Narrativa: Alemín – Capítulo 5 -El reposo de Shariah – Segunda parte

Alemín – Capítulo 5 -El reposo de Shariah – Segunda parte

Gocho Versolari

Alemín y la baraqah del jeque Shariah marchan por los espacios virtuales anexos a la nave. Deben encontrar las baraqahs condenadas a muerte por el sultán. Alemín debe marchar solo, y luego de enfrentarse a los insectos de la muerte, ¿habrá encontrado en esa mujer suave que de pronto aparece ante él a su madre?
Alemín y la Baraqah del jeque Shariah, el de la Ley viviente,  caminaron hacia la puerta del cobertizo. Más allá, se proyectaban las enormes sombras de los guardias, reunidos en una caseta trasparente. Alemín  tomó la mano de Shar’iah. Marcharon lentamente;  hasta ellos llegó una balada persa de la zona de Amul; el niño sintió bajo sus plantas, la textura de la paja que iba dejando paso a la aspereza de la madera sin pulir.
 – Layla y los Ghazal hablaron de ser invisibles; no dijeron nada sobre los sonidos; si en el Chehadel pueden escucharnos…
 Apenas terminaron de salir de la zona de los establos, llegó hasta ellos la voz aflautada de uno de los guardias.
 – Ganaste tres fichas y yo perdí dos.. ahora me toca la próxima jugada…
 Eran tres hombres; uno de ellos, con voz más grave contaba por lo bajo una historia que no alcanzaban a oír; de vez en cuando,  reían escandalosamente.
 Desde el techo de la caseta,  dos potentes luces caían sobre el piso como un par de lagos, cubriendo el espacio que quedaba antes y después de la salida. Cualquier cosa que se moviera allí, sería trasmitida a un complejo sistema de sensores y a un circuito de televisión. Alemín apretó la mano de la Baraqah cuando pisaron el primer halo de luz. Los hombres siguieron riendo, hablando y jugando, sin percatarse de las figuras que avanzaban lentamente. Pasaron la primer zona de sensores; el niño se volvió y los miró: uno de ellos al que había conocido como al-Mutanabbi, el Tuerto, lo miraba  fijamente; su ojo de vidrio destellaba. Alemín se detuvo.
 – ¿Qué pasa niño? – preguntó la Baraqah Alemín levantó la mano para señalar al hombre y en ese momento, el tuerto se volvió y rió de una ocurrencia que acababan de contarle.
 – No nos ven, Jeque, no nos ven…
 – Así parece Alemín; es para alegrarse, pero recuerda que si pregonas  demasiado tu triunfo caerán sobre ti las consecuencias opuestas.
 Caminaron hasta llegar al otro reflejo; cuando estaban en el centro se detuvieron y se volvieron: ni los ojos digitales ni los humanos advertían su presencia; los guardias seguían concentrados en el juego. Shar’iah hizo un gesto con la cabeza.
 – Parece que somos invisibles, Alemín. Ahora tenemos que marchar a buen paso por los pasillos centrales de la nave, y llegar a la mezquita  custodiada  por los sabuesos de Faqaha. Esa será la prueba definitiva para saber si somos o no invisibles…
 Avanzar a buen paso, como había dicho la Baraqah de Shar’iah significaba correr para alcanzar la distancia de una persona de estatura normal. Cruzaron el pasillo solitario que los llevaba al módulo susperior. Allí atravesaron uno de los agujeros que se había abierto para permitir que pasaran haces de cables. Alemín  vio a lo lejos los tubos que trasmitían la luz, y las escotillas que parecían abrirse  kilómetros más arriba. Las máquinas de energía vulvar se  mostraban como enormes monstruos de verdes ojos digitales.
