Narrativa: Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Quinta parte (Final)

Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Quinta parte

Gocho Versolari, Poeta

El niño esperó un rato: sólo escuchaba el fuerte latido de su corazón; a su lado el líquido seguía manando desde abajo de la roca y sus pies se hundían en una pequeña laguna de agua helada y cristalina. Una parte del enjambre de Ghazal revoloteaba alrededor de su cabeza; la luz aumentó: más allá, por las ventanas cercanas al techo de la mezquita, el sol iluminaba todo. Uno de los insectos se apartó del enjambre y voló encima del cráneo del niño.
 Reconfortadme con una copa de vino y dad a mi piel, color de ámbar, el color del rubí; lavad con vino mi cuerpo inerte y haced con las maderas de la viña las tapas de mi féretro…
 Al terminar, el insecto se alejó. Los oídos alertas de Alemín escucharon  un ruido extraño, como un globo de agua que explotara; miró a su alrededor y vio que una de las paredes, formada con rocas ensambladas, arrojaba   gruesos chorros de líquido. Se volvió hacia las reliquias: acarició los empeines de al-Hallaj: le  recordaban los pies de Wekil, suaves, pequeños, con las uñas pintadas. Sintió  un volcán estallando dentro de sí:  al-Hallaj era la mujer que siempre había esperado; la unión entre la efrita Tariqah y su madre.
 De pronto sintió sueño, se tendió, cerró los ojos y lo llenó un sopor espeso ; una parte de sí mismo seguía alerta,  vagando por el llamado “Pozo de las Almas” Podía ver su  cuerpo, con la forma de la muñeca Máryam, tendido sobre las rocas, rodeado de un suave resplandor. Flotó cerca de las dos Baraqahs asomadas a las grietas por las que llegaba el sol. Siguió más allá y salió al aire de la mañana: en el enorme galpón las Baraqahs despertaban y se asomaban, mientras el lugar se llenaba de inesperados arroyos.
 
Algo gigantesco se abrió paso en el horizonte virtual; Alemín apenas pudo distinguir la forma que destruía las nubes blancas de la mañana, que apartaba el horizonte como una cortina. Finalmente  una mano enorme  adelantó sus gigantescos dedos índice y pulgar, acercándose al galpón. Tomó una  de las Baraqahs que pataleó y gritó asustada. El niño sintió que podía espantar aquella mano monstruosa con su voz: los sonidos se acumularon en su garganta y gritó sacando la lengua; sus ojos se desorbitaron mientras intentaba con todas sus fuerzas  que la mano se alejara
 Despertó con la garganta comprimida, cerrada y tardó unos segundos en  respirar con normalidad. El sudor había mojado la gandura, mientras a su alrededor el agua fluía desde distintos puntos de la pared. La piedra enorme que estaba a su lado se había reducido al tamaño de un guijarro, y el líquido caía hacia abajo uniéndose al de otras rocas que parecían licuarse. Más allá las Baraqahs de Taqlid y Faqaha, bajaron corriendo las escaleras y llegaron rápidamente junto a Alemín
 – Falta poco para la ejecución; podemos sentir el olor a acero en el aire…
 Ambos se detuvieron al ver el agua que rodeaba al niño.
 – ¿Qué pasó aquí?
– Las piedras se transforman en agua – Alemín señaló a su alrededor. Ambas Baraqahs se miraron y palidecieron.
 – Ésta es la señal que esperábamos – dijo Taqlid – nos confirma que falta poco para la ejecución: la realidad virtual que nos sostiene posee el agua como su elemento base. Cuando todo vuelva a ella, terminará. Los ingenieros que forjaron esta técnica lo hicieron con una consigna básica: Todo sale del agua y debe volver a ella. Explican que todo líquido posee una sal imperceptible a los sentidos y disuelve las simientes que la tierra contiene; esta disolución separa los cuerpos y esta separación los conduce a la putrefacción…

