Narrativa: Alemín – Capítulo 3 Matanza de Baraqahs – Tercera parte.

Alemín – Capítulo 3 Matanza de Baraqahs – Tercera parte.

Gocho Versolari

– Tienes hambre, Alemín…
 El niño saltó: la voz era de la Baraqah.
 – Puedo… puedo escucharte.
 – Puedes hacerlo. También podrías leer mis pensamientos, pero no estás entrenado. Me escuchas porque has tragado dos Baraqahs cuando no tenías la edad reglamentaria. No sé qué te puede ocurrir en el futuro, pero ahora eso te convierte en uno de nosotros. Faqaha, el Doctor de la Ley, se ocupaba de mantenerte en letargo, porque  odia a las Baraqahs. Dejó de prestarte atención por su afán de convertirse en el Allah viviente. Debes saber que el Sultán Hijab, el Velo sobre su Faz, quien gobernó la nave desde su partida de la Tierra, murió a manos del Saaluk Ittihad el Aniquilador, un verdugo negro, enorme, que milita  en la organización secreta llamada Rihán,la Secta de los Arrayanes Perfumados, que postula la insensatez del Islam sin Allah. Al conocerse esta noticia, los ancianos del Diwán decidieron que Faqaha asumiera el reinado: sabes que era un simple guardia de los establos y al ascender a rey se embriagó de un poder despótico que lo lleva a ocupar todas sus horas en matar del modo más cruel a quienes le rodean. Tú sabes que una disposición surgida poco antes de la Gran Jihad en la Tierra, establecía que los guerreros muslim debían matar a sus enemigos mirándolos a los ojos. El propio Ittihad que te nombré fue un verdugo célebre; él iba a la vanguardia de los ejércitos y en las zonas ocupadas ejecutaba todas las sentencias de muerte de los Tribunales panislámicos; antes de hacerlo, miraba a los ojos al condenado y de un modo u otro le decía: ¡vas a morir!. Faqaha mata a la tripulación que considera desleal sin mirarlos a los ojos: alguien los cuelga del cuello y los deja caer al vacío; están suspendidos en la nave sin saber quién los mató ni por qué… Niño, estoy hablando demasiado: ahora tienes hambre, y  hay que remediarlo.
 Alemín sintió que su estómago se abría al medio. La Baraqah se volvió hacia él.
–  Sí tengo hambre… pero tú eres…
 – El viejo Shar’ia, el que llaman “el de la Ley Viviente”. Cuando mi original se fue persiguiendo a Taqlid, el de Pensamiento Duro, quedaron tres Baraqahs suyas en un cofre cerrado en poder Diwán. Ahora que Faqaha, el Doctor de la Ley ha usurpado el sultanato de la nave, nos hemos unido formando una sola y  escapamos para ocultarnos mejor. El actual soberano considera las Baraqahs  obra del Chaitán.
 – Debes saber de tu original.
 La pequeña figura suspiró, mientras se paraba con su pequeño cuerpo en la célula sensora que hacía bajar la comida, y la activaba golpeándola con sus pies descalzos.
 – Es un problema, Alemín. Sé que no está muerto, a pesar de que  el robot rastreador indicó que había partido hacia el planeta “Infierno”. El original de Shar’iah, el de la Ley Viviente está en un lugar donde el tiempo y el espacio se eclipsan, se quiebran. En tanto no sepa más, no habrá posibilidades de rehacerlo…
 En ese momento bajaron dos platos y Alemín se precipitó hacia la comida. Los cubiertos desinfectados estaban aún calientes; en  uno de ellos humeaba una abundante porción de  Rozbaja, arroz con ajos y especies. En el otro había un pan de Halahua, amasado  con  harinas de El Cairo en las que habían mezclado aceite de sésamo, azúcar, avellanas y nueces.
 El niño devoró con alegría: hacía mucho que una comida caliente, recién preparada no llegaba a su estómago. Bebió con avidez un vaso de jugo, imitación del zumo de las naranjas de Chechenia.La Baraqah de Shar’iah lo miró fijamente mientras comía.
 – Alemín, hay modos de rehacer los originales de las Baraqahs que tragaste – dijo el jeque Shar’iah.
 – Desde ya: en la mezquita
 El niño recordó que, varios años atrás, Wekil lo llevó a uno de esos ritos, donde los muertos renacían a partir de sus Baraqahs
 – Querido Alemín: no podemos obtener los originales de las Baraqahs por los medios normales. La mezquita tiene vigilancia militar: los sabuesos de Faqaha la custodian en todas sus entradas, prohiben la recuperación de los originales y han matado numerosas Baraqahs…
 – ¿Matarlas? Eso está prohibido.
 – Así es, niño. Han recortado del al-Azif todos los trozos en los que se habla de las Baraqahs, como aquel donde se predice …llegará el reinado en  que hombres necios se llenarán las manos con sangre de Baraqahs. Debes saber, Alemín que quien inició todo esto fue Taqlid el de Pensamiento Duro, la noche en que mató a tu ayo Wekil y casi te destruye.
 – Si, lo recuerdo.
 – Sabrás entonces que aquella noche, Taqlid mató un insecto nocturno.
 Alemín tragó el bocado de Halahua que estaba masticando, y dejó de comer. En su mente, la hermosa avispa afgana apareció estrellada contra el panel de acero. Volvió a ver su vientre gomoso como una laca hirviente,  despidiendo burbujas ambarinas con destellos tornasoles. La imagen era hermosa y terrible, y el niño se inmovilizó frente al recuerdo. La Baraqah de Shar’iah debió colgarse de u gandura, llegar a su oreja y gritar en su oído.
 – ¡Alemín! ¡Despierta! ¡Soy el anciano Shar’iah! ¡Estás conmigo…!
 La voz del jeque resonó dentro de su cerebro.
 – Si.. sí… está bien… estoy bien. Recuerdo la avispa. Taqlid la mató. Fue la primera vez que supe de la muerte de un insecto.
 – No era un simple insecto Alemín – el anciano se sentó sobre su hombro cruzando sus piernas llenas de vellos blancos – Sabes que los insectos nocturnos son sagrados porque protegen al hombre. Por mucho tiempo se les atribuyó carácter satánico, pero ellos nos conducen desde lo profundo de la tierra al cielo de la noche. Esta avispa llevaba en su vientre el futuro de la nave y  de toda la tripulación. Tu ayo Wekil, su muerte sólo fue un pretexto para destruir a la avispa. Taqlid el de Pensamiento duro, parece impulsivo, pero sabe lo que hace
 – Yo vi como lo mataban los insectos.

