Narrativa: Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Tercera parte. – La Baraqah de Alemín.

Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Tercera parte. – La Baraqah de Alemín.

Gocho Versolari

 

La novela está por terminar. La avispa Layla intenta traer a Alemín desde la muerte. El niño, por haber tragado la baraqah de Al Hallaj, recibió su mismo fin  al ser decapitado por un fanático seguidor de Faqaha, el sultán de la nave. Los insectos nocturnos encuentran dificultades para resucitarlo,  ya que Alemín ha tragado tres baraqahs antes de cumplir la edad permitida, lo que complica el proceso de reconstrucción del original a partir de su homúnculo. 

 

La avispa Layla, plegada sobre sí  en el espacio, emitió una versión de sí misma que atravesó sus líquidos vitales y llegó hasta el palacio que formaba la unión entre su vientre y su tórax. Detrás de la enorme escotilla, las réplicas diminutas y brillantes de la Gran Avispa, se encargaban de recoger pequeños organismos para alimentarla; al recibirlos, guardaba para ella lo necesario y el resto circulaba por sus conductos, para nutrir al resto de los insectos que albergaba.
 En aquel lugar estaba la columna donde descansaba la Baraqah de Alemín: hasta no hacía mucho, el homúnculo permanecía postrado en dirección a la Meca y era alimentado por Layla con néctar destilado de unas extrañas plantas que crecían en un planeta cercano a la nube de asteroides. Desde hacía un tiempo, la Baraqah no se movía: apenas respiraba, parecía dormir y de tanto en tanto su pequeño cuerpo se agitaba en estertores.
 Ahora, la versión de Layla, perlada de polvo brillante,   con sus aguijón agudo listo para usar, caminó hasta las luces del salón y las hizo girar hasta que su sombra se proyectó  nítida sobre una pantalla blanca. Layla esperó un momento y la sombra dio pequeños pasos de baile; después se sentó en actitud de escuchar a su original.
 – ¿Me recibes bien, pequeña?
  Por supuesto Layla, siempre te recibo bien, y aunque permaneciera fundida con las tinieblas, podría dialogar contigo y aconsejarte sobre lo que me pidas.
  Prefiero  ver los movimientos de tu cuerpo mientras hablas.
 – …tienes problemas para traer al niño de la muerte.
 Layla asintió en silencio y se volvió a la Baraqah inerte.
 – No respondió al ritual y está perdiendo vitalidad.
 Hubo un silencio tenso. Una margarita enorme crecía en un rincón del cuarto. La avispa Layla se acercó a ella colocó su pico en la corola y aspiró néctar en forma de humo.
 – Querida sombra: me siento desorientada como pocas veces en mi vida. Desde que volví del Infierno, mis poderes han aumentado; puedo ver claramente el futuro y resolver con facilidad las encrucijadas que se presentan; puedo alterar los delicados mecanismos del tiempo y seleccionar las situaciones más favorables. De allí que los pueblos que me habiten vivan felices. Desde el centro de mí misma, conozco la circunstancia de cada uno de los insectos, y me ocupo  de cambiarla en el sentido de sus deseos ocultos, pero no puedo realizar con éxito el sencillo ritual de traer de la muerte con su Baraqah a la persona que más amo.
 – Recuerda querida Layla que son muchísimos los insectos que no están en ti; para algunos eres un ser de leyenda y otros ni siquiera saben de tu existencia. La oscura comarca de la muerte en la que Alemín se encuentra prisionero, está poblada de unas trescientas especies de necróforos que no han llegado hasta ti, y  es posible que nunca lo hagan…
 – Tienes razón sombra mía, pero ahora, cuando tiendo mis líneas brillantes al futuro, todo se disgrega se fragmenta. Por un lado, el cuerpo de Alemín y su cabeza giran en torno a un planeta desierto. En el vientre del niño decapitado puedo ver las Baraqahs que ha tragado. Sabes que hay un plazo por el cual se puede rescatar el original desde una Baraqah; pasado el mismo todo se perderá, y en el caso de Alemín sería su vida y la de las tres Baraqahs que moran en él desde antes de su adolescencia.
 – ¿Tres? Creí que eran dos

David Bowers (19)