 Atravesaron el sector de máquinas holográficas, rodeadas de un permanente siseo, doblaron con cuidado por varios recodos y llegaron a la zona de mantenimiento de la nave. De pronto, un par de Mamelik  caminaron hacia ellos: enormes, colosales. Instintivamente, Shar’iah y el niño se apartaron; los hombres pasaron  a su lado y no los vieron. Aquello les dio confianza, y caminaron rápidamente hasta llegar a la rampa que conducía al cuerpo central de la nave.
 – Esto está siendo demasiado fácil, Alemín… – el jeque Shar’iah se interrumpió ante lo que parecía  un trueno que llegaba del piso: un ejército de botas negras y gruesas de Mamelik caminaron hacia ellos.
 – Es la salida de un turno, Alemín, no sé qué haremos….
 – Somos invisibles y además, ellos nos atravesarán sin hacernos nada, Jeque.
 Instintivamente el anciano abrazó al niño. La primer hilera de Mamelik avanzó con pasos marciales y una línea de suelas de cuero, plomo  y acero se acercó  amenazante. Ambos cerraron los ojos. El estruendo fue atronador y el suelo metálico vibró golpeado por las botas. Fueron pasando fila tras fila, hasta que se alejaron con rapidez. Alemín y el Jeque siguieron abrazados durante un rato: al separarse, se miraron.
 – ¿Estás bien, niño?
 Comprobaron que las pisadas los habían atravesado sin hacerles daño y rieron.
 – Vamos Alemín, debemos apurarnos.
  Atravesaron largos pasillos en los que se alineaban  altos acumuladores  de energía vulvar; en otros, las noches portátiles llenas de insectos nocturnos, tapizaban las paredes;  Avispas, abejas, escarabajos con alas, se acercaban a ellos con curiosidad y los miraban firjamente, murmurando a veces sonidos guturales. Llegaron al módulo superior. Cruzaron salones enormes, cuyos techos se perdían en  una niebla parda; finalmente se mezclaron entre grupos de tripulantes que caminaban lentamente hacia el templo: el régimen de Faqaha había impuesto el simulacro de una peregrinación a La Meca. La Baraqah de Shar’iah, conocedora del lugar, dirigió a Alemín por varios atajos hasta llegar a la puerta de la mezquita.
 Por orden del Sultán, tres hileras de guardias la custodiaban; eran Mamelik expertos en el uso de los alfanjes digitales: blandían las hojas vibrantes y plateadas: armas sofisticadas, que además de cortar los miembros producían en el sistema nervioso de las víctimas fuertes descargas de energía vulvar. A pesar de su invisibilidad, el niño y el anciano caminaron con  cuidado hasta llegar a la última fila de guardias. Ninguno de ellos advirtió sus presencias: miraban frente a sí con expresiones torvas, casi burlonas, moviendo levemente los alfanjes como si estuvieran ansiosos por usarlos. Al llegar a la enorme puerta de madera, el anciano se sentó junto a ella y secó la traspiración de su frente.
 – Niño, en mi vida he aprendido a desconfiar de todo aquello que fuera demasiado fácil…
 – Jeque Shar’iah, ahora lo difícil va a ser encontrar la entrada a la dimensión virtual…
 Ambos se volvieron a la puerta entreabierta: la mezquita que ocupaba el domo de la nave era  gigantesca; la visión se perdía en los arabescos de las columnas y del techo, que se diluían en un cielo arenoso y plateado.
 – Es  difícil llegar a cualquier parte, Alemín, además de ser muy viejo y tú muy niño, ambos somos demasiado pequeños.
 La Baraqah del anciano hizo un gesto de abatimiento, pero se levantó y caminaron muy lentamente hasta llegar a la primera de las columnas. El jeque se detuvo un momento a descansar: jadeaba y traspiraba; a partir de allí, su marcha  se hizo más lenta.
 – Jeque, ¿se siente bien?

