Narrativa: Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah –Cuarta parte – Final.

Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah –Cuarta parte – Final.

Gocho Versolari, Poeta

 

¿Alemín ha encontrado a su madre? Se aprieta contra ella. Quiere contarle lo ocurrido en todo ese tiempo mientras vivía en ese mundo de hombres adultos. La efrita Tariqah, el sendero bajo sus pechos lo consuela y le advierte que debe tragar una Baraqah a pesar de no tener la edad reglamentaria. Esto puede detener la muerte del niño que estaba prevista para esa noche. 
Alemín encendió el ordenador. Conectó los dispositivos de realidad virtual. Entre la lista, escogió la primera de las opciones: INSECTOS NOCTURNOS. La pantalla del monitor se iluminó de un blanco fulgurante y de inmediato pasó a un negro lustroso. Era de noche en el desierto, y en medio de los arbustos que crecían en un  médano, surgían los insectos: Termitas Chillonas de Siria, libélulas rojas osmaníes, abejas negras de Omán, pollillas doradas de Alepo, nenúfares voladores de Damasco; un enjambre que parecía sin fin. Tuvo que disminuir el sonido, hasta lograr un tono aceptable. Alemín había pasado mucho tiempo con los insectos; ellos le contaban historias de la antigüedad islámica, de los emiratos, los primeros sultanes y los califas.  Una hermosa avispa amarilla y negra, se separó; lo miró fijamente con sus ojos múltiples y sus chillidos se transformaron en palabras.
 – Alemín: mi nombre es Layla; soy una avispa joven de Afganistán . Mis hermanos y yo te apoyaremos siguiéndote en tu marcha. No soy un simple insecto; soy la suma de las esperanzas y aspiraciones de los tripulantes.  Alguna vez te ayudaré a resucitar…
 El niño asintió : cada vez que entraba, el insecto repetía las mismas plabras. Presionó varias combinaciones de letras hasta que la noche portátil que los contenía flotó en el aire junto a su cabeza, como atenta a sus movimientos y a sus órdenes. Después abrió una caja dorada de donde sacó planos de la nave. Los estudió y trazó  en uno de ellos una cruz roja para señalar el módulo donde se encontraba la mujer de siliconas:  había varias entradas, no sólo la del establo; una de ellas quedaba en la taberna ubicada en el mismo módulo.
 Escuchó notas de laúd y  volvió a asomarse por la rejilla: muy cerca de Taqlid, el de Pensamiento Duro, Wekil  cantaba temas de amor; el fantasma lo escuchaba con una sonrisa, mientras golpeaba la mesa con sus dedos, siguiendo el ritmo.
 El niño se volvió y observó  el pasillo: esperó que pasaran dos Mamelik a los que reconoció por el uniforme gris, y abrió la puerta. A sus espaldas, el enjambre de insectos nocturnos, compactado y casi sin sonido, lo seguía como una nube negra. En caso de cruzarse con alguien, no llamaría la atención: era frecuente ver tripulantes con  nubes de insectos zumbando junto a sus cabezas.
 Caminó por los pasillos solitarios. Algunos centinelas dormitaban con los ojos abiertos, apoyados en sus alfanjes láser; ninguno lo detuvo. Alemín llegó hasta el módulo del vientre de la nave donde estaría la enorme muñeca. Según el mapa, en la primera de las entradas había una cantina de bebidas sin alcohol y casi enseguida, el salón de la mujer artificial.
