Narrativa: Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Segunda parte

 Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Segunda parte

Gocho Versolari

 

El sonido  triunfal de una trompeta interrumpió a Giafar; ambos se levantaron y se volvieron hacia la entrada de  la realidad virtual: un pequeño enjambre de  Ghazal imitaban el sonido del Qanun. Las Baraqahs, con el aspecto de la muñeca Máryam, avanzaban hacia una luz que llegaba desde el fondo. Alemín se incorporó y corrió hacia  el resplandor ámbar. Escuchó un atronador sonido de ruedas y la luz aumentó hasta enceguecerlo.
Una voz familiar llegó hasta él.
 – ¡ Alemín! ¡ he vuelto…..!
 Todos se apartaban ante la enorme carroza; la acompañaban hermosos insectos nocturnos, agitando sus alas y despidiendo destellos ambarinos. Conducía  un joven apuesto, de cabeza rapada y grandes ojos claros.
 -¿Quién eres?
 -¿No me reconoces niño?
 – ¿Jeque Shar’iah… ?
 – Si, soy yo. He cumplido mi muerte  de Baraqah; he recuperado mis fuerzas y finalmente he vuelto para salvarlos a todos
 Una carcajada acompañó la expresión de asombro de Alemín.
– Soy más joven, niño: ése es el privilegio de las Baraqahs: cuando mi ser  murmuró  a través de los Ghazals los versos de  Kayyham reclamando juventud, mis años mozos llegaron al sueño  de mi mente como la Sulamita al  rey Salomón durante su agonía. Aparecieron como un insecto Sirr: cuya forma es parecida a la humana y se alimenta del canto inaudible que emiten los miembros de los cadáveres. Éste fue un Sirr hembra que me atrajo con sus suaves brazos, me apretó contra sí , me transmitió primero su calor, después su juventud, y por último su vida.
 Shar’iah bajó del carruaje: se movía con ademanes orgullosos; lucía un plecto plateado sobre su gandura, y mangas de amianto, flexibles, y resistentes: una aleación especial para rechazar las hojas de los alfanjes digitales. Las Baraqahs  se reunieron a su alrededor.
 – Salve, Jeque Shar’ iah – saludó Giafar – ¿Has tenido noticias de tu original?
 – Está vivo y reside en el Infierno. Eso es todo lo que sé. Las Baraqahs deberíamos saber exactamente dónde y cómo se encuentran nuestros originales, pero  en mi caso parece haber desaparecido…
 El niño, seguía mirando a la Baraqah con ojos asombrados: no aparentaba más de treinta años; su nariz aguileña tenía un gesto orgulloso; y escudriñaba a todos con sus ojos penetrantes y astutos. Sus músculos estaban erizados, ansiosos de entrar en acción. Abrazó a Alemín: sus ropas  despedían un fuerte olor a incienso.
 – Gracias a Alemín he logrado llegar aquí. Los insectos  del mundo sutil saben  de ti, y cuentan leyendas sobre tu persona. Saben que eres especial por haber tragado las Baraqahs de tu ayo Wekil y de la Efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos antes de cumplir los dieciséis años…
 La mayoría de las Baraqahs no conocían la historia de Alemín y murmuraron entre ellas. El niño enrojeció al saber que su fama había llegado tan lejos. En tanto los comentarios iban y venían; el Jeque Shar’iah le hizo una seña para que lo acompañara a un costado donde le habló por lo bajo.
 – ¿Te han hablado los  Ghazal y la avispa Layla sobre el peligro de muerte que arranca de tus entrañas?
 Alemín apartó los ojos con expresión preocupada.
 – Algo me han dicho. Me persiguen los insectos Mi’raj…