Paul Klee - Tutt'Art@ (30)

 – ¡Niño! ¡Tragaste la Baraqah de al-Hallaj! – Faqaha, revisando las reliquias, acababa de advertir la ausencia del pequeño muñeco de barro. Por un momento Alemín pensó en negarlo, pero bajó la cabeza y asintió.
 – No importa lo que me ocurra – dijo – Debo  salvarlo; mi cuerpo será el puente que vuelva a ponerlo en el mundo… – Levantó la vista y las miró fijamente  – Además, ¿qué puede ocurrirme? Antes de la edad prevista tragué dos Baraqahs ¿Qué puede hacerme una más?…
 Lo interrumpieron varias explosiones en la pared; una cascada de agua cayó sobre ellos.
 – Debemos salir – dijo Faqaha – La Mezquita de la Piedra se derrumbará.
 Corrieron por la escalera: al llegar arriba, los peldaños se convirtieron en líquido. En la nave central, los arroyos corrían en una y otra dirección. El agua llegó a sus cinturas; a duras penas llegaron a la puerta central, la atravesaron y salieron. Dieron unos pasos y en ese momento escucharon un estrépito a sus espaldas: al volverse vieron como en un sueño que la mezquita se hudía en la tierra, y con un ruido seco, la pared de metal selló nuevamente el lugar.
 En la llanura de la realidad virtual, el agua manaba del suelo; los árboles parecían estallar y sus ramas se convertían en surtidores. Alemín y las dos Baraqahs llegaron a la zona cercana al galpón, donde el terreno era  más elevado. Se detuvieron jadeando; Faqaha y Taqlid se abrazaron, se miraron a los ojos y se besaron en las bocas.
 Alemín sabía que aquello era un gesto  de amor adulto; era la primera vez que veía dos personas besarse  y un sentimiento de pudor lo hizo apartarse. Caminó con cuidado hacia el galpón; sus pies  pisaron el terreno casi inundado; debajo del césped se había formado barro y la propia tierra  estallaba en gorgoteos.
 Alemín llegó al galpón seguido por las  Baraqahs. Las demás apenas les prestaron atención, agitadas en torno a Shar’iah el de la Ley Viviente y al capitán Giafar. Nadie se fijó en Taqlid ni en Faqaha, debajo de las cubiertas de la muñeca Máryam.
 – Atención hermanos –  la voz  de Shar’iah era grave y solemne – Ahora más que nunca es el momento de confiar en el Islam: una cultura que no concibe el triunfo de la injusticia. Ahora más que nunca es cuando debemos mantener la esperanza: vemos que el agua brota de todas partes, que lo sólido se transforma en líquido. Las paredes que nos rodearon hasta ahora se convierten en cascadas. Lo mismo ocurría en la tierra unos meses antes de la Gran Jihad, y finalmente todos los infieles fueron aniquilados.
 Una de las Baraqahs se adelantó.
 – Perdón hermanos. Faqaha, el terrible Doctor de la Ley, va a convertir en agua este paraje virtual. Sólo quedará la pequeña isla rocosa que nos sostiene. Aquí vendrán a buscarnos los verdugos…
