Narrativa: Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Primera parte

 Alemín – Capítulo 6 -Alemín en la muerte – Primera parte

Gocho Versolari

 

La realidad virtual era un globo invisible, intangible,  Se extendía desde el domo de la nave como una gran ameba, con un núcleo y prolongaciones vibrantes. Los tripulantes  la atravesaban sin advertirla. La prisión de las Baraqahs ocupaba apenas una porción de la virtualidad que día a día cambiaba por orden del visir Meneh’em, Gota de Acido que cae del Cielo. Tres hombres con sus respectivas llaves, modificaban  el paisaje que debían ver los prisioneros. Hablar de días era también una imprecisión, si bien  se procuraba que las Baraqahs tuvieran la la ilusión de estar en la Tierra; el verdadero fluir del tiempo estaba en manos del cruel Faqaha y su visir; sólo ellos sabían el momento en que se dispondría la ejecución.
 Aquella tarde, junto al galpón donde se alojaban, Alemín y el capitán Giafar estaban sentados con sus aspectos de muñecas Máryam: un par de niñas morenas con velos sobre sus rostros. Frente a ellos se extendía un sendero de gramilla de varios colores que llegaba a un alero.
 – No existe el tiempo como lo entendemos, Alemín: aquí nadie puede medirlo; cuando recién nos trajeron y leyeron nuestra sentencia de muerte, muchos opinaban que iban a cumplirla de inmediato. Otros decían que la iban a prorrogar, pero nadie puede calcular en horas o días terrestres el lapso desde que fuimos traídos hasta este momento.
 El horizonte virtual anunciaba el próximo crepúsculo. Alemín escuchaba con atención al capitán: sus ojos azules estaban perdidos en los reflejos tornasoles del firmamento.
 – Mi primera reacción cuando llegamos fue huir: tomé el camino de la izquierda y descubrí  campos sembrados con girasoles, trigo y maíz. Atravesé llanuras llenas de  ovejas, vacas, cerdos: animales gordos y bien alimentados. El sol era templado, las plantas verdes y tuve la certeza de que había podido escapar; que no tardaría en  llegar a algún punto fuera de la prisión. El sendero me condujo a un  monte de altos eucaliptos donde me interné: los árboles despedían un aroma intenso y a través de sus copas llegaba la luz del sol; comí  setas benignas de un sabor maravilloso y bebí  agua cristalina de un arroyo. Cansado, me tendí sobre el piso cubierto de blandas hojas alargadas. La calma me llenó de a poco con la idea de estar en libertad: los pies me dolían después de haber caminado kilómetros, y me sentía a salvo: en aquel lugar podía refugiarme el tiempo que quisiera. Apoyé la cabeza sobre un montón de hojas y me dormí profundamente. Tuve la sensación de despertar; me incorporé y vi frente a mi un par de troncos enormes, de aspecto sólido. Una niebla muy delgada se formó entre ellos y allí se proyectaron luces fugaces: constelaciones, astros y cometas.  Al principio me pareció  una escotilla, pero era una pantalla que reflejaba los cuerpos celestes. A mi alrededor todo se oscureció y sentí  que el bosque, el sendero, los campos que había visto hacía un momento se disolvían. En la pantalla, las luces se unieron formando una figura humana de color púrpura…
 – Sí: Kamil – interrumpió Alemín
 – Kamil… ¿qué sabes de él?
 – Es el Señor de los Hombres.  Abarca todo el universo y tanto nosotros como todo lo que vemos nos movemos en él. Me dijo mi guía, la Baraqah del jeque Shar’iah el de la Ley Viviente, que no es Allah, sino el Hombre Universal. Somos pocos los que podemos verlo, intuirlo. Es tan enorme que no alcanzan los ojos para abarcarlo.
 – Sigo con mi relato, Alemín: apenas distinguí la figura púrpura, tuve la sensación de  marchar hacia atrás en el sendero que me había llevado hasta allí; los campos sembrados se disolvieron: parecieron perderse en un embudo y caí hasta encontrarme otra vez en la entrada de este galpón, junto a las demás Baraqahs
 Ambos hicieron silencio
 – No debemos temer – dijo Alemín – Con las coberturas de las muñecas Máryam los verdugos se negarán a matarnos…
 – ¿Estás seguro? Cada tanto vienen guardias de Faqaha a controlar: ellos pueden descubrirnos, y obligarnos a cambiar.
 – Si es así podemos cubrirnos pocos minutos antes de la ejecución.
 – Es que  se ignora el momento de la ejecución… pero no te preocupes, niño, la solución es buena porque es la única: debemos confiar en la providencia.
 Hubo un momento de silencio; las Baraqahs miraron pensativas el cielo de la tarde.
 – Giafar, ¿han asesinado a tu original?
 – Así es, niño. Después de una cruel crucifixión electrónica, el cadáver de mi original cayó hacia el este del planeta Infierno y se hundió primero entre las llamas y después entre la nieve. Para reconstruirlo debo contar con una hoja del al-Azif mojada en leche y alimentarme de ella durante tres días. Me temo que ya no sea posible..
 – ¿Qué quieres decir?
 – El cruel Faqaha ha destruido  el al-Azif. En la nave las Escrituras Sagradas están encadenadas al libro central, guardado en la cámara más privada del sultán. Primero, el Sultán borró digitalmente pasajes del libro maestro con un betún obtenido en el planeta Gur; una coma que muevas en ese gran volumen, será de inmediato alterada en los otros, tanto en los que se encuentran cargados en  las ordenadors, como los escritos en  papel. Mira niño, yo he recorrido tres veces las cuarenta Maqamat, ¿sabes qué significa?
 – Algo me explicó mi ayo Wekil. Quien haya recorrido las estaciones o Maqamat, ha llegado al máximo de la sabiduría…
 –  Si tú estás apenado, alegre, triste, te encuentras en un Hal o estado pasajero, pero si lo conviertes en algo permamente,  llegas a una Maqamat o estación. La mayoría de los sabios al cumplir con las cuarenta maqamat se detienen allí. Yo he vuelto a perderlas una y otra vez para volver a recorrerlas. La última vez lo hice con mi amado Bilhakki que ha desaparecido. Con él viajamos al Infierno y allí encontramos el loto negro, que es una planta que crece en la nieve y que altera el destino que tenemos fijado
 – Háblame de las Makamat, capitán.