Ricardo Fernandez Ortega - Tutt'Art@ (27)

 – Son muchas emociones, Alemín, pero no te preocupes – la Baraqah trató de animarlo con una  sonrisa débil.
 – ¿Conoce la mezquita y el lugar a donde vamos?
 – Si, querido niño, pero espera un momento, me siento un poco cansado: es un día de grandes emociones.
 La Baraqah volvió a sonreír, pero Alemín se asustó al ver sus mejillas súbitamente hundidas, sus ojeras pronunciadas y su piel más arrugada que de costumbre. Iba a decir algo sobre su aspecto, pero lo interrumpió una voz lejana, que llegó hasta ellos en medio de ecos.
 – ¡Faqaha! ¡Eres un asesino! ¡Me has matado cruelmente…!
 – ¿Qué es eso, Jeque? ¿Quién puede decir semejante cosa?
 – Algunos insectos me lo explicaron: es la cabeza de Bilhakki, el Veraz, de la familia de los Ulemas. Murió por mano del Sultán luego que sacrificaran para el soberano una vaca sagrada. Sus familiares tocaron la cabeza con la ubre del animal y ella sólo habla para señalar a su asesino. Los mamelik partidarios de los ulemas la ocultan en los lugares más secretos de la nave. Faqaha y sus hombres la buscan desesperadamente para hacerla callar. Diariamente matan diez mamelik colgándolos en el espacio de sus cuellos, dejando que sus cuerpos se deshagan entre el bombardeo de  partículas, por las radiaciones o el fuego de los cuerpos celestes. Esto es trasmitido a toda la tripulación para que escarmienten…
 El anciano trató de levantarse, pero no pudo con el peso de su cuerpo. Sus ojos apenas brillaban rodeados por el halo negro de las ojeras.
 – Déjame descansar un rato más, Alemín.
 Shar’iah, el de la Ley Viviente, apoyó su cabeza en las rodillas; Alemín se asustó.
 – Jeque, ¿qué le pasa en los ojos?
– Nada.. nada… debe ser el cansancio.
 Pequeños seres trasparentes, con alas celestes escapaban de los ojos grises de la Baraqah; a medida que salían, sus pupilas se opacaban más y más.
 – Déjame recostarme cinco minutos, niño. Estoy realmente cansado…
 – Jeque, si lo haces no te levantarás…
 El anciano no lo escuchó. Se tendió sobre el piso brillante de la mezquita, dobló sus rodillas y apoyó la cabeza en uno de sus brazos. Alemín  lo miró atentamente: a través de los párpados cerrados, los  seres seguían saliendo de los ojos de la Baraqah. De su aliento,  gusanos brillantes y alados, también escapaban y volaban en el aire que de pronto se llenó de  olor a incienso.
 – ¡Jeque! ¡despiértese, Jeque….!
 Alemín estaba asustado: Trató de recordar lo que su ayo Wekil le  había dicho alguna vez de las Baraqahs: … debes saber que una Baraqah no muere, salvo que la asesinen; cuando su energía disminuye, duerme profundamente, sin respirar, como si hubiera muerto, pero sólo recupera fuerzas  Lo que nosotros hacemos bebiendo una hoja del al-Azif hervida en leche, para recuperar un original, ellas lo hacen de modo natural. La vida media de una Baraqah es de 500 años. En ellos se producen hasta siete resurrecciones como la que te acabo de describir. Después mueren mansamente, los insectos Nafs beben la luz de su cadáver y se pierden entre las hebras brillantes e invisibles que flotan en el aire.