 Llegó a la taberna y atravesó las puertas vaivén: muchas veces Wekil lo había llevado a aquel lugar: servían refrescos  y permitían su entrada libremente. A aquella hora, sólo había en la barra algunos bebedores solitarios y un grupo de tripulantes en una de las mesas. Reconoció al joven Bilhakki, llamado el Veraz, junto al Capitán Giafar Minarah: reían gozozos, tomados de las manos.  Siempre con los insectos al costado de su cabeza, Alemín pidó un licor de frutilla y jenjibre. Un Mamelik trajo el refresco que el niño bebió lentamente mientras miraba detrás del mostrador las puertas que se abrían sobre el panel de madera: alguna de ellas debía conducir al otro lado, donde aguardaba la muñeca de siliconas. Sintió deseos de ir al baño y entró a las viejas instalaciones de madera y plomo. De pronto la nube negra de los insectos se apartó, acercándose a una  de las paredes. Una abeja roja de Gaznavi se separó de ellos y murmuró algo en su oído.
 – La mujer con el niño se encuentra por aquí…
 La abeja brilló un momento y se hundió nuevamente en el entorno negro de la noche portátil. Alemín se esforzó en quitar el empapelado que rodeaba un marco. Allí había  una vieja puerta de madera y le  bastó con empujarla apenas para abrirla. El lugar estaba casi abandonado, quizá desde el momento en que habían decidido cerrar a la tripulación el acceso a la muñeca gigante.
 Alemín avanzó con miedo hacia el ambiente  apenas iluminado;  cantidades de polvo cósmico  habían llegado desde el espacio  y ahora formaban montañas que el niño sentía debajo de sus babuchas. Caminó hasta encontrarse nuevamente con los enormes pies de la muñeca. Se detuvo  y la nube de insectos  aleteó frente a él; caminó hacia las piernas abiertas y  varias células fotoeléctricas que aún funcionaban, encendieron luces fluorescentes; una suave música sonó a su alrededor. Flechas luminosas grabadas en las entrepiernas de la muñeca, indicaron el camino hacia la vulva.
 Los insectos modulaban voces graves, mientras se adelantaban o  detenían para esperarlo. El niño llegó a la gran vagina y subió tres escalones; vaciló antes de entrar: el interior estaba iluminado y un sendero de zinc conducía a una caverna rosa que se adivinaba húmeda y tibia. Alemín temía trampas inesperadas: la posibilidad de que la puerta se cerrara de pronto, o algo peor.
 Los insectos nocturnos lo alentaron y avanzó: recordó que de quedar aislado, ellos eran pequeños trasmisores que le servirían para comunicarse con Wekil o con otro ocupante de la nave.
 A medida que avanzaba, los órganos internos encendieron luces propias con carteles digitales: Conducto vaginal; Trompas de Falopio… Siguió entrando hasta llegar al útero: una bolsa trasparente dejó ver la silueta de un niño de cabeza enorme con las manos a la altura de su boca.  Amira está embarazada, y en seis meses dará a luz, rezaba el  cartel luminoso; la música de tompetas y címbalos, se escuchó  más intensamente.
 Alemín se sintió raro:  el interior de la mujer,  no era como esperaba. De pronto deseó tener aquellos órganos dentro de sí; poder engendrar vida con su cuerpo.
 Caminó alrededor del útero trasparente. Se quitó las babuchas: Sentía la necesidad de pisar la superficie esponjosa y húmeda con sus pies descalzos. Al dar la segunda vuelta alrededor del feto, supo que algo había cambiado: un fuerte perfume a almizcle y lavanda, la sensación de una piel suave, de unos ojos atentos y unas pestañas largas y trabajadas debajo del velo: aquella era una mujer real. Sentada al borde del útero de plástico. Estiró su mano y acarició levemente a Alemín
 – ¿Quién… es usted?
 – Nos concemos, niño…
 Levantó el velo y lo miró.
 – ¡Mamá! ¿Mamá…?

Helen Nelson-Reed - American Visionary Watercolor painter (12)

 Habían sido años de estudiar atentamente aquel rostro: la expresión de sus  ojos, de su frente; la nariz aguileña; las arrugas que se formaban en el inicio de la nariz.
 – No soy exactamente tu madre, Alemín, pero soy quien porta su expresión para llegar y mirarte.
