Narrativa: Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Tercera parte

Alemín y la Baraqah del jeque Shariah están reunidos con la baraqah de Habib al Masgid el que se postra. La misma narra la historia de su original cuando marchó al planeta Infierno en busca de Bathna, su novia en la tierra, una joven que se suicidara por amor a él. La encuentra, pero no es la Bathna que había conocido ni la que esperaba. 

En aquellos días, la lógica de mi original era demasiado simple:  había abandonado a la joven Bathna, produciéndole un sufrimiento que la llevó a la muerte; ella, al reclamarle que fuera a buscarla, también lo llevaría al borde de su fin y cuando se encontraran sus vidas se emparejarían en el dolor y la angustia.
  Un resplandor azul que llegaba del cielo interrumpió las tinieblas y señaló un camino cilíndrico. En ese momento, una segunda convición surgió de las entrañas de Habib: a pesar de mostrarse como un planeta, de haberlo visto como una enorme esfera desde las escotillas de la nave, el Infierno no tenía principio ni fin. Los pies de Habib se movían impulsados por el deseo de encontrar a su amada, pero su movimiento era inútil; creía avanzar kilometros y no hacía mas que permanencer en el mismo lugar; a lo sumo,  girar sin sentido en ese extraño paisaje de nieve al que sentía dentro y fuera de sí.
 A pesar de esa certeza, caminó los extraños senderos y   a medida que avanzaba, la luz aumentó; entre la nieve emergieron algunos arbustos . Uno de ellos tenia frutos parecidos a las naranjas, ovaladas y sin color; se detuvo, tomó una de ellas y la probó: el sabor era delicioso y comió ávidamente sus gajos. Mientras lo hacía tuvo una tercera convicción: el Infierno llega cuando se pierde todo proyecto; hasta la sombra de lo que parece la esperanza. El jugo agridulce de las naranjas llenaba su estómago, y esa realidad contundente espantaba cualquier plan; disminuía rápidamente su afán de encontrar a Bathna y lo llevaba a aceptar con alegría que había fracasado en su intento. Desde el horizonte, un lejano y débil resplandor hablaba de las llamas. Podía seguir toda su vida alternando entre el fuego y el frío, sin hallar a nadie.
 Comió una tercera y una cuarta naranja. A medida que los gajos y el jugo bajaban a su estómago, Habib advirtió que los frutos tenían un  poder especial: su mente se abrió y supo que debía desear a Bathna sin desearla; buscarla sin buscarla; avanzar en pos de ella pero sin moverse, como si hiciera equilibrio en la tenue línea que separa el día y la noche.
 Coincidiendo con esta certeza,  Habib vio a pocos metros de él un promontorio brillante: despedía calor, y a su alrededor la nieve derretía formando un lago. Mi original se acercó y lo tocó: no sólo estaba caliente, casi ardiendo, sino que seguía creciendo y latiendo bajo la palma de su mano. De pronto, con un gemido, su tamaño aumentó rápidamente.
 Deben saber, anciano Shari’ah, querido Alemín que en el infierno no hay materia inorgánica como la conocemos en la Tierra: todo está vivo, pero nada se desarrolla. No hay plenitud de los procesos; entre los hombres no existe nada parecido a lo que conocemos como juventud. Todo es vejez y putrefacción. Por eso no resultó extraño que desde el túmulo caliente, alrededor de Habib, se formaran  cuatro paredes  tan vivas como  nosotros. Tenían ojos,  bocas y hablaban en un lenguaje parecido al siríaco. Como un extraño animal que se despereza, giraron se agruparon y formaron un enorme salón: Luces amarillas y un calor súbito que alivió a mi original el frío de sus huesos.
 Relámpagos, voces, murmullos, carcajadas: alrededor de Habib había crecido lo que en la Tierra los infieles llaman “taberna”. Miró asombrado a su alrededor: lo rodeaban nubes de hachís  y los hombres sentados en oscuras mesas de madera bebían jarras enormes de vino espeso. Recordó el mensaje del Señor de los Arboles y se preguntó si aquel sería el salón del cual le había hablado.
