Narrativa: Alemín – Capítulo 3 Matanza de Baraqahs – Cuarta parte – Final

Alemín – Capítulo 3 Matanza de Baraqahs – Cuarta parte.

Gocho Versolari

A una señal de la Baraqah, el niño se incorporó y  volvió a seguirlo. Habían llegado a una trampa en la pared del cobertizo; entre los dos la separaron con dificultad: daba a un lugar apenas iluminado desde el piso por objetos que despedían un suave resplandor. En el fondo, se dibujaba un cuadrado de luz más intensa.
 – Alemín, querido niño – el jeque se volvió hacia él y lo tomó del hombro – debes dormir un poco. Aquí estamos seguros.
 Mientras hablaba la Baraqah seleccionó algunos trozos de paja con los que preparó un mullido colchón.
 – ¿Dónde estamos, jeque? – Alemín apenas podía abrir sus ojos.
 – Cuando despiertes te seguiré explicando. Ahora duerme.
 – El universo es un hombre púrpura – dijo mientras la mano de la Baraqah acariciaba su frente.
 – Tienes razón, el cosmos es un hombre púrpura, llamado Kamil, y ahora navegamos por su mano izquierda…
 Alemín soñó con agua; estaba en el fondo de un mar, en medio de formaciones de coral brillantes, como palacios iluminados. Encima suyo nadaban fosforescentes peces plateados y dorados; largas algas tornasoles pasaban junto a su rostro y lo acariciaban. Más arriba, refulgían un sol y una luna mortecinos;  la luz  atravesaba la masa de agua con resplandores difusos. El niño sabía que aquel lugar era la totalidad del universo; lo veía en su forma acuática, como un océano. A su alrededor surgían seres extraños; llegaban desde profundidades abisales hasta él con agujeros que alguna vez fueran ojos y trataban de mirarlo fijamente. Uno de ellos abrió algo parecido a una boca y pronunció dos palabras con  tono  gutural: ¡Ya Sin!. Alemín sabía que eran el inicio de la sura treinta y seis del Korán; iba a contestar, pero sintió que lo sacudían.
 – ¡Alemín! ¡Alemín…!
 Era la Baraqah de Shar’iah.
 – Despierta, Alemín: has dormido una hora. Este es un lugar seguro, sólo hasta ahora. El rayo verde que vimos en lo que fuera la habitación de mi original, recorre toda la nave y puede llegar hasta nosotros.
 El niño se incorporó y miró a su alrededor: desde el suelo seguía el resplandor como la única luz que iluminaba el lugar.
 – Alemín: encontré un nido de Nafs. Para llegar a ellos debemos atravesar los cadáveres de las Baraqahs
 – ¿Los cadáveres?
 Alemín caminó unos pasos hacia los montículos brillantes y recién advirtió que eran  piernas, brazos, torsos entrelazados, todos separados de los cuerpos.
 – Debes saber que en el espacio no hay bacterias que  descompongan los cadáveres; sólo algunos microorganismos que los devoran muy lentamente y producen el brillo que vemos. Ven conmigo.
 Alemín siguió al jeque Shar’iah. Temblaba y el vértigo  subía por su médula: estaba rodeado de cadáveres femeninos, muy delgados; eran las muñecas “Barbies” que habían cubierto a las Baraqahs asesinadas. La mayoría denudas, algunas con vestidos occidentales; una de ellas estaba sentada, con las piernas cruzadas, sin cabeza como las demás, con zapatos de tacón y lencería negra; sus brazos caían sin fuerza. El niño se sobresaltó al escuchar la voz de la Baraqah de Shar’iah.
 – Estamos en la parte trasera del Mihrab, Alemín. Nos rodean túneles transversales que forman un complicado laberinto. Frente a nosotros está la mezquita, con los guardias de Faqaha, el Doctor de la Ley. Suponen que aquí sólo hay Baraqahs muertas y que por un temor reverencial, quienes estamos vivos no entraremos a este lugar, de modo que es muy improbable que los sensores nos busquen. Tendremos tiempo de recibir la luz de los Nafs.
