Narrativa: Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Segunda parte.

 

 Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Segunda parte.

Gocho Versolari

 

 Alemín descubrió que la muerte era un permanente disgregarse; Aquello que conocía como su yo, fijo, individual, era  una ilusión. Estaba formado por un conjunto de seres que se unían  creando un espejismo de solidez.  Se veía a sí mismo montando un elefante blanco, otras un camello rojo o un burro verde; se veía perdiéndose en diferentes paisajes, a veces como una niña, a veces como un niño, y su conciencia se extendía como una enorme ameba; podía ver la realidad de la muerte: una comarca oscura limitada por un horizonte que no era una simple línea, sino un grueso muro.
 Casi siempre flotaba sobre un enorme patio cubierto de objetos: un samovar, un viejo sillón polvoriento, una mesa de la dinastía abásida, orinales de lata, muebles con cajones, cofres grandes y pequeños y gran cantidad de cosas de todos los tipos y tamaños, amontonadas en total desorden. Alemín se desplazaba por encima de  aquel patio, como si volara. No podía bajar y caminar por su suelo arcilloso; llegar a la incierta muralla que le servía de límite.
 De tanto observar las cosas, advirtió que entre ellas tenían algo en  común por más disímiles que parecieran. Al principio no lo pudo precisar: quizá  un cierto color que se repetía en los objetos; un halo de luz común a  todos… en cierto momento lo comprendió: las cosas aparentemente sueltas y desordenadas,  formaban parte de una misma entidad;  cada una extendía lazos, referencias, señales hacia  las otras sin perder su individualidad. A pesar de lo abigarrado y diverso de los objetos, no podían existir el uno sin el otro.
 A partir del momento en que Alemín tuvo esa certeza, el patio se convirtió en un escenario: el personaje era casi siempre el mismo joven, delgado, de aspecto lánguido; a veces con barba, a veces sin ella, que aparecía con diferentes vestidos. En ocasiones celebraba una boda, se lavaba y descalzaba para entrar a una mezquita, o simplemente se paseaba, sin otro motivo que caminar por el suelo de tierra. Su rostro pasaba  de la violencia a la beatitud , de la tristeza a la alegría , del desprecio o el odio al amor más elevado.
 Alemín advirtió que el joven era él mismo: sus vidas se despegaban de él como las capas de una cebolla, se alejaban, se expandían y esa misma expansión hacía que volvieran a su origen; en tanto, su conciencia flotante  estaba  suspendida sobre ellos, sintiendo deseos de caminar por el patio, de vivir como los otros; deseos que se arrastraban por su vientre lentamente, como en sordina, y se hacían más débiles momento a momento
 De pronto, llegó al patio de los objetos al-Hallaj, la Cardadora de Connciencias; la reconoció porque era idéntica a la imagen que contemplara tantas veces en el Mihrab de la mezquita de la nave: nariz aguileña, cabellos largos hasta más abajo de los hombros, gandura clara sostenida en su cintura, pies descalzos y especialmente sus ojos: enormes, claros, que parecían vivir por sí mismos. Miraba los objetos del patio como perforándolos y era evidente que buscaba algo con desesperación. La acompañaba a pocos centímetros de su cabeza, una noche portátil de luciérnagas de color blanco azulado, con forma de alfanjes,  que de vez en cuando se agrupaban y se reunían alrededor de su cuello como formando un extraño collar.
 al-Hallaj recorrió el lugar, y luego se agachó para examinar las huellas de sus propias plantas  en el polvo. Finalmente se marchó, dejando en el Alemín flotante encima del patio una gran   nostalgia.