 – ¿Quién eres…? –  aquel rostro era como  siempre lo había imaginado: ojos mansos, piel morena,  labios gruesos.
 – Soy Tariqah, el Sendero bajo mis Pechos, la efrita, Alemín. Has escuchado hablar de mí. Esta noche, el malvado Taqlid, el de Pensamiento Duro, pronunció mi nombre en tu casa. Cuando ataca a lo que él llama las féminas, , piensa en mí… Fue él quien obligó al jeque Shari’ah el de la Ley Viviente, a perseguirlo por haber cortado mi cabeza; el anciano iba en una pequeña nave y fue devorado por el planeta “Infierno”
 El niño  la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla.
 – Esta noche deberás hacer algo por Wekil: está en peligro. Quizá puedas salvarlo, a él o a su Baraqah
 – No entiendo…
 – Taqlid tratará de matarlos a ambos.
 – Una Baraqah no se debe matar. Hacerlo es más grave que aniquilar la vida de una persona.
 – Así dice el al-Azif, Alemín, pero Taqlid, el de Pensamiento Duro,  aniquila lo sagrado que  se propone defender. Ahora ven y dame un abrazo
 Alemín   esperaba aquello con  ansiedad. Caminó con  rapidez y se precipitó a sus brazos llorando;  quiso contar lo que había pasado esos años: solo entre una tripulación de hombres, pero su garganta se cerró y gimió entre sollozos. Se hundió en la tibieza de los senos blandos, aspirando con fuerza el perfume áspero y dulce de la mujer; en un momento, sintió con júbilo que su condición femenina pasaba por sus poros, llegaba a su bajo vientre y a su corazón. Finalmente ella lo apartó.
 – Alemín, Alemín, debes escucharme bien… Tomarás mi Baraqah
 Llevó una mano a su cuello donde una pequeña caja colgaba de una cadena dorada. El niño se limpió los ojos y la nariz.
 – No puedo tomar tu Baraqah, no cumplí los dieciséis años…
 – No importa lo que digan los profetas. Aquí está mi Baraqah, debes tomarla  y volver de inmediato donde dejaste a Wekil.
 – Yo,no..
 – Hazlo, Alemín, hazlo, y vuelve rápido. Se trata de salvar una vida o de hacerlo con su Baraqah. Ve con rapidez…
 La mujer abrió la caja y una pequeña imagen de sí misma, arrodillada sobre sus piernas, se inclinó una y otra vez hacia adelante. Alemín deseaba tragarla; su boca se llenaba de saliva anticipando el momento, pero seguía vacilando.
 – Me dijeron que a los dieciséis años debía tomar  mi propia Baraqah y recién después hacerlo con las demás….
 – Hazlo ahora, por favor, confía en mí: tómala con los dedos pulgar e índice, llévala a la boca, empújala con la lengua hacia la garganta; trágala como si fuera una pastilla.
 Alemín  tomó la figura que latió entre sus dedos y la puso en su boca. Sintió los pequeños pies y  manos apoyados en su lengua, como procurando mantener el equilibrio. La empujó a su garganta y la tragó. En su esófago, la Baraqah agitó brazos y piernas  y le pareció escuchar un gemido que se detuvo cuando cayó en su estómago.
 – Muy bien, Alemín, ahora ve.
 La mujer se inclinó y lo besó en las mejillas. Alemín retrocedió.
 – ¿Volveré a verte?
 – Si, mi amor, volverás a verme. Ahora ve; con mi Baraqah dentro tuyo, podrás hacer algo por Wekil.
 En todo ese tiempo los insectos nocturnos permanecieron apartados, como queriendo darle privacidad. Ahora vibraron con más fuerza  y se adelantaron: librarían de obstáculos el camino que Alemín debía recorrer.
 Al salir de la vulva siliconada, el metal del cuarto vibró, calentándose y despidiendo olor a pintura quemada. El niño se apuró a ponerse sus babuchas. Escuchó la sirena de emergencias, y una voz llegó desde el parlante.