 El recuerdo de aquellas palabras  no tranquilizó a Alemín: los extraños insectos invisibles seguían saliendo de los ojos cerrados, de la nariz y de la boca del anciano que respiraba con más debilidad. El niño pensó  que si su fuerza se perdía por un proceso parecido a la muerte, podía también perder su invisibilidad y ser descubierto por los hombres de Faqaha.  Además necesitaba de él para encontrar el centro de realidad virtual dentro de la mezquita. Lo sacudió varias veces, intentando despertarlo, sin resultados. Lo tomó de los brazos y con esfuerzo lo arrastró por el piso lustroso de la mezquita hasta ocultarlo detrás de un par de columnas. Procuró cruzar sus brazos y doblar sus piernas;  su gandura gris  se confundía  con las enormes baldosas del piso. Al terminar, se sentó junto a él; las formas brillantes que salían de su aliento y de su vista,  se acumulaban reproduciendo medio metro por encima del Jeque el contorno de su cuerpo encogido. El niño no se animó a tocarlo, y miró atentamente las emanaciones que formaban un halo luminoso cada vez  más espeso. Sintió miedo; su corazón latió con fuerza y la saliva se secó en su boca. La luz casi sólida que escapaba del anciano ocultó por un momento su cuerpo; después se elevó como un gas y flotó sobre él vibrando suavemente: los seres se movían vertiginosos  sin perder la forma de su cuerpo. La Baraqah, en tanto, seguía inmóvil y su piel había tomado un color ceniciento.
 Alemín tomó su mano: estaba helada; tiró de ella tratando de incorporarlo, pero algo se desprendió. Gritó y arrojó el índice de Shar’iah, que al caer al piso de la mezquita se sacudió como un gusano hasta quedar inmóvil; después se deshizo en cenizas brillantes y circulares. El niño estuvo a punto de llorar y gritar, pero se contuvo. Los seres brillantes que surgían de a cientos   se habían apartado de él: la imagen virtual de Shar’iah, acostado boca arriba, despidiendo un resplandor azulado, se balanceaba suavemente en el espacio. De pronto se movió hacia el interior de la mezquita.
 – ¿Dónde van…? – preguntó como si pudieran responder; corrió detrás del cuerpo brillante, suspendido en el aire; cuando estuvo cerca intentó tomarlo, pero su mano se cerró en el vacío. El halo de luz  avanzó aún más, y dio varias vueltas en zigzag hasta detenerse. Alemín lo siguió; al llegar junto a él, se elevó lentamente hasta  donde se unían los brillos de las paredes; su luz se disolvió un momento en la niebla destellante que ocultaba el techo de la mezquita, giró varias veces y volvió a avanzar. Alemín corrió;  el ruido de sus  pies descalzos sobre el piso metálico resonó con un eco alarmante. De pronto, la formación se detuvo y se balanceó de un lado al otro como si intentara orientarse.