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 – ¿Los Mi’raj? Eso es grave… Escucha: a partir de ahora debes tener mucho cuidado: después de mi muerte temporal ha cambiado la misión que me impone Layla y mis insectos protectores. Debo hacer otras cosas, entre ellas viajar desde el Infierno al otro lado de Barzaqh y no puedo protegerte como antes, de modo que debes ser muy cuidadoso con todo lo que haces y emprendes…
 Lo interrumpió una de las Baraqahs
 – Querido Jeque: te invitamos a que compartas nuestra hospitalidad en este incierto exilio. Hasta ahora los esbirros de Faqaha no nos han molestado. Sabemos que una de sus exquisiteces de crueldad es hacernos creer en nuestra salvación hasta último momento y  caer sobre nosotros, terribles e inesperados…
 – ¡Aquí están! las conseguimos…
 Dos Baraqahs llegaron  de pronto, con expresiones triunfantes,  sosteniendo de la cola varios pájaros parecidos a perdices.
 – No hay como una buena cena para celebrar nuestro encuentro, querido Shar’iah, para que nos ayudes a trazar un plan: tú siempre has sido un hombre de acción y eso es lo que necesitamos.
 – ¿Perdices? ¿Cómo las consiguieron?
 Faqaha nos llena de comida  a la que debemos cazar o pescar: pájaros, cerdos salvajes, peces de las especies más variadas… tú sabes, todo virtual. Lo que realmente nos nutre es un punto que se encuentra en el centro del alimento que creemos masticar
 Con rapidez las Baraqahs pelaron las aves y las prepararon para cocinar a las brasas. En pocos minutos el ambiente se llenó de un olor apetitoso. Algunas Baraqahs sirvieron  vino espumante, claro,  rojizo, de aroma intenso. Las perdices  se asaron rápidamente  y mientras comían, un grupo vestido con ganduras multicolores, cantaron aires divertidos, moviendo cadenciosamente las caderas. Al terminar sirvieron porciones de berenjenas confitadas. Giafar se acercó a la Baraqah de Shar’ iah;
se detuvo junto a él, hizo un gesto a los demás y todos callaron
 -Querido y joven Shar’iah: Tú sabes que Faqaha , el Doctor de la Ley, no es en el Islam el primer ejemplo  de crueldad en nombre de las Escrituras Divinas.  Las Baraqahs que estamos aquí condenadas a muerte por el terrible régimen , somos militantes de Rihán, la Cofradía de los Arrayanes Perfumados, que postula el Islam sin Allah. Entendemos que esa organización es la única que reúne las fuerzas suficientes para vencer al Sultán y a su negro régimen, aún cuando estemos  a las puertas de nuestra ejecución. Sé que has venido a salvarnos, noble Jeque, pero antes que nada debemos ponernos de acuerdo sobre este punto: no te pedimos que aceptes los postulados de Rihán, pero al menos que te dignes a ser tolerante con quienes los predicamos.
 Giafar calló y hubo un silencio tenso. Shar’iah, el de la Ley Viviente; había escuchado al Capitán con la cabeza baja y cuando la levanto , sus ojos brillaron de indignación.
 – Noble Capitán Giafar: te aprecio  como lo hago con todos aquellos que han  elegido el camino místico. Yo, en cambio,  como mi nombre lo indica, reflejo la Ley enraizada en el Korán escrito por el profeta Mohamed bajo la inspiración del Arcángel Gabriel. Ha sido el Libro Sagrado el que, desde la lejana Tierra, nos ha traido a los confines del universo. El Libro es poderoso en sí mismo y destella en medio de los astros; él constituye el Gran Mediodía del cosmos. No lo ignoras, querido Giafar ya que en tu juventud te has doctorado en las cuestiones divinas: el texto del Sagrado Korán revela el lenguaje  humano aplastado por el poder de la palabra de  Allah. Es como si en él los términos se esparcieran en mil fragmentos; el espíritu del hombre es allí  una ola furiosa que se deshace en gotas contra la enorme  roca que es Allah. Se siente a través del demoledor efecto impreso en el  lenguaje del Korán el  poder de lo divino de donde proviene. Despliega  las pálidas palabras del hombre con toda la debilidad que le pertenece , convirtiéndose de pronto en el recipiente de la palabra divina; exponiendo su fragilidad ante un poder que es infinitamente  mayor de lo que puede concebir la imaginación humana. Te comprendo Giafar : has avanzado tan lejos en tu camino espiritual que sientes que no hay diferencia entre tú y Allah. En mi  larga vida he tropezado en el desierto con muchos derviches que cayeron en el mismo error : Allah pasa a traves de ti, pero tú no eres Allah…..
