Narrativa: Alemín – Capítulo 5 -El reposo de Shariah – Tercera parte

Alemín – Capítulo 5 -El reposo de Shariah – Tercera parte

Gocho Versolari, Poeta

La baraqah del anciano Shariah, que acompañaba a Alemín en su búsqueda de las baraqahs ha entrado en lo que se llama una muerte periódica. Se acostó a descansar y se disolvió en vórtices de luz. Sólo y hambriento, Alemín recibe ayuda de seres extraños y poderosos, como la Efrita Tariqah, el sendero bajo sus pechos, un genio con forma de mujer que se presenta con el aspecto de la madre del niño. 

 

– Niño, querido niño. Soy otra vez la efrita Tariqah, el Sendero bajo mis Pechos que ha tomado la forma de tu madre. En realidad no estoy aquí, sino que descanso en el pecho del Teniente Abdul Arabih, pero siempre vendré a ti cuando estés desesperado.
 – La Baraqah del jeque Shar’iah…
 – Lo sé todo – la mujer acarició su rostro – La Baraqah se tendió a descansar en una de sus muertes periódicas. Se recuperará, pero en tanto deberás cumplir tú solo la misión.
La mujer se interrumpió, y miró fijamente a Alemín. Con sus manos revisó sus conjuntivas y se asomó hasta que sus ojos rozaron casi su nariz.
 – Alemín, han estado aquí los insectos Mi’raj
 – Si, madre, hubo una asamblea de ellos. Dijeron que se alimentaban de la luz que yo despedía…- Alemín se asustó al ver brillos de alarma en los ojos de la mujer
 – ¿Qué pasa, madre?
 – Si vuelves a ver a esos insectos, yo estaré contigo…No quiero que te asustes, pero son peligrosos – Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos, abrazó  a Alemín – Ahora escucha: trataré de auxiliar a la Baraqah de Shar’iah, pero en tanto, es urgente que tú encuentres a las Baraqahs condenadas. Antes deberás comer algo…
 La efrita levantó uno de los turbantes y surgieron debajo del mismo varios platos con Kibbe  y Babaganush confitadas. Alemín  devoró mientras la efrita lo miraba sonriente. Esperó que terminara para seguir hablando.
 – ¿Qué debo hacer?
 – Deberás recurrir a Kamil, pero con mucho cuidado.
 – ¿Qué mal puede hacerme Kamil?
 – Kamil ninguno, pero deberás evitar su mano izquierda, donde está tu imagen, exactamente en el ángulo de la uña del dedo mayor. En Kamil se encuentran todos los seres y las cosas del universo, pero no es conveniente que te enfrentes contigo mismo No debes mirar a los ojos a la réplica que se encuentra en el Señor de los Hombres. No es bueno.
 – Madre, dime  cómo hago para encontrar en Kamil a las Baraqahs
 – Viste la herida en el cuello de Kamil: deberás entrar por allí; si te concentras en esa parte de su cuerpo, descubrirás que caminas por ese lugar: que de algún modo, te trasladas allí a través del Hombre Universal. Muchas cosas estarán invertidas, como en un espejo, pero todo lo que puedas hacer allí, tendrá su efecto inmediato en el Chehadel… ¿qué te pasa, Alemín?
 El niño había bajado la cabeza y tenía las mejillas enrojecidas.
 – Madre… ¿parezco una niña rubia?
 Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos, lo abrazó con ternura
 – No, mi amor. Yo siempre te veo como eres: Alemín, un niño moreno, muy bello. Escúchame bien: sabes cómo encontrar las Baraqahs. Ellas, como te dijo Sharíah el de la Ley Viviente, están cubiertas por las imágenes de las muñecas “Barbies” que utilizaran las niñas infieles. Cuando entres por la herida de Kamil y te encamines a buscarlas, deberás encontrar en alguna parte la muñeca Máryam que es la reproducción que hicieron en Persia para oponerse a la muñeca rubia y delgada de occidente.
 – ¿Cómo puedo hacer todo eso?

