Narrativa: Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Quinta parte

 Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Quinta parte

Gocho Versolari

 

Los Mosquitos Gigantes de Jordania me condujeron a esta selva: los árboles de aquí producen una liana resistente, mucho más fuerte que cualquier soga de la tierra. Cuando decidí matarme por tu ausencia, mi preocupación era que la cuerda no resistiera el peso de mi cuerpo, pero con estas lianas no hubiera tenido ese problema… (Bathna)

Despertó sobresaltado: el mar luminoso y magenta lo rodeaba por completo; otra vez la Baraqah de Ruhiyya se movía en su interior, sólo que ahora corría por su costado, llegaba a su cuello y la sintió rebotar en el tejido que recubría su oído.  Su voz resonó violentamente.
 – Habib sé que puedes escucharme. Como Baraqah de Ruhiyya, quien ha viajado al Infierno tratando de escapar  de la persecución de Faqahah y de su propio remordimiento, te afirmo que  no eres el primero que escapa con alguien de la comarca donde arde el fuego que no quema. Hace un tiempo incomensurable, vivía en Bagdad un matrimonio  feliz. En una época de penurias, el hombre robó y lo detuvieron. Lo condenaron a cortarle una mano; el juez y los verdugos sabían que era diabético y que luego de la ejecución inevitablemente moriría; su deceso ocurrió poco tiempo después y Allah lo recluyó en el occidente del Infierno, en las cercanías del mar caliente y fangoso.
 Su viuda, inconsolable, concurría a una cofradía de mujeres que disponían el poder de los misterios de los insectos nocturnos más raros y poderosos. Durante las noches se reunían en cavernas aisladas del pueblo, se untaban el cuerpo con beleño y otras hierbas alucinógenas. Las ensoñaciones que se producían las llevaban a las profundidades del Infierno donde dialogaban con los condenados y algunas hasta tenían sexo con ellos.
 En medio de perfumes de almizcle, mirra, azufre y salvia, la viuda fue inciada en la cofradía y al poco tiempo la presentaron a la noche nocturna de los escarabajos Khorasan, blancos, de alas moteadas, que se aliimentan de las visiones femeninas y debió mostrarse frente a ellos completamente desnuda; su cuerpo fue cubierto por una pomada de olor desagradable, pero que atraía a los escarabajos. Poco a poco se apoyaron sobre su piel y chuparon la crema mezclándola con su saliva viscosa  y brillante. La mujer cayó en trance y con la ayuda de sus hermanas de cofradía, inició las etapas del viaje que la llevaría a encontrarse con su marido.
 En principio debió pasar por las cercanías de Allah, quien estaba ocupado en la arquitectura del cosmos y no la vio navegando por el espacio, desnuda, con los cabellos al aire y  expresión de locura. Luego de recorrer numerosas constelaciones, estrellas y astros, llegó al planeta Infierno
 Al principio la mujer no sabía por dónde buscar, hasta que encontró un túmulo de piedras solitarias; como ser vivo podía ver cosas que permanecen ocultas para quienes llegan al Infierno después de haber muerto. Por eso supo que las piedras recubrían hombres retorcidos sobre sí mismos, sometidos a terribles sufrimientos. Uno de ellos era su marido; lo reconoció porque en el Infierno estaba sin la mano que le habían cortado. En su Cofradía, esta mujer supo algo que tú ignorabas, y es que cuando alguien vivo llega al Infierno, puede irse del mismo con uno y sólo uno de sus habitantes. Es la recompensa por el enorme sacrificio de haber llegado a su superficie. Además, los vivos que acceden al Infierno, pueden conocer a Kamil, el hombre perfecto y sólo les basta seguir su niebla púrpura para escapar.
 – Te pregunto Ruhiyya: ¿qué pasó con esa mujer?
 – Desde entonces vive en el Gahíb, en una isla ubicada en medio del Barzaqh. Durante las noches fabrica con hebras de luz una mano para su marido que le coloca al amanecer y él vuelve a perder hacia la tarde. Corre una versión que ya roza la leyenda, y es que la mujer goza las caricias de esa mano fantasmal más que si fuera de carne y hueso…
 En ese momento Habib tuvo un sobresalto y se volvió a su pierna: Bathna ya no estaba, a pesar de que seguía sintiendo en el muslo sus manos apretadas. Observó a su alrededor y no la vio; lo rodeaban formaciones rocosas que parecían despedir luces propias; más allá se levantaban sombras que podrían ser piedras, plantas o animales. Mi original intentó pararse, pero la pierna no lo sostuvo y a duras penas pudo incorporarse y avanzar apoyado en el improvisado bastón.