Una de las muñecas había sido crucificada: también sin cabeza, estaba suspendida de la pared metálica por  sus muñecas y  tobillos. Las articulaciones retorcidas y la postura de su cuerpo, sugerían un dolor insoportable, y Alemín pensó en su rostro; le pareció verlo de pronto: una “Barbie” anciana y canosa, con  rasgos deformados por el sufrimiento.
 La Baraqah de Shar’iah iba  a hablar otra vez, pero Alemín la interrumpió antes que pronunciara una palabra.
 – Las cabezas, jeque: ¿dónde están las cabezas?.
 – Las cabezas de lo cuerpos… también están aquí. Antes de separarlas con un potente golpe de alfanje, los verdugos las ponen en un vector digital que luego las llevará a un pozo…
 La figura de Shar’iah miró a su alrededor, y señaló un trozo del piso de donde surgía un resplandor muy intenso
 – Allí están, Alemín. Ten cuidado…
 El niño caminó hacia el pozo y se asomó:  una corriente de aire cálido que soplaba desde abajo, suspendía las cabezas; se arrodilló para verlas mejor: a simple vista parecía un lago de aguas amarillas:  las cabelleras rubias ondeaban suavemente de un lado al otro. De tanto en tanto, algunas caras se volvían hacia él: pálidas, amoratados; ojos cerrados, párpados apretados, mejillas hundidas. Todas iguales, como formando parte del cuerpo de un extraño monstruo.
 El miedo de Alemín  creció y retrocedió buscando apoyo en la Baraqah de Shar’iah.
 – Tranquilo, niño, sé que es impresionante, pero un buen musulmán no debe perder la calma entre las gentes del sepulcro, sino convertirse en su amigo, y en este caso tratar de evitar más ejecuciones como éstas… mira, allí están los Nafs.
 Frente a ellos se levantaban los insectos, muy pequeños, unidos entre sí como  colmenas vibrantes. Alemín trató de tranquilizarse; de olvidar por un momento los cuerpos muertos y  concentrarse en los Nafs.  A medida que se acercaban, oyeron  sus chillidos que se transformaban en palabras: hablaban entre ellos; uno de los enjambres,  más brillante que los demás, se separó del resto y se acercó para darles la bienvenida.
 – ¡Salud, jeque Shar’iah! Nos han hablado de tu muerte, y nos alegramos al verte caminando sobre tus pies.
 – ¡Allah sea contigo, Señor de los Nafs!. Soy la Baraqah del Venerable jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente. Este niño y yo te pedimos ayuda. El régimen de Faqaha, el Doctor de la Ley nos está buscando para matarnos. Queremos que nos empapes con la luz líquida de tus hijos, para que no nos descubran los sensores digitales. Nuestra misión es llegar donde las Baraqahs condenadas esperan su próxima ejecución y  salvarlas.
 – Cuenta con nuestra ayuda, anciano. Estamos viviendo tiempos terribles, aunque para nosotros sean el paraíso. En condiciones normales, nuestro pueblo se caracteriza por su delgadez; cada 500 años de  vida plena, una Baraqah se retira a morir serenamente; los miembros de mi pueblo acuden a beber el resplandor que emiten sus miembros inertes. Ahora, con la matanza de Baraqahs emprendida por Faqaha y sus hombres, nos alimentamos de nutritivas luces de cadáveres jóvenes. Es agradable comer, Shar’iah, pero preferiríamos no hacerlo y que todo volviera a la normalidad; desearíamos no tener que enfrentarnos con las consecuencias de esta masacre, de esta profanación.  ¡Ojalá podamos servirte a ti y a este hermoso niño!. ¡Ojalá nuestros vientres llenos puedan transformarse en beneficios!. Sólo debes tener en cuenta que nuestro resplandor va a tener efecto en ustedes cuando haya pasado una hora terrestre.