 Mi original decidió adaptarse a la situación y se sentó en la mesa más alejada; el salón que había nacido en medio de la nieve tenía las paredes de madera y carecía de ventanas; el calor llegaba de un hogar alimentado por leños: todos transpiraban y algunos, muy borrachos, se abrazaban y entonaban torpes canciones. La luz llegaba de unas pocas antorchas: el sitio estaba casi en penumbra; en  un rincón, varios hombres desnudos se acariciaban y besaban entre ellos en una orgía confusa.
 – Tú eres Habib Al Masgid, el que se Postra
 Mi original se volvió y se encontró con un hombre gigantesco,  vestido sólo con el taparrabos de los verdugos; su cabello, sus cejas y el vello de su pecho eran totalmente blancos, como sus carnes: robustas y lechosas. Llevaba a la cintura un enorme alfanje digital y despedia un intenso olor ácido como a leche cortada. Tardó unos momentos en reconocerlo
 – Tú eres Ruhiyyah, el Verdugo Blanco, hijo de los Ulemas.

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 El hombre asintió en silencio y Habib miró  sus ojos, grises con vetas amarillas; su expresion era de tristeza, casi de desesperación
 – ¿Es que has muerto y caído en el Infierno, Ruhiyyah?
 – Estoy en el Infierno en cuerpo y alma como lo estás  tú – el verdugo tomó una silla y se sentó junto a él – Sabes, Habib, que en el módulo izquierdo de la nave hay pequeños vehículos con autonomía suficiente para llegar al  planeta. Desesperado de dolor, tomé uno de ellos para estrellarme contra él; esperaba el impacto, pero por un extraño juego de la gravedad, la nave entró en uno de los polos y descendió suavemente sobre la superficie. Ahora trato de aturdirme, de olvidarme de mí mismo, lo que es una forma de mitigar  mi pena.
 Habib advirtió que estaba a punto de llorar
 – Ruhiyyah, hermano, me hablas de un dolor muy grande, pero no sé qué lo produjo. Antes de llegar aquí, yo había  pasado a la clandestinidad en Rihán, la Cofradía de los Arrayanes Perfumados, por lo que desconozco muchos hechos ocurridos en la nave.
 – Ahora todo me parece demasiado sencillo; fue un simple gesto , pero cambio mi vida. El cruel Faqaha, el Doctor de la ley, mató a mi primo Bilhakki , el Veraz y su cabeza, tocada por los miembros de una vaca sagrada, clamó justicia gritando el nombre de su asesino. Fue entonces cuando los jefes de los Ulemas decidieron  pedir ayuda a los miembros de Rihán. Tú sabes, Habib que el negro Ittihad y yo eramos enemigos mortales, pero en aquel momento el trato que hicimos fue respetar nuestras vidas. Él se arriesgó para evitar que me mataran y recuperar la cabeza de Bilhakki que, separada de su cuerpo, no dejaba de gritar. Cuando celebrabamos el triunfo, supe que mis brazos pugnaban por  moverse, por liberarse de mi voluntad, como si alguien que no fuera yo los animara. Supe que el odio alimentado durante muchos años se había convertido en un espíritu que actuaba por sí mismo y movía mis miembros. No sé en qué momento mi alfanje digital se alzó y una de sus hojas cortó limpiamente la cabeza de Ittihad…..
 El Verdugo Blanco se interrumpió; se inclinó hacia adelante y lanzó un sonido parecido a un estertor: era su forma de llorar.