 – ¿Qué pasa, Habib? – preguntó la Baraqah de Ruhiyya
 -Bathna se ha ido.
 – Por fin ha soltado tu pierna
 – Sí, pero no sé dónde está, y mi misión no era sólo sacarla del Infierno, sino protegerla…
 – No te puedo ayudar: siento  vértigo en mis entrañas y sé que es la locura de las Baraqahs que regresa y me posee…
 Dicho esto, la réplica de Ruhiyya, el Verdugo Blanco, saltó dentro de la cabeza de Habib, se precipitó por su vientre con un dolor destellante y se detuvo después de aterrizar en su estómago con un golpe
 Mi original caminó; a cada paso frotaba su pierna para que la sangre circulara; no sabía dónde dirigirse y pensó con dolor lo poco que conocía a aquella Bathna; qué diferente era de la candorosa y tímida joven, de su enamorada en Azerbaiján; ignoraba sus tendencias y deseos después de su suicidio y de aquella temporada en el Infierno.
 A medida que caminaba, mi original vio en la superficie del astro enormes grietas al fondo de las cuales se advertían mares de fuego; sintió terror al pensar que Bathna podría haber caído por allí y la llamó a gritos; un extraño eco repitió sus palabras seguidas de un fuerte y agudo silbido.
Siempre arrastrando su pierna, caminó sin sentido; tres veces cayó al suelo, sobre el  polvo cósmico que recubría el planeta. Finalmente, del horizonte emergieron tres soles iluminando todo con una luz azulada: piedras, plantas, paisaje, parecieron emerger de un cofre de hielo.
 Habib descubrió frente a sí una selva espesa donde los árboles crecían unos junto al otro, formando un tejido abigarrado. La inflamación en su pierna había cedido, y cuando llegó a la entrada de la selva pudo dejar su bastón. Aquello lo animó y volvió a llamar a Bathna a los gritos. Avanzó entre árboles retorcidos que parecían inclinarse hacia él; por las espesas copas apenas entraba la luz gélida de los soles. De pronto se detuvo: desde la fronda llegaba el canto de Bathna, agudo y dulce. Se abrió paso entre el follaje y llegó a un claro donde corría un ancho arroyo. En la otra orilla estaba su prometida con una cuerda en sus manos. Una noche portátil vibraba encima de su cabeza e insectos dorados danzaban a su alrededor.
 Al verlo se detuvo un momento, lo miró con indiferencia y siguió cantando; Habib no asoció la belleza de su voz con su aspecto: estaba desnuda: uno de sus senos llegaba hasta más abajo del ombligo mientras que el otro  apenas se sugería. Sus cabellos caían como paja alrededor de su cabeza, su rostro y su vientre estaban hinchados, sus labios agrietados, llenos de sangre y había perdido dos dientes. Su voz, en cambio, parecía vivir por sí misma; llenaba las entrañas de mi original como un líquido caliente y lo atraía hacia ella
 Habib vadeó el arroyo; la mujer, apoyada contra un enorme árbol similar a un baobab, seguía trenzando la cuerda, sin apuro. Al acercarse, mi original sintió un fuerte olor como el de un cadáver de varios días.Llegó junto  a ella y se arrodilló a sus pies.
 – Amada, ya no estamos en el infierno, te pido que lo tengas en cuenta; que no temas a la felicidad que te ofrezco en nuestra vida juntos…

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 Bathna dejó de cantar y se volvió hacia él: sus ojos parecían mirar a través suyo algún punto del cielo negro o de los soles helados. Finalmente habló con voz ronca, irreconocible, como si alguien murmurara las palabras desde el fondo de su garganta.
 Reconfortadme con una copa de vino y dad a mi piel, color de ámbar, el color del rubí; lavad con vino mi cuerpo inerte y haced con las maderas de la viña las tapas de mi féretro…
 El olor dulzón a cadáver, aumentó por momentos; a pesar de esto, Habib se acercó a ella y acarició su rostro: la textura de su piel era rugosa, pero al tacto se sentía suave como la seda.
 – ¿Qué haces amada?