Adrian Chesterman 1955 - Tutt'Art@ (3)

 – El recorrer las cuarenta estaciones te convierten en Walli que significa “Amigo de Allah”. El problema es que cuando en mi caso recorres tres veces las cuarenta  estaciones comprendes  que  no hay diferencias entre Allah y tú. De ahí mi entrada  en Rihán, la Cofradía de los Arrayanes Perfumados, que postula el Islam sin Allah. La primera estación  es Niyyat, la Intención , la última  es el Tasawwuf. En ella te purificas de todo deseo  y como una chispa que se enciende   en tu corazón, adviertes que la diferencia entre Allah y tú ha desaparecido.
 Alemín reflexionó unos instantes antes de hablar.
 – Capitán Giafar, lo que  me dices es que posees  todos los dones de Allah, el Clemente,el Misericordioso. Si tenemos en cuenta que estamos prisioneros  de Faqaha, el doctor  de la Ley  en esta realidad virtual, te bastaría levantar un dedo para liberarnos : ¿Por qué no lo haces.?
 Antes  de responder, el Capitán Giafar  miró con tristeza dos gaviotas que volaban en el cielo levemente celeste: impulsos fotoeléctricos con forma de pájaros emanados de la realidad virtual.
 -Sabes, niño, que en Rihán nuestro poder aumenta  porque  todos, con excepción de nuestro jefe  Ittihad, el Aniquilador formamos Sicigias
 – ¿Qué son Sicigias?
 – Dos seres  que han nacido el uno para el otro. Vivimos en el Nur, una sustancia de luz que combina  materia y la antimateria evitando que exploten al encontrarse; es como nuestro líquido amniótico que nos permite descubrir al polo  de nuestra Sicigia: lo sabemos porque dentro del fluido nuestro podemos atravesar el cuerpo del otro, integrarnos con él célula a célula  y multiplicar nuestro poder Los miembros  de una sicigia no son necesariamente una pareja que se ame; en mi caso, con Bilhakki, el Veraz formábamos  una sicigia perfecta. Al estar  separados,  mi fuerza se  ha reducido  a la mitad, por lo que no puedo ejercerlo como tú sugieres. Debo esperar con fe  la liberación y la continuidad de nuestras  vidas…
 El sonido  triunfal de una trompeta interrumpió a Giafar; ambos se levantaron y se volvieron hacia la entrada de  la realidad virtual: un pequeño enjambre de  Ghazal imitaban el sonido del Qanun. Las Baraqahs, con el aspecto de la muñeca Máryam, avanzaban hacia una luz que llegaba desde el fondo. Alemín se incorporó y corrió hacia  el resplandor ámbar. Escuchó un atronador sonido de ruedas y la luz aumentó hasta enceguecerlo.
Una voz familiar llegó hasta él.
 – ¡ Alemín! ¡ he vuelto…..!
 Todos se apartaban ante la enorme carroza; la acompañaban hermosos insectos nocturnos, agitando sus alas y despidiendo destellos ambarinos. Conducía  un joven apuesto, de cabeza rapada y grandes ojos claros.

Andrian Bekiarov (2)

GOCHO VERSOLARI

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