Narrativa: Alemín – Capítulo 5 -El reposo de Shariah – Quinta parte (Final)

Alemín – Capítulo 5 -El reposo de Shariah – Quinta parte

Gocho Versolari

Faqaha, el cruel sultán que gobierna la nave de derviches que fuera lanzada  al espacio diez años atrás, ha declarado la “Rebelión del azogue” y prohibido los espejos. Al observarse en los mismos, la tripulación, compuesta por hombres, se ven con su aspecto femenino. El sultán no puede explicar este fenómeno, pero lo considera algo por completo diabólico. En tanto, Alemín encuentra a las baraqahs condenadas a muerte y procura liberarlas. 

Alemín salió del oratorio:  la sala de la mezquita estaba casi solitaria; tan sólo un grupo cantaba suavemente la kebla de Faqaha. El niño retomó el pasillo  amplio y solitario, de paredes octogonales, caminando con rapidez; de vez en cuando se abrían algunas escotillas que daban al lado contrario donde se encontraba el planeta “Infierno”. La imagen de Kamil se formaba con su herida y a veces se disolvía en un movimiento ondulante que seguia extrañas leyes.
 Caminó mucho; las piernas le dolieron y se sentó a descansar. El murmullo que llegaba de los fieles que oraban en la mezquita le producía  inquietud: la primera sura se había convertido en un grito de amenaza. Recordó un comentario de Sha’riah: Faqaha no permitía que los fieles  oraran descalzos; debían tener puestas sus botas militares a fin de levantarse y salir a luchar contra los enemigos en cualquier momento. Ahora pronunciaban la oración enfatizando las partes más crueles; las voces a coro rugían  las amenazas y se dulcificaban cuando hablaban de Allah, el Clemente, el Misericordioso….
 Las paredes de la mezquita se ampliaron ensanchando el enorme pasillo por el que marchaba; de no ser por la mancha brillante del Ghazal que avanzaba frente a él, se hubiera desviado de su camino. Sintió cada vez más hambre y recordó la referencia que  había hecho Layla sobre el Fatay y el Tabule
 Lo  detuvo un zumbido intenso que llegó de uno de los costados; el Ghazal se había detenido,  atento. El zumbido se repitió y aumentó hasta que de pronto, el túnel se llenó de insectos Mi’raj. Alemín retrocedió con miedo.
 Desde su derecha llegó un sonido armonioso, como de campanas, y vio con cierto alivio que se acercaba una formación enorme de Ghazal. Se alinearon con zumbidos discordantes hasta ubicarse un grupo frente al otro. Los sonidos cesaron y el silencio fue total. Alemín retrocedió con cuidado; su corazón latió con fuerza, atento a lo que estaba por ocurrir. Temía que en cualquier momento las nubes negras de insectos se abalanzaran unas sobre otras.
 Nada de esto pasó: durante un rato, ambos enjambres permanecieron inmóviles, enfrentados; de pronto, los Ghazal  danzaron en el aire, tocando con su trompa puntos invisibles; se movían en círculos, con rítmicos pasos, de un extremo al otro; los Mi’raj permanecieron inmóviles, hasta que  retrocedieron muy lentamente. Los  Ghazal cantaron a coro con voces aflautadas.
 El vino, el banco de la taberna y nuestros cuerpos de borrachos, son indiferentes a la esperanza de misericordia y al temor del castigo. Nuestras almas y nuestros corazones, nuestras copas y nuestros vestidos son independientes de la Tierra y del Cielo…
 Un fogonazo estalló entre las filas de los Mi’raj;  mientras que frente a ellos los grillos voladores seguían danzando. Lentamente los insectos negros con aspecto de lechuza se cubrieron de una niebla brillante; parecieron unirse unos con otros y finalmente desaparecieron.
 Los Ghazal detuvieron su baile, retrocedieron y  abandonaron el lugar; sólo quedó el guía del niño; se acercó a él y revoloteó alrededor de su cabeza.
 Unos se hallan sumergidos en la contemplación o en el fervor de la fe; otros permanecen estupefactos e indecisos entre la verdad y la duda. Inesperadamente llega hasta ellos la voz de un muslim que desde su oscura guarida les grita: ¡Oh, idiotas, El verdadero camino no es éste ni aquél…!
 – ¿Se han ido los insectos …. ? – preguntó Alemín

