Narrativa: Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Sexta parte – Final

Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Sexta parte

Gocho Versolari.

 

Palabras de la baraqah de Ruhiyya, el verdugo blanco a Habib al Masgid, el que se postra.
Habib, mi locura se ha replegado como la marea de un mar furioso y puedo decirte frente al cadáver de tu amada Bathna que su gesto se repite desde tiempos inmemoriales: colgarse hasta morir, llegar al Infierno y desde allí buscar un hombre que la rescate. Si no la hubieras abandonado la noche de la boda, ella hubiera muerto del mismo modo con cualquier pretexto. Su espíritu vaga por el cosmos, enamorado de las sogas, de las vigas y de todo insecto nocturno que  hable a su oído de las bondades de la muerte. Habib, amigo, no es frecuente lo que te voy a anunciar: cuando un original confía su Baraqah a alguien, ella debe permanecer en ese estómago el tiempo que sea necesario. Pero no puedo condenarte a mi locura, y debo irme ahora que la misma no invade mi corazón.

 

Avanzar con Bathna sujeta de su pierna era una tarea  difícil; encontró una roca enorme y se sentó en ella, tratando de persuadirla una vez más, explicando que debía soltarlo, sin resultados.
 Finalmente llegaron un prado donde crecían setas enormes; siempre arrastrando a Bathna, se acercó  y devoró algunas: tenían un agradable gusto a frutilla. Crecían también varios arbustos secos y cortó uno de los tallos para usarlo como bastón. Al terminar volvió a sentarse en una roca y se dirigió  a la mujer ofreciéndole algunas setas, pero ella no hizo ningún gesto, ni de aceptación ni de rechazo. Habib habló una vez más.
 – Bathna, amada, he cumplido con lo que me pediste: llegué al Infierno arriesgando mi vida, te encontré, te traje conmigo a este asteroide. Ya no corremos peligro; piensa que si no me sueltas terminaremos muriendo ambos, ya que así no puedes alimentarte y al impedir que la sangre circule por mis venas, perderé la pierna. Te repito: cumplí lo que me imploraste, y ahora estoy dispuesto a cerrar el pacto solemne que hace más de diez años terrestres pronuncié en la Tierra frente al Imán de nuestra comunidad: te haré mi esposa, mi única esposa. Ahora te pido que cedas en tu miedo, que aflojes tus manos y sueltes mi pierna para que nuestras vida puedan ser tan brillantes como las  estrellas que alumbran este asteroide.
 Bathna siguió apretando y mirándolo fijo. Su expresión no cambió. Con un suspiro, Habib se inclinó sobre ella e intentó abrir su boca, pero sus dientes estaban tan apretados como sus manos y le fue imposible introducir algunos trozos de la seta que había cortado.
 Pasó el tiempo. Los tres soles que alumbraban el planeta se tiñeron de un rojo intenso, y se hundieron en el poniente, aunque sin desaparecer del todo. El asteroide se hundió lentamente en un lago de luz violeta; las rocas, las frondas, se veían como túmulos: formas apenas sugeridas, rodeadas de halos muy tenues. Bathna parecía un animal tenso, agazapado, acechando. Pasó el tiempo y mi original dormitó. Las manos de Bathna brillaron en un cielo verde y las siguió sintiendo alrededor de su pierna como un collar quemante. La vio en los aposentos de su padre, hermosa y joven. Soñó con la noche de bodas que nunca habían tenido: Bathna era una joven hermosísima, lujosamente ataviada, sus cabellos largos adornados con brillo y el Khol hábilmente colocado en su rostro por sus doncellas. En ese sueño, querido Shari’ah, Habib se sintió en su juventud, en su plenitud como si el dolor y el temor acumulado durante aquellos diez años hubieran desaparecido. En el tálamo nupcial se desnudó: su cuerpo era soberbio y se arrojó sobre su prometida; ella tendió los brazos para recibirlo, pero un par de manos, que también eran las de ella, flotaron en el aire y cayeron sobre su cuello tratando de estrangularlo. Mi original tosió, escupió y trató de vomitar.