 – Y lo peor Habib,  es que el sultán ha destruido todos los ejemplares del al-Azif, de modo que no será posible reconstruir el original de Ittihad a partir de su Baraqah. En el momento de su muerte sentí que me partía en mil pedazos. El mismo tajo que rebanó limpiamente su cuello lo hizo con cada tramo de mi carne. Estallé por dentro y sólo quise huir; el terror, el pánico
se desataron en mi pecho como una tormenta; sabrás que por mi formación de verdugo esos sentimientos debieran estar ausentes, pero en ese momento se rompieron todos los diques y las negras aguas de la desesperación me invadieron. Corrí hacia los vehículos y me dirigí al Infierno, en parte porque  era el lugar que me correspondía después de la terrible traición que había cometido, y en parte porque bajo el reinado  de Faqaha, el Infierno me ofrecía más seguridad que la propia nave…
 Ruhiyyah se interrumpió mordiéndose  los labios y por sus mejillas cayeron lágrimas gelatinosas y blancas. Habib pensó un momento:  el Verdugo desconocía que su víctima había sido invocada por la vaca sagrada que antes de su muerte comiera el betún con que se borraran los pasajes del al-Azif; también ignoraba que Ittihad había caído bajo  la Rebelión de los hologramas, y se había transformado en su versión femenina.
 – Ruhiyyah hay algo que debo decirte: Ittihad fue recuperado a partir de su Baraqah; lo que tú cuentas ha cambiado y no tienes por qué seguir con tu desesperación.
 Ruhiyya negó con la cabeza
 – Habib Al Masgid, el que se Postra: tú ignoras lo que es el Infierno; en él  todo se fija; lo último que te ha ocurrido se repite una y otra vez. Puedes traerme nuevas noticias sobre los hechos que me atormentan, pero el  cuerpo de Ittihad con su cabeza recién cortada, con su boca tratando de articular palabras,  puebla un universo donde su muerte se repite una y otra vez y ya no podrá cambiar. Lo que  puedas contarme no tiene valor para mí. El Infierno no es otra cosa que el presente eterno y doloroso.
 Ruhiyyah calló; te aseguro, anciano, que mi original nunca había visto un rostro como aquel, transfigurado por el dolor. Sin pestañar, con sus ojos rodeados de venas carmesí,  el Verdugo blanco habló largamente. Se refirió a la Jihad: recitó la sura por la cual el profeta Mohamed dice que la verdadera Guerra Santa se libra contra sí mismo, y aseguraba que había sido derrotado. Dijo tener en sí  un par de ejércitos feroces en permanente lucha que día a día se enfrentaban dejando cientos de cadáveres.
 Mientras el verdugo hablaba, mi original advirtió que algo ocurría en la taberna; al principio fueron  trompetas sonando con un ritmo sincopado similar al que era apreciado por los infieles antes de la Gran Jihad y al que llamaban “Jazz”. A su costado derecho, varios obreros trajeron listones y tablas y en pocos momentos montaron un escenario. La música cambió:  una orquesta de tambores hizo sonar sus instrumentos de modo ensordecedor. Cinco figuras aparecieron por uno de los costados del escenario.
 – …lo único que me brinda unas horas de serenidad es hundirme en el sexo – afirmó Ruhiyya – es tomar una mujer y pasar horas con ella. Mientras lo hago, mi espíritu se aquieta, aunque después la tortura  vuelva  renovada – Al hablar,  el Verdugo señaló  las cinco figuras: mujeres con los rostros tapados , la cabezas cubiertas por grandes albornoces y vestidas con sayos que llegaban hasta sus pies; bailaban al son de una música sugestiva. Ruhiyya las miró  y un hilo de saliva colgó de su boca  entreabierta; su rostro había pasado del sufrimiento a una ansiedad brutal. Mi original se sintió incómodo.
 Una de las figuras  se adelantó y entre los parroquianos se escuchó un murmullo de expectación; la mujer hizo un movimiento súbito y dejó caer la túnica; siguió con el velo y el albornoz, mostrando su cuerpo desnudo. No era hermosa: su cintura y su vientre eran demasiado gruesos y sus pechos caían sin fuerzas, uno más grande que el otro. Del mismo modo, uno de sus pezones era amplio y marrón y el otro pequeño y rosado. Los vellos de su pubis, hirsutos y tupidos, se extendían por su vientre y sus entrepiernas; su apariencia era grasosa y sucia. A pesar de esto los hombres la saludaron y celebraron con aplausos, mientras ella bailaba torpemente, agitando su vientre y sus piernas; su velo estaba  firmemente sujeto a su entrecejo y se agitó sin caer
 Otra de las mujeres bailó junto a ella: con rápidos gestos se quitó las prendas; era demsiado delgada, casi sin caderas y sin pechos; sus hombros caían sin fuerza e intentaba agitar a un lado y al otro sus cabellos demasiado cortos. Las otras tres también se desnudaron: eran viejas, gordas y algunas sin dientes; imitaron a las más jóvenes tratando de bailar al compás de la música. Los cuerpos  no tardaron en llenar el lugar de un fuerte olor a traspiración.
