Narrativa: Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Cuarta parte

Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Cuarta parte

Gocho Versolari

 

Habib Al Masgid, el que se postra, abandonó años atrás a su amada Bathna el día del matrimonio. La mujer se suicidó y marchó al infierno. Ahora, Habib, un oficial a bordo de la nave de los derviches que recorre el espacio, se encuentra frente al planeta Infierno. Allí desciende y descubre a Bathna su amada, teniendo la intención de llevarla consigo. Considera que ese descenso al infierno es una forma de redención y que todo volverá a ser como antes. ¿Será cómo el piensa? ¿Es esta mujer, Bathna, la joven que él conociera en la tierra? ¿Podrá haber redención y triunfará el amor?
Las luciérnagas se ocultaron en la noche portátil que giró con rapidez y desapareció en la penumbra. A lo lejos, las llamas se agitaron con un fuerte viento que llegó del sur del planeta. Un intenso olor a sangre podrida llegó del mar fangoso. Con lentitud caminaron en la oscuridad, recorriendo senderos que se bifurcaban; Bathna parecía pesar cada vez más, y a pesar del frío de la noche del Infierno, Habib traspiraba. La mujer se sostuvo de su cuello y sus ojos sin brillo no dejaban de mirarlo, parpadeando de vez en cuando. En dos oportunidades, Habib tuvo que hacer equilibrio para evitar que ambos cayeran sobre la tierra cuarteada, llena de arbustos reptantes y rocas puntiagudas.
 – Amado mio – dijo Bathna – has venido a sacarme del pozo de las sombras para llevarme a un mundo donde brille la luz y ambos podamos ser felices. Todo este tiempo esperé por ti; te fui fiel y evité a todos aquellos que querían aprovecharse de mi cuerpo virginal. A cada uno lo rechazaba diciéndole No, no y no: pertenezco a Habib al-Masgid, el que se Postra; él vendrá a rescatarme y me llevará consigo para que goce del calor de los vivos…
 Habib se mordió los labios; no podía quitar de su cabeza las blancas nalgas de Ruhiyya moviéndose brutalmente sobre ella. Bathna siguió hablando.
 – ….un par de alondras se aman en un árbol paradas sobre una gruesa rama; sus picos se unen una y otra vez: somos tú y yo mi amado, nuestras lágrimas de gozo caerán a la tierra como gruesas perlas y creceran arbustos que en vez de frutos tendrán rubíes y brillantes…
 El tono de Bathna era  plañidero y tenía un dejo irónico. Alrededor de ellos, el olor a azufre aumentó y las llamas amarillas del horizonte crecieron. Estaban por llegar a la zona de los líquenes cuando Habib se detuvo: en su estómago, la Baraqah había vuelto a saltar; le pareció que gritaba, ya que junto con el rumor de sus jugos escuchó el timbre vago de una voz humana.
 Mi  original se sintió aliviado cuando vio frente a sí los pantanos sembrados de líquenes grises y blancos; apoyó a Bathna sobre un lecho de ortigas: las únicas plantas que crecían en aquel lugar.
 – …ahora que estoy contigo no me asustan los caminos de la muerte. Tú me darás la vida y yo te perteneceré. Nuestro amor tendrá la fortaleza de una torre; tendremos hijos y nietos que se ocuparán de acicalar nuestras canas…
 En el trayecto, Bathna había engordado aún más y en su cuello se formaban estrías que se abrían supurando un líquido amarillo. Habib le pidió que esperara y caminó hacia el sur, sabiendo que allí crecían los líquenes de mejor calidad. Recogió varios y volvió a Bathna que seguía con sus promesas de amor.
 –  …una vez más te perdono lo de la noche de nuestra boda; tu llegada al Infierno ha borrado todas tus faltas; quien nos vea de ahora en más, dirá: estos dos amantes parecen un par de recién nacidos… En las palmas de nuestras manos se borrarán todas las arrugas y ningún augur podrá leer en ellas el futuro. Trazaremos nuevos y gloriosos caminos dictados por nuestro amor….