 Despertó sobresaltado: el mar luminoso y magenta lo rodeaba por completo; otra vez la Baraqah de Ruhiyya se movía en su interior, sólo que ahora corría por su costado, llegaba a su cuello y la sintió rebotar en el tejido que recubría su oído.  Su voz resonó violentamente.
 – Habib sé que puedes escucharme. Como Baraqah de Ruhiyya, quien ha viajado al Infierno tratando de escapar  de la persecución de Faqahah y de su propio remordimiento, te afirmo que  no eres el primero que escapa con alguien de la comarca donde arde el fuego que no quema. Hace un tiempo incomensurable, vivía en Bagdad un matrimonio  feliz. En una época de penurias, el hombre robó y lo detuvieron. Lo condenaron a cortarle una mano; el juez y los verdugos sabían que era diabético y que luego de la ejecución inevitablemente moriría; su deceso ocurrió poco tiempo después y Allah lo recluyó en el occidente del Infierno, en las cercanías del mar caliente y fangoso.
 Su viuda, inconsolable, concurría a una cofradía de mujeres que disponían el poder de los misterios de los insectos nocturnos más raros y poderosos. Durante las noches se reunían en cavernas aisladas del pueblo, se untaban el cuerpo con beleño y otras hierbas alucinógenas. Las ensoñaciones que se producían las llevaban a las profundidades del Infierno donde dialogaban con los condenados y algunas hasta tenían sexo con ellos.
 En medio de perfumes de almizcle, mirra, azufre y salvia, la viuda fue inciada en la cofradía y al poco tiempo la presentaron a la noche nocturna de los escarabajos Khorasan, blancos, de alas moteadas, que se aliimentan de las visiones femeninas y debió mostrarse frente a ellos completamente desnuda; su cuerpo fue cubierto por una pomada de olor desagradable, pero que atraía a los escarabajos. Poco a poco se apoyaron sobre su piel y chuparon la crema mezclándola con su saliva viscosa  y brillante. La mujer cayó en trance y con la ayuda de sus hermanas de cofradía, inició las etapas del viaje que la llevaría a encontrarse con su marido.
 En principio debió pasar por las cercanías de Allah, quien estaba ocupado en la arquitectura del cosmos y no la vio navegando por el espacio, desnuda, con los cabellos al aire y  expresión de locura. Luego de recorrer numerosas constelaciones, estrellas y astros, llegó al planeta Infierno
 Al principio la mujer no sabía por dónde buscar, hasta que encontró un túmulo de piedras solitarias; como ser vivo podía ver cosas que permanecen ocultas para quienes llegan al Infierno después de haber muerto. Por eso supo que las piedras recubrían hombres retorcidos sobre sí mismos, sometidos a terribles sufrimientos. Uno de ellos era su marido; lo reconoció porque en el Infierno estaba sin la mano que le habían cortado. En su Cofradía, esta mujer supo algo que tú ignorabas, y es que cuando alguien vivo llega al Infierno, puede irse del mismo con uno y sólo uno de sus habitantes. Es la recompensa por el enorme sacrificio de haber llegado a su superficie. Además, los vivos que acceden al Infierno, pueden conocer a Kamil, el hombre perfecto y sólo les basta seguir su niebla púrpura para escapar.
 – Te pregunto Ruhiyya: ¿qué pasó con esa mujer?

