Narrativa: Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Cuarta parte

Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Cuarta parte

Gocho Versolari, Poeta

La Efrita Tariqah, el sendero bajo sus pechos, habló a Alemín.
– Niño: sabes que siempre estoy contigo; ahora se cierne sobre ti un gran sufrimiento, aunque finalmente saldrás victorioso. Tienes mi Baraqah en tu interior: ella va a protegerte; deberás transitar por los senderos del  Infierno más profundo; te parecerá que el universo ha perdido su sentido, pero tendrás alas en tus pies, pasarás encima del abismo y seguirás más allá.
 Alemín apenas la escuchaba: lo fascinaba la suavidad de su piel, casi trasparente bajo la escasa luz. La acarició con mano temblorosa.
 – Lo que tú digas, madre…
 Las lágrimas lo interrumpieron: la efrita se había vuelto enorme; su rostro creció hasta casi perder los límites, como el de  Kamil. La besó, acercó su cabeza a sus pechos y se sumergió en ellos. Un calor vibrante lo rodeó y  no supo cuánto tiempo pasó allí; al abrir los ojos,  advirtió que la efrita  no estaba. Sintió  frío, desconcierto, nostalgia: no entendía por qué la mujer debía partir tan pronto.
 La llamó varias veces y encendió la lámpara, hasta aceptar que ya no estaba. Se recostó llorando, con una intensa compasión por sí mismo; su cuerpo se aflojó, dormitó y volvió a despertar: aún era de noche. Se asomó otra vez por la ventana  y escudriñó las sombras: de pronto, en medio de la llanura,  cuatro luces se agitaron, moviéndose de un lado  al otro como si danzaran: avanzaban, retrocedían y volvían a un punto central. Intrigado y venciendo el temor, Alemín se apartó de la ventana y  salió  de su habitación. 
 Soplaba una leve brisa que agitaba las copas de los árboles. Luciérnagas nocturnas volaban de un lado al otro y también parecían intrigadas por las luces. Poco antes de llegar, se detuvieron, se apagaron un momento y alguien encendió un farol  que encandiló al niño. Alemín retrocedió protegiéndose los ojos con una mano: detrás de la luz alcanzó a ver la sombra de dos Baraqahs
 – Has llegado niño – La voz de una de ellas era familiar: estaba cubierta desde la cabeza por una túnica.
 – Ustedes me llamaron; me atrajeron con el baile de las luces;
 Las Baraqahs no contestaron de inmediato; la otra también estaba cubierta por completo y el niño sintió que lo examinaban en silencio.
 – Te esperábamos Alemín; hoy fue un día importante – afirmó la otra Baraqah – Llegó el anciano Shar’iah, el de la Ley Viviente y el aire de la noche se llenó de espíritus…
 – ¿Quiénes son ustedes?
 Las Baraqahs parecieron mirarse entre ellas. Contestó la primera
 – Hemos decidido no revelar nuestra identidad.
 – ¿Significa que no estáis con las demás?
 – No estamos con las otras, aunque también Faqaha nos ha condenado a muerte. Nadie sabe de nuestra existencia. Estamos a pocos metros de aquí, en el fondo de una reproducción virtual de la Mezquita de la Piedra.
 Alemín los miró con desconfianza.
 – La Mezquita de la Piedra es enorme y ya la hubiera visto…
 – Tienes razón: su domo parece tocar el cielo y en las noches de luna llena su punta parece atrapar mechones brillantes.
 – Eso es imposible: yo conozco los alrededores y nunca vi una construcción por el estilo.
 – Recuerda que estamos en la realidad virtual: hay regiones que surgen y otras que se esconden.
 – No entiendo lo que me dices; de todos modos, creo que si sois Baraqahs y estáis condenadas, deberiais vestir la cobertura de la muñeca Máryam.
 Callaron, mirándose desconcertados.
 – ¿Quieres decir que al colocarnos esa… cubierta se disimularía nuestro aspecto?
