Narrativa: Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah –Tercera parte.

Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah –Tercera parte

Gocho Versolari

Alemín, el único niño que viaja en la nave espacial repleta de derviches, pasa las horas recibiendo lecciones de su ayo Wekil y observando el vídeo de la partida de la tierra. Allí se ve como un bebé en brazos de su madre. Ella usaba burka y niqab y Alemín acerca sus ojos a la pantalla procurando distinguir los rasgos a través de los velos. En la nave hay una enorme mujer de siliconas. Siendo más pequeño se asustaba de la réplica, pero ahora proyecta encontrarla; sabe que la guardan en la parte trasera de los establos.

Dos años después, Alemín  seguía frente al video digital que trasmitía el último mensaje de su madre. Cuando el niño estaba por activar el sistema de monitores, la luz del planeta Infierno que llegaba por la escotilla, aumentó de pronto; a veces, las llamas del planeta crecían hasta el punto de requerir la intervención de mamelik con sistemas refrigerantes que bajaran la temperatura de las paredes.  La tripulación  comentaba que el teniente Abdul Arabih, internado en una unidad sanitaria por su locura súbita, tenía  su cuerpo y su mente unidos al fuego del planeta. Cualquier emoción brusca de su parte, hacía que las llamas aumentaran, a veces con tanta intensidad que la nave parecía a punto de explotar También comentaban que el teniente era capaz de transformar aquel fuego en hielo, con consecuencias imprevisibles.
 – Alemín, tendrás que acompañarme en el paseo diario.
 Probándose un albornoz rojo y brillante, Wekil se miraba atentamente en un espejo; había pintado sus párpados y sus pestañas con Khol (el niño sabía que  era una costumbre de las mujeres de la Tierra); había colocado anillos en los dedos de sus manos y  pies, y vestía el sayo blanco con arabescos carmines que usaba para las grandes ocasiones. Cuando se agachó junto a Alemín para revisar su aspecto, despidió un fuerte olor a  almizcle.
 – Estás bastante bien, amor. Sólo tienes el cabello un poco revuelto…
 Wekil guardaba con celo un invento de los turcos sunnitas que se alojaban en el módulo lateral izquierdo de la nave; era una barra de baquelita con púas y lo llamaba peine. Lo tomó y pasó por su cabeza: los dientes muy finos alisaron sus cabellos. Al terminar, admiró su obra y la completó con unas gotas de perfume dulce.
 Se dirigieron a la plaza; en uno de los módulos superiores, los comerciantes se ubicaban a lo largo de un pasillo donde ofrecían a la tripulación desde frazadas y sayos hasta maquillajes exquisitos.
 Wekil se interesó en un lapiz labial electrónico, por el que pagó una buena cantidad; el niño se extasió ante una colección de pájaros virtuales que salían y volvían a entrar de una pantalla colorida.
 – Espérame, Alemín, no te muevas – Wekil se ocultó detrá de una columna para repasar sus labios con la barrita roja. El niño escuchó la voz suplicante de los comerciantes que regateaban, miró a los tripulantes pulular entre las tiendas y se detuvo en unas siluetas de odaliscas proyectadas por una máquina de imágenes virtuales. En medio del revuelo y de los puestos, apenas se advertían los cuerpos  de luz gaseosa, animada por energia vulvar, que movían enloquecidamente sus caderas.
 – ¿Cómo me queda, Alemín?
 Wekil se había pintado los labios y colocado rubor en sus mejillas. El niño sintió en su ayo una fuerza inesperada, que parecía provenir de los maquillajes. Reconoció que Wekil era bello
Te queda muy bien…
 La esfera y el rayo 2
Wekil lo tomó nuevamente de la mano, atravesaron la plaza y se dirigieron a la mezquita en el domo de la nave. Antes de entrar hicieron las abluciones reglamentarias y se quitaron el calzado. El templo, de forma triangular, estaba cubierto de estantes donde se guardaban reliquias del Islam. Había una réplica de la Ka’aba, donde sólo podían entrar los ancianos del Diwán, y de acuerdo con las disposiciones establecidas por el nuevo Korán, en la parte delantera se levantaba un atril con el Libro Sagrado abierto en una página diferente cada día.