Victor Bregeda - Tutt'Art@ (12)

 – Desde entonces vive en el Gahíb, en una isla ubicada en medio del Barzaqh. Durante las noches fabrica con hebras de luz una mano para su marido que le coloca al amanecer y él vuelve a perder hacia la tarde. Corre una versión que ya roza la leyenda, y es que la mujer goza las caricias de esa mano fantasmal más que si fuera de carne y hueso…
 En ese momento Habib tuvo un sobresalto y se volvió a su pierna: Bathna ya no estaba, a pesar de que seguía sintiendo en el muslo sus manos apretadas. Observó a su alrededor y no la vio; lo rodeaban formaciones rocosas que parecían despedir luces propias; más allá se levantaban sombras que podrían ser piedras, plantas o animales. Mi original intentó pararse, pero la pierna no lo sostuvo y a duras penas pudo incorporarse y avanzar apoyado en el improvisado bastón.
 – ¿Qué pasa, Habib? – preguntó la Baraqah de Ruhiyya
 -Bathna se ha ido.
 – Por fin ha soltado tu pierna
 – Sí, pero no sé dónde está, y mi misión no era sólo sacarla del Infierno, sino protegerla…
 – No te puedo ayudar: siento  vértigo en mis entrañas y sé que es la locura de las Baraqahs que regresa y me posee…
 Dicho esto, la réplica de Ruhiyya, el Verdugo Blanco, saltó dentro de la cabeza de Habib, se precipitó por su vientre con un dolor destellante y se detuvo después de aterrizar en su estómago con un golpe
 Mi original caminó; a cada paso frotaba su pierna para que la sangre circulara; no sabía dónde dirigirse y pensó con dolor lo poco que conocía a aquella Bathna; qué diferente era de la candorosa y tímida joven, de su enamorada en Azerbaiján; ignoraba sus tendencias y deseos después de su suicidio y de aquella temporada en el Infierno.
 A medida que caminaba, mi original vio en la superficie del astro enormes grietas al fondo de las cuales se advertían mares de fuego; sintió terror al pensar que Bathna podría haber caído por allí y la llamó a gritos; un extraño eco repitió sus palabras seguidas de un fuerte y agudo silbido.
 Siempre arrastrando su pierna, caminó sin sentido; tres veces cayó al suelo, sobre el  polvo cósmico que recubría el planeta. Finalmente, del horizonte emergieron tres soles iluminando todo con una luz azulada: piedras, plantas, paisaje, parecieron emerger de un cofre de hielo.
 Habib descubrió frente a sí una selva espesa donde los árboles crecían unos junto al otro, formando un tejido abigarrado. La inflamación en su pierna había cedido, y cuando llegó a la entrada de la selva pudo dejar su bastón. Aquello lo animó y volvió a llamar a Bathna a los gritos. Avanzó entre árboles retorcidos que parecían inclinarse hacia él; por las espesas copas apenas entraba la luz gélida de los soles. De pronto se detuvo: desde la fronda llegaba el canto de Bathna, agudo y dulce. Se abrió paso entre el follaje y llegó a un claro donde corría un ancho arroyo. En la otra orilla estaba su prometida con una cuerda en sus manos. Una noche portátil vibraba encima de su cabeza e insectos dorados danzaban a su alrededor.
 Al verlo se detuvo un momento, lo miró con indiferencia y siguió cantando; Habib no asoció la belleza de su voz con su aspecto: estaba desnuda: uno de sus senos llegaba hasta más abajo del ombligo mientras que el otro  apenas se sugería. Sus cabellos caían como paja alrededor de su cabeza, su rostro y su vientre estaban hinchados, sus labios agrietados, llenos de sangre y había perdido dos dientes. Su voz, en cambio, parecía vivir por sí misma; llenaba las entrañas de mi original como un líquido caliente y lo atraía hacia ella
 Habib vadeó el arroyo; la mujer, apoyada contra un enorme árbol similar a un baobab, seguía trenzando la cuerda, sin apuro. Al acercarse, mi original sintió un fuerte olor como el de un cadáver de varios días.Llegó junto  a ella y se arrodilló a sus pies.