 – ¿Y tú cómo lo sabes? – preguntó Giafar de pronto – ¿Cómo puedes estar tan seguro de lo que dices? Mi instinto me permite ver debajo de tu cubierta: eres la Baraqah de alguien que despreciamos.
 Hubo un momento de silencio; la Baraqah, objeto de todas las miradas,  enrojeció: la cobertura de la muñeca trasmitía las  emociones
 – Es inútil seguir ocultándolo. Soy la Baraqah de Faqaha, el Doctor de la Ley, pero les aclaro…- levantó la voz al escuchar los murmullos – les aclaro que no puedo hacerme responsable de las crueldades de mi original. Sé que él torturó y mató a los originales de muchos de ustedes. Ahora estamos todos condenados a muerte, incluido yo, su propia Baraqah: para poder destruir  lo que lo rodea debe primero destruirse a sí mismo. Les repito lo que sé por la correspondencia que aún se mantiene con mi original: nos obligará a permanecer aquí y los verdugos cuando vengan, estarán armados con alfanjes digitales de hojas pequeñas,  especialmente fabricadas para adaptarse a nuestros cuellos…
 Los torrentes de agua se multiplicaban y olas blancas bramaban alrededor de las Baraqahs. Todos se sobresaltaron al escuchar un ruido: las paredes de la habitación en la que estaban se abrieron al medio y cayeron hacia afuera, dejando el grupo a la intemperie. El agua los salpicaba y las olas se levantaban con fuerza alrededor de la pequeña isla que aún los sostenía. El cielo, claro hasta el momento,  se había cubierto de nubes grises; los truenos las ensordecían y los relámpagos las encandilaban. Una voz tonante llegó desde las nubes.
 – ¡Reos!:  procederemos a vuestra ejecución por orden de la Divina Voluntad del Sultán Faqaha, el Doctor de la Ley. El crimen más importante que habéis cometido es el de existir. No os espera el paraíso como al guerrero que perece en la Jihad, sino el pozo más profundo del infierno; sois herejías vivientes: vuestras solas existencias pretenden insensatamente contradecir al más Sagrado de los Libros. El al-Azif ha sido destruido por toda la eternidad y vosotros, pedúnculos seminales de los hombres, os iréis con él . Los verdugos afilan sus alfanjes. El sol que os ilumina y que  es el reflejo del reflejo del lejano sol de la Tierra, será el último resplandor que verán vuestros ojos.
 La voz calló; las Baraqahs se miraron entre ellas: el único consuelo  era el aspecto de la muñeca Máryam que veían unas en otras. La mañana estaba fría: por alguna razon, Faqaha había ordenado bajar la temperatura en la realidad virtual.
 – El que habló es Mene’hem , Gota de Acido que cae del Cielo ; siempre usa el plural mayestático cuando se refiere a si mismo.
 – ¿Funcionara nuestro disfraz para disuadir a  los verdugos? – preguntó una Baraqah
 – Es algo que sabremos cuando llegue el momento – contestó Giafar – Recién entonces se decidirá si nos toca morir o vivir.
 Alemín sintió frío: el sol era pequeño y lejano. Dos pájaros: graznaban y volaban raudos a lo lejos