 Allí estaba Taqlid, el de Pensamiento Duro. Alemín recordó que  dos días atrás, el Imán  había advertido que la tripulación duplicaba sus visitas al lugar santo desde que  estaba el fantasma y recomendaba concurrir a la misma por la devoción a Allah y los Profetas, y no por la figura de Taqlid.
 – Puedes ir donde quieras, pero no a los lugares sagrados – dijo Wekil al niño por lo bajo.
 En la mezquita, si bien todos miraban a Taqlid, el de Pensamiento Duro, habían dejado un espacio vacío en los bancos a su alrededor; Wekil se apuró a ocuparlo y el fantasma, al sentir su presencia, volvió la cabeza y lo miró fijamente.
 Alemín, en tanto, recorrió  la mezquita: los lugares sagrados eran siete, ubicados en el medio y en las seis direcciones del espacio. Su juego consistía en llegar al límite de los mismos, y en el momento en que estaba por atravesarlo, volver sobre sus pasos. En una caseta de la parte superior, el guardia de turno lo controlaba por medio de un sistema electrónico, sintiendo pavor de que aquel niño pudiera violar las reglas, pisando con sus pies profanos la superficie consagrada.
 Se detuvo con especial devoción en el Mihrab dedicado a al-Hallaj, el Cardador de Conciencias. Muchas noches, para dormirlo, Wekil le había contado su historia: al-Hallah había logrado una fusión unitiva con Allah. Nadie recuerda su exacto rostro, Alemín – explicaba el ayo – unos dicen que era moreno, de cabellos largos, otros que era rubio y hermoso como un sol. Un día se lo veía vestido con dos ropones de paño teñido; otra vez vistiendo el hábito de los sufíes, el ropaje de lana y el turbante; luego lo dejaba para adoptar el manto con mangas de los soldados. Se le conocía con distintos nombres según las provincias: el Intercesor en la India, el Previsor en el Turkestán, el Clarividente en el Khorassan, el Cardador de Conciencias en el Khuzistán…. En Bagdad era el Extasiado, en Basora el Deslumbrado. Cada hombre, cada mujer del pueblo lo veía como a alguien diferente, como la suma de sus deseos y esperanzas..
 Alemín miró las estampas de la ejecución de al-Hallaj en el 309 de la Hégira: vestido de amarillo, con un manto amplísimo, sus largos cabellos cayendo hasta los hombros, el santo tenía un aspecto lánguido, como si ya no estuviera en este mundo, y no se podía precisar en el diseño del mosaico pintado a mano si era un hombre o  una mujer. Lo habían condenado porque en las calles de Bagdad, siguiendo un rapto de éxtasis había gritado ¡Soy Allah…! y los guardias porcedieron a detenerlo. Según algunas versiones, en aquel mismo momento cercenaron su cabeza que rodó en las calles polvorientas y luego vistieron de amarillo su cuerpo decapitado.
 Alemín dejó de cavilar y se volvió  al escuchar un murmullo de asombro entre los tripulantes que estaban en la mezquita: Wekil y Taqlid hablaban entre ellos; el fantasma se habían inclinado sobre su ayo y murmuraba algo en su oído. Wekil reía y también contestaba en un susurro. De pronto se levantó, se inclinó hacia La Meca y apoyó la frente en el piso. Taqlid, el de Pensamiento Duro, repitió sus gestos; el niño advirtió debajo del sayo, las nalgas bien formadas de  Wekil. Ambos recitaron con un murmullo audible, la primera Sura del Nuevo Korán.
 – “En el nombre de Allah,
el clemente, el misericordioso,
Soberano en el día de la retribución
El toma tu cabeza con ambas manos,
te mira a los ojos y dice:
La noche se abre en la orilla del abismo.
Las puertas del infierno están cerradas.