 – Olvídalo – interrumpió la otra Baraqah – está con ellos el Capitán Giafar que recorrió las cuarenta Maqamat y puede ver la esencia de las personas. Con él no hay disfraz que valga
– ¿Es así, niño? ¿El capitán Giafar puede ver quienes somos debajo de un disfraz?
 – No siempre, pero yo que ustedes me arriesgaría, ya que llevando esta cubierta los verdugos no se animárán a ejecutaros. Se trata de un juguete que fue creado en Persia antes de la Gran Jihad,  para las niñas del Islam como oposición a la muñeca Barbie…
 – Nos han apresado y relegado a este lugar hace muy poco – la Baraqah se inclinó hacia Alemín – contéstame claramente, niño: ¿el capitán Giafar podrá reconocernos? Sabemos que ha recorrido las cuarenta Maqamat y esto  le ha dado un conocimiento superior a cualquier humano
 – Les dije que el capitán Giafar no siempre reconoce la identidad de las Baraqahs. En el caso de ustedes pueden disimularse entre las demás.
 Las Baraqahs parecieron vacilar.
 – Y tú niño, ¿nos darás de esas coberturas?
Tenaya Sims http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;
Tenaya Sims http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;
 -Aún me quedan varias; las he recibido de la Avispa Afgana Layla…
 – Estamos dispuestos a cubrirnos con la muñeca Maryam.
 Callaron. Miraron expectantes a Alemín
 – ¿Qué esperas? ¿Irás a buscar nuestras cubiertas?
 – Sólo con la condición de que me revelen sus identidades.
 – No podemos hacerlo.
 – Lo siento pero es mi condición.
 – Tememos que cuando nos descubramos ante ti no querrás ayudarnos
–  El anciano Shar’iah, el de la Ley viviente, me explicó que no importa si sois asesinos: como Baraqahs encerráis lo más puro que puede haber en un hombre; no importa la condición de vuestros originales
 – Escucha, niño: ve a buscar las cubiertas y acompáñanos hasta la Mezquita de la Piedra; allí nos revelaremos ante ti y entonces decidirás si nos ayudas o no. Lo único que te pedimos es el juramento solemne de no mencionar nuestra identidad a los otros…
 AMientras la Baraqah hablaba, la otra sacó de sus ropas un pequeño ejemplar del Korán.
 – Deberás jurar sobre el Libro Santo, niño. Este debe ser el único Korán que conserva en sus comentarios citas del al-Azif que se ha perdido por completo.
 Abrieron el libro en la sura “La Noche”, y con su mano sobre las páginas, Alemín repitió las palabras que le dictaba la Baraqah
 – Juro solemnemente … no revelar la identidad… de las Baraqahs aquí presentes.
 – Bien niño, ahora ve a tu habitación, busca la cubierta y vuelve. Te esperaremos con una luz encendida para que te orientes
 Alemín obedeció: estaba nervioso; sentía la lengua seca y su corazón latía con fuerza. El timbre de las voces de las Baraqahs se repetía en su cabeza: alguna vez las había escuchado en la nave.
 Llegó a su cuarto, tomó  dos cubiertas de la muñeca Máryam que guardaba bajo la cama y volvió a la llanura: la luz apenas brillaba; vio la silueta de las Baraqahs que  hacían un gesto indicándole que las siguiera y caminaron hacia uno de los extremos de la realidad virtual. Enormes bultos se recortaron contra el cielo de la noche: Alemín sabía que en el lugar se levantaba un túmulo  de piedra cubierto de plantas trepadoras. En una de sus paredes planas debía haber  una oscura plancha de hierro, pero a medida que se acercaban se encendieron luces lejanas y suaves que fueron delineando un edificio enorme.
 – No puede ser – murmuró el niño por lo bajo: una enorme mezquita ocupaba el lugar donde antes se levantaba la  plancha de acero. Siguió a las Baraqahs con recelo; las luces eran de antorchas encendidas; iluminaban la construcción desde  abajo, dándole un aspecto fantasmal. Caminaron lentamente hacia la puerta. Antes de llegar, una de las Baraqahs se volvió hacia Alemín.