 Bathna levantó su propia mano derecha: la palma estaba surcada por profundas líneas; algunas  despedían gotas de sangre. Habib comió varios líquenes; la Baraqah de Ruhiyya aquietó sus movimientos hasta detenerse. Tomó un puñado, armó un emplasto  y lo aplicó sobre la herida del rostro de Bathna.
 – …las estrellas envidiarán nuestro amor y brillarán con más intensidad para atemperar el resplandor de nuestras almas que pasearán unidas por los blancos caminos del espacio…
Pasó cerca de una hora; Habib intentó conciliar el sueño, pero la voz chillona de  Bathna seguía describiendo el futuro venturoso de ambos. Estaba por dormirse cuando un sonido y un dolor súbitos en el estómago  anunciaron que la Baraqah  volvía a hacer estragos: ahora el ruido era claramente audible: parecía serruchar algo y por momentos se arrojaba contra las paredes del  estómago golpeándolas como a parches de tambor. Habib tomó otro puñado de líquenes, los tragó y todo cesó de inmediato
 Bathna calló; mi original quitó de su cara el emplasto: la herida había curado  dejando una gruesa cicatriz. La mujer jadeó con la boca abierta y por un momento su rostro pareció el de un perro; Habib vio sus pechos debajo del vestido y no pudo resistir tocarlos, no por afán erótico, sino para palpar su deformidad.
 Los  ojos de Bathna volvieron a mirarlo con fijeza y una de sus manos acarició su cara; Habib recordó la ternura de su  juventud cuando la amaba; supo que  no lo miraba a él, sino que estaba perdida en sus imágenes interiores; que sus recuerdos y  visiones la llevaban a un pueblo de fantasmas. Volvió a tomarla en  brazos y esta vez le pareció más liviana.
 Caminaron hacia un grupo de palmeras que se destacaban contra las estrellas. Habib la apoyó delicadamente en el piso, se acercó a las plantas y recogió trozos de corteza y ramas con los que improvisó un par de literas. Cuando estuvo junto a Bathna, ella acarició su pecho y su mano bajó por su vientre.Hacía tiempo que mi original no tenía relaciones con mujeres y se sintió tentado a amar a Bathna, pero se contuvo: haber llegado hasta allí y salvarla del infierno, era una deuda que debía pagar. Bathna no despertaba amor en él, pero pensó que si estaban juntos mucho tiempo, el afecto crecería entre ellos como una planta delicada.
 Habib se acostó junto a ella y se durmió; como todos los sueños del Infierno, aquel también fue húmedo, tibio, oprimente. Las llamas que no quemaban, se agruparon a su alrededor y tomaron formas de mujeres burlonas, mirándolo y susurrando entre ellas. De pronto el calor creció y un fogonazo se prendió en su estómago atravesándolo de lado a lado.
 Despertó asustado: otra vez lo torturaba la Baraqah de Ruhiyya. Pateaba su estómago, trepaba sosteniéndose con las uñas y se insertaba dolorosamente en su ombligo. Bathna dormía a su lado y si bien sintió ganas de gritar por el dolor insoportable, se contuvo y se arrojó sobre los líquenes comiéndolos de a puñados, pero esta vez no lo aliviaron;  el dolor iba y venía, formando olas dentro de su vientre. No pudo más y lanzó un grito agudo.
 Bathna despertó: durante unos momentos miró a Habib que se retorcía, sudando, apretándose el estómago.
 – Mi amado, está bien que sufras; debes hacerlo para expiar la angustia espantosa que me produjiste allá  en la Tierra. Además el Infierno es un lugar de sufrimiento, y debes vivirlo si has venido a él.
 Habib volvió a gritar: la Baraqah parecía arrancarle las entrañas; traspiraba como loco y se quitó la gandura; desnudo advirtió que su ombligo, su estómago y su pubis brillaban intermitentemente con una fosforescencia rojiza. Cuando estuvo a punto de desmayarse por el dolor, su vientre estalló.
 La Baraqah de Habib se detuvo; sus ojos estaban fijos en un punto frente a sí y el sudor caía por su frente. Terminó de beber su té ya frío. Recordar  aquello le producía el mismo sufrimiento que a su original.
 –  ¿Dices que estalló su vientre y no murió? – preguntó el niño

