Narrativa: Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Tercera parte

Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Tercera parte

Gocho Versolari

Un pequeño  Ghazal revoloteó alrededor de la cabeza de Alemín; se alejó unos metros y volvió a él. Los demás no lo advirtieron, y el niño se levantó y lo siguió, sintiendo la grava fresca bajo sus pies descalzos. Cuando se apartaron de los demás, el insecto se detuvo y  el niño escuchó los versos que surgían de lo profundo de sí mismo.
 Tu presencia es tu ciencia sin que te muevas
tu ausencia es el velo impuesto sin que te vayas
nada está por encima de ti para hacerte sombra
y nada por debajo para sostenerte
y nada adelante para limitarte
y nada detrás que te persiga….
 Un zumbido alarmante interrumpió el poema. Alemín miró hacia atrás: un  Mi’raj  negro y lustroso  volaba a su alrededor haciendo piruetas. Retrocedió asustado hasta tropezar con un tronco y caer sentado. El insecto, de aspecto siniestro, se suspendió frente a su cara durante algunos instantes. Habló con voz ronca
 – No te preocupes niño: nos han hecho fama de agoreros, pero no es para tanto. Además tú nos llamaste…
 – Yo no llamé a nadie
 – Acabas de advertir que en el Barzaq faltaba el  intervalo, es decir la espera, el lugar donde el tiempo y el espacio se unen hasta ser un hilo muy fino que podemos recorrer. Es allí donde Faqaha, el Doctor de la Ley, guardó las reliquias de al-Hallaj
 El Mi’raj se interrumpió y su figura parpadeó hasta desaparecer. El niño suspiró estremeciéndose. Buscó con su vista el pequeño Ghazal, pero no lo encontró. Caminó inquieto, mirando  el improvisado campamento donde se alojaban las Baraqahs. Giafar y la Baraqah de Sharia’h, el de la Ley Viviente, estaban abrazados cantando una vieja melodía del Yemen. Sus voces pastosas indicaban que estaban ebrios: habían bebido el Aizpún que obtenían de la fermentación de pequeñas manzanas en el agua de un arroyo cercano
 Alemín entró a su cuarto: una cueva iluminada por un farol;  a un costado se tendía una cama pequeña y mullida. A lo lejos se escuchaba el canto de las Baraqahs y los aplausos que seguían a cada canción. Alemín se acostó, intentó dormir, pero no pudo: traspiraba, y su cabeza estaba tensa.
 No era el ruido lejano: cerraba los ojos y veía la realidad virtual que lo rodeaba: un punto de luz condensada que crecía y se convertía en un arroyo lechoso: los trozos de realidad flotaban como islas, y el hilo de agua se convertía en un río poderoso: sus orillas delineaban el espacio; por tramos se elevaba y rugía y en otros formaba  suaves remansos. Era un mar orgánico, un soporte donde  los insectos nocturnos, diseñados genéticamente por el Visir Mene’hem, Gota de Acido que cae del Cielo, llegaban en sus noches portátiles y estiraban la realidad, formando el adentro y el afuera: trozos de sombra que interrumpían la luz líquida. Otros insectos se encargaban de “Amoblar” el lugar: colocar paredes virtuales a las casas, crear vegetación, armar estructuras y organismos.  Faqaha gustaba  introducir pequeños conejos de cuerpos muy tiernos, pero de aspecto feroz; mariposas de alas coloridas, y de bocas enormes que al abrirse mostraban hileras de colmillos filosos. Hacia el fin del arroyo lechoso se levantaban  noches portátiles de insectos que debían completar los detalles de la realidad virtual: decorar los límites, y crear la ilusión de libertad en aquella prisión.