 – Los Mosquitos Gigantes de Jordania me condujeron a esta selva: los árboles de aquí producen una liana resistente, mucho más fuerte que cualquier soga de la tierra. Cuando decidí matarme por tu ausencia, mi preocupación era que la cuerda no resistiera el peso de mi cuerpo, pero con estas lianas no hubiera tenido ese problema…
 – Amada te vuelvo a pedir perdón una vez más. Olvida el pasado. Tenemos la posibilidad de vivir otra vida; esta selva nos puede procurar todo lo que necesitamos.
 Se acercó a ella y la besó en los labios mientras sus manos recorrieron su cuerpo desnudo. Bathna se dejó abrazar y acariciar. Habib no pudo dejar de pensar en lo que había visto en el planeta Infierno: ella bajo el cuerpo de Ruhiyya, sus manos clavándose en la espalda del hombre y el gemido involuntario que le había arrancado.
 La apoyó en los pastos altos y tibios del planeta, se acostó sobre ella y abrió sus piernas; tuvo la visión de que uno de los soles helados se escurría por su sexo y al penetrarla, su miembro invadió una llanura cubierta de nieve. Ella no se movió. Lo miró fijamente con una sonrisa incierta y burlona. Habib sintió su orgasmo y advirtió que Bathna lanzaba un suspiro de alivio.
 – Me has hecho feliz – dijo con voz monótona –  Soy feliz ahora junto a ti y lo seré por toda la eternidad.
 Se apresuró a apartarse y volvió a cantar arrodillada junto al enorme árbol mientras seguía trenzando la cuerda. Su voz cambió de melodía: ahora entonaba una balada con notas muy largas que parecieron llegar al pecho de Habib. De la música surgió un sopor inesperado, y aunque mi original pretendió mantener su vigilia, se durmió profundamente.
 Se despertó  alarmado: los soles que iluminaban el asteroide habían girado: debía ser de tarde; encima de Habib volaba una avispa dorada que se recortaba brillante contra el cielo negro:  era de la especie Chudja, cuya característica es brindar  noticias importantes y alimentarse del asombro de quien las recibe. Mi original se sentó en el colchón de ramas y miró a su alrededor. Bathna no estaba, y el insecto iba y venía señalando la fronda, como indicándole que lo siguiera. Lo hizo: el bosque era más grande de lo que suponía y caminó por puentes naturales; un sistema de arroyos se hundían y emergían entre las rocas
 Llegó a un claro: Bathna colgaba de un enorme árbol, sostenida de su cuello por la cuerda que había estado trenzando. Su cuerpo giraba a un lado y al otro movido por la brisa. Con un grito, Habib subió al árbol, desató con dificultad el nudo que la sujetaba y bajó su cuerpo, todavía tibio. Su cuello apenas mostraba una línea roja y un leve hematoma. Sus cabellos eran otra vez largos, sedosos, rizados, como los conociera en la tierra: Sus pechos  proporcionados y bellos y sus caderas bien formadas. Habib la acarició con pasión y dolor; se inclinó sobre ella: sus ojos estaban cerrados y su expresión era de paz. Acercó su boca y la besó suavemente: tenía la esperanza de recoger algún soplo, alguna señal que indicara que había vuelto a la vida.
 Permaneció abrazado al cadáver, sin moverse, tratando de animarlo con su calor, pero fue inútil. Cuando cayó la noche,  estaba helada y rígida. Un ruido súbito frente a Habib lo hizo levantar la cabeza: la Baraqah del verdugo había escapado  de su interior y lo miraba desde un tronco; mi original se apartó del cuerpo y Ruhiyya saltó a su hombro para hablar cerca de su oído.
 – Habib, mi locura se ha replegado como la marea de un mar furioso y puedo decirte frente al cadáver de tu amada Bathna que su gesto se repite desde tiempos inmemoriales: colgarse hasta morir, llegar al Infierno y desde allí buscar un hombre que la rescate. Si no la hubieras abandonado la noche de la boda, ella hubiera muerto del mismo modo con cualquier pretexto. Su espíritu vaga por el cosmos, enamorado de las sogas, de las vigas y de todo insecto nocturno que  hable a su oído de las bondades de la muerte. Habib, amigo, no es frecuente lo que te voy a anunciar: cuando un original confía su Baraqah a alguien, ella debe permanecer en ese estómago el tiempo que sea necesario. Pero no puedo condenarte a mi locura, y debo irme ahora que la misma no invade mi corazón.
