Narrativa: Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Primera parte

 Alemín – Capítulo 4 -Historia de Bathna – Primera parte

Gocho Versolari

 

 
Alemín y la Baraqah de Shari’ah, caminaron en silencio por pasillos donde se levantaban modelos enormes y antiguos de acumuladores de energía vulvar.  De vez en cuando, el anciano se detenía y miraba a su alrededor: enormes paredes de acero,  con líneas rielantes y algunos monitores de ordenadors. En un momento en que se detuvieron para descansar, Shari’ah trepó  hasta uno de ellos y activó los controles intentando encontrar insectos nocturnos, pero fue inútil: las noches portátiles se desplegaban como lienzos vacíos, mostrando  las gamas del negro y del gris.
 – Jeque Shari’ah, tengo hambre.
 La Baraqah asintió y se detuvo en uno de los montacargas. Lo activó y llegó hasta ellos el único menú: trozos de pollo hervido, sin sal, que comieron en silencio
 – Alemín – dijo el anciano con tono solemne al terminar la comida – debo anunciarte que nos hemos perdido.
 – Jeque, no te puedes perder en la nave. Mi ayo Wekil decía que tú eres quien mejor la la conoce; que antes de la partida de la Tierra,  colaboraste en el diseño…
 El anciano asintió con la cabeza.
 – Tienes razón, niño. Por eso te afirmo que estos pasillos que recorremos, no pertenecen a la nave.
 – No  entiendo, Jeque.
 – Insectos aliados me han descripto la realidad virtual creada por Faqaha, el Doctor de la Ley: tiene forma de pulpo y está montada sobre el módulo superior; los tripulantes la atraviesan sin advertirla: sus partículas son muy finas, casi intangibles. Tiene como entrada oficial un largo pasillo plateado, donde una bomba de vacío actúa sobre los centros nerviosos y  arrastra a la persona  a paisajes muy parecidos a los de la Tierra; sin embargo, el apuro del sultán por crear esta realidad, se debe a la necesidad de mantener su régimen de terror y encarcelar a sus enemigos políticos sin que lo adviertan. Pero la realidad virtual no funciona bien, al menos todavía: tiene multitud de entradas laterales y no hay guardias en toda su superficie: diariamente se ejecutan a tres o más mamelik acusándolos de opositores; entonces el número  no es suficiente para apostarlos en todo el perímetro. Las entradas colaterales son muchas y de vez en cuando, los tripulantes se extravían en ellas. Creo que es lo que nos ocurrió a nosotros, Alemín.
 – ¿Cómo podemos estar seguros, Jeque?
El anciano señaló  una gran escotilla  detrás de ellos.
 – Asómate y dime qué ves.
 Alemín obedeció: detrás de las cinco capas de vidrio se extendía el azul oscuro del espacio; a un costado se veía la mitad del planeta infierno: con una extraña tonalidad azul en sus llamas. Sobre el lado opuesto, refulgía la supernova turquesa de la  constelación de Gank
 – Veo los astros, Jeque
 – ¿Hay rastros de Kamil?
 Alemín volvió a mirar buscando con ansiedad las manchas púrpuras, el perfil del Señor de los hombres.
 – No lo veo. Se ha ido…¿Es que acaso han matado a las Baraqahs?
 – Quédate tranquilo, niño. Si estamos en la realidad virtual, lo que ves a través de la escotilla es una ilusión: no hay astros ni constelaciones, porque la verdadera sustancia de los mismos está contenida en Kamil.
 El niño lo miró pensativo.
 – ¿Corremos riesgo? ¿Nos pueden descubrir?
 – No te puedo afirmar nada, Alemín. Espero que no.
 Shari’ah lo miró con expresión de cansancio. Su cuerpo pareció más encorvado que de costumbre.

Mariska Karto 1971 - American Renaissance style photographer - Tutt'Art@ (3)