 – Empecemos entonces, Señor de los Nafs.
 Los insectos del panal se agruparon formando esferas y volaron en círculos, alrededor de las cabezas de Alemín y de la Baraqah de Shar’iah. Mientras lo hacían cantaban con voz melodiosa una canción en lengua iraní; hablaba de una joven que, yendo a buscar agua a un pozo, había sido preñada por un león.
Lentamente las cabezas de ambos se fueron tiñendo de luz amarilla; por momentos parecieron brillar como un par de soles; el líquido gelatinoso y brillante empapó sus cuellos y siguió con sus pechos; también sus vestimentas se impregnaron de aquella luz sólida.
 Al terminar, el enjambre siguió volando alrededor del niño y del anciano hasta terminar la canción, en la que el hijo de la joven se convertía en un noble guerrero y abatía solo a los ejércitos  infieles.
 – Cumplimos, jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente – dijo a coro el enjambre – Dentro de una hora estarás a salvo de las búsquedas de los sensores: al posarse sobre ustedes, los registrarán como luces aisladas sin significación.
 – Señor de los Nafs – preguntó la Baraqah – ¿Sabes algo de la avispa Afgana muerta por Taqlid, el de Pensamiento Duro?
 – Está camino al “Infierno”, jeque Shar’iah.
 – ¿Al infierno?

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 – Antes de partir nos reunió a  los insectos nocturnos que habitamos la nave y nos dijo: Cuando no podemos vivir en los cielos, debemos replegarnos a la tierra; cuando en la tierrra se hace imposible la existencia, sólo nos queda el horizonte del Infierno…
– ¿Quieres decir que ha partido al planeta “Infierno”?
 – Así es, jeque
 – Eso es un suicidio, no lo puedo creer de un insecto noble como la avispa Layla…
 Los Nafs iban a contestar, pero la luz verde llegó de alguna parte; se precipitó crepitando sobre los cuerpos decapitados de las Baraqahs, cruzó sobre ellos una y otra vez, hasta detenerse  en el techo, encima de  Alemín y de la Baraqah de Shar’iah.
 – El sensor…no lo esperábamos
 – Deben huir, jeque Shar’iah Todavía faltan algunos minutos para que nuestra luz los proteja.
 – ¿Qué haremos, Señor de los Nafs? Tú conoces mejor que nadie este lugar.
 – Debes internarte en los corredores laterales. No hay forma de guiarte en ellos; las paredes de la mezquita son gruesas y encierran un sistema de  laberintos complicados. Lo que puedo hacer es enviarte un enjambre de insectos para que los ilumine. Vete ya.
 Desde el techo, el resplandor verde, enorme, amenazante, se balanceaba a un lado y al otro. Una nube de insectos se separó del resto y voló pegada a las paredes oscuras del Mihrab. Alemín y la Baraqah de Shar’iah corrieron hasta encontrarse con el túnel; entraron en él, cuando la luz verde del sensor caía y barría rápidamente la pared opuesta.
 Dieron tímidos pasos por el conducto oscuro, iluminado tan sólo por la luz amarilla del enjambre de Nafs que volaba frente a ellos.  Alemín recordó que su ayo le había contado alguna vez historias acerca de los laberintos que se tendían en las paredes de la nave, circundando la mezquita del módulo superior: cualquier tripulante podía perderse en ellos y no ser encontrado nunca; inevitablemente los devoraría el monstruo que se alojaba en el corazón del laberinto.
 Caminaron con dificultad: el piso  del túnel era convexo, lo que les impedía dar pasos  firmes; además, un intenso olor picante les dificultaba la respiración. Sólo de vez en cuando llegaba de la mezquita, entre el murmullo de quienes repetían la Kebla, olor a pachulí, incienso y maderas dulces.
 De pronto, los gritos de los insectos volvieron a formar palabras articuladas.
 – Todo laberinto encierra un monstruo
como todo durazno su hueso,
como toda mujer enamorada sus lágrimas,
como todo niño encierra sueños.