 En todo aquello se respetaba el tiempo de la Tierra, aunque con  particularidades: no existía el amanecer; el sol surgía de pronto, enorme, luminoso, creando el mediodía en medio de la noche y dando al cielo   un tono verde claro, profundo. La media tarde también llegaba súbitamente y duraba varias horas que culminaban en un largo crepúsculo sombrío; las Baraqahs decían que Faqaha se deleitaba en rodearlo de nubes rojas; también se murmuraba que una mutación de insectos nocturnos producida por el visir, llevaba a aquel lugar la sangre de las víctimas del régimen.
 Algo que todos sabían, era que la realidad virtual separaba el tiempo matemático de la duración, de modo que las horas de las Baraqahs condenadas podían ser minutos y segundos prolongados en días y semanas. Alemín había preguntado por qué  no terminar de una vez y aniquilarlos de la forma que fuera. La respuesta era simple: Faqaha gozaba manteniéndolos en ese estado, brindándoles comida, alojamiento, un lugar donde pudieran gozar de una ilusoria libertad. Era como jugar al gato y al ratón; de vez en cuando sonaban aceros en el cielo y cantaban cuervos invisibles; desde  el sur de la realidad virtual llegaban buitres enormes. Entonces la alegría daba paso a la dura realidad: estaban allí esperando la muerte. En los momentos de tranquilidad, algo les recordaba que sus existencias se reducían a un punto efímero, frágil, preparado para ser arrancado brutalmente.
 También se decía que las actividades de las Baraqahs estaban conectadas a un circuito de video; que Faqaha y sus esbirros, gozaban escuchándolos y viéndolos. De este modo, el entusiasmo que había producido en un primer momento la llegada de Alemín, decayó: si todo podía ser observado por el Sultán, era posible que supiera lo del truco de las coberturas en forma de muñeca Máryam.
 El niño dormitó, aunque parte de su mente estaba alerta, percibiendo las luces en la larga mesa, escuchando las voces. Finalmente todo quedó a oscuras y en silencio. El largo crepúsculo de la realidad virtual terminó, dando lugar a una noche sin luna ni estrellas. Escuchó pasos que se acercaban  y supo que la Baraqah de Shar’iah, entraba a su habitación, golpeando el piso con sus suelas de metal. Se sentó junto a él, encendió una lámpara y lo miró fijamente. Alemín se volvió  y le devolvió la mirada.
 – ¿Quieres preguntarme algo, niño? – Los ojos de Shar’iah, antes serenos y calmos, tenían ahora una expresión astuta y ambiciosa
 – Sólo deseo saber cómo te encuentras, Jeque
 – Me siento bien, mejor que nunca. Ahora debes descansar, Alemín. Mañana hablaremos….
 – Escucho y obedezco – asintió el niño. El hombre se levantó: comparado con el enjuto anciano que Alemín conociera, su cuerpo era gigantesco. Hizo un gesto con la mano y se retiró a su habitación.
 Al verlo alejarse, Alemín tuvo un sentimiento de desconsuelo y lloró sin poderlo evitar: había esperado que Shar_iah  lo  abrazara; que pronunciara alguna palabra de ternura, pero su enorme espalda  desapareció en la tienda que las  Baraqahs le habían preparado.