 – Sólo te puedo decir que ahora estoy fatigado y debo descansar. Es algo que te resulta difícil de entender desde la fuerza de tu juventud. Permanece tranquilo: los insectos me han dicho que nuestra invisibilidad es válida para cualquier tipo de realidad. Sólo podría vernos otra Baraqah…
 En uno de los recodos del pasillo se levantaban dos de aquellas  enormes máquinas. Shari’ah caminó hacia ellas y Alemín lo siguió: entre ambas el diseño formaba una cúpula que conducía a un espacio pequeño: para el tamaño de ambos era como una habitación. Debajo de sus pies descalzos sintieron el calor reconfortante de los metales; la luz que llegaba del pasillo se reflejaba en las planchas, iluminando suavemente el lugar.
 El anciano se recostó y no tardó en dormirse; Alemín permaneció despierto durante un rato:  tenso, atento al único ruido: el rumor de las máquinas que de tanto en tanto cambiaba de tonalidad. Finalmente  se durmió, pero con un sueño intranquilo.
 Despertó de pronto, se sentó en el piso y miró a su alrededor:  En el pasillo se proyectaba una sombra y escuchó pasos muy leves que se desplazaban de un lado al otro. A su lado, Shari’ah dormía profundamente. Alemín volvió a escuchar los pasos y su corazón latió con fuerza al ver la sombra acercarse a él.
 – Soy invisible – se dijo a sí mismo casi en un susurro – soy invisible…
 Temblando, se incorporó, caminó de puntillas hasta donde terminaban las máquinas y se asomó al pasillo. Alcanzó a ver una figura femenina perdiéndose en una de las entradas laterales.
 Su primera reacción fue despertar al Jeque, pero recordó a la efrita Tariqah: podría tratarse de ella. Caminó  hacia la entrada, con un extraño cosquilleo en su vientre; se detuvo: un intenso rayo de luz atravesaba su gandura. La levantó: el halo  surgía del centro de su ombligo Caminó hasta el cuarto donde había desaparecido la mujer: el brillo era suficiente como para iluminar la oscuridad; vio la figura: sentada en una silla, dándole el  perfil, mirando fijamente sus manos tendidas en el regazo.
 – Wekil – Alemín habló en susurro, con una mezcla de miedo y alegría – ¡Wekil…!
 Era su ayo: tal como lo viera por última vez antes de ser decapitado por el fantasma Taqlid; vestía la  peluca roja y la  gandura atada a su cintura, destacaba sus formas. A la altura de sus pechos resaltaban las protuberancias llamadas senos. Desde el ombligo de Alemín, la luz subió y bajó centrando siempre la figura de Wekil. El niño caminó hacia él: estaba maquillado con exceso: sus labios muy rojos, al igual que sus mejillas y el Khol en sus ojos diseñaba formas de barcos con volutas complicadas
 – Ayo,. soy Alemín…
 Llegó hasta él, cayó de rodillas e intentó abrazarse a sus piernas, pero no encontró apoyo, perdió equilibrio y golpeó su mentón con la silla. Wekil no estaba, y mientras se incorporaba desconcertado, la luz de su ombligo disminuyó hasta dejar el cuarto a oscuras. Corrió al pasillo y se tropezó con la  Baraqah de Shari’ah.
 – ¡Jeque! ¡Era mi ayo, Wekil. Estaba allí…!
 Alemín temblaba al borde del llanto; el anciano trató de tranquilizarlo.
 – Escucha niño: éste es el resultado de haber tragado la Baraqah de Wekil; desconozco las consecuencias que pueda traerte..
 – ¿Por qué no quiso hablar?
 – Quizá no pudo hacerlo. Quizá desde tu vientre la Baraqah no esté madura para lograr su original, pero sí para proyectarse. El único caso parecido es el de un niño de ocho años cuya historia relata un Hadith. Tragó la Baraqah de Bilal, el esclavo del nabí Mohamed antes de la batalla de Khorasan pero no puedo decirte más porque luego de esto en la misma batalla mataron al niño y Bilal sobrevivió.
 El anciano acarició a Alemín que seguía temblando.
 – Reflexionemos, niño: sabemos que las Baraqahs conocen lo que ha ocurrido y lo que está por ocurrir; puede ser que la presencia de Wekil intente advertirte algo y señalar ese cuarto por alguna razón. Enséñame el lugar en que la viste.
 Alemín asintió con la cabeza. El anciano se incorporó y caminaron hacia la habitación: la puerta estaba abierta y proyectaba un suave resplandor. Al asomarse se detuvieron asombrados: estaban frente a lo que sería una noche de la Tierra, con una luna gigantesca  que alumbraba un largo sendero pedregoso. Más allá, se extendía una llanura jalonada de ruinas; algunas de ellas, bajo la poca luz,   parecían animales amenazantes. En la lejanía, se levantaban bosques oscuros y una cadena de montañas.
 Ambos permanecieron de pie, mirando asombrados el paisaje. El niño nunca había estado frente a un panorama como aquel y el anciano Shari’ah hacía años que no lo veía.
 – Es increíble, Alemín – murmuró finalmente – estamos en las llanuras del Yemen…
 Caminó unos pasos; el niño lo tomó de la mano y se apretó a él mirando todo con miedo y fascinación. Cuando sus ojos se acostumbraron a la débil luz de la luna, advirtieron que a pocos pasos de donde estaban, había un estanque de aguas claras: algo se movía en su orilla: era un cangrejo enorme, brillante, que procuraba emerger de las aguas y salir de ellas, cayendo una y otra vez al lago.
 – Todo esto es hermoso, Jeque… – Una brisa suave  agitaba sus cabellos: la noche estaba estrellada y los astros brillaban. El niño se soltó  del anciano y caminó hacia el cangrejo; lo tomó cuidadosamente con sus manos y lo ayudó a salir. El cetáceo se sacudió  y marchó por las piedras del sendero perdiéndose en un seto.
 – Ten cuidado Alemín, no sabemos dónde estamos y puede haber peligro…
 – ¿Qué quieres decir con peligro, Jeque? Se supone que seguimos siendo invisibles.
 – En efecto, pero desconozco cómo será nuestro aspecto en la realidad virtual… mira niño: sé que estás maravillado porque es la primera vez que te encuentras en una noche terreste; hasta podemos tener la suerte de encontrar las Baraqahs condenadas a muerte, pero antes debemos asegurarnos de regresar al interior de la nave…
Ambos se volvieron: la puerta de la habitación donde apareciera el espectro, seguía abierta y parecía colgar del aire  de la noche: por ella llegaba la suave luz del pasillo. Shari’ah caminó hacia allí, siempre seguido por el niño; se acercó, levantó una de sus piernas para entrar, y en ese momento la hoja de madera onduló, chisporroteó y se deshizo en líneas de luz; la siguieron el marco y el dintel. En su lugar, la luna iluminó un bosque de arbustos que se extendía hasta unas luces lejanas.
 – ¿Qué pasó, Jeque?
 – No te lo puedo decir, niño: no sé las reglas que rigen este sitio; sólo puedo afirmarte que estamos en la realidad virtual, en un paisaje similar al de la lejana Tierra y no podemos volver a la nave… debemos arriesgarnos y tratar de encontrar una salida.
 Avanzó unos pasos; Alemín lo siguió, sintiendo bajo sus plantas el paso de la piedra fría a una sustancia blanda y húmeda: la tierra.
 – Caminemos, Alemín, no tengas miedo. Más adelante debe haber una salida o encontraremos a las Baraqahs condenadas. Pisa con cuidado para no lastimarte.
 Tomados de las manos avanzaron entre arbustos más bajos que ellos, de cuyas ramas colgaban gruesas frutas amarillas.
 – Presta atención Alemín: el lugar donde estamos debe ser para que lo habiten Baraqahs: los árboles son de nuestro tamaño, como el cangrejo que lograste sacar del agua…

