en su tórax y su vientre; allí su aguijón brillaba como un enorme y temible monolito. Las colonias de los demás insectos, destellaron a horas inusuales; de pronto todos sintieron la necesidad de dejar lo que estaban haciendo y cantar.
 El Despertar de los Insectos confinados en aquel límite del cosmos, consistía en un aumento enorme de su vitalidad y de su capacidad de percepción. Las cosas del Gahíb o mundo invisible,  llegaban hasta ellos en forma de ideas claras y distintas.
 Ahora todos estaban interesados en saber lo que había ocurrido con las diez abejas y las diez luciérnagas que habían marchado hacia la muerte, armadas de la Baraqah de Alemín y de la caja con la gota de semen del ahorcado.
 La avispa Layla emitió una versión reducida de sí misma, y marchó hasta el orificio oculto cerca de su lomo. Con el Despertar de los Insectos, los vapores brillantes que llegaban por el túnel eran más densos y blancos. Hacía ya más de setenta horas terrestres que los insectos habían ingresado, volando en formación. Layla no podía aventurarse en los terrenos de la muerte, ya que todas aquellas vidas dependían de sí misma; como réplica tenía la conciencia y el punto vital que compartía con la Gran Avispa, y si llegaba a perderlo por cualquier accidente, el asteroide  se desvanecería en el espacio.
 Ella también sentía en sus vísceras el despertar: una  corriente vital, tibia; fuerza arrolladora mezclada con melancolía y añoranza. El proceso llegaba a su culminación varias horas después; Layla confiaba en que cuando esto ocurriera, podría tener un medio de comunicarse con los insectos que estaban más allá.
 Un pequeño sol verde se levantó en el interior de la Gran avispa. Lentamente fue aumentando su luz y su tamaño hasta que varias horas después, había ocupado todo el tórax: aquel era el momento del máximo despertar.
 La réplica de Layla había crecido: respiró profundamente, y lanzó su potente voz hacia el conducto de la muerte.
 ¡Vamos! ¡Vierte el vino y vuelve a verterlo!
Dime bien alto: ¡es el vino!
no me hagas beber en secreto si puedes
decirlo frente a todos…