Kim Nelson - Australian Symbolist painter - Tutt'Art@ (20)

 Poco a poco el niño dejó de llorar: la soledad lo oprimía. Sus sensaciones oscuras, sus anhelos frustrados, los universos brillantes que nunca serían y que pasaban junto a él como exhalaciones eran parecidos a la vejez, aunque no lo supiera. Pensó en su madre, su  ayo Wekil, y ahora el Jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente: todos se alejaban vertiginosamente; se recordó hacía unos años, asomado a una de las escotillas traseras de la nave, viendo las constelaciones huir del avance implacable de la mezquita espacial.
 Las horas pasaron sin que conciliara el sueño. De vez en cuando se incorporaba  y se asomaba por la pequeña ventana circular que daba a la llanura extendida frente al campamento de las Baraqahs: la oscuridad cerrada aumentabasu vaga sensación  de miedo. El silencio se interrumpía de tanto en tanto por un siseo de rayos o zumbidos de insectos. A veces cerraba los ojos y trataba de aflojar la tensión de sus sienes; llevaba su mano al cuenco de agua fresca  al costado de su cama y refrescaba su boca.
  Finalmente se hundió en un sopor extraño y soñó con la imagen de un ser alto, cubierto hasta la cabeza con una túnica. Detenido en la puerta de su cuarto, lo iluminaba una luz tenue. Alemín lo miró atentamente: por debajo de su túnica asomaban un par de botas gruesas. Escuchó zumbidos junto a su cabeza y advirtió a ambos lados de la misma un par de noches portátiles en las que iban y venían insectos brillantes.
 – ¿Me dejas pasar niño? – la voz era lejana, como si llegara de otro tiempo
 – Entra, desconocido. ¿Porqué ocultas tu rostro?
 – Tengo mis razones que ya comprenderás, ahora quiero decirte algo para descargar mi pecho.
–  Pasa y habla.
  La figura entró y se sentó junto a él. Alemín encendió la débil lámpara junto a su cama y el lugar se llenó de una luz muy suave. La figura descubrió su cara y el niño vio el rostro del anciano Jeque Shar’iah
 – Querido Alemín, perdona si  te he tratado con indiferencia,  hasta con dureza…
 – No creo que lo hayas hecho… – el niño se interrumpió a punto de llorar. La mano del viejo se apoyó sobre la suya
 – No sólo te aprecio, sino que te amo con todo mi corazón…
 La voz de la figura subió de tono, y Alemín retrocedió al advertir que sus rasgos eran los de una mujer; sus manos también cambiaron, y de  arrugadas y pequeñas, pasaron a ser blancas y finas, con dedos muy largos y anillos de pedrería preciosa.
 – Te quiero, niño, te quiero profundamente. Sabes que la vejez y la infancia tienen mucho en común; que la vida es  un círculo que se cierra y sus extremos se unen…  es por eso que te sientes unido a la Baraqah del anciano Shar’iah:  alguien que  empieza a vivir encaja exactamente con otro que ha recuperado la ingenuidad despues de una vida llena de placeres y amarguras.
 Alemín se secó una lágrima
 – Estoy de acuerdo, Shar’iah o quien seas… – Alemín fijó su vista en un anillo de diamantes que la Baraqah llevaba en su dedo – ¿Por qué cubres tu cara?
 Shar’iah, en su aspecto femenino, pareció no escuchar la pregunta y siguió hablando.
 – Ahora el anciano se ha ido. Me pregunto, querido niño, donde están aquellos con quienes reímos, con quienes escribimos poemas a la luna del otoño que asomaba detrás de las montañas. Me pregunto dónde estarán quiénes amamos, en qué período y en qué ámbito renacerán. Sólo escucho un rugido en medio del prado, bajo la noche sin luna:  el tigre de la impermanencia, de lo efímero está furioso y nos devorará a todos….
 – No creo que seas la Baraqah de Shar’iah. Dime quién eres y por qué te cubres.
 – El anciano que conociste, el que te ayudó a llegar hasta aquí, murió en la columna de la mezquita donde lo dejaste. Una raza de insectos nocturnos devoró su cuerpo hasta los huesos. En el silencio de la muerte, desde un punto inasible, sin color, sin forma, sin espacio ni tiempo, como la noche sagrada del Profeta, emergí yo…
El niño tiró del lienzo que lo cubría y lo hizo caer. Un hermoso rostro  de  mujer apareció frente a él
 -¡Madre…!
 –  Soy la efrita Tariqah, el Sendero bajo mis Pechos, que tomó el lugar del jeque Shar’iah y el aspecto de tu madre, como lo hice en la noche en que mataran a tu ayo Wekil. Vengo a decirte lo que él no puede pronunciar
 Alemín la miró atentamente: aquella era la imagen de su madre, tal como la había visto en los videos  cuando vivía con su ayo; era la misma que en el vientre de la mujer de acrílico le diera su Baraqah; la que en la mezquita lo había alimentado y alentado cuando quedó solo. Ahora estaba frente a él:  su piel trigueña, su expresión atenta y sus ojos castaños, con un halo verdoso. Sobre su rostro caían largos mechones de cabellos  negros y rizados.

Kiyo Murakami 1976 - Photo Manipulations - Tutt'Art@ (19)

GOCHO VERSOLARI

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