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 El Ghazal no contestó; el niño recordó que sólo hablaban con sus propios versos;  el insecto revoloteó unos segundos junto a su rostro y su expresión, extrañamente humana, pareció sonreír.
 Alemín caminó sin descansar, aunque en algunos tramos el Ghazal se detenía y él lo imitaba, mirando a su alrededor con el temor de que volvieran los Mi’raj. Suspiró al llegar al fin del camino: una bóveda octogonal; en una enorme pared plateada se abría una puerta redonda: uno de los montacargas que llevaba la vajilla; allí lo esperaba la comida, tal como le había dicho  Layla; devoró con hambre y dio cuenta de los dulces de Aleppo. Después se sentó en el  montacarga; sintió que no podía dar un paso más: no olvidaba la urgencia de su misión, pero debía recuperar fuerzas. Detrás de la puerta estaba la entrada a la realidad virtual y  lo esperaba un trayecto quizá peor del que había seguido hasta el momento.
 Se durmió profundamente, pensando en la herida sangrante en la carótida de Kamil. Desde el fondo de las nieblas del sueño, llegó la muerte: tal como aparecía en una miniatura persa del año 750 de la Hégira que le mostrara su ayo Wekil: el clásico esqueleto con la guadaña, con sus enormes y sonrientes dientes. Alemín estaba en un cuarto sin paredes  y trató de ocultarse. Sabía que la muerte lo miraba con sus cuencas vacías; que su boca sin labios sonreía. ¿Cómo estás niño? – preguntó – Quiero que sepas que soy mujer y estoy enamorada de tu boca, de tu boca, de tu gracia, de tu caminar, de tu esfuerzo. Te quiero conmigo. Tienes amigos que me apartan de ti, pero soy como una negra niebla que penetrará por todas partes hasta llegar a ti. Mi esencia es la del tiempo que gasta todas las cosas, que es paciente y espera el momento de llevarte. Alemín, seremos muy felices juntos… El niño gritó con angustia; por el terror que lo retorcía y  con la intención de que sus gritos espantaran la figura amenazante; despertó traspirado, y se incorporó en el montacargas: a su alrededor volaba un Mi’raj Más allá el Ghazal realizaba su extraña danza con movimentos frenéticos. El insecto negro se acercó a él y habló cerca de su oído
 – Escapé de mi enjambre, niño. Te seguiré por el límite entre el Gahíb y el Chehadel o por donde quiera que vayas…
 El insecto se interrumpió. El extraño ritual del Ghazal había hecho efecto: un pequeño fogonazo, una niebla brillante, y el insecto se sumergió en el  Gahíb.
 Alemín se incorporó llevando la caja consigo: algo en su estómago lo impulsaba a darse prisa: no sabía por qué, presentía  que se acercaba  la ejecución de las Baraqahs.
 El pasillo terminó en una entrada circular. La puerta de metal enorme, estaba entreabierta; el Ghazal entró por allí y el niño se asomó: estaba en un túnel de paredes espejadas, enormes: aquello era la entrada a la realidad virtual.
 Respiró profundamente y entró: primero fue una brisa  que lentamente se transformó en viento; una fuerza lo arrastró y  flotó aferrado a la caja; se mordió los labios para no gritar mientras rebotaba contra las paredes que destellaban y despedían un fuerte olor a goma quemada. Un vórtice imprevisto creció,  lo arrastró y de pronto se sintió en el otro extremo.