Nicoletta Tomas - Tutt'Art@ (12)

 La Santa volvió varias veces: en algunas repitió su actitud de búsqueda desorientada y la tercera vez llegó desnuda, con sus pies despegados del suelo , flotando a pocos centímetros. Se elevó y descendió varias veces y luego bailó sin música: cada uno de sus movimientos era perfecto y a medida que se desplazaba algo cambiaba a su alrededor.
 Con cada una de sus visitas, se escuchaban a lo lejos truenos y relámpagos: En la muerte no era posible hablar de espacio y de tiempo, pero Alemín sabía que  tenía espesos límites. Desde el patio, podía verlos como un horizonte gris plomizo que nunca cambiaba. Quienes estaban muertos no tenían fuerzas para atravesarlos por sí mismos y llegar al mundo de los vivos; ahora, ante la potente danza de al-Hallaj, los límites de la muerte se sacudían y bramaban de dolor como un enorme animal.
 La Santa llegó y se alejó cantidad de veces; ella  sabía de su presencia;  había llegado hasta ese lugar por la decisión de  Alemín de tragarla la noche virtual en la  Mezquita de la Piedra, poco antes de su muerte.
 A veces, al-Hallaj llegaba con la forma de un enorme gorila que se quitaba de a poco su pelaje y aparecía desnuda, blanca, impecable, sacudiendo sus caderas, adelantando sus pechos y mostrando su largo cuello.
 Otras veces  se quedaba sentada, con la cabeza cubierta, adelantando sus hermosos y pequeños pies, suspirando de tanto en tanto con melancolía. Todo era un teatro para que Alemín lo viera; a su vez el niño procuraba entrar al patio, caminar por él pero sólo podía limitarse a flotar vagamente. Cada vez que veía a al Hallaj, algo vibraba en aquello que habían sido sus entrañas,  pero la pasión se agotaba enseguida y en esa pérdida sabía que se iba un poco de la vida que le quedaba después de la muerte. Entonces intentaba recogerla, como si fuera agua que se derramara entre sus dedos. En tanto veía a la Cardadora de conciencias desde todos los ángulos, simétricamente, sin necesidad de moverse.
 Seguía atento a la lejana línea de nubes: a veces los relámpagos tomaban formas humanas en las poses más siniestras: ahorcados colgando sin fuerzas y más que nada, cuerpos decapitados fulgurando un instante sobre el fondo gris oscuro de las nubes.
 En algún momento, Alemín empezó a recordar: el alfanje digital del visir Meneh’em, Gota de Acido que cae del Cielo, llegó a su cuello una y mil veces. Otras tantas su cabeza se separó del cuello y cayó rodando, despidiendo un reguero de sangre por los pasillos de la nave.
 Los recuerdos se iban, y también trataba de aferrarse a ellos: otra vez el encuentro con la Baraqah del anciano Shari’ah; su muerte transitoria y luego su conversión en joven; por su mente se desplegaron los pasillos del cosmos: la nave con forma de mezquita saliendo de la tierra: él mismo, un niño muy pequeño en brazos de quien fuera su madre; sus diez años en la nave, rodeado de hombres. Mientras sus recuerdos bullían y  trataban de escaparse, a lo lejos los truenos, los relámpagos y las lluvias  arreciaban aún más.
 En cierto momento un rayo enorme llegó hasta él y supo que la avispa Layla pretendía traerlo de la muerte, engendrándolo a partir de su Baraqah . Se convirtió en una esfera, y giró por el aire, acercándose al limite de las nubes. Por un momento creyó sentir nuevamente una piel: en sus cercanías latió con fuerza el sol de los vivos, pero todo retrocedió. Frente a él volvió a armarse el patio y a lo lejos, las tormentas en los límites de la muerte disminuyeron hasta detenerse.
 Aquello se repitió varias veces: los intentos de Layla, el llegar a los límites de la muerte, y rozar levemente el mundo de la vida Una y otra vez volvía a fracasar; con cada intento, sus fuerzas se dispersaban. Por último sintió que una cortina luminosa y brillante escapaba de sí mismo y se disolvía en las pequeñas gotas de aquella atmósfera. En el patio de los objetos  un enorme samovar se oxidó de pronto, una mesa de mármol se partió al medio y un enorme armario cayó con estrépito. A lo lejos, las nubes de la muerte se habían espesado hasta ser más sólidas que nunca.

Nicoletta Tomas - Tutt'Art@ (2)

GOCHO VERSOLARI

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