 – Escucha, niño:  iremos al fondo de la mezquita, al llamado “Pozo de las Almas”. Allí nos descubriremos, y cuando sepas quiénes somos decidirás si nos das las cubiertas de la muñecas  o si la llevas contigo y te vuelves con las otras. Si decides esto  no dirás que nos viste.
 Confuso, Alemín las siguió: atravesaron la puerta y llegaron a un salón enorme. Tuvo que correr a fin de mantener el paso de las otras dos Baraqahs que se habían quitado las babuchas.
 La mezquita era enorme; una niebla dorada encima de la cabeza de Alemín, le impedía la visión del techo. A los costados se levantaban columnas con arabescos vegetales; de vez en cuando una antorcha iluminaba frisos de escenas del profeta Mohamed. El niño seguía a las dos Baraqahs que marchaban adelante entrando y saliendo de una niebla plateada; sus pies descalzos dejaban huellas brillantes  sobre el piso. Caminaron rodeados de olor a incienso y mirra; de vez en cuando llegaban sones de trompeta que nadie tocaba, sino que formaban parte de la realidad virtual. Luces muy suaves iluminaban las entradas suntuosas de los Mihrabs. Al llegar a uno de ellos, las dos Baraqahs se detuvieron a esperar al niño mientras se calzaban las babuchas. Entraron al Mihrab y bajaron  una espinada escalera; Antorchas encendidas con fuerte olor a resina, flanqueaban el estrecho pasillo.
 Al principio Alemín contó los escalones pero se cansó al llegar a los cien. Llegaron a una superficie de roca cruda: el recinto también estaba iluminado  por antorchas.
 – Estamos sobre la roca en la que el profeta Mohamed y su mula fueron llevados al cielo por el Arcángel Gabriel – explicó una de las Baraqahs – Si miras con atención aún puedes ver en la piedra señales del animal…
 Uno de ellos acercó la linterna y señaló varias estrías en la roca: tenían un lejano parecido con huellas de pezuñas. Alemín las miró con atención y de pronto levantó la cabeza: ambas Baraqahs seguían cubiertas.
 – Es hora de cumplir lo prometido – dijo apoyando las coberturas de Máryam en el piso.
 – En un minuto conocerás nuestra identidad; podrás marcharte cuando nos veas: te bastará con volver sobre tus pasos, atravesar la mezquita y reunirte con las demás. Mañana, cuando asome el sol virtual, este lugar será ocupado nuevamente por una plancha de hierro.
 El niño las miró fijamente y se cruzó de brazos; con gestos vacilantes, las Baraqahs se quitaron  las capuchas. Al ver la primera, Alemín lanzó una exclamación y retrocedió unos pasos hasta dar contra la pared de piedra: reconoció enseguida la frente amplia, los ojos brillantes, los pómulos salientes y la barba en forma de candado; la cara que había ocupado sus pesadillas desde la muerte de su ayo Wekil.
 – ¡Taqlid! ¡Eres tú! ¡El fantasma…!
 Alemín siguió retrocediendo hasta chocar contra la escalera. Detrás de Taqlid, el de Pensamiento Duro, la otra Baraqah también se había quitado la sábana y frente al niño apareció un rostro familiar.
 – Quédate tranquilo, Alemín. Sé que mi original mató a tu ayo Wekil y eliminó a Layla, la Avispa Afgana. Como su Baraqah no puedo ser responsable de sus actos ya que estoy separada de él;sé lo que significó para ti ver la muerte brutal de quien te había formado; te comprendo si huyes de mí. Vuelvo a repetírtelo: si quieres toma las cubiertas de la muñeca Máryam y vete por donde has llegado.
 La otra figura avanzó hacia ellos y se detuvo debajo de una de las antorchas.
 – A ti te conozco – dijo el niño – tú estabas en la nave y trabajabas en los establos…
– Soy la Baraqah de Faqaha, el Doctor de la Ley, el actual Sultán de la nave. Mi original ha creado un reino de terror…Ha matado a muchos tripulantes, entre otros al Capitán Giafar y al hermoso Bilhakki, el hijo de los Ulemas
 Callaron: el ruido de una gota que caía persistente sobre la roca se hizo insoportable en el silencio.