 Rodó en un piso polvoriente, que llenó de tierra su gandura. Se puso de pie abrazando contra su pecho la caja con las muñecas Máryam. Un viento suave con intenso  olor vegetal, le golpeó el rostro. Miró a su alrededor:  a lo lejos  un horizonte con montañas; en medio de  de ellas el sol se ponía; un rayo que pasaba entre dos picos iluminaba todo. Alemín miró aquello con asombro: nunca había estado en un lugar abierto como no fuera la experiencia en la gruta de Habib y el escaso tiempo en que habían desccendido en algunos planetas. En aquel sitio anochecía y   lo que más lo perturbaba era no tener las escotillas, no poder asomarse al espacio; no contar con Kamil.
 Dio varios pasos: el piso era de tierra y sus pies se hundieron en un blando colchón de polvo de arcilla. Miró a su izquierda y vio un resplandor; caminó hacia allí. Bajo la poca luz comprobó  que se trataba de ruinas: columnas marrones, gastadas o rotas, con arabescos grabados. Un poco más allá se iniciaba un bosque espeso de árboles delgados
 El niño trató de razonar:  su cuerpo estaría en un espacio reducido, recibiendo impresiones en su cerebro y en su cuerpo que construían aquella realidad;  el Jeque Shar’iah le había dicho que los objetos y las personas podían entrar en los campos de la realidad virtual: quizá él fuera una suerte de holograma, caminando por esas ruinas. Lo más urgente era encontrar a las Baraqahs
 Se sobresaltó al ver a su costado la sombra del Ghazal que lo guiara. Revoloteó alrededor de su cabeza y habló casi en un susurro.
 Ninguno puede pasar detrás del velo que cubre el enigma; nadie puede decirnos lo que allá existe; sólo en el corazón de la Tierra encontraremos asilo. Bebe vino… porque de tales discursos jamás se encuentra el fin.
 Alemín caminó unos pasos seguido por el insecto y se detuvo  al escuchar  voces: frente a él, opuesta al ocaso, llegaba la luz de un farol. Detrás, el sol entre las montañas parecía  detenido en un tiempo que no se animaba a seguir. Caminó sigilosamente hacia las voces: a la luz del farol vio a dos hombres.
 – … no sé para qué custodiamos esta parte. Aquí no puede llegar nadie, sólo que sea invisible.
 – Es que desde la rebelión del azogue el Sultán ha enloquecido y envía soldados a todos los rincones de la nave
 – Bien, aquí no la estamos pasando tan mal…
 Los hombres callaron; desde donde estaba, Alemín advirtió que eran dos Mamelik armados con alfanges digitales que colgaban de sus cinturas. Llevaban la vestimenta ajustada y plateada que correspondía al rango de oficiales.
 Uno de ellos miró a su alrededor; el niño estaba oculto por una de las columnas, y su vista se posó en su rostro; no lo vio, y a pesar de saberse invisible, Alemín sintió un escalofrío.
 – Estamos solos, Ahmed…
 – Si, por supuesto que estamos solos.
 – Aquí guardé dos trozos de espejo.
 – ¿Por qué lo hiciste? ¿No sabes que se han prohibido todos los espejos?
 – Lo hice por curiosidad. ¿Sabes por qué Faqaha dio esa orden?
 – Se comentan muchas cosas…
 – La verdad es que la imagen que refleja tu espejo no sería la de un hombre, sino la de una mujer.
 – No entiendo…
