Narrativa: Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah – Segunda parte.

Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah – Segunda parte.

Gocho Versolari

 Alemín tiene ocho años y está a cargo de Wekil, un ayo castrado y transgénero. El niño extraña a su madre. En este capítulo consuela a un venado estelar moribundo que fuera perseguido por las naves del sultán. 

¡Por piedad! ¡Devolved a mis párpados el sueño que de ellos ha huido! ¡Decidme dónde ha ido a parar mi razón! ¡Cuando permití que el amor penetrase en mi morada, se enojó conmigo el sueño y me abandonó!
 La voz de Wekil, acompañada por el laúd, era aguda, clara y armoniosa. Parecía rebotar contra las paredes de acero azul del camarote donde se alojaba con Alemín. Cantaba  viejos aires de la Tierra.
 Y me dicen: ¿Pero encuentras en el objeto amado otra cosa que lágrimas, penas y escasos placeres?
¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás tu sombra? ¡Bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!
 El niño había cumplido diez años y a partir de la caza del venado, se había vuelto reconcentrado, huraño. Además, desde entonces, el clima de la nave cambió. Ya no reinaba la alegría despreocupada, el murmullo jocoso de los Mamelik o las cenas conjuntas de toda la tripulación en las que se leían los Capítulos zumbones del al-Azif, y se celebraban los chistes y las bromas con gruesas carcajadas y loas a Allah.
 ¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino solamente el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de las que me separé las que me han puesto en este estado, sino solamente la separación de ella!
¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi alma está unida a su cuerpo perfumado, a sus aromas de ámbar y almizcle?
 Ahora, Alemín se sentía rodeado de rostros ensombrecidos, miradas torvas y desconfiadas. La gente hablaba poco y casi siempre escuchaba susurros dramáticos que presagiaban desgracias. La tripulación había cambiado desde que empezaran a circundar la órbita del planeta conocido como “Infierno”; ahora mismo, la luz de las llamas que  consumían sin desgastar la materia del astro, se mostraban por las escotillas y cubrían la nave de un brillo espectral, siniestro.
 También estaban los fantasmas: la gente no dejaba de hablar de la mujer; Alemín sólo la había visto fugazmente, de espaldas. Decían que era una Efrita y que su nombre era Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos; que había escapado de la ordenador central en la donde se identificaba con la función del “antropólogo virtual” .
 Por las tardes, Wekil lo llevaba de la mano a ver a Taqlid, el de Pensamiento Duro, el otro fantasma, quien desde hacía un mes estaba arrodillado en la mezquita de la nave mirando en dirección a la Meca y haciendo la Itikaf: penitencia de permanecer en esa posición y de vez en cuando besar la tierra y cubrir su cabeza con ceniza virtual.
 Taqlid había muerto al arrojarse voluntariamente a las llamas del planeta “Infierno”,  y ahora su imagen holográfica  realizaba aquella penitencia que estremecía a los tripulantes.
 ¡Si mi sino es vivir desterrado, algún día pediré cuentas de estos sufrimientos a Allah, nuestro Señor!
 Wekil terminó su canción con dos acordes lúgubres. Tomó el laúd, lo envolvío en una funda de corteza de baobab del Líbano, y desapareció por un momento en las habitaciones del fondo. Alemín sabía que guardaría el instrumento en el arcón negro y misterioso, donde ocultaba sus tesoros más importantes. Volvió y se acercó al niño.
 – ¿Qué pasa, Alemín? Otra vez la tristeza recorre tu rostro. Dejé libre el reproductor. Puedes ver las imágenes del despegue de la nave y a tu madre antes de la separación. Puedes ver también los mensajes que en estos años te ha enviado desde la Tierra…
 Alemín se sentó frente a la pantalla, mientras Wekil le preparaba un refresco de incienso y chocolate. Una cinta de video digital reprodujo las imágenes de la partida de la nave; el niño se ajustó los auriculares: el despegue había sido en los alrededores de Medina, y Alemín sintió en el rostro la brisa del verano y el aroma de las flores y los olivos. La cámara tomó las numerosas personas que habían asistido a la partida. En el momento en que apareció su madre con él en los brazos, habló el locutor.
 – El dos mil cinco de los Asrani, fue el año de la Gran Jihad. Odirco Nelaba, considerado durante mucho tiempo como un herético en el Islam, comandaba un ejército que buscaba vengar la destrucción del pueblo Palestino y de las principales ciudades muslim. Los infieles, que buscaban petróleo y poder político, habían desatado una guerra de aniquilación, pretendiendo acabar con nuestro Pueblo Santo. Con 44 años, Odirco escribió el “al-Azif” libro sagrado que al año siguiente se unió a las Escrituras Sagradas, formando lo que se da en llamar el Nuevo Korán. Allí el líder islámico afirma: Es sagrada toda ira que surge del vientre. Los enfrentamientos aumentaron día a día, y los perros ingratos pretendieron hacerlos pasar como actos terroristas…
 Alemín, atento a los  movimientos de su madre, congeló la imagen cuando el sol daba de lleno en su velo. Como había hecho tantas veces,  se inclinó hasta  rozar la pantalla  y trató de adivinar el contorno de sus labios, la forma de su nariz; hizo avanzar la cinta con mucha lentitud: por momentos  los rasgos parecían mostrarse, pero el rostro seguía oculto bajo el grueso tul.
 Aquella escena pasó. La ceremonia de despegue continuó con la voz del locutor