 El niño  se volvió y no vio el cuerpo del  anciano: las baldosas  lo encandilaban y su vista se perdió entre columnas iguales. Vaciló pensando que debía volver sobre sus pasos: no quería dejar solo a Shar’iah. El cuerpo de luces volvió a avanzar sobre él y lo siguió sin contener las lágrimas; avanzó, retrocedió, giró; subió una rampa. En medio de su dolor, reconoció el lugar: estaba  cerca de una hilera de Mihrab. Siguió a la línea luminosa que de pronto llegó a una enorme puerta; arriba vio la luz ovalada de una célula fotoeléctrica. Al detectar el cuerpo brillante, la puerta se abrió: una enorme alfombra roja  terminaba en un telón sepia, suavemente iluminado.
 El cuerpo brillante  se perdió en aquel fondo. Alemín intentó seguirlo; sus plantas pasaron del frío del metal a una textura suave, acolchada y cálida. Lo rodeó un fuerte olor a incienso; esperó el cuerpo luminoso, pero había desaparecido y algo le decía que no iba a regresar. Un zumbido detrás suyo lo hizo volverse: la puerta acababa de cerrarse. Corrió hacia ella, y dejó que lo iluminara el tenue rayo que llegaba de la célula fotoeléctrica: no ocurrió nada:  al estar en el Gahíb, no podría detectar su presencia  para accionar el mecanismo
 Alemín se volvió  al interior del Mihrab, desorientado, confuso, a punto de llorar. Caminó por un pasillo amplísimo. Las paredes plomizas y brillantes,  terminaban a lo lejos en una niebla naranja y vibrante.
 A su izquierda, interrumpía la pared plana una repisa de roca que aumentaba hasta llegar casi a su estatura. Se detuvo frente a una montaña enorme, púrpura que se levantaba en la roca: una formación regular, angosta en la base, que aumentaba hasta formar dos polos esféricos y simétricos. Avanzó con cautela: era  un turbante real,  formado por una sola pieza de seda, enrollada cuidadosamente, con pliegues espigados. En el centro, a la altura de la frente, una enorme perla turquesa le recordó la supernova en la constelación de Gank. Caminó con cuidado, y descubrió a su lado  dos turbantes más pequeños, uno rojo con un diamante plateado en su centro y otro negro, con un rubí que despedía intensos  reflejos rojizos.
 Se acercó y acarició  la seda: era muy suave, casi como la piel de su ayo Wekil. Escuchó un zumbido y llegó hasta él un insecto que parecía un pájaro negro: a la altura de su trompa se levantaba un pico agudo; se detuvo junto al niño apoyando su par de garras sobre la roca
 – Por favor, ¿puedes hablar? necesito ayuda.
 El insecto batió sus alas, zumbó varias veces y miró a Alemín con ojos penetrantes.
 – ¿Qué quieres, niño?
 – Mi gúia, la Baraqah del jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente,se acostó a descansar; no lo pude despertar, me alejé de él y me perdí…
 Alemín se interrumpió. Otros insectos, idénticos al primero, llegaron junto a él  y se unieron en círculo dejándolo en el centro.  Escuchó un fuerte zumbido: tres noches portátiles   desde el fondo del Mihrab, se desplegaron y el lugar   se llenó de aquellos insectos; aletearon  alrededor de la cabeza de Alemín y algunos se posaron en sus hombros.
 – Por favor; sé que pueden hablar: necesito ayuda
 – Eres torpe niño – dijo uno de ellos – si estabas con la Baraqah de tu guía, debías haberla cuidado; al menos tenías que haberte quedado junto a él:
 – Soy pequeño: no sé cómo cuidar una Baraqah. Además tenemos una misión urgente que cumplir..