Butterfly effect by Kate Louse Powell 1996 - British painter - Tutt'Art@ (3).png

 – Taqlid no está muerto; permanece en alguna parte del universo. Espera el momento de aparecer, pero no quiero que eso te asuste.
 Los ojos de Alemín se habían turbado y no dejaba de masticar el trozo de Halahua que tenía en su boca.
 – Debes saber que los insectos nocturnos también tienen Baraqahs y es necesario descubrir dónde está la avispa.
 – ¿Cómo descubrir?
 – Descubrir, Alemín: el sultanato de Faqaha mantiene oculta las Baraqahs para  matarlas. Abre el cajón que está debajo de la tabla de la mesa.
 El niño obedeció: había varios objetos, y el que más se destacaba era una muñeca muy delgada, de cabellos largos y rubios. Tenía los ojos cerrados como si durmiera y vestía un pequeño pantalón, botas de cuero negras y un suéter corto que apenas cubría su pecho. Alemín la tomó, lo impresionó su piel  tibia; sabía que era un juguete usado por los niños de la Tierra antes de la Gran Jihad.
 – Sí, Alemín. Con estas muñecas jugaban  las hijas de los infieles de la Tierra. Se las conocía como “Barbies”. Apóyala en la mesa.
 El niño obedeció; la Baraqah de Shar’iah se inclinó sobre un dispositivo cubierto de luces y botones. Presionó algunos y  el juguete  se sacudió; abrió los ojos, se incorporó y  bailó sobre la mesa una danza desconocida. Alemín la miró asombrado, con un poco de miedo: la pequeña figura movía sus caderas, y le sonreía con gracia, tarareando por momentos una música sugerente.
 – Te asombras, Alemín. Antes de la Gran Jihad, los juguetes como esta muñeca cantaban, bailaban y hasta hacían sus necesidades. En Irán fueron condenadas: la muñeca rubia y frívola se consideraba un signo de la decadencia
 – … parece una Baraqah…
 – Siempre fue el sueño de los infieles inventar un juguete de carne y hueso. En la nave, a través de las técnicas desarrolladas en estos diez años, se crearon estos “Encubrimientos holográficos”. La muñeca es un pretexto, una máscara. Está ocultando algo diferente… levántala, Alemín.
 El juguete se detuvo en un momento del baile;  con cierta aprehensión, el niño la tomó de los brazos, procurando no rozar sus pechos. La muñeca lanzó una exclamación de sorpresa; su piel  tibia  latía suavemente. Al levantarla, sus brazos y sus miembros perdieron fuerza. Debajo de ella aparecieron dos hormigas voladoras, como las que acababa de ver en el cuarto de la unidad sanitaria. Copulaban torpemente con un fuerte zumbido.
 – Sigo sin entender – dijo Alemín. – ¿Para qué es todo esto?
 – Querido niño: el juguete sirve para ocultar cualquier cosa, un objeto, un insecto… una Baraqah. Lo que cubra se adapta a la muñeca con carne, sangre, huesos. Si lastimas al juguete, si derramas su sangre, también se derramará la sangre de aquello que contiene
 – ¿Puede moverse  si no está cubriendo otra cosa?
 – No tiene vida por sí misma. Es una cáscara vacía. Observa…
 Con un movimiento muy rápido, la Baraqah de Shar’iah se metió debajo de la muñeca y el juguete volvió a cobrar vida.
 – Alemín, eres un hermoso niño… ¡El niño…! Cuán delicado es…! ¡Y qué gentil! ¡Y qué gracioso!. Si preguntáseis ¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada semejante? Ella contestaría: Como él, verdaderamente ninguno.
 Mientras decía todo esto, la muñeca no dejaba de bailar sin música: agitaba sus caderas y sus nalgas, volviéndose hacia Alemín.
 – ¿Qué te ocurre tonto? ¿Te doy miedo? Ven a bailar conmigo: la vida es una fiesta, una fiesta permanente. Ven a bailar antes de que las brumas de la muerte nos lleven a los dos…