Es tu riesgo atreverte a ellas.
Aquí están las llaves
ellas entran en la cerradura y serás satisfecho
Mis hijos, los profetas,  entraron por vez primera
y ahora están hundidos en las brumas de la locura.
En el nombre de Allah,
el clemente, el misericordioso.
A ti es a quien adoramos,
de ti es de quien imploramos socorro
En medio de los zumbidos de los insectos nocturnos,
dirígenos por el camino recto…”
 Al terminar,  permanecieron unos segundos arrodillados, y luego se incorporaron. Taqlid volvió a murmurar algo al oído de Wekil y se separaron.
 – Vamos Alemín – susurró Wekil; el niño lo siguió tomando  su mano. Fuera de la Mezquita se calzaron, atravesaron la plaza sin detenerse y volvieron  a sus habitaciones.
 – Alemín, querido, has cumplido diez años y es conveniente que sepas algunas cosas…
 El niño miró con sorpresa a su ayo: no era frecuente que le hablara con esa solemnidad.
 – Ya tienes edad, mi niñito, como para saber qué decir y qué no. El Islam prefiere mantener en las sagradas sombras muchas costumbres que sirven para que la fe Muslim se mantenga tensa y fuerte. ¿Eres capaz de guardar secretos sin revelarlos?
 Después de asentir, el corazón de Alemín palpitó al ver a su ayo tomar el cofre negro, prohibido hasta el momento para él.
 – Esta es la primera parte del secreto, querido. Mira lo que siempre he llamado “mis tesoros”.
 El niño se acercó con curiosidad, mordiéndose los labios: dentro de la caja había  matas de pelo rubio, negro y rojo; una gran cantidad de cajitas de Khol y de lápiz labial tradicional y digital. Vio ajorcas de distintas medidas, maquillajes desconocidos, adornos para el cabellos, anillos y vestidos de mujer. Wekil tomó una de las matas de pelo.
 
– Se llaman “pelucas”: son un invento de los turcos sunnitas, y sirven para imitar el cabello sedoso y largo de las mujeres.
 gesel_endegor3_by_lolita_artz-d99283z
Mientras hablaba, Wekil se ajustó una de ellas  en su cabeza; El corazón de Alemín latió con  fuerza: sintió una mezcla de curiosidad y rechazo a lo que estaba haciendo su ayo, cuando se volvió hacia él: maquillado y con la peluca, el niño intuyó por primera vez lo que sería un rostro de mujer sin velo. Wekil tomó del cofre un objeto extraño: dos formas redondeadas, simétricas; cada una de ellas terminaba en una protuberancia pequeña.
 – Tócalo, niño…
 Alemín obedeció: eran muy suaves.
 – Se llaman senos; estos son siliconados, pero las mujeres de la tierra los poseen en forma natural…
 Se los puso en su pecho, y se miró al espejo, balanceando el cuerpo a un lado y al otro.
 – Sirven para amamantar a los bebés y para atraer a los hombres. Ellos gustan besarlos…
 Wekil los cubrió con una tela llamada “sostén” y  pintó las uñas de sus manos y pies; después se cubrió con un sayo, ajustándolo a su cintura con una hebra de tela.
 – Me castraron cuando era pequeño, Alemín. Alguna vez al bañarnos viste mi cicatriz. Que no tenga el sexo anatómico no quiere decir que carezca de deseos, y Allah me concedió el impulso que me lleva hacia los hombres.
 Alemín tenía la impresión de ver por primera vez al verdadero  Wekil, aunque siempre lo hubiera intuido. Un velo caía de la personalidad de su ayo y  lo deslumbraba. Wekil sirvió dos vasos de refresco.
 – Alemín, dentro de un par de horas  recibiré la visita del fantasma. Todos seguirán viendo la figura de Taqlid, el de Pensamiento Duro, sentado o arrodillado en la mezquita, pero una de sus prolongaciones estará aquí, con nosotros. Ahora me miras asombrado; no sabes qué pensar. Yo también me siento extraño, excitado al tener una cita con un ser que no es real… En fin, cenaremos y te irás  a tu cuarto cuando sea la hora de dormir.