 Les confieso, anciano Shari’ah, querido niño, que este anuncio de la Baraqah de Ruhiyya  produjo en Habib una sensación de alivio; sentía pena por no haber cumplido con el encargo del Verdugo Blanco de mantenerla, pero de algún modo, aquella confesión lo liberaba de Bathna: el remordimiento por su muerte había desaparecido, y la brisa del planeta llenaba sus pulmones con plenitud.
Las luciérnagas se ocultaron en la noche portátil que giró con rapidez y desapareció en la penumbra. A lo lejos, las llamas se agitaron con un fuerte viento que llegó del sur del planeta. Un intenso olor a sangre podrida llegó del mar fangoso. Con lentitud caminaron en la oscuridad, recorriendo senderos que se bifurcaban; Bathna parecía pesar cada vez más, y a pesar del frío de la noche del Infierno, Habib traspiraba. La mujer se sostuvo de su cuello y sus ojos sin brillo no dejaban de mirarlo, parpadeando de vez en cuando. En dos oportunidades, Habib tuvo que hacer equilibrio para evitar que ambos cayeran sobre la tierra cuarteada, llena de arbustos reptantes y rocas puntiagudas.
 – Amado mio – dijo Bathna – has venido a sacarme del pozo de las sombras para llevarme a un mundo donde brille la luz y ambos podamos ser felices. Todo este tiempo esperé por ti; te fui fiel y evité a todos aquellos que querían aprovecharse de mi cuerpo virginal. A cada uno lo rechazaba diciéndole No, no y no: pertenezco a Habib al-Masgid, el que se Postra; él vendrá a rescatarme y me llevará consigo para que goce del calor de los vivos…
 Habib se mordió los labios; no podía quitar de su cabeza las blancas nalgas de Ruhiyya moviéndose brutalmente sobre ella. Bathna siguió hablando.
 – ….un par de alondras se aman en un árbol paradas sobre una gruesa rama; sus picos se unen una y otra vez: somos tú y yo mi amado, nuestras lágrimas de gozo caerán a la tierra como gruesas perlas y creceran arbustos que en vez de frutos tendrán rubíes y brillantes…
 El tono de Bathna era  plañidero y tenía un dejo irónico. Alrededor de ellos, el olor a azufre aumentó y las llamas amarillas del horizonte crecieron. Estaban por llegar a la zona de los líquenes cuando Habib se detuvo: en su estómago, la Baraqah había vuelto a saltar; le pareció que gritaba, ya que junto con el rumor de sus jugos escuchó el timbre vago de una voz humana.

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 Mi  original se sintió aliviado cuando vio frente a sí los pantanos sembrados de líquenes grises y blancos; apoyó a Bathna sobre un lecho de ortigas: las únicas plantas que crecían en aquel lugar.
 – …ahora que estoy contigo no me asustan los caminos de la muerte. Tú me darás la vida y yo te perteneceré. Nuestro amor tendrá la fortaleza de una torre; tendremos hijos y nietos que se ocuparán de acicalar nuestras canas…
En el trayecto, Bathna había engordado aún más y en su cuello se formaban estrías que se abrían supurando un líquido amarillo. Habib le pidió que esperara y caminó hacia el sur, sabiendo que allí crecían los líquenes de mejor calidad. Recogió varios y volvió a Bathna que seguía con sus promesas de amor.
 –  …una vez más te perdono lo de la noche de nuestra boda; tu llegada al Infierno ha borrado todas tus faltas; quien nos vea de ahora en más, dirá: estos dos amantes parecen un par de recién nacidos… En las palmas de nuestras manos se borrarán todas las líneas y ningún augur podrá leer en ellas el futuro. Trazaremos nuevos y gloriosos caminos dictados por nuestro amor….
 Bathna levantó su propia mano derecha: la palma estaba surcada por profundas líneas; algunas  despedían gotas de sangre. Habib comió varios líquenes; la Baraqah de Ruhiyya aquietó sus movimientos hasta detenerse. Tomó un puñado, armó un emplasto  y lo aplicó sobre la herida del rostro de Bathna.