 – Atención… aumentó la actividad ígnea en el planeta “Infierno”. En este momento las paredes de los módulos laterales uno y dos están al rojo… Un equipo refrigerante llegará a ellas en pocos segundos.
 El niño corrió hacia la puerta que daba al baño de la cantina. De allí volvió a salir al salón y a los pasillos de la nave. Desde las escotillas, la luz  del planeta refulgía. Todo parecía arder en llamas.
 Apenas entró en la habitación, Alemín advirtió que no había ocurrido nada imprevisto. Desde el comedor escuchó el murmullo de voces y reconoció la de Wekil; se asomó por la rejilla: el conducto  era movible, y lo ajustó para obtener una imagen nítida del fantasma y su ayo. Ambos estaban desnudos sobre una cama convertible; Wekil seguía con su peluca y  Taqlid, el de Pensamiento Duro, inclinado sobre él, mirándolo con una sonrisa, acariciaba la cicatriz de su entrepierna. Bajo la luz de la lámpara lateral, su piel se veía sólida; había perdido el aspecto de bruma.
 – …dime el nombre. Es un pétalo perdido…
 – No es un pétalo perdido. Es la albahaca de los puentes – Repuso Wekil. La cicatriz de su castración tenía forma de vulva; sus bordes se tendían hacia abajo  en complicadas volutas.
 – Albahaca de los puentes… – Taqlid seguía acariciándola.
 – No es la albahaca de los puentes, es el sésamo descortezado.
 – …Sésamo descortezado; ¿y como la llamas además…?
 Alemín vio la ropa de ambos en una repisa sobre la cama. Entre los sayos blancos, se agazapó y vibró  como una extraña serpiente, un relámpago azul.
 – Dime cómo lo llamas realmente: sésamo descortezado…
 – No; sésamo descortezado no.
 – ¿Y entonces?
 Junto al niño, los insectos nocturnos  zumbaron con  alarma.
 — El estornino mudo, el conejo sin orejas, el canario sin voz… – Wekil se interrumpió con una cacajada cantarina – pero su verdadero nombre es el Khan, la dulce posada donde encuentra refugio el peregrino.
 Taqlid se incorporó hasta arrodillarse en la cama: su miembro era peludo, rugoso; estaba erecto y a Alemín le pareció enorme. El niño traspiraba: el calor se hacía insoportable, y el cuerpo del fantasma, en correspondencia con la proximidad del fuego, tenía una solidez imponente.
 – Deberás decirme entonces cómo se llama éste….
 El rayo azul encima del sayo de Taqlid parpadeó más fuerte que nunca. Alemín advirtió que era su alfanje digital.
 – Es tu Zib – dijo Wekil acariciando sus testículos
 – No, no es así como se llama.
 – Si, se llama también tu herramienta porque está ardiendo y es tu Zib porque se mueve….
 – No, no es eso. Te explicaré. Me llaman el macho poderoso y sin castrar que yace en la albahaca de los puentes, se alimenta con sésamo descortezado y se alberga en el Khan, la dulce posada que da refugio a los peregrinos…
 Mientras hablaba, Taqlid había vuelto a tenderse sobre Wekil que lo apretaba con sus manos; el ayo gimió con suavidad. En ese momento la mano del hombre se levantó sigilosa y tomó el alfanje.
 Sin pensarlo, Alemín se lanzó a la habitación, pero ya era tarde: Con un movimiento más veloz que su vista, Taqlid había cortado la cabeza de Wekil, la tomaba del cuello sangrante y la tendía hacia el niño, sin dejar de sonreír; la  peluca del ayo se había corrido lo que le daba un aspecto ridículo y sus ojos  aún se movían. Alemín retrocedió con pánico: de pronto dejó de ser una cabeza humana y se convirtió en el rostro del venado que dos años atrás  lo mirara con ojos implorantes. Abrió y cerró los ojos varias veces y volvió a ver la cabeza de Wekil mientras su cuerpo decapitado en la cama arrojaba sangre y se sacudía en convulsiones.