 – Vendrá a cenar… Si es un fantasma: ¿qué va a comer?
 Wekil sonrió y acarició la cara de Alemín; el niño supo que aquello era una ademán femenino.
 – Lo mismo le pregunté yo. Me dijo que él se encargaría de proyectar una versión virtual de nuestra  comida. Como es una ocasión especial, tomaré un pollo de nuestras raciones y lo prepararemos con cocción digital, empapándolo en chorros de limón.
 Wekil miró fijamente a Alemín.
 – Tú sabes lo que es la Baraqah…
 – Sí; me lo explicó el mentor. Se trata de la réplica de uno mismo que se da a comer al otro como expresión de fidelidad, unión y respeto. En el momento de la muerte, la Baraqah resucita a la persona con toda su vitalidad.
 – En efecto, Alemín…
 Wekil tomó del cofre un pastillero.
 – Sabes que la mejor Baraqah es la que se obtiene en lo que sería la mañana de la Tierra en el mes de Chewall… Bien.Como estamos en ese mes, esta mañana he obtenido mi Baraqah…
 Wekil abrió el pastillero y  lo mostró a Alemín: adentro había una pequeña réplica de sí mismo, arrodillado, con la cabeza en el suelo. Al sentir las miradas de Wekil y Alemín, levantó el rostro: también vestía de mujer, llevaba una de las pelucas rojas. Abrió los brazos y movió la boca, pero por su tamaño no se escucharon sus palabras.
 – ¿Qué está diciendo?
 – Es una antigua oda a Allah. No conviene conectar la Baraqah a circuitos de audio y video para escuchar sus voz y ver sus rasgos, ya que su fuerza disminuye. Alemín, te recuerdo que antes de los dieciséis años no puedes tener una Baraqah en tu cuerpo: el al-Azif dice que cuando cumplas esa edad primero deberás tragar tu propia réplica y luego hacerlo con la de tu maestro; se trata de una de las prescripiciones sólidas emitidas por el Señor de los Insectos Nocturnos, es decir, una verdad  inapelable. No te preocupes:  dentro de seis años, en este mes  de Chewall, obtendré otra Baraqah excelente para ti.
 – ¿Y esta Barakah…?
 – Ésta es para el fantasma Taqlid, el de Pensamiento Duro.
 – Pero… siendo un fantasma, ¿le hace efecto la Baraqah
 Wekil se encogió de hombros
 – Me afirmó que sí. Él sabrá. Antes de su muerte era  Doctor en el Nuevo Korán, así que de todo esto, sabe  más que nosotros.
 Mientras su ayo preparaba el pollo, el niño siguió pensando en su confesión.
 – Wekil…
 – ¿Sí Alemín?
 – Una mujer es dulce, suave, ama a todos los seres… es lo que dice el al-Azif.
 – Eso lo dice la libélula sonriente de El Cairo como contrapeso a lo que afirma a su vez el profeta Mohamed en algunos sectores del Korán tradicional sobre las féminas…
 – Entonces, Wekil, ¿por qué te enfureciste como un hombre cuando estábamos cazando el venado en el espacio?
 Wekil no contestó enseguida y se sonrojó.
 – Niño, dice el al-Azif: “…nadie es decididamente mujer u hombre; en toda piel suave hay una sombra de barba y en todo torso musculoso un sueño de senos como seda. El aleteo de una polilla junto a la lámpara proyecta la sombra de un falo contra la pared”. En mí están presentes los principios femeninos y masculinos; a veces se unen, a veces luchan despiadadamente entre ellos. De esta  guerra sin cuartel, participa todo hombre y  toda mujer.
 Mientras el pollo se cocinaba a través de rayos  de energía, vulvar, Alemín ayudó a Wekil a terminar de arreglarse; el ayo eligió un vestido azul de gasa, con miriñaques, guantes de seda del mismo color y  un sombrero de alas redondas; salían y volvían a él alambiques de vidrio por los que circulaba un líquido rojo. Calzó sandalias de tacón negras, rojas y blancas.