 – Por eso lo llaman “La rebelión del azogue”: por alguna razón las líneas luminosas de la superficie brillante te muestran como una hermosa mujer. ¿Quieres verte?
 – No sé si debamos Ahmed….
 Alemín vio el rostro del otro: había levantado la cabeza mirando  a su alrededor con expresión preocupada.
 – Recuerda que estamos solos; nadie puede encontrarnos. Después de mirarnos, romperemos y enterraremos los espejos como se ha ordenado.
 Alemín sintió curiosidad. El llamado Ahmed caminó hacia un costado y volvió donde estaba su compañero con un par de espejos largos y anchos que apoyaron contra un tronco. El niño  salió de atrás de la columna y se acercó a los hombres; subió varios escalones que estaban a sus espaldas, hasta poder  ver lo que se reflejaría en los vidrios iluminados por el farol. El otro volvió a mirar a su alrededor.
 – ¿Preparado? – preguntó el llamado Ahmed.
 – Preparado, camarada…
 Ambos levantaron a la vez los espejos: eran hombres adultos, pero las figuras en las superficies plateadas mostraban dos hermosas mujeres, muy jóvenes, de cabellos largos y rizados, sin velos, vestidas con ganduras femeninas.
 – No puede ser
 – Algo está fallando…
 – Claro, por eso lo llaman la “Rebelión del Azogue”; dicen que lo femenino diabólico se filtra a través de los espejos…
 En ese momento Alemín escuchó a su izquierda un zumbido leve que  de pronto aumentó: como un rayo azabache, despidiendo destellos rojos, el insecto Mi’raj  dio varias vueltas alrededor de su cabeza. El zumbido subió y bajó como burdas carcajadas. De inmediato su cuerpo, el de una niña rubia, de largos cabellos y con un vestido rojo, occidental, apareció en los espejos. Alemín sintió vergüenza y miedo ante aquella imagen.
 – ¿Qué es eso?
 – ¡La Baraqah de una niña!
 Alemín se volvió y escapó hacia las columnas en ruinas. Junto a él explotó una de las hojas del alfanje láser iluminándo todo con un halo rojo; saltó hacia un lado y se internó entre pastizales más altos que su propio cuerpo. En sus plantas se clavaron  espinas, pero siguió corriendo. Las hojas de los alfanjes  explotaron a su alrededor, iluminando el lugar. Los hombres estaban por alcanzarlo, cuando el suelo desapareció bajo sus pies y sintió que caía aferrado a la caja de las muñecas Máryam. Rodó por una barranca de tierra, hasta llegar al suelo.
 Se levantó de inmediato, miró a su alrededor y no vio a los hombres;   tenía los huesos doloridos y una de sus manos sangraba, pero por el momento estaba a salvo. Ya no estaba al aire libre y a su izquierda se abría un enorme túnel por el que llegaba una suave luz.
 Algo revoloteó alrededor de Alemín; el niño se aferró a su caja, pero se tranquilizó al ver al Ghazal que lo guiaba: era posible que hubiera echado  al Mi’raj que estuvo a punto de producir su muerte. Sintió frío: no se animaba a moverse, por miedo a encontrarse con nuevos guardias ante los que sería visible. Además, ignoraba dónde estaba; recordó su sueños, las miradas de alarma en los ojos de Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos, con la forma de su madre; en los de Layla, la Avispa Afgana y preguntó al Ghazal
 – ¿Es esto la muerte?
 Como respuesta, el insecto volvió a revolotear alrededor de su cabeza