 – ¡Tenía que hacerlo, niño!- la voz de Taqlid era jubilosa – Wekil estaba infectado por el germen de la  efrita. Ahora no pueden hacerme nada, porque no soy un tripulante que mata a otro. Un fantasma ha matado a un ser vivo y las leyes no dicen nada al respecto.
 Al retroceder, Alemín tropezó con la mesa.
 – Dentro de unos segundos, cuando la actividad en “Infierno” disminuya, mi cuerpo volverá a tener la palidez y la debilidad de un verdadero fantasma. Aproveché el fuego para realizar este acto de justicia….
 Arrojó la cabeza de Wekil al aire, haciéndola caer en la mesa entre chorros de sangre. En medio de su espanto, Alemín vio el pastillero con la Baraqah de su ayo; sabía que luego de la muerte del original, la pequeña réplica tenía un corto tiempo de vida. Taqlid, el de Pensamiento Duro, no lo había advertido, y  no quiso precipitarse: si se arrojaba sobre la cajita, alertaría al fantasma, que en ese momento estaba concentrado en ajustar su sayo.
 – Ahora volveré a mi Itikaf, a la mezquita. Que me echen un galgo afgano para buscarme…
 Sus carcajadas se escucharon cada vez más lejos hasta que parpadeó, se iluminó y desapareció. Alemín quedó inmóvil unos segundos: debía recoger la Baraqah de Wekil, pero la sola idea de acercarse a la mesa donde su cabeza aún arrojaba sangre, le producía repugnancia y terror. Se movió lentamente, hasta inclinarse y tomar la Baraqah en su puño. Se apartó; una náusea súbita llegó desde su vientre; intentó llegar al baño, pero no pudo y vomitó blandamente sobre el piso de metal. Sabía que la réplica de la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos, se había asimilado a su sangre, pero igual miró los restos del vómito buscando la pequeña figura.
 Escuchó un zumbido y la imagen de Taqlid se materializó frente a él. Sus ojos tenían una expresión severa.
 – ¡La Baraqah, niño!

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 – ¿La qué….? – Alemín retrocedió apretando con más fuerza la pequeña caja
 – ¡La Barakah de Wekil! Cuando estábamos en la mesa, me dijo que la había obtenido hoy para ofrecérmela. Es la Baraqah del mes de Chewal…
 – No.. no sé de que me habla…
 Alemín sintió el cuerpo caliente entre su índice y su pulgar.
 – Maté a Wekil y debo matar a su Baraqah. No deben quedar rastros de la efrita. El propio Allah desde mis riñones, me ordenó terminar con ella y con su raza maldita.
 – Me enseñaron que no puede matar a una Baraqah. Si lo hace sería peor que aniquilar a su original…
 – ¿Es que pretendes recitarme la letra del al-Azif? Recuerda que ella me fue enseñada directamente por los labios del Arcángel Gabriel….
 Taqlid, el de Pensamiento Duro, se interrumpió: el zumbido de los insectos nocturnos de Alemín había aumentado. Volaban por el cuarto, deteniéndose sobre el cuerpo decapitado de Wekil; la noche portátil que los contenía, reverberaba pasando del negro a un carmín brillante. El fantasma los miró con atención, y al distraerse, Alemín tomó la Baraqah de Wekil y la puso en su boca. Sintió las manos y los pies del homúnculo sobre su lengua; la llevó a su garganta y la tragó. Taqlid advirtió su gesto y se volvió hacia él
 – ¡Desgraciado! ¡Tragaste la Baraqah! ¡Tú también tienes el virus mortal de la efrita…!