Oskar Kokoschka - Tutt'Art@ 30.png

 – Así es, Alemín. Es difícil de entender para alguien que no ha estado en el Infierno, pero allí es muy frecuente que se abran partes de tu cuerpo y que tus entrañas salgan en tropel;  como si tu ser sufriera en vida la descomposición de la muerte. Hay certámenes en que los condenados acumulan pensamientos terribles: los miedos y odios más espantosos; el resultado es que sus cabezas se separan  de sus cuellos y saltan con estrépito hacia arriba. Compiten sobre quién llega más lejos al decapitarse. Por eso a Habib no le resultó extraño ver sus entrañas brillar y vibrar, mientras la Baraqah de Ruhiyya huía jubilosamente de su estómago roto, arrastrándolo desde un trozo de intestino.
 Bathna lo sostuvo de la pierna, y también fue llevada por el aire hacia el mar fangoso y sangriento. LaBaraqah del verdugo volaba conduciéndolos y  gritando de alegría, mientras tironeaba  las tripas de Habib. Eran una exhalación sobre las aguas, un relámpago que se había desplegado por encima de la superficie, y el intestino de mi original, brillaba en el cielo del Infierno como un largo cordón plateado.
 De pronto, un par de noches portátiles estallaron junto a ellos y un enjambre de escarabajos enormes, charolados, se tendieron sobre la Baraqah que se internaba aguas adentro. Cuando se separaron, la réplica de Ruhiyya tenía un  par de alas doradas y enormes, más grandes que su cuerpo. Las agitó, gritó algo incomprensible, ganó altura y se alejó del planeta; Habib gritaba sostenido de su intestino, y sintiendo en su muslo las manos de Bathna como un par de tenazas.
 Rápidamente, Ruhiyya llegó a las partes superiores de la atmósfera del Infierno, y desde allí vieron extenderse las llamas que no queman, formando siluetas de hombres y mujeres desnudos,  sentados, acostados o copulando. Más allá se extendía la tierra de las serpientes, iluminada por la luz fantasmagórica que llegaba de los ojos de los ofidios, y en medio de ella se abría un agujero oscuro: el pantano donde descansaban los lotos negros.
 Durante el vuelo, las manos de Bathna se cerraban cada vez más en la pierna de Habib, como un aro incandescente, cortando su circulación. En tanto, la Baraqah  volaba aullando y dirigiéndose a un punto desconocido. Súbitamente los rodeó una niebla púrpura: el vuelo vertiginoso pareció retardarse y los oídos de mi original se agudizaron. Se sobresaltó al sentir la voz de la Baraqah junto a él, a pesar del zumbido del viento.
 – Somos el profeta Mohamed, cuando fue arrebatado a los cielos junto con su mula en la noche misteriosa, donde el Altísimo echó un velo sobre el tiempo. ¡Por la noche cuando está oscura y por el día cuando hay luz y por la creación de macho y hembra! Noche en la que todo y nada ocurre. Noche en la que El gasta sus riquezas para hacerse más puro y no para que sus beneficios le sean remunerados sino por el solo deseo de obtener miradas de Allah, el sublime. Noche en la que el tiempo gasta sus engranajes y desaparece engullido en las fauces de la divinidad….
 La niebla púrpura creció y Habib advirtió  que tenía forma humana; no podía verla con sus ojos debido a su tamaño, pero la intuía…
 – Kamil, el Señor de los Hombres – interrumpió Alemín que seguía atento el relato.
 – En efecto, niño, estaban en Kamil, volando por su columna vertebral.  Desde él, mi original pudo ver hacia abajo el planeta tal como se había presentado el día en que estuvo a punto de morir postrado frente al Sultán Hijab, el Velo sobre su Faz: un óvalo de fuego, con sus extremos oscuros, dejando en el centro un rombo flamígero.
 A pesar de lo temible e incierto de la situación, una enorme paz invadió a Habib cuando se internaron en el Hombre Universal: como si a través de él purificara  todo lo que había vivido en el Infiernno.
 Alemín asintió entusiasmado