Rob Gonsalves Ilusiones opticas En la tierra como en el cielo 2

 Los insectos dejaron de prestarle atención y se formaron en círculo. El niño intentó seguir hablando, pero su voz se perdió en el zumbido que aumentaba. Uno de ellos,  más grande que los otros, voló  alrededor de sus compañeros emitiendo gritos agudos.
 – ¡Atención! ¡Atención! ¡A la reunión para escuchar al Imán…!
 Los insectos formaron rápidamente pequeños enjambres tubulares. Alemín se apartó, pero tres grupos circulares vibraron alrededor de su cabeza
– ¡Atención! ¡Atención! ¡Está llegando el Imán…!
 El insecto heraldo se apartó y dejó pasar a uno de ellos: una envoltura de quitina se iniciaba en su cuello y caía sobre sus alas como  una capa blanca. Una aureola de luces recorría su cuerpo. Habló con voz potente
 –  ¡Hermanos! De los insectos nocturnos que producen su zumbido son superiores quienes usan las alas para emitir sus voces. Las alas hablan del cielo, de las auroras tendidas sobre lagos eternos, de los soles que asoman diariamente iluminando las nieves  de las montañas del Cáucaso… Los que lo hacen con las patas, tienen almas rastreras aunque vuelen. Aspiran perforar la tierra para refugiarse en su oscuridad y allí maquinar sus fines inconfesables. Nosotros, los Mi’raj, utilizamos la vibración de nuestras alas para ejecutar las armonías más complicadas que haya escuchado ningún oído. Nosotros, los Mi’raj llegamos a abarcar varias escalas de sonido, aún la que no pueden escuchar los hombres. Se sabe que los insectos de registros más agudos mueven sus alas en un promedio de 345 vibraciones por segundos. Nuestros jefes han calculado que nosotros, insectos seleccionados, la élite más perfecta, llegamos a cuatro mil por segundo; no necesitamos usar la estriulación; no necesitamos tallar una parte de nuestro cuerpo contra otra; no necesitamos ningún tipo de golpeteo ni forzar el aire a través de nuestros espiráculos. Nuestras alas tienen un tramo rígido y otro con forma de lima formado por una vena endurecida, con salientes transversos en cada una. Son verdaderos güiros sagrados que hablan del paraíso, de las uvas que crecen a medida que se arrancan los sarmientos y de las huríes, de las eternas huríes. Y así nuestra música habla de dimensiones desconocidas; de los panoramas que ve el suicida cuando recién muere; de los tornasoles  que se muestran cuando el cadáver empieza a podrirse; del resplandor de las osamentas que brillan en las llanuras durante las noches sin luna…
 El insecto calló un segundo; los demás movían sus alas como asintiendo con entusiasmo. Antes que volviera a hablar, Alemín intervino.
 – ¿De qué luz se alimentan ustedes? – preguntó; todos se volvieron hacia él, lo miraron y zumbaron entre sí, asombrados y molestos.
 – ¿Qué pregunta este niño?
 – Todo insecto nocturno se alimenta de una luz que refulge entre las sombras. Quiero saber de qué luz se alimentan ustedes; de saberlo, puedo tratar de conseguirla y a cambio ustedes me ayudarían a encontrar la Baraqah de Shar’ iah…
 Calló: el insecto considerado Imán del grupo se acercó a él y lo miró fijamente con sus  ocelos: la aureola charolada alrededor de su cuerpo, parpadeó.
– Niño – dijo el insecto después de mirarlo durante un rato – estamos aquí por ti; nos alimentamos de la luz que estás despidiendo: es una luz fugaz pero sólo tú puedes emanarla…
 Al decir esto, el insecto Imán voló hacia atrás; el niño tembló recordando la advertencia de Layla, la Avispa Afgana: eran los Mi’raj, los insectos de la muerte, y su proximidad le quitaba la capacidad de ser invisible. En pocos minutos los enjambres se deshicieron y los insectos volaron hacia diferentes direcciones del Mihrab; las noches portátiles se plegaron rápidamente y desaparecieron.
 Alemín quedó solo, se sentó en el piso y lloró durante un rato. Estaba cansado, hambriento; a pesar de su desesperación, sus ojos se cerraban de sueño. Subió a la repisa donde estaban los turbantes: por alguna razón el piso en aquel lugar era tibio, de modo que se acostó, apoyó la cabeza en el turbante rojo y se durmió.
 Soñó que el turbante estaba vivo, y que se inclinaba hacia él, mirándolo fijamente: su diamante  hacía las veces de ojo. La prenda  estaba llena de leche que emanaba por uno de sus pliegues, dulce y pegajosa; Alemín acercó su boca y bebió  hasta saciarse.
 – Alemín, Alemín…
 El turbante lo llamaba.
 – Alemín, Alemín….
 Se sentó en la repisa, sobresaltado
 – Niño, ¿estás despierto?
 El turbante podía hablar: su voz  femenina, dulce; le resultó familiar. Miró atentamente la seda plegada. Un sonido de carrillón surgió de la perla, se convirtió en un vapor gris muy fino y se corporizó a su lado. Reconoció los cabellos negros, largos hasta la cintura y el velo que cubría el rostro; la mujer lo retiró
 – ¡Madre! – exclamó Alemín. El asombro lo inmovilizó y no pudo abrazarla.

Rose Frantzen 1965 - American Fantastic Realist Symbolist painter - Tutt'Art@ (1)

GOCHO VERSOLARI

2 Comments

    1. Gracias amigo. En realidad actualmente no es tan fácil y con la encuadernacion no basta. Es necesario difundirlo, promoverlo., Para noviembre publicaré otra novela “Los Pies desnudos” que estará en Amazon y para febrero “El largo camino de las cercanías”, también en el mismo género de novela. Gracias otra vez y recibe un abrazo.

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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