 Ruhiyyah bramaba aplaudiendo a las mujeres y lanzando exclamaciones acompañadas de chorros de saliva que mojaban su barbilla.
 La mujer de los senos desparejos se apoyó en sus pies y manos y caminó por el escenario mostrando sus nalgas, y su vulva roja, que se abría y cerraba entre ellas. Junto a Habib, Ruhiyyah temblaba; algunos hombres se habían incorporado levantando en sus manos algo  que parecía dinero; mi original nunca supo qué  economía regía en el Infierno, pero los parroquianos ofertaban monedas y billetes que parecían rupias.
 -¡Cinco mil! – grito Ruhiyyah  – ¡Ofrezco cinco mil!
 Al escuchar esto, la primera mujer se incorporó y saltó sobre Ruhiyya sosteniéndose de su cuello. Con una sonrisa triunfal, el verdugo blanco acarició sus pechos. Se volvió hacia Habib y lo miró con sonrisa cómplice
 – Quiero que me veas hacerlo
 – Ruhiyyah , no es algo que  me guste…
 – Amigo, son diez años de estar en la nave surcando espacios enormes, te lo  pido como un favor de camaradas – la mano del verdugo habia bajado hacia el sexo de la bailarina; mi original supo que sería difícil negarse al pedido.
 – Quiero que veas la joya que es esta mujer, los recursos que utilizará para seducirme y la pasión con que la haré gozar.
 El verdugo hablaba con con orgullo, señalando a la prostituta;  lo que más impresionó a Habib fue su velo: atravesaba su tabique nasal y se extendía por debajo de sus ojos, no como una tela superpuesta a su rostro, sino inserta en su carne. Desde donde estaba, mi original no pudo ver rastros de suturas o pegamentos; el tul tenía la textura de la piel humana en varias capas y llegaba hasta más abajo del mentón.
 – Está bien, Ruhiyya: lleguemos a un acuerdo: yo te observaré copular con la mujer y tú me ayudarás a encontrar a mi amada Bathna a quien quiero rescatar del Infierno.
 El Verdugo Blanco sonrió, y  desde alguna parte del salón se proyectó una  luz que cayó sobre una mesa ancha y rectangular. Habib se puso de pie para mirar como le había prometido a su camarada. La mujer se acostó boca arriba sobre la mesa; levantó las piernas; las abrió y cerró, como incitando  al hombre.  Ruhiyya se desnudó, quitándose su faja negra y dejando al descubierto sus carnes blancas, cubiertas de un vello sin color. No se quitó las botas felpeadas, de media caña, rojas con vivos azules, que mostraban en la capellada su cifra de verdugo.

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 De sus experiencias con prostitutas en su lejana juventud en Azerbaiján, Habib sabía que si alguien pedía ser observado durante el sexo, se deleitaba en exhibiciones complicadas y barrocas, pero en este caso, Ruhiyya se limitó a abrir las piernas de la prostituta y a penetrarla con tres golpes. Sus nalgas, prominentes como cordilleras, se contrajeron y expandieron. Mi original miró con atención el rostro de la mujer: el labio levemente torcido, los ojos vidriosos y los brazos extendidos a ambos lados de su cabeza; no era posible saber si estaba gozando. Con tres golpes más, el verdugo se despachó dentro de la mujer. Se incorporó y se volvió hacia Habib.
