Narrativa: Alemín – Capítulo 3 Matanza de Baraqahs – Segunda parte.

Alemín – Capítulo 3 Matanza de Baraqahs – Segunda parte.

Gocho Versolari

Baraqah en árabe se traduce como “Bendición, carisma o gracia divina” En el contexto de esta narración, se llama Baraqah a una réplica en pequeño de cada uno de nosotros. En algún momento, un ser querido, ya sea pariente, amigo, esposos, traaga este pequeño ser y cuando el original muere, a través de ciertos rituales y recurriendo a esta semila puede resucitar. La edad mínima para tragar una Baraqah es de 16 años, pero Alemín se vio obligado a hacerlo a los diez, cuando el fantasma Taqlid, de pensamiento duro, matara brutalmente a su ayo Wekil y estuviera a punto de ulitmar al niño. Ahora Alemín se halla perdido en la nave luego de haber recibido los primeros auxilios en la unidad sanitaria donde despertara solo.  
Alemín no volvió a dormir con la misma intensidad. Con sus ojos entrecerrados, veía el resplandor turqués entre los siete arcos blancos del techo de la habitación. Sabía que era la supernova de la que le hablara Wekil, la que debía verse después de varios días de recorrida la órbita del planeta “Infierno”.
 Con mucha lentitud fue recordando, elaborando, concluyendo. Supo entonces que ya no aparecían las manos mecánicas que sostenían una jeringa y una aguja; que se levantaban, apuntaban a la supernova y de allí extraían un líquido azul y brillante; que se volvían a él inoculándolo en sus venas, llamando en sus entrañas al fantasma del sueño pesado, del olvido total del mundo.
 Algo había ocurrido desde que despertara; algo que sacudía a la nave y convertía aquel cuarto de la unidad sanitaria en un lugar olvidado. El mismo Alemín era un recuerdo: la gota de suero que mantenía sus funciones vitales seguiría cayendo por años, pero quien había buscado su sueño, ya no lo recordaba.
 A veces llegaban hasta él carreras, ruidos militares, trotar de vehículos de guerra; un estruendo plomizo  se avalanzaba por los pasillos. Otras escuchaba gritos de dolor lejanos, casi en sordina,como si torturaran a alguien mientras le tapaban la boca.
 Cuando dormía, las imágenes de sus sueños crecían hasta lo increíble. En una de ellas escuchó claramente una voz femenina
 ¡El niño!…¡Cuán delicado es!… ¡Y qué gentil! ¡Y qué gracioso!… ¡Beber su boca! ¡Beber esta boca hace olvidar las copas llenas y los vasos desbordantes!
 Reconoció la voz  de su madre, tal como   había aparecido en la noche trágica.Entonces Alemín había hecho algo  prohibido; algo por lo que  estaba en aquel cuarto, pero que no podía recordar.
 ¡Si viniese la misma Belleza a compararse cono este niño, bajaría humillada la cabeza!Y si le preguntaseis: ¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada semejante? Ella contestaría: ¡Como él, verdaderamente, ninguno!
 
En el sueño, la mujer lo miraba cubierta con el velo; Alemín estiró su mano: larga, pálida, con los dedos extendidos. Sus yemas tocaron la seda fina que cayó apenas tiró de ella. El rostro era tan hermoso, que su belleza lo hizo saltar en la cama; parpadeó y al ver la luminosidad que despedía la faz de la mujer se sintió caer al otro lado del cuarto; con una embriaguez insólita, su cuerpo perforó las paredes de la nave y salió al espacio.
 
 Atravesó cúpulas globulares de soles, orbitando núcleos galácticos.
 Atravesó miles de estrellas azules, calientes, jóvenes, danzando como niñas desnudas.
 Atravesó estrellas rojas gigantes, detenidas en las nebulosas como venerables ancianas.
 Rozó nubes de polvo negro y estrellas incrustadas en nebulosidades gaseosas.
 Atravesó pulsores intermitentes en rápida rotación hacia centros de supernovas.
 Se hundió en nubes oscuras de polvo interestelar, guardando sueños de planetas desaparecidos.