Mariska Karto 1971 - American Renaissance style photographer - Tutt'Art@ (2)

 Llegaron hasta los resplandores que se iniciaban donde terminaban los árboles: una línea de reflectores se tendía sobre hileras de alambre; la luz era muy potente e iluminaba todo como si fuera de día. El anciano  detuvo a Alemín y miró a su alrededor: estaban  solos, y más allá se extendía una superficie rocosa; la sintieron bajo sus pies, fría y cubierta de estrías que hiceron cosquillas en las plantas de Alemín.
 Al poco de andar advirtieron que estaban subiendo  lo que sería la ladera de una sierra. Otra vez el anciano Shari’ah detuvo al niño con un gesto: más allá, donde la roca caía a pico, se abría una cueva de la que surgía una suave luz. Se acercaron lentamente, y un poco antes de llegar, Alemín pisó un guijarro en punta; retiró el pie, pero la piedra cayó por la ladera. Ante el ruido, la hoja de un alfanje digital salió de la cueva, pasó cerca de la cabeza del anciano, describió una parábola  y se estrelló en las rocas de abajo con ruido metálico, esparciendo chispas.
 – ¡Sé que estás ahí, Taqlid! ¡No podrás atraparme!
 Una voz masculina deformada por el eco, llegó desde la cueva.
– ¿Qué dijo? – preguntó Alemín – ¿Taqlid…?
 El anciano hizo un gesto con la mano.
 – Somos Baraqahs. Aquí no está Taqlid. Él es nuestro enemigo.
 – Me estás engañando…
 – Sal armado y compruébalo…
 – Dime tu nombre, caminante
 Shari’ah guardó silencio. Miró  los extraños juegos de sombras y luces sobre la ladera
 – No te diré mi nombre en voz alta. Arriésgate tú y sal de una vez…
 Hubo un largo silencio; Alemín sintió frío: la brisa había aumentado y atravesaba la fina gandura que lo cubría.
 De la cueva salió un fogonazo que los hizo retroceder: una bengala  explotó en el cielo a pocos metros de sus cabezas. El lugar se iluminó como si fuera de día
 – ¡Pasen! ¡rápido…!
 La figura de otra Baraqah se asomó por la entrada de la caverna. El anciano y el niño  entraron rápidamente. Siguieron por un pasillo de roca lisa que descendía y llegaron a una repisa: el lugar estaba iluminado por antorchas encendidas en las paredes rocosas.
 – Tú eres… Shari’ah, el de la Ley viviente…
 El anciano miró con atención a la Baraqah encorvada, con  larga barba, y profundas arrugas a los costados de su boca. Le costó reconocer sus ojos, llenos de sufrimiento
 – Y tú eres Habib
 -Ahora me llaman Habib al Masgid, el que se Postra… –  Se interrumpió mirando al niño con su cubierta de muñeca Barbie.

Mariska Karto 1971 - American Renaissance style photographer - Tutt'Art@ (12)

GOCHO VERSOLARI

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