 – Amigo: te has portado magistralmente – Ruhiyya se arrodilló a sus pies y se posternó  tres veces tocando el suelo con su frente – me has producido el placer que el profeta Mohamed anunciara a sus guerreros al entrar al paraíso.
 Siguió mirándolo con  expresión agradecida  y a punto de llorar. Mi original  estuvo por decirle que su emoción era desproporcionada; que  aquel  coito había sido brutal; pero al mirarlo a los ojos, advirtió en él la ingenuidad propia de los verdugos, como si la enorme cantidad de muertes los convirtieran en niños en vez de corromperlos.
 – No es nada Ruhiyya – contestó por fin – Yo también lo disfruté mucho…
 Se interrumpió al ver que el hombre adelantaba su enorme testículo derecho y lo frotaba con fuerza; sus ojos se pusieron en blanco un momento y  levantó cuidadosamente su mano para mostrar a Habib una pequeña figura arrodillada en su palma, postrada hacia La Meca y murmurando una Kebla totalmente inaudible.
 – Te ofrezco mi Baraqah testicular, hermano Habib Al-Masgid, el que se Postra. La tragarás y serás el encargado de reconstruir mi original la noche de mi primera muerte.
 En el Infierno los rituales más sencillos cobran una fuerza  superior a la que conocemos en la Tierra. Todos sabemos que tragar una Baraqah es algo muy simple. Los Libros Sagrados no prescriben técnicas especiales, aunque hay quienes ayunan  por varios días y otros esperan conjunciones de astros u otras señales de los cielos. En el Infierno hay algo de extravagante y complicado en cualquier ritual. La Baraqah de Ruhiyya, antes de ingresar a la boca de Habib, se tomó de sus labios  negándose a entrar. Mi original la separó con el mayor cuidado que pudo y dentro de su boca la sintió resbalar contra el paladar mientras intentaba  morder su lengua.
 -Ten cuidado Habib – advirtió Ruhiyya- ya que si le rompes un brazo, en el momento de restituir mi original surgiré con un brazo roto
 En tanto, la Baraqah se atascó en la glotis de Habib, firme en su decisión de no alojarse en su estómago. Mi original tragó saliva con paciencia; no conocía una reacción como aquella por parte de una Baraqah, y lo atribuyó al clima enrarecido, contaminado, dislocado del Infierno. Finalmente el homúnculo resbaló y bajó por el esófago donde no dejó de agitarse.
 Habib levantó los ojos y vio a la prostituta con el velo inserto en la carne: se había puesto sobre sus pechos un chal trasparente y lo miraba fijamente con sus ojos oscuros. En tanto la Baraqah saltaba furiosamente por su esófago  produciendo un doloroso cosquilleo; la sintió caer en su estómago y un golpe de acidez llegó a su boca: confió en que una vez allí, los jugos formarían una cápsula que la protegería hasta el momento de ser convocada para recuperar el original.
 Ruhiyya se acercó, extendió su mano, sostuvo la cabeza de Habib  y lo besó en ambas mejillas. Su boca despedía un suave olor a canela.
 – Hermano, te lo digo porque eres mi hermano de Baraqah: ahora debo irme, ya que después del acto sexual, los verdugos debemos cumplir un obligado rito de purificación. Te dejo con esta mujer, ya que si has gozado con lo que viste, podrás satisfacerte con ella
 Habib asintió. Ruhiyya se alejó hacia el fondo del salón, mientras en su estómago, la Baraqah, lejos de detenerse, seguía saltando. Unos pasos más allá, la prostituta echó la cabeza hacia atrás, se quitó el chal que cubría sus pechos y los adelantó como incitándolo.
 Habib sonrió cortesmente, no se dio por aludido y se acercó a la salida del salón. Por los saltos en su vientre, la Baraqah  tardaría un tiempo en entrar en vida latente y en  el sur del Infierno, hacia el fangal sangriento, crecían unos líquenes sedantes del estómago que podrían ayudar al proceso.