 
Todo laberinto encierra un monstruo
con dientes enormes como estrellas.
Puede atravesarte traicionero
con las espinas de su pecho
o puede seducirte
con sus miles de ojos
y finalmente aniquilarte
y arrojarte al abismo
de su vientre…
 – ¿Qué están diciendo, Jeque Shar’iah?
 – Es una poesía de Ibn Odirco Nelaba. Forma parte del grupo escultórico poético que pronunció frente a los ejércitos durante la Gran Jihad.
 – ¿A qué se refieren? Siempre me enseñaron que en un laberinto hay un monstruo. ¿Ocurrirá lo mismo con éste?
 – Espera que lo preguntaré. Señor de los Nafs ¿Estás ahí?
 – Aquí estoy, hermano Shar’iah, el de la Ley Viviente.
 – ¿Corremos peligro en el laberinto?
 – El mundo es un gran laberinto, jeque. Eso  lo sabes. Su entrada, su salida y el monstruo encerrado en su corazón, están grabados en tu pecho como si alguien hubiera trazado un mapa en él…
 El Señor de los Nafs se interrumpió: el camino había tomado un recodo súbito. Avanzaron hacia el interior de la pared, en dirección opuesta a la mezquita.
 – Alemín: tratemos de recordar la dirección del camino…
 Casi enseguida, el túnel volvió a doblar  un pequeño trecho hasta presentar un nuevo recodo. Así siguieron en un extraño zigzag. Alemín sintió que algunas veces daban una vuelta completa y marchaban en dirección contraria a la que habían tomado; en otras, giraban incesantemente como permaneciendo en el mismo lugar. No era posible  recordar las vueltas, y lo único que los guiaba eran las luces de la mezquita y  las voces de los tripulantes orando.
 Se detuvieron frente a una encrucijada: , un camino frente a ellos y dos más, uno  a cada costado.
 – Señor de los Nafs, te pido que nos aconsejes acerca de qué dirección seguir.
 – Jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente, debes hacer caso a las voces de tu pecho, exactamente a las que surgen del punto donde termina el esternón. Sólo puedo decirte que la selección de un camino u otro te llevará a enfrentarte a diferentes tipos de obstáculos. Lo que tienen en común es que todos ellos son igualmente terribles y  liberadores.
 – Vamos por el medio, Alemín – dijo con decisión la Baraqah. El niño lo siguió: aquel camino era más amplio, con el suelo plano y firme; seguía en línea recta, de modo que avanzaron con rapidez. Llegaron a un espacio más amplio: cuatro conductos en el techo arrojaban chorros de luz que se multiplicaban en las paredes espejadas. En el medio, una mosca enorme parecía esperarlos inmóvil, con sus patas hundidas en los charcos oleosos que llenaban el piso. Movía un par de alas trasparentes, produciendo un ruido intenso y extraño; su cabeza era enorme y tenía un par de ocelos que se dividían en innumerables celdas, brillando con luz propia.
 Caminaron cada vez más lentamente. El enjambre de Nafs se apartó y Alemín y la Baraqah de Shar’iah quedaron enfrentados al monstruo.
 – ¿Quién eres? – preguntó el jeque con tono desafiante.

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 – Mi nombre es Shams de Tabriz. Soy un insecto nocturno de la epecie  Sukr. Me alimento con el halo luminoso que rodea a hombres y mujeres cuando están vivos.
 – El niño y yo, ¿brillamos en este momento?
 La enorme mosca movió afirmativamente la cabeza.
 – ¿Comerás nuestros halos?
 – Sí, si ustedes me dejan. Necesito del deseo de quien brilla para que me alimente con su halo.
 – ¿Quién puede desear algo así?