 – …las estrellas envidiarán nuestro amor y brillarán con más intensidad para atemperar el resplandor de nuestras almas que pasearán unidas por los blancos caminos del espacio…
 Pasó cerca de una hora; Habib intentó conciliar el sueño, pero la voz chillona de  Bathna seguía describiendo el futuro venturoso de ambos. Estaba por dormirse cuando un sonido y un dolor súbitos en el estómago  anunciaron que la Baraqah  volvía a hacer estragos: ahora el ruido era claramente audible: parecía serruchar algo y por momentos se arrojaba contra las paredes del  estómago golpeándolas como a parches de tambor. Habib tomó otro puñado de líquenes, los tragó y todo cesó de inmediato
 Bathna calló; mi original quitó de su cara el emplasto: la herida había curado  dejando una gruesa cicatriz. La mujer jadeó con la boca abierta y por un momento su rostro pareció el de un perro; Habib vio sus pechos debajo del vestido y no pudo resistir tocarlos, no por afán erótico, sino para palpar su deformidad.
 Los  ojos de Bathna volvieron a mirarlo con fijeza y una de sus manos acarició su cara; Habib recordó la ternura de su  juventud cuando la amaba; supo que  no lo miraba a él, sino que estaba perdida en sus imágenes interiores; que sus recuerdos y  visiones la llevaban a un pueblo de fantasmas. Volvió a tomarla en  brazos y esta vez le pareció más liviana.
 Caminaron hacia un grupo de palmeras que se destacaban contra las estrellas. Habib la apoyó delicadamente en el piso, se acercó a las plantas y recogió trozos de corteza y ramas con los que improvisó un par de literas. Cuando estuvo junto a Bathna, ella acarició su pecho y su mano bajó por su vientre.Hacía tiempo que mi original no tenía relaciones con mujeres y se sintió tentado a amar a Bathna, pero se contuvo: haber llegado hasta allí y salvarla del infierno, era una deuda que debía pagar. Bathna no despertaba amor en él, pero pensó que si estaban juntos mucho tiempo, el afecto crecería entre ellos como una planta delicada.
 Habib se acostó junto a ella y se durmió; como todos los sueños del Infierno, aquel también fue húmedo, tibio, oprimente. Las llamas que no quemaban, se agruparon a su alrededor y tomaron formas de mujeres burlonas, mirándolo y susurrando entre ellas. De pronto el calor creció y un fogonazo se prendió en su estómago atravesándolo de lado a lado.
 Despertó asustado: otra vez lo torturaba la Baraqah de Ruhiyya. Pateaba su estómago, trepaba sosteniéndose con las uñas y se insertaba dolorosamente en su ombligo. Bathna dormía a su lado y si bien sintió ganas de gritar por el dolor insoportable, se contuvo y se arrojó sobre los líquenes comiéndolos de a puñados, pero esta vez no lo aliviaron;  el dolor iba y venía, formando olas dentro de su vientre. No pudo más y lanzó un grito agudo.
 Bathna despertó: durante unos momentos miró a Habib que se retorcía, sudando, apretándose el estómago.
 – Mi amado, está bien que sufras; debes hacerlo para expiar la angustia espantosa que me produjiste allá  en la Tierra. Además el Infierno es un lugar de sufrimiento, y debes vivirlo si has venido a él.
 Habib volvió a gritar: la Baraqah parecía arrancarle las entrañas; traspiraba como loco y se quitó la gandura; desnudo advirtió que su ombligo, su estómago y su pubis brillaban intermitentemente con una fosforescencia rojiza. Cuando estuvo a punto de desmayarse por el dolor, su vientre estalló.
 La Baraqah de Habib se detuvo; sus ojos estaban fijos en un punto frente a sí y el sudor caía por su frente. Terminó de beber su té ya frío. Recordar  aquello le producía el mismo sufrimiento que a su original.
 –  ¿Dices que estalló su vientre y no murió? – preguntó el niño
 – Así es, Alemín. Es difícil de entender para alguien que no ha estado en el Infierno, pero allí es muy frecuente que se abran partes de tu cuerpo y que tus entrañas salgan en tropel;  como si tu ser sufriera en vida la descomposición de la muerte. Hay certámenes en que los condenados acumulan pensamientos terribles: los miedos y odios más espantosos; el resultado es que sus cabezas se separan  de sus cuellos y saltan con estrépito hacia arriba. Compiten sobre quién llega más lejos al decapitarse. Por eso a Habib no le resultó extraño ver sus entrañas brillar y vibrar, mientras la Baraqah de Ruhiyya huía jubilosamente de su estómago roto, arrastrándolo desde un trozo de intestino.
