Narrativa: Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Primera parte.

 Alemín – Capítulo 7 – El despertar de los insectos – Primera parte.

Gocho Versolari

 

La avispa Layla era un universo en sí misma.
 Se había instalado en las cercanías del Barzaqh, plegando sus patas hacia su vientre. formaba una esfera casi perfecta, lo que  la confundía con un asteroride de regular tamaño, inmóvil entre otros astros que iban y venían a su alrededor. Su cuerpo estaba listado de rayas amarillas y negras, que brillaban por sí mismas. En la lejana Tierra, aquello le servía para atraer a otros insectos y comerlos; aquí para destacarse entre los numerosos guijarros que la rodeaban. Un sistema de sensores, detectaba finas hebras de madera o elementos similares, que se desprendían de planetas o rocas con atmósfera y que se enredaban en la superficie afelpada que la cubría. Layla los recogía cuidadosamente, los mezclaba con su saliva viscosa y construía nidos para sí misma y para los numerosos insectos que albergaba.
 Desde su primera muerte, en la que Taqlid, el de Pensamiento Duro la estrellara contra la pared hasta su posterior resurrección, la avispa era la Madre y  Señora de innumerables pueblos de insectos nocturnos: un regulador biológico interior  había  aumentado su tamaño para que todos pudieran caber en su cuerpo.
 Sus ojos estaban ocultos: enormes, charolados, se asomaban de tanto en tanto y miraban todo con  expresión entre firme y soñadora. También estaba oculto su aguijón, de un fascinante negro rojizo: contenía un mar de veneno muy fino, trasparente y volátil; ya no lo usaba para atacar enemigos, sino que de él los pueblos de insectos  elaboraban medicinas.
 Un ocasional visitante al asteroide, se encontraría con una superficie dura, llena de cilias; en caso de pretender cavar, no lo lograría, ya que varias capas de quitina formaban el tórax de la avispa,  plegado para proteger su vientre y el resto de su cuerpo. Para el explorador, las cilias serían plantas exóticas, quizá una especie  a la vez vegetal y mamífera. Al llegar a los ojos del insecto, creería estar frente a grandes manantiales de agua negra y no vacilaría en quitarse la ropa e internarse en la humedad gelatinosa. De igual modo, el visitante sentiría la enorme fuerza vital que se desplegaba en la superficie de aquel asteroide. Su sangre bulliría, sus pulmones aumentarían su capacidad y todos sus órganos se renovarían; cualquier enfermedad  sanaría de inmediato.
 Las enormes colonias  de insectos, radicadas en el interior de Layla, no conocían otro universo que su Madre y Señora; desde bacterias microscópicas que nacían y morían en complicados ciclos, hasta unos pocos ejemplares de los enormes y solemnes Escarabajos de El Cairo; en el medio,  luciérnagas, chinches, saltamontes, langostas, mariposas diurnas y nocturnas, varias especies de escarabajos, cigarras, libélulas… todas pugnaban por acercarse al centro: un punto de luz radiante entre su tórax y su vientre
 Cada colonia de insectos podía construir en el interior  su propio reducto, con flujos de la propia Layla mezclados a la saliva de los miembros más ancianos, y a las preciadas hebras de madera que la Gran Avispa, (como llamaban al cuerpo central) mezclaba con su sagrada saliva y las transformaba en sustancia sólida, amasándolas con sus patas y su trompa. Los nidos de las colonias, formaban rectángulos con grandes ventanas, orientados a la luz embriagante
 En el permanente crepúsculo en que vivían los insectos, el objeto de culto era la línea vibrante que unía el tórax con el vientre de la Gran Avispa. Tenía la forma de un largo bastón vertical y se extendían en él siete esferas. Las colonias habían divivido el tiempo en base a las variaciones de aquella luz con la sombra; de ese modo, cada día se repartía en tres grandes períodos al final de los cuales realizaban una procesion para llevarle ofrendas y rendirle homenajes.
 Muchas especies mantenían  y cuidaban especialmente a los llamados insectos místicos, quienes acostumbraban a caer en trance y preparaban sus vidas para fundirse con la luz central, estrellándose contra ella. Eran muchos los que elegían este camino, en especial abejas y luciérnagas.

royal_winnipeg_ballet_by_rejeanbrandt-d6xa7ng

 Cierta vez, un saltamontes de la especie Anate tuvo un rapto místico más intenso que los otros: un amor quemante, como un terremoto, lo arrastró hacia la luz: anhelaba que la misma consumiera sus carnes; no toleraba la separación con aquello que había sido objeto de veneración durante toda su vida. Saltó desde el fondo de sus entrañas hacia el centro de la Gran Avispa, y en el momento en que todo su ser se unía con la llama, en que su conciencia iba a desaparecer,  rebotó y cayó en un amplio recinto donde la luz no enceguecía, pero continuaba manteniendo el sabor embriagante que lo había llevado a ella. Sintió decepción al no haberse quemado en el corazón de su Madre y Señora. Miró a su alrededor: estaba en un enorme salón ovalado, sin adornos en sus paredes, y frente a él se abría una gran escotilla en la que flotaban las luminarias del espacio. Al verlas mejor advirtió que cada una era una representación de la avispa Layla girando sobre sí misma. En el centro, por delante de la escotilla, se levantaba una enorme columna. En su cuerpo se abría un nicho negro y allí  descansaba una figura inmóvil, cubierta por telas blancas.
 El insecto se acercó: levantó la pata a su boca y mojó con  su saliva a aquel ser para reconocerlo: no correspondía a ninguna de las colonias que poblaban Layla.
 – Querido insecto místico de la especie Anate: es la primera vez que te encuentras frente a un ser humano; a la Baraqah del que más amo. Cada uno de tus átomos se orientan hacia mí en el más profundo olvido de ti, y ésta es tu recompensa: el niño que ves pertenece a mi ser; en algún momento esta Baraqah  traerá su original que deambula por los senderos de la muerte hasta el calor de los vivos; entonces, Alemín volverá a recorrer  los silencios estelares, y formará parte del basamento de un planeta nuevo. Tú has venido para unirte a mí definitivamente; para que mi fuego te consuma por completo…
 La avispa Layla que estaba en aquel recinto y a la vez en el extraño asteroide, extendió su lengua y rodeó al insecto, que se dejó abrazar con una sonrisa dulce; el veneno y la saliva  quemaron su tenue sistema nervioso; Layla lo devoró desde la cabeza. Sobre sus patas y sus alas, emitió    un polvo de color oscuro, y también los absorbió, hasta que del insecto no quedó nada: había cumplido su sueño de integrarse por completo a su Dueña y Señora.

 

Franz Marc - Tutt'Art@ - (38)

 GOCHO VERSOLARI

————————————

2 Comments

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.