 – No  entiendo – Alemín negó con la cabeza – tú eres la Baraqah del sultán y  estás en este lugar esperando la ejecución por orden de tu original…
 – Así es, niño.
 – ¿Y qué sentido tiene que el sultán mate su propia semilla? Nadie se destruye a sí mismo…
 – Se ve que no conoces a Faqaha: para él la Jihad empieza en la lucha contra sí mismo. En el respaldo de su Korsi puedes leer la máxima: El primer enemigo soy yo. Además, tú sabes que el al-Azif era un tratado sobre la forma de usar las Baraqahs para la recuperación de un original: el sultán consideró herético su contenido y borró  todo el libro; hizo lo mismo con las suras del Nuevo Korán que se relacionaban con la resurrección del hombre…
 Alemín, en el extremo de la confusión, había seguido retrocediendo; de pronto su mano tocó algo de madera, perdió el equilibrio y cayó sentado sobre una superficie dura:  la tapa de un cofre.
 – Alemín, soy lo que queda de Taqlid el de Pensamiento Duro, y si nos salvamos de la ejecución que ha ordenado Faqaha, es mi promesa de que no seré utilizado para recuperar mi original: si Taqlid vuelve será cruel, insensible: un ser enfermo que no tiene paz consigo mismo. Tú  lo has comprobado antes de llegar aquí: en alguna parte lejana de esta realidad virtual procura adueñarse de la Baraqah de Habib al-Masgid, el que se Postra a fin de secuestrarlo junto con su original.
 – No sé si creerte…
Tenaya Sims http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;
Tenaya Sims http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;
 Alemín recordó su juramento: no podía revelar la identidad a las otras Baraqahs, pero necesitaba consejo; pensó con nostalgia en el anciano Shar’iah.
 – ¿Por qué se niegan a mostrarse a los otros?
 – Porque tememos que todas nos rechacen. Te lo repito una vez más: no somos responsables de los errores de nuestros originales, pero ni aún siendo Baraqahs y contando con la sabiduría de los cinco elementos se puede ser totalmente  comprensivo. Insisto niño: puedes marcharte o quedarte y ayudarnos; en ambos casos compartirás nuestro secreto
Alemín asintió con la cabeza. Trató de entender lo que ocurría y a la vez  luchar contra el miedo que le producía Taqlid
 –  Niño: estamos todas condenados por la decisión del cruel Faqaha; debemos ayudarnos… dame la mano.
 La Baraqah de Taqlid extendió su largo brazo. Alemín vio su mano delgada, de dedos largos, casi trasparentes bajo la luz de la antorcha
 – Dame tu mano, niño, no  temas.
 Sus ojos no tenían la expresión torva que recordaba del original. La pequeña mano del niño se estiró temblando bajo la luz débil; extendió su brazo lentamente hasta que sus dedos tocaron los de la Baraqah de Taqlid; Pensó que todo estallaría, que el fantasma de Wekil se levantaría de su tumba, que el universo se derramaría dentro de la realidad virtual.
 Nada pasó; sólo volvió a recordar la imagen de la avispa Layla estrellada contra la pared; con esfuerzo logró apartar la visión; de pronto, Taqlid lo apretó contra él; Alemín vio con sorpresa que la Baraqah estaba llorando: las lágrimas caían por sus mejillas.
 – Sabes Alemín que cuando un hombre comete actos malvados, es su Baraqah la que sufre las consecuencias. Las perversidades de Taqlid ahora se continúan en Faqaha que fuera su amigo y enamorado…
 Detrás de él la Baraqah del Sultán se acercó y tomó a Taqlid por los hombros.
 – Nos une tener originales que se destaquen por su maldad…
 Faqaha besó suavemente el cuello de Taqlid.
 – No sé si puedes entenderlo niño, pero nosotros, a pesar de ser hombres nos amamos como pueden hacerlo un hombre y una mujer y aspiramos a que algún día las Baraqahs estén reunidas en un mismo lugar, libres, sin la obligación de servir sólo para resucitar malvados. Allí nuestro amor podrá ver la luz.