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 – Siempre aparecerá algún insecto que te guiará con señales claras. Escúchame bien, Alemín: cuando las encuentres procura que tanto tú como las Baraqahs tengan su apariencia. Los guardias y verdugos que  deban ejecutarlas no se animarán a atacar estas muñecas que son un símbolo de la resistencia  del Islam.
 – ¿No sería conveniente que las Baraqahs se presenten ante los verdugos con su verdadero aspecto?
 – No es suficiente: los Saalik necesitan un símbolo fuerte, algo que los haga reaccionar contra quienes les dan las órdenes. Las muñecas Máryam están preparadas para cubrirlos por completo.
 –  ¿Podré hacer eso yo solo?
 – Deberás hacerlo Alemín. Te repito: los insectos te ayudarán; los Ghazal, te hablarán en términos del poema que en ese momento estés diciendo en el silencio de tu corazón. Deberás interpretarlos cabalmente.
 La efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos se arrodilló junto a Alemín y al hablar le arrojó al rostro su aliento dulce.
 – Quizá alguna vez puedas vivir conmigo en un planeta solitario, con el cielo rojo, viendo amaneceres perlados, envejeciendo lentamente, encontrando el lugar que nos corresponde en el universo.
 Ambos se abrazaron. El niño no pudo evitar las lágrimas.
 – Te lo repito, Alemín: caminarás hasta la escotilla que se abre al fondo del Mihrab y esperarás que se manifieste Kamil; limítate a fijar tus ojos en su herida; no te fuerces; déjate llevar y tu cuerpo se encontrará en camino…
 Mientras hablaba, la efrita besó por última vez al niño; se convirtió en una niebla grisácea y se disolvió lentamente.
Al irse, aumentó la oscuridad del lugar  y Alemín se sintió más solo que nunca. Sabía lo que debía hacer, pero el camino le resultaba pesado; El cosmos se  vaciaba de una sustancia simple, brillante, como la que saliera por los ojos y las narices de la Baraqah del jeque Shar’iah.
 A pesar de su cansancio, se incorporó y caminó lentamente; el Mihrab pareció alejarse cada vez más; Alemín miró hacia arriba:  la neblina que lo separaba del techo se movió a un lado y al otro como llevada por una brisa y de un naranja intenso pasó a un verde brillante. De pronto, algo pequeño y luminoso pasó frente a él como una exhalación. Se detuvo alarmado, y suspiró al ver un Ghazal que se acercó  y revoloteó sobre su cabeza.
 …porque sabemos que la bóveda celeste bajo la cual vivimos no es sino una linterna mágica: el Sol es la llama; el Universo la lámpara; nosotros, pobres sombras que vienen y van…
 El niño lo miró asombrado: el insecto había interpretado cabalmente  lo que  sentía y escuchar sus propias palabras lo tranquilizaba, como si al decirlas, el Ghazal se llevara consigo parte de su agobio e incertidumbre. Siguió volando frente a sí mientras Alemín caminaba a buen paso, sintiendo las piernas más fuertes.
 – ¡Faqaha! ¡Eres mi asesino! ¡Faqaha!
 La voz llegó lejana y el niño se estremeció; con miedo, se pegó  a la pared opuesta de donde llegaba el sonido.
– ¡Faqaha! ¡Eres mi asesino! ¡Faqaha…!
 Las palabras apenas se distinguían, deformadas por la furia y el odio. A pesar de su temor, algo en la voz lo atraía y estuvo por caminar hacia ella. Se contuvo: debía llegar a la escotilla para encontrar las Baraqahs; además la advertencia de Layla era que no tomara contacto con cadáveres, ya que podía perder la invisibilidad. Aquella voz dolorosa hablaba de la muerte.
 Los gritos se hicieron más débiles y lejanos y Alemín siguió caminando a buen paso durante  varias horas. A ambos lados del niño, los enormes ambientes de la mezquita se angostaban por momentos y en otros se ampliaban hasta hacerle perder de vista las paredes. Recordó las palabras de su ayo Wekil: se sentía como un derviche en el desierto de la tierra
 Bajo sus pies desnudos, el suelo tomó una consistencia rugosa; al principio sintió en sus plantas una molestia que se transformó en dolor. Se detuvo y se sentó, mirando a su alrededor, buscando algo con que envolver sus pies, pero no había nada en el piso brillante que se perdía en las lejanas paredes rodeadas por una niebla magenta. Con un suspiro se levantó y siguió caminando, aunque más lentamente y con dificultad.
 Un fuerte vaho a metal oxidado que hizo picar su nariz, reemplazó el olor a incienso: estaba llegando a los lugares más alejados de la mezquita y de la nave: faltaba poco para la escotilla.
 El suelo rugoso dejó lugar a otro más suave, pero ya las plantas de Alemín tenían pequeñas heridas que sangraban con abundancia. Se sentó, desalentado, pensando que a pesar de estar cerca de su meta no podría llegar. El cansancio lo venció y se durmió de pronto.
Soñó con la Baraqah del jeque Shar’iah que lo miraba fijamente: sus ojos eran de un rojo subido; detrás de él un Ghazall gigantesco, habló a través de su boca
 Hoy que siento pasar por mi corazón las energías de la juventud, deseo vino, ese vino es la clave de la alegría…
 el anciano mostró al niño una jarra enorme llena de vino, hundió en ella su mano y la pasó por sus pies. Casi de inmediato, con el olor intenso de la bebida, Alemín sintió una sensación de bienestar que arrancó de sus plantas y subió por su cuerpo.
 Despertó. El Ghazal revoloteaba alrededor suyo, como guardando su sueño. Advirtió que sus plantas se habían mejorado notablemente: las heridas continuaban pero la mayor parte habían cicatrizado.

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GOCHO VERSOLARI

 

Ilustraciones: Chrissi Cool

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