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 – ¡Allá! – grito una Baraqah señalando con su dedo un punto en la distancia: algo se acercaba velozmente a la isla. Una niebla espesa llegó desde las aguas y se extendió alrededor cubriendo el punto en la distancia. El sol pareció alejarse más y dar paso a una sombra al principio muy tenue, que fue creciendo, como un súbito atardecer en medio de la mañana. Gradualmente, el punto tomó el perfil de una nave antigua cargada de negros desnudos: todos parados en la cubierta, con los brazos cruzados, mirando con furia frente a sí y mordiendo filosos alfanjes digitales. Uno de ellos,  parado en la proa, lanzó un fuerte grito, y el bote, impulsado por dos remeros también negros y desnudos, se detuvo junto a la isla. Algunos  se bajaron a encallarla. Uno de los verdugos se volvió hacia las Baraqahs y las miró: sus ojos despedían un brillo incandescente; impresionaban sus músculos enormes y brillantes bajo el sol que se alejaba más y más.
 – Ha llegado la hora de la ejecución – dijo el negro con voz ronca y solemne – Faqaha, el supremo Sultán se da el lujo de adoptar algunas costumbres de los infieles y ordenar vuestra muerte sin miraros a los ojos. En su grandeza no sois más que un puñado de insectos cuya  única finalidad es satisfacer el odio del todopoderoso Doctor de la Ley que se ha revelado a sí mismo y a los demás como un tesoro que estaba oculto pero quiso que lo descubrieran, es decir, Allah. El Supremo tiene su lugarteniente que nos observa…
 La brisa fría trajo  un fuerte olor a sal, mientras detrás de la nave un caño largo y grueso con forma de periscopio emergió de la espuma blanca. Las Baraqahs advirtieron que allí estaba el ojo del Visir Men’hem, quien se encargaría de controlar la ceremonia de ejecución.
Uno de los negros se adelantó y entonó una canción desconocida en persa antiguo; alternaba tonos graves con otros muy agudos . Los demás lo siguieron a coro: era un canto ritual  propio de la Cofradía de Verdugos. Las notas se hicieron más largas; los negros no dejaban de cantar, algunos de ellos con los ojos cerrados y sus soberbios cuerpos vibrando y brillando bajo la poca luz.
 De pronto la música cesó; los negros prepararon sus alfanjes colocando una de sus manos en la cintura y la otra sosteniendo el arma a la altura de sus pechos. Las Baraqahs temblaron esperando las hojas chispeantes que les cortarían las cabezas. Los minutos pasaron: los negros seguían inmóviles y en los ojos de muchos apareció un destello de sorpresa. De pronto uno de los verdugos lanzó un grito inarticulado y volviéndose descargó su alfanje contra el periscopio: la  hoja se separó con un destello y cercenó el caño; de inmediato se escuchó un aullido. Uno de los negros bajó a la isla, caminó hacia las Baraqahs y  se detuvo junto a Alemín: su cuerpo olía a alquitrán
 – No podemos mataros- la voz del verdugo fue inesperadamente tierna – No podemos matar a niñas islámicas. Los verdugos no cumplimos las órdenes que atenten contra nuestros principios. En pocos minutos estarán aquí los hombres de Faqaha. No sabemos quienes sois, pero subid al barco: os llevaremos al  módulo más lejano de la nave donde se guardan los  vehículos de exploración.
 Los negros tomaron con sus enormes manos de a cinco y seis  baraqahs cada uno. Las subieron al bote y  de  inmediato los remeros se movieron y navegaron  las aguas blancas y turbulentas. Rápidamente llegó el crepúsculo, y de pronto se hizo de noche. La oscuridad los rodeó: en el cielo no estaba la imagen terrestre de la luna y las estrellas apenas se distinguían. Sólo veían una luz frente a ellos.
 – Debemos llegar allá – dijo uno de los negros señalando el destello –  Los Ulemas se han rebelado contra el Sultán después de la muerte de Bilhakki, el Veraz, y nos ayudarán en todo lo que le  pidamos
 – ¿Los Ulemas? – preguntó  Giafar – Ellos pueden saber dónde se encuentra la Baraqah de mi amado Bilhakki
 