1429192702_106253_1429195120_noticia_normal

 Finalmente volvió a la nave; estaba solo, lúcido, de pie, jadeando y con las piernas temblando; volvía a ser el niño   perdido en algún rincón del pasado.
 A un costado, sobre una mesa, vio dos pantallas de ordenador. Se sentó frente a una de ellas: sabía los rudimentos de su manejo; recordó al hombre púrpura, tal como lo había visto o presentido al mirar al espacio, y  tecleó KAMIL. En la pantalla, signos de una cuidada caligrafía, reprodujeron el nombre. Casi enseguida aparecieron dos columnas con las acepciones; el significado inmediato  era “Hombre Perfecto; Adán Kadmon”. El niño siguió buscando hasta llegar a una expresión en árabe arcaico. Su dedo se apoyó en la pantalla,  y de inmediato surgió una imagen tridimensional: un hombre acostado entre coordenadas que parecían sujetarlo como una red; debajo, una rosa de los vientos indicaba las direcciones: su cabeza al sur, sus pies al norte; el dibujo se completaba con el sello de Salomón a un lado,  y el símbolo del infinito al otro.
 Aquel era el hombre púrpura que Alemín viera en el espacio. Siguió moviendo el dedo y a la derecha se desplegó un pequeño menú; el niño pellizcó donde decía Función virtual; a ambos lados de las pantallas se abrieron dispositivos circulares con líneas digitales parpadeantes. Por allí debía aparecer la función, pero no surgió nada. Volvió a probar otras dos veces, hasta que una pequeña nube  se transformó en una hormiga voladora nocturna, con un vientre enorme que despedía chispas; planeó por la habitación y golpeó contra los paneles dorados de la unidad sanitaria; Alemín sabía que esos insectos eran producidos por la ordenador central, cumpliendo con lo indicado en el al-Azif:
Cuida de sembrar insectos nocturnos a tu alrededor. Cuida de escuchar de sus bocas los sabios sonidos de la noche. Cuida de obedecer todas sus órdenes… Su ayo Wekil le había enseñado que  se habían utilizado clones de insectos adosados a terminaciones computadas. El resultado eran especies que tenían  comportamientos propios, reproduciendo los de la Tierra.
Ahora la hormiga, se sacudió y vibró contra las escotillas que daban a la supernova. Se agitó varias veces y de pronto cayó. Su vientre no dejaba de emitir chispas, formando un arco de  colores.
 El niño iba a  auxiliarla, cuando, desde algún lugar del techo llegó otra hormiga con el vientre listado por líneas doradas y rojizas; se arrodilló junto a su compañera; con sus patas delanteras que  terminaban en membranas parecidas a manos, acarició  su cuello y cantó  con chillidos armónicos. El vientre de la primer hormiga se aquietó;  levantó sus patas y ambas volaron hasta desaparecer por una de las aberturas que daban al pasillo.
 Alemín recordó los insectos que mataran a Taqlid el de Pensamiento Duro; sentía que su comportamiento extraño anunciaba  algo terrible. Miró a su alrededor: la soledad era casi total; lo normal era que en aquel sector, a cualquier hora fueran y vinieran Saalik y Mamelik, pero ahora estaba vacío. Sabía que al regresar de su viaje por el cosmos, algo había cambiado, tanto en él mismo como en la nave; lo único que se mantenía igual era el  deseo de ser acariciado y abrazado por su madre, por la efrita Tariqah o por otra mujer.
 Se quitó la guía de suero; de pronto, aquella habitación y toda la unidad sanitaria, le parecieron amenazantes. Se acercó al pasillo: tuvo miedo de salir y tomar la senda central. Parecían haberse olvidado de él, pero podrían descubrirlo: intuía que en su largo sueño había intervenido Taqlid, el de Pensamiento Duro; no creía en su muerte, y temía que siguiera buscándolo.
 Algo le llamó la atención en el pasillo y se asomó un poco más: vio un friso que mostraba una fila de soldados marchando; más atrás,  tanques de guerra y a la derecha un grupo de obreros saludando. Abajo se leía en cuidadosa caligrafía: SULTANATO DE FAQAHA, DOCTOR DE LA LEY.
 Alemín caminó hasta una enorme rejilla: los conductos de aire  eran túneles casi siempre vacíos; quizá demoraran en descubrir su fuga, y no lo buscaran con los sensores especiales. Con Wekil solían  quitarse las babuchas y pasear por allí,  investigando  la nave, burlándose de las escenas cotidianas de los tripulantes. Entró, se descalzó y avanzó unos pasos: el túnel estaba  solitario, iluminado apenas por luces mortecinas; corría el riesgo de encontrar tripulantes que  escaparan de sus tareas para dormir allí.