 – Eso se anhela cuando la vida se muestra como las llanuras de Makran luego de las copiosas lluvias de la primavera. La existencia aparece entonces sin sombre ni herida, sin pena ni amor… Es  cuando , sin saberlo, los cuerpos ansían mi presencia. Y yo llego ante el llamado de sus entrañas, invisible, volando en los atardeceres, y devoro sus fuerzas hasta  transformarlos en felices cadáveres.
 – ¿Eres el legendario Shams de Tabriz, el maestro de Djalâl ud-Din Rûmi, el poeta del amor místico?
 – No hay maestros ni discípulos. Sólo el péndulo que va de uno a otro extremo…
 La enorme mosca calló. Una gelatina azul brillante salió de su trompa; Alemín sintió algo amenazante en ella, y sin advertirlo se encontró tomado de la mano del jeque Shar’iah.
 – Eres hermoso, Shams de Tabriz – dijo de pronto la Baraqah. El niño lo miró alarmado: sus pupilas habían aumentado de tamaño; sus ojos estaban fijos en los ocelos brillantes, charolados. Shar’iah caminó hacia él llevando de la mano a Alemín, arrastrándolo casi. Con cada paso, las celdas que formaban los ojos crecían hasta ser profundos fosos. Detrás de cada una de ellas, se abrían  precipicios de los que llegaba el estrépito de vientos huracanados; ejércitos de rostros grises; cabezas separadas de sus cuerpos; árboles que volaban como pájaros y un vórtice que giraba rápidamente arrastrándolo todo.
 – ¡Shams de Tabriz! – La Baraqah de Shar’iah avanzaba decidida hacia los abismos que se abrían en la cabeza de la mosca – ¡Shams de Tabriz! ¡Veo en tus ojos plácidos jardines llenos de huríes, desnudas, apoyadas en amplias solanas, llamándome con dulces sonrisas y gestos! ¡En ti está el paraíso del que hablara el Nabí Mohamed!. ¡En ti el sol brilla eternamente y los racimos se multiplican en tus viñas. Cada uva tiene ojos y una boca para alabar eternamente a Allah, el clemente, el misericordioso…!
 A pesar de su terror, Alemín se mantenía unido a la mano del anciano. Sintió que el viento los arrastraba lenta y firmemente hacia  las celdas del ocelo monstruoso. El enjambre de Nafs los acompañaba y se sacudían a un lado y al otro en un extraño y alarmante movimiento pendular.
 – ¡Shams de Tabriz! En lo profundo de tus ojos serenos me encuentro a mí mismo…
…feliz el momento en que estaremos sentados en el palacio tú y
                                                                                                                                                    [yo,
con dos formas y dos rostros, pero con una sola alma, tú y yo.
Las estrellas del cielo vendrán a mirarnos;
les enseñaremos la propia luna, tú y yo.
Los pájaros en el cielo, con brillante plumaje, tendrán el
                                                                  [corazón devorado por la envidia
En el lugar donde alegremente reiremos, tú y yo.
Pero la mayor maravilla es que, tú y yo, acurrucados en el mismo
                                                                                                                                             [nido
Estábamos, en ese instante uno en Irak y el otro en
                                                                   [Khorassan, tú y yo…
 Las palabras finales de la Baraqah se perdieron entre el aullido del viento que llegaba de los ojos azabaches. Alemín trató de no llorar, de mantener la calma, aunque sintió desesperadamente que no quería morir. El enjambre de Nafs que marchaba frente a ellos, chocó de pronto contra un enorme túmulo oscuro que surgió de la nada y se deshizo en chispas luminosas; uno de los insectos quedó revoloteando y se acercó a su cabeza; entró por su oído, y el niño escuchó los chillidos en su cerebro;  se articularon formando palabras.
 Escucha niño: el placer y el terror se unen en un punto cuando te olvidas de ti mismo y te entregas al objeto de tu amor o tu repulsión…
 En el vórtice,  Alemín  sentía como un asa caliente la mano de la Baraqah sostenida a la suya. Arboles negros se balanceaban furiosamente bajo el huracán que soplaba en el cuerpo de la mosca.