 – Debes conocer la leyenda, niño:  en Kamil se ve toda la realidad como en un espejo y a su vez  todo  tiene su réplica en él; hasta puedes ir a otro universo, eligiendo el punto que quieras en la carne del hombre púrpura, sólo que donde vayas encontrarás las cosas invertidas como en un espejo.
 – Si, conozco ese efecto. También sé que si encuentras tu réplica en Kamil y la miras a los ojos morirás pronto.
 – Lo cierto es que a medida que la niebla púrpura aumentaba, la Baraqah de Ruhiyya, el Verdugo Blanco, fue disminuyendo su marcha, hasta detenerse por completo, quedando suspendida en el espacio púrpura con un leve bamboleo; Los ojos de Habib se movieron con rapidez, buscando en Kamil un lugar donde descender con su amada Bathna; su muslo parecía desgarrarse con las manos de la mujer cerradas fuertemente sobre él. De pronto escuchó su voz.
 – Habib, prometido mío, sigue el camino de la Baraqah centellante, sigue el camino de la luz, que viviremos juntos por toda la eternidad. Tendrás una mujer que ha conocido los suplicios del infierno y por lo tanto será capaz de darte las mieles de la vida…
 Un zumbido creciente ahogó las palabras de Bathna: Ruhiyya avanzó rápidamente al corazón de Kamil: la luz de los astros parecía envuelta en un filtro púrpura. El aire que respiraban era una mezcla de cinabrio y oxígeno; el zumbido era insoportable. En ese momento, la Baraqah  soltó los intestinos de Habib que se plegaron sobre sí mismos como un resorte y se acomodaron en su vientre. Se acercó a mi original, y lo miró a los ojos. Dijo algo haciendo ademanes ampulosos, pero Habib no lo escuchó; señalaba un asteroide rodeado de un halo luminoso cerca de la yugular de Kamil.
 Habib tuvo que llegar hasta allí remando en la sustancia púrpura, mientras la Baraqah con su par de alas volaba junto a él gritando y haciendo muecas espantosas. Mi original intuía la imagen de Kamil, inclinado sobre él, mirándolo con expresión irónica. Llegaron al asteroide: el halo era una pequeña atmósfera formada por oxígeno y gases raros de sabor  picante; Habib se alivió al sentir bajo sus pies una superficie firme, pero Bathna seguía aferrada con desesperación a su pierna; para caminar debía arrastrarla.
 La Baraqah de Ruhiyya saltó y gritó aún más frente a Habib: abría la boca en todo su ancho, pero la niebla púrpura era como un colchón que amortiguaba los sonidos, y hasta él llegaba apenas un murmullo. La tomó en el aire;  el pequeño ser se debatió y clavó sus dientes en el dorso de su mano; estuvo a punto de soltarla, pero pudo acercarla a su oído.
 – ¡Infeliz…! – gritó Ruhiyya –  ¡Estás afuera del infierno…! !Mátala y huye! ¡Ella será tu perdición si la dejas con vida…!
 Volvió a morderlo, ésta vez con más fuerza, y  debió soltarla; luego, con un salto acrobático, entró por el agujero que permanecía abierto encima de su ombligo. Apenas lo hizo, Kamil inclinó su dedo índice; una nube púrpura se liberó de su yema y bañó el final del esternón de Habib, suturando el agujero y dejando la piel como antes. Mi original se crispó esperando que volviera a saltar, pero la Baraqah quedó inmóvil. Se volvió hacia Bathna:  tendida en el suelo con la cabeza levantada hacia él y los ojos enormes, suplicantes.
 – Amada, estamos a salvo; por fin salimos del Infierno…
 Las manos de la mujer apretaban su pierna cada vez más. Habib Hizo un esfuerzo para liberarse, pero fue inútil.
 – Te lo repito: estás a salvo, puedes soltarme…
 Se inclinó sobre ella, tomó sus brazos y trató de separarlos, pero no pudo:  sus dedos estaban blancos, sosteniendo  el muslo derecho.
 – Amada, cumplí con lo que me pediste, te saqué del Infierno, ahora debemos levantarnos, conocer el lugar al que  llegamos y por fin vivir juntos nuestro amor…