 – Deberás seguir con la cena, Alemín. Comprenderás que con este atuendo no puedo hacerlo…
 El niño cocinó  el pollo asado, mientras  uno de los esclavos virtuales servía la mesa.
 Cinco minutos antes de la hora en que debía aparecer el fantasma, el aire de la cocina vibró y se condensó en un punto cercano al horno. Lentamente se formó la figura de Taqlid, el de Pensamiento Duro: su carne parecía  de niebla, fina y brillante.
 – Supongo que soy bienvenido al goce de la carne y de la comida – dijo irónico, con voz potente.
 – Que Allah sea contigo hermano – murmuró Wekil con  voz más aflautada que de costumbre. Con una sonrisa, Taqlid tomó su lugar en la cabecera de la mesa; Alemín advirtió el enorme alfanje láser colgando de su cintura; también el arma tenía textura de nube. El fantasma se sentó, mientras el niño colocaba en la mesa la fuente humeante: el pollo estaba aderezado con plantas aromáticas de Damasco y lo acompañaban hierbas de Bagdad.
 Sonriendo con superioridad, el fantasma movió sus manos: dedos largos; uñas cuidadosamente recortadas.
 – Miras mis manos, niño y pensarás “manos de un pianista”. Sí: si ese instrumento, el piano, no fuera un símbolo de la decadencia de los perros infieles. Dime “manos de tañidor de laúd”, y me harás feliz…
 En ese momento, Wekil llegó con un candelabro de cinco velas que apoyó en la mesa; disminuyó la luz central antes de encenderlas.
 – Niño, me estás mirando desde que llegué: te haré una demostración.
 Las manos de Taqlid, el de Pensamiento Duro, parecían tener vida propia; una de ellas se extendió largamente hasta llegar a la llama de la vela y se expuso a ella por un rato sin quemarse. Después tomó con sus dedos una de las patas del polllo y la separó limpiamente sirviéndola a Wekil con un gesto cortés.
 – El fuego me fortalece, pequeño. Si carezco de él no puedo actuar sobre las cosas físicas y me pueden atravesar sin dificultad, como a un verdadero espectro; cuando soy sometido a las llamas, mi solidez aumenta. Recuerda que por mi propia voluntad me arrojé al planeta “Infierno” y he vuelto en forma de espíritu leve a quien el calor intenso llena de carne. Hoy a la madrugada se prevé un aumento de la intensidad de fuego en el planeta… en realidad la historia es más larga:  sé cómo enfurecer cada tanto al teniente Abdul Arabih, internado en una de las unidades sanitarias por su locura.  Cuando puedo, activo su pasión, unida a las llamas del planeta “Infierno”;  al crecer éstas hasta  calentar la nave, mi carne se afirma y puedo actuar como si otra vez fuera mortal; puedo hacer las mismas cosas que los hombres y mujeres…
 – ¿También besar? – preguntó Wekil
 – Por supuesto, noble dama. Mis besos son anhelados por todas las féminas de la Tierra.
 – Dicen que odias las féminas. ¿Qué opinas entonces sobre mi atuendo?
 Wekil miró fijamente a Taqlid con sus ojos embadurnados en Khol. Alemín sintió admiración por la belleza magnética que despedía el rostro de su ayo.
 – Me encanta tu atuendo porque tú no eres una fémina – dijo Taqlid sonriendo- Además, siempre he gozado en someterme a los encantos de las mujeres y escapar de ellos a tiempo. En realidad toda fémina es hermosa y terrible. En esta nave somos todos hombres, y el chaitán, el Satanás de los asrani, impulsa una y otra vez el deseo de las mujeres. Son como un humo invisible, como el espíritu de un vino muy fino, que se filtra insensiblemente por las mentes y los cuerpos de los hombres… Habrán escuchado hablar de la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos…
 – Yo la vi de espaldas – se apuró a decir Alemín.