 La forma de vencer al monstruo es entregándote a él. La forma de vencer a la muerte es muriendo y siguiendo sus leyes. Como la llama que se convierte en brasa y que vuelve a flamear al soplo del viento.
 Alemín giró furiosamente, sintiendo que sus vísceras se revolvían. Vio vagamente frutos podridos agitados por el huracán: rostros pálidos, grisáceos; manos y pies sueltos que se movían como viviendo por sí mismo. Avanzaban hacia él y lo  llamaban con voces guturales.
 Alemín; ya está haciendo efecto la luz líquida en vuestros cuerpos. Ella no sólo los protegerá contra los sensores de Faqaha, sino contra todos los males…
 El niño escuchó lejanamente los gritos de gozo de la Baraqah de Shar’iah. Sintió que caía en un descampado oscuro, mientras la lluvia lo empapaba. La mano de Shar’iah seguía apretada a la suya, pero el sentimiiento de soledad era enorme.
 Al atravesar  los ojos y la cabeza de Shams de Tabriz, tú sentirás lo más horrible del universo, mientras el jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente, sentirá en su carne las espinas del paraíso…
 El viento seguía soplando, pero una luz sucia se abrió paso entre la oscuridad. Alemín estaba caído en el barro, y vio  peregrinos orando en la llanura. El silbido del viento se escuchó a lo lejos; de pronto, una mezquita enorme llegó volando por los aires y cayó sobre las gentes. El niño escuchó sus gritos de espanto.
 Recuerda, Alemín: tu infierno y su paraíso son tan temibles el uno como el otro…
 El viento volvió a levantar al niño; el tiempo pasó con rapidez: vio caídas de imperios, vuelos de águilas, vómitos de buitres; bosques marchando a crueles batallas. La tormenta reinaba en el universo y el viento terminó vaciando su vientre y su pecho; desmembrándolo. Cada uno de sus pedazos tenía conciencia propia.
 En medio de la desesperación se sintió otra vez en la unidad sanitaria, viendo como las manos mecánicas levantaban la jeringa con la aguja y la apoyaban contra la supernova intensamente azul de la galaxia de Gank; como la llenaban de líquido turquesa y lo inyectaban en sus venas.
 El viento fue cediendo. La sensación de calma se generalizó; lo único que se había mantenido en todo momento, era la firmeza de la mano del jeque Shar’iah sosteniendo la suya. La lluvia furiosa también disminuyó y  sólo  escuchó el ruido de una gota cayendo insistente.
Alemín levantó la vista: estaba en el mismo anfiteatro donde los había llevado el laberinto, sólo que acostado en una superficie negra y gomosa. La Baraqah de Shar’iah, sin soltar su mano, estaba  a su lado, inmóvil. Junto a ellos se levantaba lo que parecía un rabo enorme, negro y cubierto de pelos.
 Sonó un zumbido: el enjambre de Nafs se había vuelto a armar y ahora volaba a su alrededor. Alemín sintió que el jeque Shar’iah tiraba de su brazo. Levantó la cabeza y miró al niño con sus ojos desorbitados.
 – ¡No quiero marcharme de los jardines encantados!
 – Jeque, despierte, por favor…
 Alemín intentó soltar su mano, pero la Baraqah la sostenía con  fuerza.
 – ¡La huríes me llaman, me piden que las acompañe eternamente. Me juran que sólo serán mías…!
 – ¡Jeque Shar’iah…!
 En un esfuerzo enorme, Alemín tiró y logró soltar su mano. La Baraqah fue despedida y rodó sobre la superficie áspera; quedó inmóvil, boca abajo a unos metros del niño. Alemín corrió hacia él.
 – ¡Jeque Shar’iah…!
 Al llegar lo sacudió hasta que él levantó la cabeza y lo miró con ojos sin brillo.
 – Jeque Shar’iah, ¿despertaste?