 Ella no dejó de mirarlo y siguió sujetándose con sus manos. Habib sintió que al intentar separarlas, uno de sus huesos crujía; temió romperlo y se sentó. Reflexionó: levantó su gandura: las manos de Bathna estaban entre su rodilla y su ingle; la parte superior de su pierna estaba blanca y la inferior roja. El dolor era insoportable. Se sobresaltó al sentir algo en su estómago: por un momento pensó que la Baraqah de Ruhiyya había vuelto a saltar, pero reconoció los ruidos del hambre: hacía horas que, tanto él como Bathna, no comían nada. Esperó unos momentos: una brisa agitaba levemente el cabello de su novia: aquel era el único movimiento; sus ojos fijos en él no parpadeaban. Intentó levantarse: Allí Bathna era más liviana y podía avanzar arrastrándola
 El asteroide estaba apenas iluminado por tres estrellas enormes con forma de triángulos que brillaban en el cielo negro; giraban constantemente; a veces se acercaban y otras se alejaban, llenando el lugar con una luz suave y firme.
 Avanzar con Bathna sujeta de su pierna era una tarea  difícil; encontró una roca enorme y se sentó en ella, tratando de persuadirla una vez más, explicando que debía soltarlo, sin resultados.
 Finalmente llegaron un prado donde crecían setas enormes; siempre arrastrando a Bathna, se acercó  y devoró algunas: tenían un agradable gusto a frutilla. Crecían también varios arbustos secos y cortó uno de los tallos para usarlo como bastón. Al terminar volvió a sentarse en una roca y se dirigió  a la mujer ofreciéndole algunas setas, pero ella no hizo ningún gesto, ni de aceptación ni de rechazo. Habib habló una vez más.
 – Bathna, amada, he cumplido con lo que me pediste: llegué al Infierno arriesgando mi vida, te encontré, te traje conmigo a este asteroide. Ya no corremos peligro; piensa que si no me sueltas terminaremos muriendo ambos, ya que así no puedes alimentarte y al impedir que la sangre circule por mis venas, perderé la pierna. Te repito: cumplí lo que me imploraste, y ahora estoy dispuesto a cerrar el pacto solemne que hace más de diez años terrestres pronuncié en la Tierra frente al Imán de nuestra comunidad: te haré mi esposa, mi única esposa. Ahora te pido que cedas en tu miedo, que aflojes tus manos y sueltes mi pierna para que nuestras vida puedan ser tan brillantes como las  estrellas que alumbran este asteroide.
 Bathna siguió apretando y mirándolo fijo. Su expresión no cambió. Con un suspiro, Habib se inclinó sobre ella e intentó abrir su boca, pero sus dientes estaban tan apretados como sus manos y le fue imposible introducir algunos trozos de la seta que había cortado.
 Pasó el tiempo. Los tres soles que alumbraban el planeta se tiñeron de un rojo intenso, y se hundieron en el poniente, aunque sin desaparecer del todo. El asteroide se hundió lentamente en un lago de luz violeta; las rocas, las frondas, se veían como túmulos: formas apenas sugeridas, rodeadas de halos muy tenues. Bathna parecía un animal tenso, agazapado, acechando. Pasó el tiempo y mi original dormitó. Las manos de Bathna brillaron en un cielo verde y las siguió sintiendo alrededor de su pierna como un collar quemante. La vio en los aposentos de su padre, hermosa y joven. Soñó con la noche de bodas que nunca habían tenido: Bathna era una joven hermosísima, lujosamente ataviada, sus cabellos largos adornados con brillo y el Khol hábilmente colocado en su rostro por sus doncellas. En ese sueño, querido Shari’ah, Habib se sintió en su juventud, en su plenitud como si el dolor y el temor acumulado durante aquellos diez años hubieran desaparecido. En el tálamo nupcial se desnudó: su cuerpo era soberbio y se arrojó sobre su prometida; ella tendió los brazos para recibirlo, pero un par de manos, que también eran las de ella, flotaron en el aire y cayeron sobre su cuello tratando de estrangularlo. Mi original tosió, escupió y trató de vomitar.

Oskar Kokoschka - Tutt'Art@ 29.png

 

GOCHO VERSOLARI

 

Ilustraciones: Oskar Kokoschka

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.