 Apenas la Baraqah llegó a su estómago, Alemín cerró los ojos y sintió que desde allí  emitía tentáculos brillantes que salían de su ombligo y lo unían con todas las cosas de la habitación;  atravesaban las paredes y lo llevaban a cada partícula de polvo cósmico, a cada asteroide diminuto, como si pudiera entender el sentido final de sus masas.  También palpó el odio sin límites de Taqlid y esperaba de un momento a otro sentir sobre su cuello el alfanje-láser,  pero sólo escuchó el canto de los insectos nocturnos. Abrió los ojos: la avispa afgana Layla, enorme, hermosa, con su aguijón de un negro rojizo, se había separado del grupo y enfrentaba al fantasma. Lentamente sus chirridos se convirtieron en palabras moduladas.
 …Llegará el día en que la tierra y los cielos estarán cambiados: entonces verás a los criminales como tú con los pies y las muñecas cargados con cadenas. Tu túnica será de alquitrán, el fuego envolverá tu rostro, a fin de que Allah retribuya a tu alma esta obra inicua. Él es rápido en sus cuentas…
 El rostro de Taqlid se desfiguró de odio; su mano, temblando de furia, se levantó hacia la avispa y la arrojó contra una de las paredes. El insecto lanzó un grito final y se estrelló contra el acero celeste, tiñiéndolo de sangre ambarina.
 Alemín miró aquello sin poderlo creer. En medio de su desesperación trató de recordar, pero no sabía de casos en los que se hubiera matado  un insecto nocturno. Sintió un cosquilleo en sus brazos y  piernas; sus manos parecían dormidas, pero su sensibilidad había aumentado. Frente a él, Taqlid estaba inmóvil, como detenido por su furia. Alemín sintió que con sólo  mirarlas, podía alterar las cosas que lo rodeaban; de sus ojos surgieron líneas  sólidas de luz que se acumularon alrededor del fantasma.
 – ¿Qué haces, niño? Déjame moverme… – Gruesas líneas brillantes sujetaron al fantasma por sus muñecas y tobillos;  dirigió su alfanje digital a las ataduras, pero fue inútil. Alemín escuchó los insectos nocturnos: chillidos de alarma y desconcierto por la muerte de la avispa; desde la pared, su sangre ambarina llenaba el cuarto. Taqlid, el de Pensamiento Duro, parado junto a la cama, luchaba por soltarse con la boca deformada en una mueca.
 – ¡Niño perverso! ¡Esta noche será la de tu muerte…!
Los insectos deliberaron entre ellos. Alemín advirtió que las dos Baraqahs, la de la efrita y la de Wekil se unían en su interior; de ellas recibía el poder de alterar todo. Sabía que estaba impulsando la noche de los insectos desde lo profundo de sí misma. El enjambre unificó sus voces y sus pensamientos; se instalaron frente a Taqlid, y  cantaron con zumbidos inarticulados. De pronto, Alemín dejó de oírlos, aunque sabía que las frecuencias de sonido  eran altísimas; que no sólo afectaban al fantasma: sus propias entrañas parecían ser arrancadas cruelmente.
 – ¡No! ¡Alto, ingratos! ¡Soy el protector de la Ley! ¡Soy el guardián del Libro…! ¡Soy el Libro hecho vida…!
 Alemín sintió que lo íntimo de su ser estaba unido a Taqlid, que su destrucción sería la suya. Lo último que vio fue su cuerpo estallando en medio de chispas azules y arrojando hectoplasma celeste y brillante a  los extremos del cuarto. Después, todo pareció disminuir, como si la tensión de las cosas cayera de pronto, y el universo se convirtiera en una masa informe y laxa. El enjambre de insectos nocturnos sobrevoló sus ruinas, hasta que también ellos desaparecieron. Por un momento el niño se deslizó en un desierto blanco, frío, uniforme, que corrió como un río, hasta desembocar en  una oscuridad helada.
 Helen Nelson-Reed - American Visionary Watercolor painter (13)

GOCHO VERSOLARI

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