El anciano calló; Giafar contestó con tranquilidad, citando varias suras del Korán. Una Baraqah versada en la Escritura lo interrumpió, iniciando un debate caluroso; algunas de ellas ejecutraron una suave melodía para acompañar la discusión
 – …mi amor por Allah había sido el amor de la raíz por las ramas – decía Giafar – Mi amor por Él fue el amor de las ramas por la raíz, hasta que de pronto no hubo ramas ni raíz, sino un solo árbol poderoso que intentaba encaramarse en el cielo de la tarde…
 El capitán se interrumpió: una luz encandilante, como un  sol, surgió de pronto en una de las esquinas de la mesa. Las Baraqahs callaron y miraron asustadas: la luz aumentó despidiendo un fuerte calor y un brillo cegador. Giró hasta tomar la forma de una esfera aplastada; arriba, abajo y a los costados se dibujaban cuatro triángulos mas oscuros que el resto. como si el fuego no llegara a esos extremos; dejaban en el centro un rombo flamígero. Alemín lo reconoció: era el mismo que había visto en la cueva de la Baraqah de Habib, en la realidad virtual: era una versión del Infierno que en aquel momento sostenía a la mujer llamada Bathna, la que le requería insistentemente que la salvara.
 – Nos vienen a buscar… – dijo  una de las Baraqahs – con voz trémula
 – Llego la hora de la ejecución…
 En el centro se formó  una esfera ígnea de un rojo más intenso, que tomó la forma de una figura humana. Shar’iah desenfundó su alfanje tradicional, atento a los gestos de la criatura.
 – ¡ Dime tu nombre! – exigió a la figura luminosa que se dibujaba con más precisión en el centro de la esfera – ¡Dime quién eres o te atravieso con mi hoja…!
 La figura no contestó. Su rostro surgió de un extraño caos de llamas, mientras a su alrededor, las Baraqahs pálidas miraban en silencio. Shar’iah, el de la Ley Viviente, seguía amenazando con su alfanje; un rostro de anciano, como el negativo de una foto, asomó entre las llamas. El resto de su cuerpo también emergió: era pequeño, vestía una gandura negra y tenía abiertos los brazos y las piernas.
 – ¡Sé que puedes oírme! ¡Una vez más te exhorto a que digas tu nombre…!
 El rostro terminó de delinearse: luego de varios fogonazos sus rasgos se hicieron nítidos; lo que más  impresionó a todos fueron sus ojos: enormes, blancos, sin pupilas, como los de un cadáver. Cuando habló,su voz pareció llegar desde el  fondo de un  pozo
 – Mi nombre es Shar’iah, el de la Ley viviente
– ¡No puede ser! ¡Yo soy la Baraqah de Shar’iah !
 – Y yo soy tu original. Hace ya mucho tiempo, Taqlid, el de Pensamiento Duro, degolló a la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos: la última mujer que amé. Perseguí al malvado, pero perdí el control de mi nave que fue atraída por la gravedad del planeta Infierno . Dispuesto a morir, sentí que el planeta era mi verdugo y recordé las palabras de Hosayn ibn Mansûr: Si no puedes evitar morir, procura ser superior a aquello que te destruye. Sabes, Baraqah, que mis ojos tienen una fuerza especial capaz de atravesar todo, así que miré fijamente las llamas azules y verdosas del Infierno. Convencido que iba a morir, reí a carcajadas; sentí que las fuertes radiaciones quemaban mis pupilas, pero la gravedad me orientó hacia el polo norte y entré por una de sus aberturas. No puedo ni  quiero contarte todo lo que viví allí; sólo te bastará saber que soy el soberano del Infierno, conocido como  El Gran Ciego Que No Ha Retornado; el que dirige los destinos de hombres y animales: He dejado de ser yo mismo, Baraqah; he dejado de ser Shar’iah, he dejado de ser hombre. Me perdí en los laberintos de la nieve y encontré refugio en el  pantano de los lotos negros con cuyas hojas me alimenté durante un tiempo inmensurable.  Ellas me dieron la sabiduría de todo lo que existe y me presento ante ti, que has vuelto a ser joven después de tu muerte periódica. No te reclamo que me saques del Infierno, no te pido que seas el germen de mi original, porque he descubierto que cualquier sitio tiene el mismo sentido que cualquier otro. Yo, el Gran Ciego, frente al cual tiemblan todas las criaturas del Infierno, pude escuchar tus palabras, defendiendo al Islam, al Korán, al profeta Mohamed…