 Alemín se sentó en el  cofre. Respiró profundamente varias veces; sintió una extraña emoción,como la primera vez que viera a Wekil vestido de mujer.
 Detrás de las Baraqahs,  donde terminaba la luz de las alfombras, unas líneas de luz iban y venían. Lentamente se agrandaron y se acercaron hacia el grupo.
 – Son Ghazal – murmuró el niño. Las Baraqahs se volvieron: cinco insectos volaban  en formación. Al llegar al sector iluminado se dispersaron y uno de ellos giró sobre la cabeza de Alemín. Al rato se escuchó la voz, amplificada por los ecos.
Y allá en el interior más oscuro del cofre, salió una voz que dijo: No temas, no, que jamás aquella que tuvo el placer de beber permitirá que esos átomos de arcilla que el alfalero amasó amorosamente sean dispersados al azar. El amor te hizo. El odio no te romperá…
 Alemín saltó de la caja en la que estaba sentado.
 – ¡El cofre! – exclamó – ¿Qué hay en él?
 – Reliquias – contestó la Baraqah de Taqlid – Las reliquias de al-Hallaj, la Cardadora de Conciencias.
 – ¿Cómo “la cardadora”? Hoy mismo hablé sobre él con el Capitán Giafar y me dijo que era un hombre.
 – Durante su vida se disfrazó de hombre para protegerse y poder frecuentar los círculos de sufíes de la época. Después de su muerte, su hijo y sus discípulos hicieron correr esa versión.
 – ¿Puedo abrirlo? – preguntó Alemín mientras los Ghazal revoloteaban alrededor de las Baraqahs.
 – Puedes niño.
 Alemín se volvió y levantó la tapa del cofre que cedió con  facilidad. La luz de una de las antorchas cayó sobre el interior.
 – ¿Qué es esto?
 – La cabeza, los pies y las manos de la santa.
 Las Baraqahs se acercaron y con ayuda del niño  separaron un fino manto de seda: aparecieron  unos enormes pies cortados a media pierna; un tenue tatuaje de arabescos se dibujaba a la altura del tobillo de uno de ellos; sus uñas estaban pintadas de un rojo subido. A su lado las manos mostraban uñas también largas y maquilladas. En el cráneo marrón y desdentado, los cabellos pajizos y blancuzcos caían derramándose en el interior del cofre.
 – Al-Hallaj fue una mujer hermosa – dijo Faqaha – La codiciaron reyes y ascetas; ése fue uno de los motivos del odio que sintieron hacia ella.
 En uno de los rincones del cofre había una figura pequeña que parecía tallada en barro. Alemín la tomó.
 – Es la Baraqah de al-Hallaj – explicó Taqlid – Han pasado más de ochocientos años desde que la obtuvieron y por eso se conserva de ese modo.
 – No me explico por qué no la ha tragado nadie y por qué no han hecho el ritual de restablecer el original.
– Tragar la Baraqah de la Santa lleva el riesgo de terminar como ella.
 – ¿Eso es lo que crees? Si alguien como al-Hallaj volviera a vivir muchos de nuestros problemas se solucionarían.
 Las Baraqahs no contestaron: una luz intensa  llegó desde el fondo de la gruta y los iluminó de pronto: amanecía. Un enjambre de Ghazal se movía lentamente en el resplandor amarillo del día virtual. La Baraqah de Taqlid se volvió hacia Alemín.
 – Niño, debes saber que en el año 280 de la Hégira, al-Hallaj, disfrazada de hombre, realizó su primera peregrinación a La Meca. Allí se encontró con su amigo y enamorado: al-Hyusuff, a quien pidió que extrajera su Baraqah del pezón derecho y la guardara en un Mihrab cercano a la Piedra Cúbica. No la guardes en tu estómago –  advirtió la Santa – Mi sangre habla del patíbulo que me espera. Si lo haces habrá un patíbulo igual en tu horizonte…
 Alemín dejó de escuchar las palabras de Taqlid: su corazón latía con fuerza: saber que al.-Hallaj era una mujer lo turbaba y lo llevaba al borde de las lágrimas.