 Mientras hablaba, la muñeca reía sin parar. Alemín se acercó a ella: el juguete le producía vergüenza, aprehensión, miedo, como si pusiera en evidencia algo suyo muy íntimo. La tomó de los cabellos.
 – Así me gusta, Alemín, que te sumes al jue…
 En el momento en que la levantó, la muñeca se interrumpió. Volvió a quedar inerte, y debajo de ella la Baraqah de Shar’iah, reía como  loco. El juguete cayó a un costado, mientras la pequeña figura del jeque se tomaba el vientre, y se agitaba  sobre la madera de la mesa, con el rostro cubierto de lágrimas.
 – Un viejo axioma  reza que el Islam es un pueblo trágico, que no ríe – dijo cuando pudo hablar con coherencia – Debieras ver tu cara, Alemín, tus gestos…
 – Sigo sin entender, jeque – Allemín estaba molesto y avergonzado – ¿Quién quiere ocultar una Baraqah debajo de una de estas muñecas?
 – Tú lo dijiste hace un rato, niño: los textos sagrados afirman que una Baraqaha no se debe matar. Ahora bien, sabes que en la nave los torturadores se reclutan entre los Mamelik. Ellos se limitan a obedecer al soberano de turno, sin cuestionar lo que se les pide. En cambio, los verdugos forman parte de los Saalik,  largamente preparados en los textos del  al-Azif y el  Korán. No cualquiera puede ejecutar una muerte. El verdugo ideal es el que conoce todas las causas anteriores  a su nacimiento y al de su víctima; las razones profundas por las que debe quitar esa vida. Puede decidir la forma de ejecución: aún cuando el funcionario o el mismo soberano ordene un fusilamiento, el verdugo puede optar por una decapitación… ¿entiendes hasta ahí, Alemín?
 El niño asintió.
 – Los verdugos forman una cofradía cerrada, sujeta a leyes muy severas. Entre las más importantes, se encuentra aquella por la cual no pueden matar Baraqahs Fue así como los ingenieros de Faqaha, desarrollaron estas coberturas con formas de “Barbies” para ocultar las Baraqahs que irían a ser ejecutadas. En otras palabras: a un grupo de verdugos les resulta fácil matar símbolos infieles como las “Barbies”. Los oficiales de Faqaha hicieron correr la voz que Rihán, la Secta de los Arrayanes Perfumados, enemigos del Islam y ocultos en la nave, habían fabricado las muñecas para desestabilizar el régimen, pero cada vez que decapitan a una de ellas lo están haciendo con una sagrada Baraqah. Alemín, lo que debemos hacer  es buscar los Nafs: insectos nocturnos que se alimentan del resplandor que emiten los cadáveres de las Baraqahs.
 – ¿Por qué todo esto? ¿No es más fácil reproducir los originales de las Baraqahs, por ejemplo las de Wekil y mi madre que he tragado y escapar?
 – Reproducir los originales en la nave sin acudir a la mezquita podríamos, pero ¿dónde escaparíamos…? Además: si sabes que van a matar a cientos de Baraqahs, puedes evitarlo y no lo haces, ¿no serías cómplice…?
 La Baraqah de Shar’iah se interrumpió. Una luz verde irrumpió  en el cuarto; desde la pared de la izquierda, se movió hacia ambos lados como buscando algo, y luego se precipitó  sobre la mesa. Casi rozó a Alemín, siguió de largo, subió al techo y se proyectó hacia el fondo de la habitación.
 –  Nos están bucando, Alemín – dijo la Baraqah del anciano con alarma – Los sensores han detectado que estamos aquí, y han enviado la luz verde para que precise nuestra ubicación. Ella recorrerá todo el cuarto.
 – ¿Y qué debemos hacer?
 – Abre las piernas de la muñeca y apóyala en tu cabeza… ¡Hazlo rápido!