 Bathna lo sostuvo de la pierna, y también fue llevada por el aire hacia el mar fangoso y sangriento. LaBaraqah del verdugo volaba conduciéndolos y  gritando de alegría, mientras tironeaba  las tripas de Habib. Eran una exhalación sobre las aguas, un relámpago que se había desplegado por encima de la superficie, y el intestino de mi original, brillaba en el cielo del Infierno como un largo cordón plateado.
 De pronto, un par de noches portátiles estallaron junto a ellos y un enjambre de escarabajos enormes, charolados, se tendieron sobre la Baraqah que se internaba aguas adentro. Cuando se separaron, la réplica de Ruhiyya tenía un  par de alas doradas y enormes, más grandes que su cuerpo. Las agitó, gritó algo incomprensible, ganó altura y se alejó del planeta; Habib gritaba sostenido de su intestino, y sintiendo en su muslo las manos de Bathna como un par de tenazas.
  Rápidamente, Ruhiyya llegó a las partes superiores de la atmósfera del Infierno, y desde allí vieron extenderse las llamas que no queman, formando siluetas de hombres y mujeres desnudos,  sentados, acostados o copulando. Más allá se extendía la tierra de las serpientes, iluminada por la luz fantasmagórica que llegaba de los ojos de los ofidios, y en medio de ella se abría un agujero oscuro: el pantano donde descansaban los lotos negros.
Durante el vuelo, las manos de Bathna se cerraban cada vez más en la pierna de Habib, como un aro incandescente, cortando su circulación. En tanto, la Baraqah  volaba aullando y dirigiéndose a un punto desconocido. Súbitamente los rodeó una niebla púrpura: el vuelo vertiginoso pareció retardarse y los oídos de mi original se agudizaron. Se sobresaltó al sentir la voz de la Baraqah junto a él, a pesar del zumbido del viento.
 – Somos el profeta Mohamed, cuando fue arrebatado a los cielos junto con su mula en la noche misteriosa, donde el Altísimo echó un velo sobre el tiempo. ¡Por la noche cuando está oscura y por el día cuando hay luz y por la creación de macho y hembra! Noche en la que todo y nada ocurre. Noche en la que El gasta sus riquezas para hacerse más puro y no para que sus beneficios le sean remunerados sino por el solo deseo de obtener miradas de Allah, el sublime. Noche en la que el tiempo gasta sus engranajes y desaparece engullido en las fauces de la divinidad….

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 La niebla púrpura creció y Habib advirtió  que tenía forma humana; no podía verla con sus ojos debido a su tamaño, pero la intuía…
 – Kamil, el Señor de los Hombres – interrumpió Alemín que seguía atento el relato.
 – En efecto, niño, estaban en Kamil, volando por su columna vertebral.  Desde él, mi original pudo ver hacia abajo el planeta tal como se había presentado el día en que estuvo a punto de morir postrado frente al Sultán Hijab, el Velo sobre su Faz: un óvalo de fuego, con sus extremos oscuros, dejando en el centro un rombo flamígero.
 A pesar de lo temible e incierto de la situación, una enorme paz invadió a Habib cuando se internaron en el Hombre Universal: como si a través de él purificara  todo lo que había vivido en el Infiernno.
 Alemín asintió entusiasmado
 – Debes conocer la leyenda, niño:  en Kamil se ve toda la realidad como en un espejo y a su vez  todo  tiene su réplica en él; hasta puedes ir a otro universo, eligiendo el punto que quieras en la carne del hombre púrpura, sólo que donde vayas encontrarás las cosas invertidas como en un espejo.
 – Si, conozco ese efecto. También sé que si encuentras tu réplica en Kamil y la miras a los ojos morirás pronto.
– Lo cierto es que a medida que la niebla púrpura aumentaba, la Baraqah de Ruhiyya, el Verdugo Blanco, fue disminuyendo su marcha, hasta detenerse por completo, quedando suspendida en el espacio púrpura con un leve bamboleo; Los ojos de Habib se movieron con rapidez, buscando en Kamil un lugar donde descender con su amada Bathna; su muslo parecía desgarrarse con las manos de la mujer cerradas fuertemente sobre él. De pronto escuchó su voz.