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 El anciano se interrumpió con una carcajada escalofriante y siguió riendo, temblando, sostenido por la esfera ardiente, Las Baraqahs, también rieron, más por temor que por hilaridad.
 – Baraqah mía – Un chorro de gelatina verde cayó por uno de los ojos enormes y blancos del Gran Ciego – estás luchando por ilusiones, por fantasías tenues que ya no existen o que nunca existieron. No sabes dónde te encuentras. Los abismos del tiempo y del espacio son venenos muy finos, muy sutiles que te atraviesan de parte a parte, que retuercen tus entrañas sin que lo adviertas. No tiene sentido hablar de Allah ni del Islam. No existieron los profetas; sus libros nunca fueron escritos. Islam con Allah o Islam sin Allah: fantasmagorías que alguna vez rodearon tu vida cotidiana, dándole sentido a tu existencia. Yo pertenezco al Infierno; me  he fundido con él; he sabido que allí se encierra el único soplo vital que quedó de  una religión llamada Islam…..
 El anciano siguió hablando, pero sus palabras se perdieron entre los chisporroteos de la esfera. El calor disminuyó y así como se había delineado, la figura se fue disgregando entre chispas, destellos y un vórtice de fuego en el que desapareció con fuertes chasquidos. Las Baraqahs quedaron encandiladas y confusas;  la Baraqah de Shar’iah se sentó y guardó un profundo silencio.
– ¿Puedes explicarnos qué fue eso? – preguntó Giafar
 – Te dije que mi original estaba más allá del tiempo y del espacio; vivía, pero no lo podía percibir. Todos saben que la relación entre una Baraqah y su original es la que existe entre una semilla y un árbol; pues bien: yo he dejado de ser su semilla.
 Giafar habló con la cabeza baja.
 – Con la destrucción del al-Azif y ante la imposibilidad de realizar el rito por el  cual podemos devolver un  hombre a la vida, todos  estaríamos en tu misma situación.
 – Esto me confunde, Giafar. Durante mi muerte, en la que recuperé mi juventud, tuve varias revelaciones, entre ellas se me ha dicho que las Baraqahs somos superiores a nuestros originales. Durante años en el Islam hemos devuelto la  vida a hombre corruptos, a borrachos, a asesinos , mientras que sus Baraqahs guardaban lo mas puro de esas personas.
 Antes de seguir, Shar’iah se incorporó y miró a todos con los labios entreabiertos y expresión anhelante.
 – Un insecto nocturno llamado Zaynab es el portavoz de esta revelación. Él penetró mi sangre, mi hígado, mis riñones y cuando llegó  al ojo de mi corazón, pude ver un mundo habitado tan sólo por Baraqahs. En él no había hambre ni enfermedades; todos vivían quinientos años terrestres e imperaba la felicidad…
 La voz de Shar’iah se quebró con un dejo de tristeza. Giafar lo abrazó
 – Te comprendo hermano, temes que ese mundo nunca llegue a existir
 Alemin, había estado atento a  lo que ocurría, aunque sin entenderlo totalmente. La esfera aplastada y en llamas del planeta Infierno que acompañara la imagen de Shar’iah ciego, lo había inquietado. No eran sus ojos , enormes y blancos; no era lo que había dicho ni el tono decidido de sus palabras, sino un oscuro temor  que aumentaba como un ave negra que extendiera sus alas y adelantara su pico.  Miró a su alrededor: el sol había caído en uno de los largos crepúsculos de aquel lugar. Sabía que los senderos lo llevarían a cortinas espesas y se enredaría una y mil veces sin pasar al otro lado. Miró a las Baraqahs que hablaban entre ellas: a todos los entusiasmaba la posibilidad de crear una comunidad propia en caso de salvarse de la ejecución. Alemín se volvió a la llanura, cortada de tanto en tanto por túmulos oscuros: Intuía que además de la cortina, de la pantalla con la que se había encontrado Giafar, había un intervalo, un tiempo que formaba un itsmo entre el universo donde corrían los minutos y las horas terrestres y el otro en el que desaparecían.

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GOCHO VERSOLARI

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