 Sintió en sus plantas el piso de los enormes conductos: tibio, palpitante. Siguió hasta llegar a  dos rampas, una ascendente y otra descendente; tomó la que bajaba y se detuvo frente a dos habitaciones de Mamelik; estaban vacías y en sus paredes se desplegaba el friso  de los soldados, los tanques y los obreros saludando. Acordes marciales de una música lejana, llenaron las habitaciones y los pasillos.
Italia Ruotolo - Tutt'Art@ (25).png
 Alemín siguió un buen trecho; al doblar varias veces, se  desorientó y se asomó a la primera habitación que vio frente a sí: era el cuarto del viejo Shar’ia, el de la Ley Viviente; antes de la muerte de Wekil, se hablaba de su desaparición en el espacio. Al asomarse vio las paredes cubiertas de tapices con suras del Korán y contra el fondo, un gran retrato del anciano,  tomado años atrás;  lo flanqueaban tres velas. El jeque era uno de los pocos tripulantes que lo entretenía en sus ratos libres; en aquella habitación, el viejo Shar’ia le había contado anécdotas sobre el desierto de la Tierra: lejanas caravanas, derviches descalzos; morenas bailarinas agitándose para los hombres. También había narrado la historia de la camella Qaswa, con su oreja partida:  la que elegiera el lugar en que se levantaría la mezquita y luego la tumba del profeta Mohamed.
 El niño se movió al escuchar un ruido en el conducto de aire y en un segundo  los temores lo invadieron; recordó con  nitidez inesperada la muerte de Wekil, su cabeza rodando, y la expresión de Taqlid, el de Pensamiento Duro cuando trató de matarlo.
El ruido se repitió; Alemín se volvió, crispando las manos contra la superficie blanda de la pared; suspiró y rió cuando vio un trozo de panel golpeando contra una moldura de metal.
 Se volvió  hacia la habitación: allí no estaba  el friso con los soldados, los tanques y los obreros. De algún modo, Shar’ia, el de la Ley Viviente,  había sido olvidado como él. El suelo  estaba a medio metro de Alemín; el niño separó la rejilla, saltó a él y volvió a colocarla. Sus plantas sintieron el colchón de polvo cósmico que  se acumulaba en el piso y en los muebles tapados por  trozos de teflón blanco. Levantó uno de ellos: la cama de Shar’iah había sido construida en la Tierra;  de  grueso roble, sus respaldares estaban cubiertos de arabescos. En la parte superior, sobre la pared, brillaba el sello de Salomón.
 Alemín se sentó en el colchón: de pronto se sintió solo, desamparado. Recién comprendía los alcances de la muerte de Wekil, la amenaza de Taqlid; la desaparición de quienes podían protegerlo, como el viejo Shar’iah. Lloró con lentas lágrimas; a su desesperación se sumaba un vacío doloroso en el estómago y una intensa sequedad en su boca: se había quitado la guía del suero láser, y por primera vez  sufría  hambre y  sed. La habitación estaba helada, ya que allí no funcionaba el sistema de regulación ambiental con células fotoeléctricas. “Como si los muertos no sintieran frío…”, se dijo a sí mismo. Se acostó en la cama de Shar’iah, se cubrió con una manta de lana  y dormitó a pesar de su hambre.
 Soñó con  payasos que peleaban entre ellos, vestidos con uniformes de Mamelik de colores muy vivos a pesar de sus diseños marciales. Se arrojaban unos a otros ruedas filosas que rozaban sus cabezas; de pronto, una de ellas golpeó el vientre de un payaso más pequeño, quien trató inútilmente de contener  con sus manos los chorros de sangre.
El niño despertó de pronto: algo o alguien hacía ruido en la habitación. Miró a su alrededor: la luz llegaba al cuarto por las ventanas rectangulares que daban al pasillo; iba a seguir durmiendo, cuando  advirtió en la mesa, junto al retrato del jeque Shar’iah,  una figura de pocos centímetros; le daba la espalda y  vestía una gandura natural.
 – Es una Baraqah – murmuró por lo bajo, tratando de convencerse. Esa palabra pareció estallar en su cabeza y recordó lo que había pasado la noche de la muerte de Wekil: él,  con  sólo diez años, había tragado la Baraqah de su ayo y la de la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos. Sabía desde niño que recién a los dieciséis, en un rito al que asistía toda la comunidad, se podía tragar una Baraqah; con su edad y en menos de una hora, lo había hecho con dos, y una de ellas  la de una efrita.

 

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.