 – …niño- siguió la réplica de Taqlid, el de Pensamiento Duro – me has dado la mano y entiendo que no deseas irte – Alemín negó con la cabeza – Entonces si nos permites, mi amado Faqaha y yo vamos a ponernos las coberturas de la muñeca Máryam…
 A su lado la Baraqah de Faqaha asintió con entusiasmo. Se volvieron a las cubiertas que bajo la débil luz  parecían dos niñas desmayadas.
 – Deben colocarlas con las piernas abiertas sobre sus cabezas – explicó Alemín – Taqlid obedeció y enseguida la muñeca se adaptó a su cuerpo y le dio sus rasgos; la Baraqah de Faqaha lo imitó.
 – Ahora somos  iguales – dijo Taqlid cuando estuvieron listos – Nadie puede diferenciarnos ni entre los verdugos ni entre las demás  Baraqahs
 En ese momento llegaron más Ghazal hasta formar un enjambre espeso: la luz que lanzaban los insectos, se mezclaba con la del día y se imponía  encima de las antorchas.
 – Creo que quieren decirnos algo
 – Debemos estar atentos a las piedras, a la tierra, a las paredes de esta mezquita – dijo la Baraqah de Faqaha – Cuando el sultán decida ejecutarnos, los objetos sólidos que nos rodean se convertirán en agua.
 Mientras hablaban, Alemín sacó las reliquias del cofre: los pies, las manos y la cabeza.
 – ¿Qué pretendes hacer niño?
– Hay algo que no entiendo: si comes la Baraqah de Hallaj, ¿puedes resucitarlo desde adentro tuyo?
 – En principio sí, pero ni sueñes con hacerlo. Tú ya has comido la Baraqah de tu ayo Wekil y creo que de alguien más.
 – De la Efrita Tariqah, el Sendero Bajo sus Pechos que suele presentarse como mi madre.
 – No creo que puedas comer una Baraqah más sin que te ocurra algo terrible, Alemín.
 El niño no contestó: una opresión en su pecho apenas lo dejaba respirar; subió hasta llegar a su garganta.
 Desde el fondo del Pozo de las Almas, llegaron tres rápidos golpes de luz y el sol de la realidad virtual llenó todo el lugar
 – Es de día. Se acerca el momento – anunció Faqaha – Mis tripas me dicen que mi original eligirá hoy para ejecutarnos.
 Al fondo los Ghazal formaron  figuras extrañas y finalmente diseñaron con sus cuerpos el caligrama de la Basmala
 – Nos quieren advertir algo – insistió Taqlid – Vamos a asomarnos por la boca de luz – Él y Faqaha caminaron hacia la escalera que se levantaba al fondo del lugar. Alemín siguió junto al cofre.
 – ¿No vienes niño?
 Sintió que no podía dejar solas a las reliquias de al-Hallaj; que de hacerlo algo terrible ocurriría. Negó con la cabeza
 – Mejor los espero aquí.
 Vio como las pequeñas figuras subían lentamente por la escalera  al fondo del Pozo de las Almas; de pronto sintió que sus pies descalzos se humedecían: a su costado había una piedra enorme, y de su base surgía un manantial de agua fresca que lo salpicaba. Apartó las reliquias de la santa, como si aquello pudiera dañarlas. Miró a lo lejos las siluetas de las Baraqahs recortadas contra la luz que llegaba por la abertura: le daban la espalda concentradas en subir. Con el corazón latiendo violentamente tomó la pequeña Baraqah de al-Hallaj y se la metió en la boca; tenía gusto a pasto y se disolvió rápidamente  con su saliva. Apenas llegó a su estómago, una melancolía inesperada lo llenó; sintió nostalgia por cosas desconocidas y lloró. La Baraqah,convertida en polvo recorrió sus venas; la sintió dialogar con su sangre hasta caer en el  estómago con un estremecimiento. Más allá, las réplicas de Faqaha y de Taqlid, le daban la espalda mirando hacia afuera: el sol de la realidad virtual se había levantado.

 

Tenaya Sims http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;
Tenaya Sims http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.