 Mi original salió: como en todas las noches  del Infierno, no había luna; las únicas luces eran las de las estrellas y  el fuego a lo lejos. Ya no nevaba: había subido la temperatura   y pantanos y pequeñas lagunas interrumpían el camino. Soplaba una brisa con olor a azufre; el horizonte estaba cubierto por las llamas que no queman y frente a Habib, a pocos metros de la taberna, se abrían complicados senderos. Mi original eligió uno al azar y avanzó en la penumbra, sintiendo de tanto en tanto los saltos de la réplica de Ruhiyya. Miró a su alrededor: crecían pequeños arbustos de ramas secas, pero aún no estaba en la zona de los líquenes.
 Avanzó largo rato: el olor a azufre aumentó; se había internado en una espesa fronda de arbustos, cuando  escuchó un ruido a sus espaldas. Se volvió  y por un instante vio una sombra agachada que se perdió entre las plantas con un ruido siseante. Sintió miedo: el lugar estaba lleno de asesinos furiosos y la falta de leyes podía alentar a alguno de ellos a matarlo.
 Caminó rápidamente, con paso firme, tratando de disimular su temor. Dobló por recodos pronunciados y se dirigió a un puente lleno de cuevas que atravesaba un páramo rocoso; Habib lo conocía bien, ya que fue en esa zona donde se alojó apenas llegara al Infierno: podía orientarse en el lugar aún en la oscuridad; sin embargo, tuvo que aminorar el paso, ya que  la estructura del puente cubría la luz que llegaba de las llamas lejanas y la sombra era total. Su corazón latió con fuerza y respiró agitadamente hasta llegar a un montículo; allí se ocultó, miró hacia atrás y se tranquilizó al ver que el fuego lejano iluminaba una planicie de piedra irregular, solitaria, sin recodos, rocas o plantas que pudieran ocultar a alguien. Más tranquilo, mi original pensó que su seguidor sería un peregrino que por casualidad habría tomado su mismo camino.
 Dentro suyo, la Baraqah de Ruhiyya golpeó de pronto las paredes de su estómago como queriéndo atravesarlas; en oleadas subió hasta su boca una marea ácida con gusto a podrido. Habib caminó más ligero: necesitaba los líquenes; se internó en el puente derruido: faltaban tramos y se veían los alambres de acero que  habían sostenido su estructura. Las cuevas que lo atravesaban eran atajos para llegar al mar caliente y fangoso
 Frente a él se levantó de pronto una noche portátil: un lienzo negro, lustroso, que brilló en el aire, cruzado por pequeños y luminosos rayos. De allí surgieron enormes luciérnagas triangulares de la especie Tanzil. Habib las conocía:  tomaban el halo casi imperceptible que recubre a los cadáveres recientes para ubicarlos en cielo de la noche; de ese modo se mostrarían como astros hasta descomponerse por completo.
 La luz de los Tanzil y el lejano resplandor de las llamas permitieron a Habib avanzar con más seguridad por la superficie irregular. Llegó a un par de túmulos de tierra, y una figura furtiva pasó entre ellos con mucha rapidez. Se detuvo y su corazón volvió a latir con fuerza: si alguien o algo intentaba atacarlo, podría  esperarlo agazapado en la oscuridad. Mi original aguardó un momento, tomó una piedra del piso y la arrojó frente a sí; esperó y no ocurrió nada. Siguió caminando; su lengua estaba seca, sus manos temblaban y en su vientre la Baraqah de Ruhiyya cabalgaba violentamente.
 La noche portátil se abrió y surgieron más luciérnagas que iluminaron el paisaje como una luna llena. Habib llegó a las cuevas que atravesaban los costados del puente. Las luciérnagas se internaron  en una de ellas y Habib las siguió: el suelo de tierra apisonada fue fácil de transitar y a menos de cien metros, mi original pudo ver la salida: una llanura y el horizonte jalonado por las llamas que no queman. En el momento en que salía del túnel,  la Baraqah de Ruhiyya saltó de tal modo que recorrió todo su estómago, y tuvo que detenerse: un dolor agudo llegó a su garganta, atravesó su cara y pareció salir por su coronilla. Se apoyó contra una de las paredes de roca; respiró con dificultad y sintió que un sudor frío lo bañaba. Cuando se repuso, miró a su alrededor: fuera del túnel, la noche seguía serena y el olor a azufre se mezclaba con boñiga de animal. No había señales del perseguidor.