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 Después de un largo rato, como desde el fondo de una tumba, trasmitida por las gotas de luz, llegó la voz lejana desde los campos de la muerte.
 ¡El niño está preso
de esa miserable
cuya cabeza está rodeada
de puños mutilados
y cuya nuca servil
reclama a gritos
los golpes vengadores…!
El Despertar de los Insectos se describía en algunos hadith del al-Azif. Las mariposas nocturnas relataban en tiernas e intensas odas los embates de una luz furiosa y  mansa que llegaba a todos los rincones del universo. En Layla,  el Despertar llenó primero el cuerpo de la Gran Avispa y entre los astros que lo rodeaban, el asteroide listado en amarillo y negro brilló con luz propia; su superficie se resquebrajó y pareció a punto de estallar.
 Del mismo modo, la fuerza impetuosa del Despertar, entró por el ombligo de Layla, se dirigió a los campos de la muerte, y alcanzó a  abejas y  luciérnagas en el momento en que estaban por arribar al patio de los objetos.
 al-Hallaj estaba acariciando y hablando al agonizante Alemín, cuando vio llegar desde los límites de la muerte la caravana de insectos
 – ¿Quiénes sois?
 – Nos envía la avispa afgana Layla. Estamos en el Despertar de los Insectos y nuestra fuerza ayudará a recuperar el original del niño. Nos hemos reproducido en el camino hasta aquí: nuestro enjambre bulle de vida. Traemos la Baraqah de Alemín y una protección para los demonios que pueblan la comarca de la muerte.
La Santa asintió
 – Hasta ahora he mantenido la vida de Alemín con mi calor, con la leche que sale de mi seno derecho: estoy preñada por toda una vida de fusión unitiva con Allah.
 El rostro de Alemín estaba lívido y lo único que  movía eran sus labios, como pronunciando frases en un idioma desconocido. Había adelgazado, y a simple vista, su cuerpo era una línea estrecha con rasgos humanos tendida sobre una roca. Sus pies parecían más grandes que el resto del cuerpo  y se destacaban sus huesos. Su boca estaba prendida al pezón de la Santa, y en los pocos momentos que se separaba parecía una oscura caverna en su rostro.
 Los insectos recorrieron el patio de los objetos donde las gotas gruesas y lentas seguían cayendo. Sopló una brisa muy leve, y algunos jirones escaparon de la espalda de Alemín; corrieron circularmente en el aire perdiéndose a lo lejos y luego estallando como centellas.
– Debemos actuar rápido – dijo al-Hallaj a los insectos –  Es importante que el niño coma su propia Baraqah: eso le dará tiempo para su viaje al mundo de los vivos… Mi propia vida, y la de su ayo Wekil dependen de él. En mi caso no me importaría permanecer en la comarca de la muerte, ya que es indistinto el lugar que deba habitar, pero debo continuar mi misión en el cosmos; debo hacer que a través mío, Allah se manifieste en los límites del universo. Hay un planeta a poco de aquí que está siendo poblado por las Baraqahs  que han huido de la persecución de Faqaha.
 – Te honramos, querida al-Hallaj. Los insectos nocturnos del Islam conocemos tu vida ejemplar y te rendimos tributo y adoración, pero debes saber que recién empieza nuestro despertar en este mes de Di el Qeda y que para asegurarnos de todo, debemos darle a comer la Baraqah cuando el proceso de nuestra apoteosis haya llegado a su máximo.
 – Como te decíamos, en el camino hacia aquí nos hemos reproducido – intervino una luciérnaga – En la comarca de la muerte los nacimientos tardan mucho más, pero nos dijo Layla que como parte de la vida que debe rodear a Alemín, es necesario procurar que nuestras crías nazcan bien…
 al-Hallaj asintió y mostró su seno derecho: los insectos lo cubrieron y con su calor lo regaron de pequeños huevos; en pocos minutos se multiplicaron las abejas y las luciérnagas. Las luces que despedían brillaban cada vez más , evidenciando que el despertar estaba llegando a su cenit.
 Lentamente, los insectos dorados y plateados rodearon la silueta de Alemín; el brillo de todos  aumentaba sin cesar.
 – Siento que llega el Despertar –  la abeja encargada de portar la Baraqah del niño habló con voz emocionada – tú, al-Hallaj se la harás comer empezando por los pies y terminando por la cabeza. No debe morderla, sino tragarla. Nosotros le trasmitiremos nuestra fuerza para que pueda hacerlo.
 La Baraqah, envuelta en hilos muy finos parecidos a los de la tela de una araña, era demasiado pequeña; totalmente inmóvil, no daba señales de vida. La Santa abrio la boca del niño y procuró hacerla entrar, pero su garganta se había cerrado.
 Los insectos brillaban cada vez más, y un sordo fragor se levantaba de ellos; la cantidad inicial había aumentado y cubrían al niño con una capa espesa y dura. al-Hallaj decidió incorporarlo: de pie, la garganta de Alemín se abrió un poco más, lo suficiente como para que  pasara la Baraqah; después de dos intentos, la deglutió con fuerte ruido. La Santa volvió a acostarlo, y para reforzar la fuerza que le daban los insectos cantaron con voces armónicas.
 Es de color moreno, como si llevara una túnica de narciso negro, y huele como el almizcle.
 Tiene el perfume de la amada y su misma ternuna de corazón; tiene el color del amante, apasionado y macilento.
 Su palidez es un préstamo de nuestra palidez; su olor es el aliento de quien contiene su soplo como la cuerda de un arco para expandirlo con violencia.
 Su piel es un vestido de peluza cienicienta que revolotea sobre su liso cuerpo de oro.
 Desnudo en manos de la Santa nos hizo recordar al Innombrable y el ardor de nuestro aliento lo remozará en nuestras trompas…
 Después callaron y esperaron: la luz del día disminuyó y la lluvia aumentó. Todos estaban atentos a cualquier señal en el cuerpo del niño; a cualquier cambio en el aire, la tierra o el cielo. Relámpagos y truenos lejanos  llegaban de los límites de la muerte y una furiosa tormenta arrojó sobre ellos ráfagas de fuerte viento. Por un momento el crepúsculo se convirtió en noche cerrada y cuando las tinieblas imperaron en todas partes, un punto muy pequeño de luz creció en el horizonte.

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GOCHO VERSOLARI

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