Krishna Ashok 1964 - Indian Figurative painter - Tutt'Art@ (12).png

 Alemín obedeció, tomó el juguete, abrió sus piernas y las puso sobre su cabeza como si estuviera cabalgando. La habitación se alejó: paredes y techo escaparon con  rapidez vertiginosa. La mesa creció hasta ser enorme, y la luz verde se alejó de él, proyectada contra la pared del frente.
 – ¡Anciano! ¡Jeque…!
 A pesar de gritar con todas sus fuerzas, su voz le pareció increíblemente débil.
 – Tranquilo Alemín…
 La Baraqah de Shar’iah bajó por la pata de la mesa.
 – ¿Qué pasó?
 – Lo que te acabo de explicar: tomaste la forma de la muñeca. Sígueme. Escaparemos por uno de los conductos del sistema de lubricación de la nave.
 – Son muy pequeños –  la Baraqah de Shar’iah rió.
 – Lo suficientemente grandes como para nuestro tamaño, niño. Deberás acostumbrarte a él.
 Alemín se volvió: en un movimiento brusco, la luz  cayó sobre la mesa y  de inmediato se precipitó sobre el piso. Era de un verde fosforescente, que despedía  burbujas amenazadoras.
 El niño siguió a la Baraqah  hasta la entrada del conducto  que lubricaba a la nave: el sistema se componía de dos caños centrales, atravesados de tanto en tanto por otros laterales. Uno de ellos trasportaba aceite y el restante oxígeno. Ahora se presentaba como un túnel enorme, de paredes plateadas; una luz  intensa, encandilante, llegaba desde el fondo. Entraron: la condensación de vapor formaba charcos que Alemín pisó con sus pies descalzos; recordó a la muñeca: calzaba largas botas negras que cubrían sus piernas y pies. Frente a él, casi agachado, el anciano Shari’ah avanzaba con mucha rapidez y no se animó a preguntarle por aquello.
 De pronto la Baraqah se detuvo, volvió su rostro y lo miró fijamente. Alemín advirtió que el tener su mismo tamaño lo convertía en un hombre adulto: las  arrugas, la textura gris de la cara, los ojos verdes rodeados de gruesas y rojas venas; conocía esos rasgos desde pequeño.
 – Niño, entiendo que son demasiados cambios para ti; que todavía estás débil, impresionable. Pasaste una experiencia muy intensa, pero debemos esforzarnos en llegar a un lugar tranquilo donde podremos descansar.
 Dicho esto, la Baraqah desapareció. Alemín se arrastró hasta donde terminaba el túnel acerado: había saltado varios metros, y le hacía señas desde abajo. El niño también saltó; al caer estuvo a punto de perder el equilibrio  por lo resbaladizo del suelo, y  porque aún tenía las piernas flojas.
 – En la mezquita hay un Mihrab pequeño, casi abandonado. El régimen de Faqaha, el Doctor de la Ley lo eligió cementerio de las Baraqahs que ejecuta. Debemos llegar allí en busca de los Nafs.
 Con un suspiro el niño lo siguió; corrieron y saltaron varias veces, hasta que, jadeando, la Baraqah de Shar’iah lo detuvo con un gesto.
 – Estamos por llegar, Alemín, puedes descansar un par de minutos; ya nos alejamos lo suficiente de  los sensores.
 – ¿Cómo nos ayudarán esos insectos nocturnos?
 – ¿Los Nafs?: nos permitirán ser invisibles a los sensores y así podremos  llegar al lugar de detención y salvar a los condenados.
 – ¿Y depués?
 La Baraqah se mordió los labios y bajó su mirada.
– Sinceramente, no sé qué haremos; no podremos salir de la nave sin caer en el campo gravitatorio del planeta “Infierno”. Como Baraqah, puedo ver parte del futuro y te afirmo que encontraremos la solución a pesar de todos las tribulaciones que debamos vivir.