 – Habib, prometido mío, sigue el camino de la Baraqah centellante, sigue el camino de la luz, que viviremos juntos por toda la eternidad. Tendrás una mujer que ha conocido los suplicios del infierno y por lo tanto será capaz de darte las mieles de la vida…
 Un zumbido creciente ahogó las palabras de Bathna: Ruhiyya avanzó rápidamente al corazón de Kamil: la luz de los astros parecía envuelta en un filtro púrpura. El aire que respiraban era una mezcla de cinabrio y oxígeno; el zumbido era insoportable. En ese momento, la Baraqah  soltó los intestinos de Habib que se plegaron sobre sí mismos como un resorte y se acomodaron en su vientre. Se acercó a mi original, y lo miró a los ojos. Dijo algo haciendo ademanes ampulosos, pero Habib no lo escuchó; señalaba un asteroide rodeado de un halo luminoso cerca de la yugular de Kamil.
Habib tuvo que llegar hasta allí remando en la sustancia púrpura, mientras la Baraqah con su par de alas volaba junto a él gritando y haciendo muecas espantosas. Mi original intuía la imagen de Kamil, inclinado sobre él, mirándolo con expresión irónica. Llegaron al asteroide: el halo era una pequeña atmósfera formada por oxígeno y gases raros de sabor  picante; Habib se alivió al sentir bajo sus pies una superficie firme, pero Bathna seguía aferrada con desesperación a su pierna; para caminar debía arrastrarla.
 La Baraqah de Ruhiyya saltó y gritó aún más frente a Habib: abría la boca en todo su ancho, pero la niebla púrpura era como un colchón que amortiguaba los sonidos, y hasta él llegaba apenas un murmullo. La tomó en el aire;  el pequeño ser se debatió y clavó sus dientes en el dorso de su mano; estuvo a punto de soltarla, pero pudo acercarla a su oído.
 – ¡Infeliz…! – gritó Ruhiyya –  ¡Estás afuera del infierno…! !Mátala y huye! ¡Ella será tu perdición si la dejas con vida…!
 Volvió a morderlo, ésta vez con más fuerza, y  debió soltarla; luego, con un salto acrobático, entró por el agujero que permanecía abierto encima de su ombligo. Apenas lo hizo, Kamil inclinó su dedo índice; una nube púrpura se liberó de su yema y bañó el final del esternón de Habib, suturando el agujero y dejando la piel como antes. Mi original se crispó esperando que volviera a saltar, pero la Baraqah quedó inmóvil. Se volvió hacia Bathna:  tendida en el suelo con la cabeza levantada hacia él y los ojos enormes, suplicantes.
 – Amada, estamos a salvo; por fin salimos del Infierno…
 Las manos de la mujer apretaban su pierna cada vez más. Habib Hizo un esfuerzo para liberarse, pero fue inútil.
 – Te lo repito: estás a salvo, puedes soltarme…
 Se inclinó sobre ella, tomó sus brazos y trató de separarlos, pero no pudo:  sus dedos estaban blancos, sosteniendo  el muslo derecho.
 – Amada, cumplí con lo que me pediste, te saqué del Infierno, ahora debemos levantarnos, conocer el lugar al que  llegamos y por fin vivir juntos nuestro amor…
 Ella no dejó de mirarlo y siguió sujetándose con sus manos. Habib sintió que al intentar separarlas, uno de sus huesos crujía; temió romperlo y se sentó. Reflexionó: levantó su gandura: las manos de Bathna estaban entre su rodilla y su ingle; la parte superior de su pierna estaba blanca y la inferior roja. El dolor era insoportable. Se sobresaltó al sentir algo en su estómago: por un momento pensó que la Baraqah de Ruhiyya había vuelto a saltar, pero reconoció los ruidos del hambre: hacía horas que, tanto él como Bathna, no comían nada. Esperó unos momentos: una brisa agitaba levemente el cabello de su novia: aquel era el único movimiento; sus ojos fijos en él no parpadeaban. Intentó levantarse: Allí Bathna era más liviana y podía avanzar arrastrándola
 El asteroide estaba apenas iluminado por tres estrellas enormes con forma de triángulos que brillaban en el cielo negro; giraban constantemente; a veces se acercaban y otras se alejaban, llenando el lugar con una luz suave y firme.

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GOCHO VERSOLARI

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