– Creo que no – contesto uno de los negros – ellos también la están buscando…..
 Algo zumbó en el  aire y un ave luminosa llegó desde el cielo, se dirigió a la embarcación y chocó contra una de las figuras; se escuchó una explosión y un gorgoteo. Un estallido de chispas iluminó la noche virtual y un cuerpo pesado cayó al agua.
 – ¡Han matado a un verdugo !- gritó alguien – ¡Son los hombres de Faqaha…!
Los negros respondieron el ataque con sus armas y las hojas de los alfanjes digitales cruzaron la oscuridad. Una embarcación similar a la que viajaban, avanzó en zigzag frente a ellos. En uno de sus movimientos, tres de los verdugos agitaron con rapidez increíble las hojas de los alfanjes, y un momento después, la débil luz mostró el barco lleno de cuerpos decapitados.
 Siguieron navegando; la luz del refugio creció y la embarcación encalló contra algo blanco. El negro que estaba cerca del casco encendió la hoja de su alfanje digital y la usó como linterna
 – ¡Por aquí! ¡Seguidme!
 Las Baraqahs corrieron detrás de los negros; uno de ellos les ordenó que se detuvieran
 – Estamos en la salida de la realidad virtual. Tenemos diez minutos terrestres antes de que lleguen los hombres de Faqaha. El plan es el siguiente:  todos caben en uno de los pequeños vehículos de exploración; nosotros lo programaremos para que llegue al planeta “Infierno” y entre por uno de los polos donde no hay fuego ni radiaciones: es la única esperanza de sobrevivir.
 En tanto, Alemín había estado junto a la Baraqah de Giafar que en un momento lo tomó de la mano. Durante el ataque se separaron y buscó abrigo en uno de los rincones del bote. Ahora el niño sintió un enorme cansancio; tuvo el extraño deseo de quedar inmóvil, de perder definitivamente su conciencia en una oscuridad más profunda que cualquiera de sus sueños. Sentimientos, emociones negras se revolvían en el fondo de sí mismo y temió que aquello fuera una consecuencia de haber tragado la  Baraqah de al-Hallaj. Cayó en una ensoñación en la cual pudo ver su cuerpo desde algún punto encima de su cabeza: los largos cabellos bajo el agar blanco, la nariz aguileña; los rasgos de una niña islámica.
 Las demás Baraqahs subieron con ayuda de los verdugos al  vehículo de exploración.  Alemín decidió  quedarse; era inexplicable, pero no deseaba ir al planeta “Infierno”: recordó el viaje con Shar’iah por el interior de la mezquita: quizá encontrara algún Mihrab solitario donde esconderse y esperar el contacto con los insectos nocturnos. Sus articulaciones le dolían y sintió un extraño cosquilleo en las palmas de sus manos y en las plantas de sus pies. Retrocedió sin que los demás lo vieran y se encontró frente a un pasillo en forma de espiral. Le bastó avanzar unos pasos para alejarse del rumor de las Baraqahs que trataban de subir al vehículo. Reconoció el lugar:  aquel conducto debía llevarlo a uno de los  canales de ventilación.
 Sintió  el suelo mullido bajo las plantas de sus pies y avanzó con  firmeza: estaba en los enormes túneles que llevaban el aire y desde el piso llegaban las luces por las rejillas quecomunicaban con las distintas habitaciones. De pronto se detuvo: una línea brillante, rápida, voló frente a él a uno y a otro lado del túnel hasta que se perdió en un recodo.
– ¡Un Ghazal! -exclamó  y corrió por el pasillo en busca del  insecto. La luz se interrumpió y se detuvo; de inmediato chocó y rebotó contra las paredes; finalmente se perdió en una de las rejillas de la cual llegaba un suave resplandor. Alemín corrió hacia allí: podía no ser un Ghazal, pero  cualquier insecto lo llevaría hasta la avispa Layla. Con cuidado desmontó el enrejado  y entró en la habitacion. Por tercera vez el reflejo cruzó y saltó a una mesa acerada que se tendía debajo del niño. Recién entonces advirtió que no era un insecto, sino el sensor de la nave, moviéndose como una rápida mariposa circular. El tiempo se retrasó. Alemín reconoció la voz metálica:
 – Te estábamos esperando, excremento de mosca –  era la voz del Visir Mene’hem, Gota de Acido que cae del Cielo. Pudo ver el perfil con su mentón saliente, su barba puntiaguda. Se volvió hacia él: no tenía nariz y sus ojos brillaban como los de un perro furioso y asustado. Su mano derecha, armada con un alfanje digital, se elevó muy lentamente; la hoja se separó con pereza de la empuñadura, y a pesar de verla agitarse como un extraño pájaro, Alemín no se movió. El silbido que cortaba el aire llegó a su cuello; también muy despacio su cabeza se separó de su cuerpo y describió una parábola, hasta caer sin prisa al otro extremo de la habitación. Entonces sintió una gran soledad y luego una cortina negra y espesa cubrió todo.
 
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 Paul Klee - Tutt'Art@ (9)

 GOCHO VERSOLARI

 

Ilustraciones: Paul Klee

 
 
 

 

 

 

 

 

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