 Desde el aire, las luciérnagas  marcaron un sendero sinuoso que iluminó la tierra volcánica. Habib siguió por él y a los pocos metros se detuvo: bajo  la  poca luz vio un cuerpo inerte tendido boca abajo, interrumpiendo el sendero. Se acercó y estuvo a punto de inclinarse y hablarle, cuando recordó una de las leyes no escritas del Infierno: en un caso como aquel, había que pasar junto al cuerpo yacente y seguir el camino; se corría el riesgo de caer en una emboscada: el aparente desmayado o muerto podía revivir de pronto y matarlo. En su estadía en el Infierno, mi original había encontrado muchos problemas debido su preocupación por el prójimo
 Retrocedió unos pasos al ver que la figura se movía y volvía su rostro hacia él; en ese momento, las luciérnagas Tanzil, que se habían adelantado se volvieron como si adivinaran la necesidad de luz que tenía Habib. Mi original vio los ojos opacos debajo de los cuales se iniciaba el velo cosido a la carne: era la prostituta que momentos antes había estado con el Verdugo Blanco.
 Descubrir su identidad lo tranquilizó, pero en su estómago  la Baraqah de Ruhiyya trepaba violentamente a su garganta y volvía a bajar hasta llegar a sus intestinos, dejando en su camino una huella ácida y dolorosa. Se controló y se acercó a la mujer
 – ¿Quién eres y qué quieres?
 – Soy la cuerda que sostiene al universo desde su cuello. Soy la experta que asesora a los suicidas  para lograr una muerte rápida y casi indolora
 Mientras hablaba la mujer  volvió a mirarlo fijamente y a Habib le pareció reconocer  sus ojos

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 – Un secreto que muchos no saben – siguió ella – es que los intestinos del buey macho de la especie Agnus están compuestos por dos vías que siguen un trazo paralelo, pero cuando se los extrae, se dejan secar y se trenzan bien apretados, se obtiene la cuerda ideal para soportar el peso de un ahorcado – La mujer se sentó cruzando las piernas y con un gesto invitó a Habib que la imitara; mi original obedeció y los ojos de la prostituta lo miraron fijamente, sin pestañear – Al ahorcarse con ellos, otro secreto conocido por pocos, es que el nudo de la cuerda debe estar muy apretado al cuello, ya que entonces, con el peso del cuerpo, las cervicales se romperán simultáneamente con la presión sobre la yugular, la carótida y la  laringe. Entonces, a un breve dolor le sigue una sensación de éxtasis incomparable. En el segundo antes de la muerte en que los pulmones dejan de respirar y la sangre no afluye al cerebro, puedes ver los colores mas hermosos que imagines como un premio  a tu decisión de suicidarte.
 Habib estudió detenidamente a la mujer: bajo la luz de las luciérnagas  sus cabellos parecían incoloros y un sayo natural la cubría por completo. Abajo asomaban sus pies hinchados, azules y brillantes.
 – No respondiste a mi pregunta acerca de quién eres y de dónde vienes
 -Vengo de un país muy lejano en el que todos sus habitantes se ahorcan. Se los prepara desde niños para esa muerte y hasta los muñecos con los juegan traen sus correspondientes cuerdas para colgarlos en el atardecer. En ese mundo la gente es gris, habla muy poco, se casan por conveniencia y sólo piensan en ese segundo antes de la muerte, en las visiones y sensaciones maravillosas cuando la cuerda se ajuste a sus cuellos y no puedan respirar…
 – Mujer, no sé por qué me has seguido, pero te he visto fornicar con mi amigo Ruhiyya: conozco la desnudez de tu cuerpo, tu intimidad en el amor. Entonces no tiene sentido que sigas cubriéndote el rostro; puedes levantar el velo para mí.