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 Hoy tú no tienes el poder del mañana y la ansiedad que ese día pueda causarte es inútil: no pierdas este momento, pues tú no sabes el valor de los días que te quedan…
 – Entiendo, insecto, la respuesta me la doy a mí mismo.
 Miró hacia arriba: una brisa llegaba por el pozo que se abría sobre su cabeza y por donde acababa de caer. No había rastros de los hombres. Se acercó con  cautela al túnel que se abría a su izquierda; al avanzar  escuchó voces.
 – …tres dedos es muy poco; el sirviente permanece inmóvil, pero en cualquier momento caen…
 Alemín se asomó un poco más y vio varias figuras: niñas rubias de cabellos muy largos, delgadas y vestidas a la moda occidental.
 – ¡Son las Baraqahs…! – murmuró excitado. Avanzó hacia ellas por el túnel amplio. Todas se incorporaron cuando lo vieron llegar
 – ¿Quién eres?
 – ¿También estás condenado?
 – Vine a salvarlas – Alemín jadeaba y  apenas podía hablar – deben quitarse lo que les han puesto y mostrarse con esta vestidura… – levantó la caja con las muñecas Máryam.
 – ¿Quitarse…? de qué hablas?
 Una de las niñas se había adelantado; parecía más alta y con más autoridad.
 – ¿Es que no pueden verse a sí mismos? Están vestidos como niñas rubias, infieles: es un truco de Faqaha…
 Las Baraqahs rodearon a Alemín con aspecto amenazante. El niño advirtió que no podían ver su real aspecto.
 – Cuando el verdugo vea las muñecas llamadas “Barbie” procederá a ejecutarlos
 – ¿Quién eres?
 Desesperado, Alemín tomó a la Baraqah que estaba cerca suyo, tiró de sus cabellos y la envoltura con forma de muñeca rubia se desprendió con rapidez.
 – ¿Qué hiciste?
 – ¿Quién eres?
 Se encontró frente a  un rostro delgado cn barba muy fina y rasgos angulosos; sus ojos lo miraron con una mezcla de furia y asombro.
 – Te conozco: Eres la Baraqah del Capitán Giafar.
 – Explícate y dinos quién eres antes que nada.
 – Soy Alemín, el niño de la nave. Debía llegar hasta aquí con la Baraqah del anciano Shar’iah…
 Alemín trató de contar todo desde el principio: la muerte de Wekil, su permanencia en la enfermería, su encuentro con el Jeque Shar’iah y lo que  había vivido para llegar allí. Mientras hablaba otra de las  niñas tiró de los cabellos de una Baraqah y separó su cobertura de Barbie.
 – En realidad es sólo a ti a quien vemos como una niña rubia – dijo la Baraqah de Giafar – quítate la cobertura…
 Alemín miró hacia el techo
 – No soy exactamente una Baraqah, Giafar. Soy un niño de diez años bastante alto. Como te explicara: antes de cumplir los dieciséis, tragué la Baraqah de mi ayo Wekil y la de la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos…
 – Esta realidad es virtual Alemín, Hace ya varios días que estamos prisioneros aquí;  Los centinelas están en otras partes de la realidad virtual. Esto funciona como una gran telaraña: aparentemente podemos escapar pero estaremos siempre atrapados en   los hilos invisibles…
 Mientras Giafar hablaba, Alemín abrió las cajas y sacó las muñecas Máryam: morenas, vestidas como las mujeres árabes, con velos cubriendo sus rostros.
 –  Layla, la avispa afgana, Señora de los Ghazal, me explicó que deben usar estas coberturas; que no es convieniente presentarse ante los verdugos con el aspecto de simples Baraqahs. Sólo podrán hacerlos reaccionar en nuestro favor si nos ven con el aspecto de la muñeca Máryam…recuerden que los verdugos están reclutados entre los Saalik, que forman una cofradía con reglas muy estrictas, y aunque la orden provenga de un gobierno real no la cumplirán si va contra sus convicciones.
 – Bien, Alemín, debes demostrarnos lo que dices: cambia tu aspecto y vuelve como la muñeca Máryam.
 El niño asintió: aspiró profundamente, tiró de sus cabellos y la cobertura que lo cubría salió con rapidez. De inmediato su cuerpo: su torso, sus piernas, sus brazos, crecieron vertiginosamente; su sangre se multiplicó y llenó las  arterias y las venas. El  rostro de Giafar y de las demás Baraqahs se alejaron con rapidez; instintivamente encogió los hombros y bajó la cabeza para evitar un golpe contra el techo, pero alcanzó el máximo de su tamaño sin que nada ocurriera: a la altura de su pecho había una superficie naranja, opaca que le impedía ver las otras Baraqahs; a su lado se abría una escotilla con el vidrio empañado. Lo limpió con la palma de la mano y se asomó al espacio: allí estaba Kamil, su enorme cuerpo púrpura, flotando en el vacío; tenía los ojos entornados y la herida en su cuello despedía una sucia gelatina verde. Alemín podía caminar por él: sentir bajo sus pies su carne tibia y esponjosa; por un momento tuvo la tentación de ir hacia su mano izquierda donde  estaba su réplica, pero recordó la advertencia de Layla. Sólo alcanzó a distinguir el planeta Infierno que en la yema de uno de sus dedos   agitaba sus cabellos flamígeros como una pequeña cabeza separada del cuello.
 El niño abrió  las piernas de la muñeca, la apoyó sobre su cráneo y sintió que su tamaño volvía a disminuir, como si cayera en un pozo sin fin

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GOCHO VERSOLARI

 

Ilustraciones: alizadeh_art – Deviantart

 

 
 
 

 

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