 – Amada, ya no estamos en el infierno, te pido que lo tengas en cuenta; que no temas a la felicidad que te ofrezco en nuestra vida juntos…
 Bathna dejó de cantar y se volvió hacia él: sus ojos parecían mirar a través suyo algún punto del cielo negro o de los soles helados. Finalmente habló con voz ronca, irreconocible, como si alguien murmurara las palabras desde el fondo de su garganta.
 Reconfortadme con una copa de vino y dad a mi piel, color de ámbar, el color del rubí; lavad con vino mi cuerpo inerte y haced con las maderas de la viña las tapas de mi féretro…
 El olor dulzón a cadáver, aumentó por momentos; a pesar de esto, Habib se acercó a ella y acarició su rostro: la textura de su piel era rugosa, pero al tacto se sentía suave como la seda.
 – ¿Qué haces amada?
 – Los Mosquitos Gigantes de Jordania me condujeron a esta selva: los árboles de aquí producen una liana resistente, mucho más fuerte que cualquier soga de la tierra. Cuando decidí matarme por tu ausencia, mi preocupación era que la cuerda no resistiera el peso de mi cuerpo, pero con estas lianas no hubiera tenido ese problema…
 – Amada te vuelvo a pedir perdón una vez más. Olvida el pasado. Tenemos la posibilidad de vivir otra vida; esta selva nos puede procurar todo lo que necesitamos.
 Se acercó a ella y la besó en los labios mientras sus manos recorrieron su cuerpo desnudo. Bathna se dejó abrazar y acariciar. Habib no pudo dejar de pensar en lo que había visto en el planeta Infierno: ella bajo el cuerpo de Ruhiyya, sus manos clavándose en la espalda del hombre y el gemido involuntario que le había arrancado.
 La apoyó en los pastos altos y tibios del planeta, se acostó sobre ella y abrió sus piernas; tuvo la visión de que uno de los soles helados se escurría por su sexo y al penetrarla, su miembro invadió una llanura cubierta de nieve. Ella no se movió. Lo miró fijamente con una sonrisa incierta y burlona. Habib sintió su orgasmo y advirtió que Bathna lanzaba un suspiro de alivio.
 – Me has hecho feliz – dijo con voz monótona –  Soy feliz ahora junto a ti y lo seré por toda la eternidad.
 Se apresuró a apartarse y volvió a cantar arrodillada junto al enorme árbol mientras seguía trenzando la cuerda. Su voz cambió de melodía: ahora entonaba una balada con notas muy largas que parecieron llegar al pecho de Habib. De la música surgió un sopor inesperado, y aunque mi original pretendió mantener su vigilia, se durmió profundamente.
 Se despertó  alarmado: los soles que iluminaban el asteroide habían girado: debía ser de tarde; encima de Habib volaba una avispa dorada que se recortaba brillante contra el cielo negro:  era de la especie Chudja, cuya característica es brindar  noticias importantes y alimentarse del asombro de quien las recibe. Mi original se sentó en el colchón de ramas y miró a su alrededor. Bathna no estaba, y el insecto iba y venía señalando la fronda, como indicándole que lo siguiera. Lo hizo: el bosque era más grande de lo que suponía y caminó por puentes naturales; un sistema de arroyos se hundían y emergían entre las rocas
 Llegó a un claro: Bathna colgaba de un enorme árbol, sostenida de su cuello por la cuerda que había estado trenzando. Su cuerpo giraba a un lado y al otro movido por la brisa. Con un grito, Habib subió al árbol, desató con dificultad el nudo que la sujetaba y bajó su cuerpo, todavía tibio. Su cuello apenas mostraba una línea roja y un leve hematoma. Sus cabellos eran otra vez largos, sedosos, rizados, como los conociera en la tierra: Sus pechos  proporcionados y bellos y sus caderas bien formadas. Habib la acarició con pasión y dolor; se inclinó sobre ella: sus ojos estaban cerrados y su expresión era de paz. Acercó su boca y la besó suavemente: tenía la esperanza de recoger algún soplo, alguna señal que indicara que había vuelto a la vida.