 – Hubiera querido no hacerlo, Alemín. Sé que el éxtasis está lleno de demonios sutiles que te poseen como si fueran un vino bueno que llega a tus venas y te embriaga sin que lo adviertas… pero es hermoso, niño; es hermoso…
 El anciano miró frente a sí con  tristeza, mientras el enjambre de Nafs volvía a ubicarse junto a él.
 – Señor de los Nafs, ¿estás ahí?
 – Aquí estoy, Shar’iah, el de la Ley Viviente. Has derrotado al laberinto; has de saber que en el corazón de esa derrota está la salida.
 – No sé si Alemín y yo queremos salir del laberinto. Nos dirigimos donde están las Baraqahs condenadas a muerte.
 – Para hacerlo debes romper las paredes del laberinto; debes utilizar la sabiduría que te aportó el recorrerlo.
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– ¿Dónde estamos exactamente?
 – En la parte anterior del vientre de Shams de Tabriz. Esta especie de moscas tienen una cola como la que ven aquí. Deberán subir por ella hasta la punta: allí tienen una terminación muy sensible, y al apoyar vuestros pies, hará que agite su rabo. Cuando aparezcan las estrellas, estarán fuera del laberinto.
 – Bien, Señor de los Nafs, ¿te volveremos a ver?
 – Hasta aquí los acompaño, Jeque.
 – Te agradecemos la ayuda que nos diste.
 – Te repito lo que te dije antes: si está en tus manos modificar las cosas, hazlo. Aunque se nos prive de este festín que quedará indeleble en la memoria de mi pueblo.
 La Baraqah de Shar’iah probó el rabo: tiró de los pelos que lo recorrían, comprobando que estaban firmes.
 – Vamos Alemín: sólo nos falta un esfuerzo más.
 Con agilidad, el jeque subió lentamente por la cola. El niño lo siguió; a medida que ascendía sintió un creciente olor a humedad con un dejo picante. El enjambre de Nafs los siguió en su ascenso con un zumbido  de despedida.
 El final de la cola estaba coronado por un mechón de pelos negros y duros y a medida que se acercaban, la enorme mosca la sacudía a un lado y al otro. La Baraqah llegó arriba seguido de cerca por Alemín; entonces, el rabo del insecto se agitó con violencia. El niño y el anciano se sujetaron, mientras todo a su alrededor giró vertiginosamente. Cuando se detuvieron estaban a  medio metro de una hilera de escotillas. A ambos lados había travesaños de metal insertos en la pared de la nave.
 – ¡Sígueme, Alemín!
 La Baraqah de Shar’iah se aferró a uno de ellos y quedó colgando. El niño hizo lo mismo y por unos momentos sólo quedó sujeto de sus brazos, hasta que sus pies encontraron los soportes que estaban más abajo. Ambos bajaron lentamente y llegaron a un lugar firme. Se miraron y después vieron a su alrededor: no estaban Shams de Tabriz ni el ejército de Nafs. Las plantas de Alemín sentían el frío del metal: estaban sobre lo que debía ser un techo de uno de los pasillos de la nave.
 – Salimos del laberinto – dijo la Baraqah de Shar’iah. Estamos en el domo, en la pared opuesta a la mezquita. El espacio que vemos es el que está debajo de la nave…
 Alemín iba a contestar, pero al mirar por la escotilla que estaba junto a él advirtió que afuera la niebla púrpura se había espesado; parecía una gelatina que  tiñiera con su color  las estrellas y constelaciones.
 – Es Kamil – afirmó.
 – Es Kamil – sentenció la Baraqah
 – ¿Kamil es Allah, jeque?
 – No, Alemín. Kamil es el Señor de los Hombres. no es Allah
 Ambos vieron dentro de sí la forma del hombre púrpura. Por una herida de su cuello despedía  sangre fosforescente y la nave con forma de mezquita estaba en el dedo mayor de su mano izquierda. En la uña y la yema del mismo, brillaba implacable el enorme planeta “Infierno”
 

GOCHO VERSOLARI

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