 – Ella es un demonio; es la que mantiene el deseo carnal de  los hombres en la nave, es la que insufla el desorden y la falta de disciplina en esta sagrada mezquita volante, que debiera ser el ejemplo de la fe islámica. Hay quienes dicen que la desaparición del Jeque Shari’ah, llamado el de la Ley Viviente, es responsabilidad de esa fémina malvada.
 Antes de seguir hablando, Taqlid, el de Pensamiento Duro, se inclinó sobre la mesa e hizo un gesto a Alemín y Wekil a fin de que se acercaran a él para escucharlo.
 – En el vientre de la nave, pegado al establo, hay un módulo  abandonado. En los primeros años, luego del despegue,  instalaron allí una mujer gigantesca, hecha con siliconas digitales de modo que cada una de ellas podía albergar lo más parecido a  una corriente vital. La tripulación entraba por su vulva y recorría su cuerpo, veía sus órganos internos, sus ovarios, su  útero… la fémina se muestra embarazada de cuatro meses, y se puede apreciar el feto. Cuando se cumplieron los cinco años de permanencia en el espacio, yo y otros fieles muslim, basados en algunas suras del Korán y  del al-Azif,  convencimos al sultán y a los visires para que suspendan las visitas a ese lugar.
 Alemín escuchó aquello con mucha atención.
 – Disculpe, señor Taqlid – preguntó  – la mujer de la que usted habla, ¿está acostada boca arriba y cubierta con un velo…?
 – Así es, niño, ¿es que la viste alguna vez?
 – No, no – negó enfáticamente Alemín – Se comenta entre la tripulación que algo así está en un módulo próximo al  establo,  y que basta con asomarse para verla.
 Taqlid afirmó con la cabeza.

red_passion_iv_by_endegor-d7g0p6i (1)

 – Así es. Yo recientemente he recorrido el lugar: creo que allí se oculta la efrita, mi enemiga. He cortado mil veces su cabeza con mi alfanje digital, pero la esencia de las féminas es algo que se mantiene y que supera las mil muertes… en resumen, creo que la efrita malvada, la bruja de los encantos femeninos, se oculta en ese tramo abandonado, y no sé aún la forma que ha adoptado
 A continuación, Wekil sacó el tema de los cuatro sentidos en que debían ser interpretadas las Escrituras. Taqlid lo escuchó con mirada burlona y gesto de soberbia
 – Eso es falso, hermano. El al-Azif y el Nuevo Korán sólo tienen un sentido de interpretación, el que dicen sus palabras. Debes adherir a él con fuerza en tu corazón, pero de nada vale si su letra no es cumplida  hasta en las cosas más nimias de tu vida cotidiana…
 Llegó la hora en que Alemín debía acostarse, y el niño marchó por sí mismo a su habitación, sin que Wekil hiciera ningún gesto para exhortarlo. Miró la puerta que daba al pasillo: tenía la llave puesta, y en media hora más, cuando la energía de la nave se acercara a la latencia,  la tripulación dejaría de circular casi por completo.
 Se acercó a una rejilla de iluminación que conectaba con el comedor de donde acababa de llegar: corrió los visillos y vio a Wekil: se había quitado las sandalias, y sentado junto a Taqlid, apoyaba sus pies en una de las sillas. El fantasma lo sostenía de los hombros y hablaba suavemente en su oído. Alemín advirtió que su brazo apenas se apoyaba en el torso de Wekil, e intuyó que de hacerlo con más firmeza, la carne atravesaría su sustancia de nube.
 El niño permaneció despierto: las confesiones de Wekil aquella tarde y finalmente la revelación de Taqlid, el de Pensamiento Duro, le habían quitado el sueño. Esperaría que todos durmieran e iría al módulo donde se encontraba la mujer de siliconas digitales. Pensar en ello le producía una sensación de electricidad en la boca; dudó: no podía ir solo: estaba seguro que se trataba de un muñeco, pero el  miedo seguía con la misma intensidad.

 

GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.