 Permaneció abrazado al cadáver, sin moverse, tratando de animarlo con su calor, pero fue inútil. Cuando cayó la noche,  estaba helada y rígida. Un ruido súbito frente a Habib lo hizo levantar la cabeza: la Baraqah del verdugo había escapado  de su interior y lo miraba desde un tronco; mi original se apartó del cuerpo y Ruhiyya saltó a su hombro para hablar cerca de su oído.
– Habib, mi locura se ha replegado como la marea de un mar furioso y puedo decirte frente al cadáver de tu amada Bathna que su gesto se repite desde tiempos inmemoriales: colgarse hasta morir, llegar al Infierno y desde allí buscar un hombre que la rescate. Si no la hubieras abandonado la noche de la boda, ella hubiera muerto del mismo modo con cualquier pretexto. Su espíritu vaga por el cosmos, enamorado de las sogas, de las vigas y de todo insecto nocturno que  hable a su oído de las bondades de la muerte. Habib, amigo, no es frecuente lo que te voy a anunciar: cuando un original confía su Baraqah a alguien, ella debe permanecer en ese estómago el tiempo que sea necesario. Pero no puedo condenarte a mi locura, y debo irme ahora que la misma no invade mi corazón.
 Les confieso, anciano Shari’ah, querido niño, que este anuncio de la Baraqah de Ruhiyya  produjo en Habib una sensación de alivio; sentía pena por no haber cumplido con el encargo del Verdugo Blanco de mantenerla, pero de algún modo, aquella confesión lo liberaba de Bathna: el remordimiento por su muerte había desaparecido, y la brisa del planeta llenaba sus pulmones con plenitud.
 Volvió a dormirse y soñó con enjambres de insectos brillantes. Se vio a sí mismo, profundamente dormido con su cabeza apoyada contra las raíces de un grueso árbol. Más allá estaba Bathna e insectos de todas las especies se abalanzaban sobre ella y la convertían en una esfera candente: la misma que han podido ver en el final de la gruta y que en pocos minutos volverá a requerirme que la rescate de su destino. En fin, cuando Habib despertó, comprobó que no había sido un sueño: Bathna, crucificada en medio del enorme guijarro  reclamaba nuevamente que la  salvara de las llamas del infierno…
 Hubo un momento de silencio en el que la Baraqah  se levantó y fue a servir más té. Alemín estaba fascinado, tratando de entender lo que había escuchado, pero el anciano Shari’ah miró inquisidoramente a Habib.
 – Creo que hay algo que no has contado de tu original. Mi vejez no ha llegado en vano, y puedo advertir lo que se esconde detrás de las palabras.
 – ¿Qué quieres decir anciano?
 La Baraqah de Habib se acercó con las nuevas tazas de té; por la entrada central de la gruta llegaba un resplandor suave: la noche de la realidad virtual estaba terminando.
 – Durante tu relato has usado ciertas expresiones; has dicho que el teniento Habib al.-Masgid, el que se Postra, tomaba su misión de rescatar a Bathna del Infierno como un deber, no porque sintiera el fuego del amor. Deduzco entonces que su verdadero amor estaba en otra mujer.
 La Baraqah asintió.
– Él ama a Isharqah, la Iluminada que Ilumina. Es una mujer que vive desnuda y a la que dejó por buscar a Bathna en el Infierno… Ahora no sabe dónde se encuentra, y en las mazmorras de Taqlid, el de Pensamiento Duro, el recuerdo de ella es su único consuelo…
 La Baraqah se interrumpió: fuera de la caverna se escuchaban  ruidos extraños, como pezuñas  arañando piedras.
 – Tengan cuidado – advirtió la Baraqah de Habib – puede ser Taqlid, el de pensamiento duro…
 Volvieron a escuchar los sonidos; Alemín caminó hacia allí
 – Ten cuidado, niño…
 Se asomó con precaución: en el lugar una luz violeta rompía la noche; a pocos pasos de la caverna,  una cabra pequeña, estaba atorada entre dos piedras. El niño caminó hacia ella con  intención de ayudarla, y Sari’ah lo siguió.
 – Ten cuidado…