 El niño se incorporó de pronto: había descubierto que su silueta  se reflejaba en la pared  convexa del caño frente a él. Se acercó  y limpió la humedad que la empañaba; la Baraqah de Shar’iah rió otra vez.
 – Te comprendo, querido Alemín: quieres ver tu aspecto.
 En ese momento la pared acerada quedó limpia y mostró la figura de Alemín tal como se había visto desde siempre: moreno, de cabellos muy largos, nariz aguileña, ojos grandes y marrones. Sus manos y pies nervudos, con huesos grandes.
 – ¿Por qué me mentiste, jeque? Sigo siendo el mismo. No soy una niña…
 – Alemín querido: debes saber que una Baraqah es incapaz de mentir, aún cuando su original sea el mentiroso más grande del planeta; ella es lo más puro que ha salido de un cuerpo. Te ves ahora con la apariencia de la muñeca rubia; lo que ocurre es que no lo puedes apreciar por ti mismo. Es como enfrentar la propia Baraqah: no se la puede ver; tan sólo un palpitar de energía apenas visible. Son los demás quienes advierten su contorno.
 Alemín tragó saliva: el tener apariencia femenina lo desconcertaba, lo turbaba.
 – ¿Por qué sigo pensando como lo hago siempre, y no como lo haría la muñeca?
 – Porque sigues siendo tú mismo, Alemín. Te ocurre algo que todos sueñan: formar parte de los huesos,  la carne,  la sangre de otro. Lo más importante es que cuando te cansas de ello, alguien puede quitarte esa apariencia  con facilidad. Ahora vamos que falta poco para llegar.
 Volvieron a caminar agachados por el conducto brillante. Saltaron nuevos tramos; sintieron olor a pelo quemado que fue aumentando,   hasta que el túnel terminó en un puñado de paja donde cayeron.
 – ¡Las ovejas! – exclamó Alemín
 – ¿Las qué…?
 – En los establos un par de ovejas agonizan después de haberse quemado en el principio de incendio… Me miraron con ojos mansos; me pidieron algo que no llego a entender.
 La Baraqah de Shar’iah hizo un gesto de cariño acariciando con su pulgar la frente de Alemín.
– Como el ciervo que cazaron cuando salieron del planeta de lo pájaros. Los animales te rodean y te reclaman vida, Alemín.
 – ¿Por qué?
 – Porque eres un dador de vida. Serías capaz de escapar por ti mismo de la negra comarca de la muerte, y alguna vez tendrás que hacerlo… Ahora debemos irnos. Es imprudente permanecer aquí. La salida del Mihrab está muy cerca.
 Caminaron entre la paja; en el aire aumentó el olor a lana y pelo quemados. De pronto frente a Alemín se desplomó una inmensa cabeza:  boca con dientes gigantescos; un ojo enorme que lo miraba con fijeza. Tardó unos momentos en advertir que era una de las ovejas.
 – Quédate quieto, niño. Acaricia su hocico, su quijada; acaríciala donde puedas. No hagas otra cosa. No te pide más que el contacto de tu mano.
 Alemín se abrió paso en el río de saliva tibia que caía de la boca del animal. Acarició el belfo agonizante y lo hizo sin ansiedad, aceptando la cercanía de su muerte.
 – Debe morir, Alemín. Sé que es duro, pero debemos acompañar a quien no podemos salvar. Con tus caricias le estás explicando  que se unirá a todo lo que nos rodea.

Butterfly effect by Kate Louse Powell 1996 - British painter - Tutt'Art@ (4).png

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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