 – Lo último que hizo una hora antes de su muerte fue tragar la Baraqah de al-Hallaj, a quien los hombres han creído de sexo masculino; sólo los insectos nocturnos supimos siempre que fue y es una mujer.
  Layla y su sombra quedaron calladas y pensativas. En el lugar tan sólo se advertía un suave y luminoso palpitar en la Baraqah de Alemín y el lejano zumbido de las colonias de abejas y luciérnagas, que a aquella hora rendían homenaje a la luz del recinto central de la Gran Avispa. El ambiente  estaba repleto de  aromas a miel, almizcle y feronomas.
 – Layla debes recordar que dentro de poco estaremos en el mes de Di-el-Qeda, cuando se produce el Despertar de los Insectos. Si logras mantener un mínimo de energía en Alemín dentro de su muerte, puedes manejar la fuerza que emana de los insectos que despiertan e impulsar con ella a través del ritual al niño hacia el mundo de los vivos.
 La avispa Layla reflexionó un momento
 – La idea es buena, sombra mía, pero debes tener presente que no puedo tener influencia sobre los insectos de la muerte. Si pudiera hacerlo iría yo misma al territorio prohibido, tomaría a Alemín de los hombros y lo obligaría a despertarse.
 – Además, en el caso del niño hay un guardián propio que le immpedirá salir de la muerte si no aunamos energías.
 – ¿Qué quieres decir?
 – Por haber tragado en su infancia las Baraqahs el niño deberá sortear muchas más dificultades que en el caso de una resurrección común. Hay un demonio femenino que porta consigo una versión del infierno y que tiene una lengua enorme que impide la concreción del ritual. Cada vez que llega a los límites de la muerte, es ella quien hace fracasar todo.
 – Estás en lo cierto, sombra mía; alabo tu sabiduría. Hay que encontar un modo de multiplicar la vitalidad del niño…
 En el entorno de la avispa las voces de las innmumerables colonias  se hicieron más audibles: Algunos insectos místicos se arrojaron sobre la luz; se escucharon los chirridos de aquellos que se deshacían contra la fuente; un débil grito de alegría acompañaba sus destrucciones.
 – Salvo que…
 La avispa se acercó a un enorme prisma inserto en una de las paredes y con una de sus patas lo hizo girar levemente; la escotilla central cambió: en vez del cielo surcado por brillantes avispas, mostró los insectos adorando la luz. Las especies se agrupaban  como un cinturón brillante. Una  intensa música atonal llegaba desde ellos y animaba pequeñas exhalaciones de luz que se estrellaban contra el centro de Layla. Las colonias de insectos estaban en un éxtasis  sexual: un arroyo rojo y brillante de olorosas feronomas, bañaba las entrañas de la avispa. La mayoría de los insectos vivían frente a  Layla un prolongado orgasmo que aumentaba momento a momento. El ruido de los insectos enfervorizados se escuchaba en oleadas. La avispa se volvió hacia su sombra
 – Tengo un plan… ahora debes irte.
 Con un movimiento de cabeza aplacó las luces del lugar, y su sombra después de un parpadeo de asentimiento, se plegó y se derramó sobre sí misma como un fluido muy fino, reintegrándose con Layla.
 La avispa respiró profundamente, se acercó a la escotilla y la atravesó. La fuente de luz de la cabeza cayó sobre ella. En un primer momento, las colonias  no advirtieron  que estaban frente a la imagen de su Madre y Señora, de su objeto de culto vivo. Al comprenderlo, los sonidos de alabanza se fueron silenciando mientras aumentaba sensiblemente el olor de las feronomas. Finalmente todos callaron, y el silencio fue enorme: tan sólo los órganos internos de la Gran Avispa  chirriaban suavemente. El olor a sexo llenaba la boca de Layla de saliva y producía en sus miembros y en su cola pequeñas descargas. Muchas veces había sentido la unidad profunda con los insectos que albergaba, pero nunca como ahora.
 La tensión silenciosa duró un largo rato hasta que de pronto una luciérnaga de El Cairo empezó a chillar, cayó sobre su espalda, agitó por un momento sus patas y murió entre estertores de éxtasis.
 Layla habló con voz conmocionada.
– Hermanos, hijos míos. Está de más que hable de aquello que nos une. Hay silencios que a veces se profundizan y una parte de nosotros, invisible, corre buscando la otra para estrecharla en lo que es más que un abrazo, en una enorme unidad donde se encuentran aquellos que nunca estuvieron separados…
 La voz de Layla los excitó más; muchos insectos cayeron desmayados y otros murieron por no poder soportar el agudo placer.
 – Hay muchos que mueren frente a mí. Ellos saben que la muerte es un viaje a un país extraño, y ahora lo están recorriendo. Para conquistar la muerte es necesario morir. Lo que necesito son  voluntarios que se internen en ese país desconocido y despierten en la aurora de uno de los días del mes  que en la Tierra se llama Di-el-Qeda…
 Un bramido de asentimiento llegó de los insectos; los enjambres se precipitaron unos sobre otros e invadieron enloquecidos los aposentos de  Layla.

David Bowers (8)

GOCHO VERSOLARI

 

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