Victor Wang - Tutt'Art@ (26)

 La noche se llenó de luces; cuando Alemín estiró la mano hacia el animal, vio que su rostro cambiaba  y se convertía en el de un hombre. Fue menos de un segundo, pero reconoció la frente amplísima, las mejillas hunidas y la mirada maligna del fantasma  que había matado a su ayo. Retrocedió de un salto y eso lo salvó: Taqlid, el de Pensamiento Duro, extendió su mano hacia él, pero la cerró en el aire.  Shari’ah lo tomó de un brazo y corrieron hacia la cueva. El fantasma los siguió; detrás suyo escucharon zumbidos de insectos enormes que le servían de séquito.
 –  Síganme – ordenó la Baraqah de Habib cuando llegaron a la caverna – conozco un atajo…
 – ¡Habib…! ¡Ven a liberarme del Infierno! ¡Me suicidé por ti…!
 La mujer había vuelto a hablar.
 – ¡Habib….!
 Sin saber por qué, Alemín corrió hacia el guijarro enorme.
 – ¡Alemín! ¿Dónde estás? – preguntó Shari’ah, mientras fuera de la caverna, los insectos que acompañaban a Taqlid emitían un sonido de trompetas.
 El niño  miró fijamente a la mujer, que devolvió su mirada: sus labios estaban contraídos y sus ojos brillaban.
 – Niño – murmuró – ven tú  a buscarme al Infierno y goza con mi belleza
 Alemín se limitó a negar con la cabeza; entonces la lengua de la mujer salió de su boca como si tuviera vida propia y llegó al rostro de Alemín, empapándolo con su saliva.
 – ¡Te maldigo niño! –  habló por lo bajo, con los dientes apretados – alguna vez recorrerás los oscuros senderos de la muerte y yo me ocuparé de que no puedas encontrar el calor de los vivos…
 Alemín vio que el guijarro se sostenía en el vacío; se acercó a él: le bastaba empujarlo con sus dos manos para que cayera; estaba por hacerlo, cuando  llegó el jeque Shari’ah.
 – ¡Alemín!, por fin te encuentro. Debemos irnos. Esto es peligroso.
 Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia el túnel lateral. Detrás de ellos Taqlid los buscaba iluminando la cueva con una potente luz. Alemín corrió detrás de  Shari’ah y de pronto, al volverse, vio una mano enorme, un brazo que se extendía a lo largo del túnel  y trataba de alcanzarlos. Aterrorizado, el niño redobló sus esfuerzos y escapó. Dieron varias vueltas, y la enorme mano quedó atrás. Finalmente a una señal de Habib se detuvieron. Todos jadeaban
 – Vayan hasta el final del túnel – ordenó la Baraqah de Habib – hay una salida que da a los establos de la nave: deben convocar a los Ghazal y encontrar a las Baraqahs condenadas.
 – Pero tú vendrás con nosotros…
 – No lo haré: seguiré en el reinado de Taqlid hasta que mi original esté a salvo… Ahora vayan. No se demoren más.
 En ese momento la luz de la mañana llenó el lugar: las paredes de la caverna eran trasparentes y el sol subió con rapidez  iluminando todo; Shari’ah y Alem{ín corrieron por el túnel, como perseguidos por el resplandor. El niño tenía pavor del fantasma asesino, y aquel brillo que atravesaba las piedras y la tierra los ponía en evidencia.  Shari’ah marchaba frente a sí; temía sentir en cualquier momento aquella mano enorme  cerrándose sobre su cuerpo.
 Llegó hasta ellos un vaho de excrementos de animales; el anciano se animó y caminaron unos pasos más: en ese lugar del túnel, la luz del sol tenía una textura casi sólida y una grieta oscura se abría en ella. Alemín se acercó y la agrandó con sus manos; cayeron algunos puñados de paja, y más allá,  un par de enormes gansos se detuvieron curiosos al escuchar los ruidos.
 Riendo, el niño y el anciano se arrojaron a los establos, mientras la salida de la realidad virtual se cerraba con un chisporroteo.

Victor Bregeda - Tutt'Art@ (15)

GOCHO VERSOLARI

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