 – Habib al-Masgid, el que se Postra: sé que ése es tu nombre. Debes saber que el Infierno está regido por el Gran Ciego; él en persona ha cosido con una aguja mágica el velo a mi rostro. Le llevó dos días horadar mi carne y los tules están hechos de piel tomada de mis piernas y mis muslos y regada por el agua donde crece el Loto Negro. Es imposible quitarlo, así que deberás quedarte con ganas de ver la totalidad de mi rostro, de cegarte con mi belleza.
 A pesar de estas palabras, la mujer se arrancó el velo brutalmente; Habib escuchó el rasguido de su piel y su rostro se llenó de sangre que goteó primero y luego cayó a chorros sobre la tierra. Intentó detenerla y al acercarse a la masa roja en que se convertía su rostro, descubrió en él algo familiar.
 – Bathna: eres tú…
 Habib la había visto viva por última vez, la tarde en que fuera a buscar a su amigo en la destruida Azerbaiján; luego, cuando apareció  en el momento de su condena a muerte por el sultán Hijab, el Velo sobre su Faz. Ahora sus ojos tenían un brillo metálico y en cada una de sus comisuras se iniciaban arrugas verticales que llegaban hasta su mentón.
– Habib, has cumplido con mi deseo; has venido a rescatarme al Infierno. Te estaba esperando y te aseguro que lo que has visto en el salón con el verdugo Ruhiyya, ha sido una terrible pesadilla. Se disolverá cuando nos vayamos de aquí y vivamos felices para siempre donde tú decidas llevarme.
 Habib  eructó ruidosamente; del fondo de su garganta llegó un chorro de  bilis que lo hizo vomitar a pocos centímetros de Bathna. La mujer se apartó con un gesto de asco; la Baraqah de Ruhiyya había vuelto a librar su  guerra, saltando dolorosamente sobre  sus vísceras.
 – Veo que el Verdugo Blanco te ha dado a tragar su Baraqah testicular – Bathna terminó de arrancar su velo y la sangre empapó  su rostro; era inútil que intentara limpiarla con sus manos: la hemorragia se escurría por sus dedos y no se detenía. Habib se acercó  y la limpió con su gandura clara que enseguida se tiñó con grandes manchas carmines. Ella lo miró fijamente, con sus ojos opacos que brillaron un momento entre sus heridas.
 – No te preocupes , no voy a morir Recuerda que fue por mi suicido que Allah, el Altísimo, el Clemente, el Misericordioso, me envió al Infierno. Aquí me hice experta en el arte de la prostitución y de la destreza para ahorcarse: lo hago diariamente para gozar ese momento maravilloso en que todo lo feo se disuelve. Mientras muero, vivo la boda que nunca tuve: tú y yo avanzando hacia mi padre; más allá, el Imán del Palacio leyendo pasajes del Korán. Uniéndonos para siempre, mi amor…
 Habib intentó hablar dos veces pero lo detuvieron las oleadas ácidas que llegaban de su vientre. Finalmente logró articular las palabras
 – Bathna querida, te conté mi historia, te hablé de mi dolor por haberte traicionado. Es por eso que estoy aquí, para reparar mi daño; antes de irnos, debo recurrir a los líquenes que crecen cerca del mar caliente y fangoso: ellos curarán la herida de tu rostro y ayudarán a que en mi estómago la Baraqah de Ruhiyya entre en  vida latente y no siga destruyéndome…
 Estiró la mano para tocarla, pero ella se apartó, como tratando de evitarlo.
 – Te quiero mi amor, mi vida – dijo Bathna con énfasis mientras se ponía de pie y se alejaba de Habib; la sangre seguía cayendo de la gruesa herida abierta en su entrecejo – Ahora deberás llevarme en brazos
 Mi original se inclinó, la tomó de su cintura y de su espalda y lacargó. Su cuerpo era pesado, como todos los objetos del Infierno, pero además, Bathna estaba gorda: debajo de su túnica podía ver su abdomen abultado.
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GOCHO VERSOLARI

 

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