Narrativa: Alemín – Capítulo 3  Matanza de Baraqahs – Primera parte.

 Alemín – Capítulo 3  Matanza de Baraqahs – Primera parte.

Gocho Versolari, Poeta

 

Alemín yacía  en la unidad sanitaria, debajo de siete arcos blancos que  destellaban en la semipenumbra de la habitación; cuando alguien abría la puerta que daba al pasillo, las  luces y las sombras dibujaban exóticas bailarinas moviendo sus caderas. A veces, estos mismos juegos le mostraban la cabeza de su ayo Wekil rodando por  túneles negros.
 Retazos de realidad; olores dulzones y agrios; nubes monstruosas llegando hasta su cama; rostros espantosos mirándolo con furia y perdiéndose  en las sombras del aburrimiento. Ahora, la monotonía del tiempo fijada por el sultanato, había estallado. En el primer sueño, Alemín fue despedido al espacio; voló entre enormes mezquitas iluminadas, atravesó minaretes de fuego y palacios de la dinastía Abásida formados con colas de cometas.
 Despertó: se sintió regresar de un viaje oscuro, confuso, donde la realidad se fundía con la fantasía; donde los ángeles tenían espaldas y garras de monstruos. Aquel era un día en un tiempo sin días. Se levantó de la cama: un suero lo seguía a todas partes; a través de un láser,  una gota de solución fisiológica  entraba a su arteria cada siete minutos. Alemín vio ondear en el pasillo una franja roja, con bordes blancos: sabía que era la alarma contra incendios; el calor en las plantas de sus pies descalzos y la inexplicable exacerbación de sus sentidos, le anunciaban que una parte de la nave  estaba ardiendo.
 Retrocedió: una hilera de Mamelik avanzaba por el pasillo hacia el módulo inferior. Parecían elefantes, detrás de sus  máscaras protectoras y corrían rítmicamente, siguiendo el movimiento  de la alarma sobre la pared.
 En el muro se levantaba una hilera de travesaños en forma de escalones; trepó por ellos pisando el acero helado: una escotilla estaba abierta y a través del vidrio llegó una luz turquesa, muy intensa; la misma que había turbado su letargo. Se asomó por el vidrio:  el planeta “Infierno” había crecido como nunca; sus llamas amarillas parecían gritos  en escalas de tonos: desde los más graves a los más agudos. Recorrió las escotillas que se sucedían en la pared de la nave: a la izquierda del planeta  se levantaba la constelación  Gank y a su costado, nubes de polvo, estrellas nacientes y siempre la supernova,  con su luz turquesa, brillante.
 A cada momento corrían más Mamelik por los pasillos; en los establos del módulo inferior, un par de ovejas ardían en llamas y balaban lastimeramente queriendo escapar. El planeta “Infierno” aumentaba su actividad sin seguir ciclos ni leyes; ahora, enfurecido, había  rebasado la distancia de seguridad; el niño sabía   que  su propio despertar estaba relacionado con ese  flujo de energía.
A través de la escotilla, entre las constelaciones y las formaciones de polvo, Alemín vio una niebla púrpura que brillaba y se extendía a todas partes, llenando los espacios vacíos entre las estrellas. De algún modo, la bruma estaba dentro de él y podía percibirla en su totalidad, aún cuando  no la abarcara con la vista. Sabía que era un vapor con forma humana y recordaba la explicación de Wekil, su ayo:

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 El sabio, Alemín, se vuelve por un lado hacia la luz y por el otro hacia la sombra. Como el horizonte que participa de ambos mundos, del cielo y la tierra, se tiñe de púrpura al alba y al crepúsculo, como la luna, que sólo brilla con luz prestada, aparece a veces rojiza, así el peregrino que camina aquí abajo hacia el sol de arriba, es sólo un sabio purpúreo, en el linde donde la sabiduría empieza a disipar las sombras, participando, también él, del día y de la noche, de la tierra y del cielo…
 Apenas terminó de repetirse mentalmente este relato, supo que la niebla era un hombre acostado, con los ojos cerrados y una pierna encogida: su nombre era Kamil y se alimentaba con colas de cometas.
Lo vio moverse, correr entre galaxias, constelaciones y planetas ignotos, y a la vez yacer inmóvil conteniendo todos los cuerpos;  ahora lo miraba a Alemín, con su cabeza casi oculta entre conglomerados de estrellas.  El niño sabía además que la enorme mezquita espacial que lo trasportaba, los astros, las galaxias, formaban parte de ese hombre; se movían en él, actuaban en él.
 En la nave, las cuadrillas combatían el fuego con éxito. Con la disminución de las llamas, sintió que perdía lucidez; una fuerza súbita lo arrancó de la pared junto a la escotilla y lo hizo atravesar uno de los muros de metal. Cayó en una espiral hasta llegar al vientre de la nave. Humo espeso; olor  a lana y carne chamuscadas: estaba en el cobertizo donde habían ardido las ovejas que se agitaban, desesperadas de dolor. Alrededor de ellas, Mamelik cansados combatían  pequeños focos de incendio, mientras otros refrescaban las paredes del cobertizo con rayos láser congelados.
 Las ovejas callaron y miraron a Alemín con ojos enormes, implorantes. El niño recordó al ciervo que esperaba su muerte luego de la cacería en el espacio.
 – ¿Qué quieren? ¿Para qué me llamaron?
 Angustiado, repitió tres veces la pregunta, sabiendo que los animales lo escuchaban y de algún modo  lo entendían. Iba a seguir hablando, pero lo interrumpió la voz de Faqaha, el Doctor de la ley,  que había entrado al cobertizo dirigiendo a  tres Mamelik con equipos de incendio.  Alemín vio sus enormes pies, calzados con zapatos de madera, chapaleando entre los charcos ácidos. El niño supo  que no lo veían porque había perdido su forma;  debía ser una chispa, una gota de agua, una brizna de paja a medio quemar. Esta conciencia abrió un embudo en el techo del cobertizo y la misma fuerza que lo había llevado hasta allí lo devolvió a su origen, hundiéndolo en la oscuridad reparadora de su cuerpo.

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GOCHO VERSOLARI

 

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