Oskar Kokoschka - Tutt'Art@ 33

 – …y así Bagdad, Bassora, Kirkut, Yemín fueron reconstruidas después del aniquilamiento de Nueva York. Washington, las principales capitales europeas y los centros de poder infieles. La fe Muslim del planeta, los esfuerzos de todos sus habitantes han permitido construir esta gigantesca nave. Se compone de un centro y  diez módulos que se incorporarán en los próximos días. Sus tripulantes son derviches, habitantes de una mezquita volante, portavoz de la cultura y la fe islámicas en todo el universo.
 Un primer plano mostró cómo su madre lo entregaba desnudo y llorando, al Sultán Hijab, el Velo sobre su Faz, quien lo pasó  a su vez a dos oficiales. La filmación siguió con el  despegue en medio de solemnes notas marciales: la nave arrancó dejando una estela de fuego y perdiéndose  en el cielo de la tarde.
 Alemín había grabado los mensajes de su madre trasmitidos  desde la Tierra. Eran diez: uno por cada año de la vida del niño, y en todos repetía la misma fórmula: un primer plano de su rostro, siempre cubierto, y su voz monocorde, como si estuviera leyendo o pronunciando de memoria.
 – Hijo querido. Desde distancias enormes te envío mi ternura. Que tengas la eterna protección de Allah, y  no olvides besar la tierra entre sus manos…
 El avance de la tecnología hacía que cada mensaje fuera más nítido, más audible, pero en todos el rostro de la mujer permanecía  cubierto por el  velo, inexpugnable a las miradas de Alemín
 – Es imposible verlo – repetía Wekil al advertir sus intentos – Un rostro de mujer es demasiado hermoso, es como el sol: si lo vemos de pronto,  puede dejarnos ciegos…
 El Nuevo Korán, formado por el Libro tradicional y  el al-Azif, coincidían en la prohibición de que las mujeres muestren sus rostros y sus cabellos.  Alemín escuchaba las detalladas explicaciones de su ayo, pero su mayor deseo era  ver a su madre sin el  velo.
 Su curiosidad se trasladó a  cualquier imagen femenina; en los planetas recorridos, no había mujeres. El llamado “Planeta de los Ultimos Hombres” fue la excepción, pero su exploración había coincidido con la frustrada asonada de Taqlid, el de Pensamiento Duro, y no se recibieron imágenes.
 Con un suspiro, el niño se recostó en la silla acolchada y siguió escuchando la voz modulada de su madre. Recordó nuevamente la cacería y lo que había ocurrido inmediatamente después.
 
 En las noches que siguieron, apenas pudo dormir  recordando la  expresión implorante del venado. Los animales estaban en uno de los tres módulos del vientre de la nave, y dos días después, Alemín se filtró en el  establo: era uno de los sitios vigilados, pero los centinelas no prestaban mucha atención, ya que  no tenía sentido un atentado en ese lugar. Pasaban las noches jugando al Abu-Bakr y bebiendo refrescos sintéticos con hierbas aromáticas.
 Cuando Alemín llegó, pasó rápidamente junto a la caseta de los oficiales, quienes no advirtieron su presencia; entró en el ancho pasillo donde se extendían los establos. Allí, como lo había visto varias veces llevado por Wekil, los animales estaban en  cuevas individuales con  cables conectados a sus cabezas. A los costados, uno en cada cobertizo, pequeños monitores mostraban las fantasías que les eran sugeridas a través de la realidad virtual.
 Alemín aún no leía con facilidad los carteles que consignaban nombre de la especie del animal y demás  datos técnicos; se asomaba a las puertas gastadas de madera, tratando de encontrar al venado. Vio gran cantidad de gacelas y reconoció algunas como las víctimas de la caza; tenían los ojos cerrados, y en los monitores se proyectaban hermosas imágenes de paisajes. Terminando el pasillo, en los últimos cobertizos, descubrió tres venados; dos de ellos lo observaron con expresiones de tristeza, y el tercero tenía los ojos cerrados. Se detuvo frente a él: lo iluminaba una luz suave que llegaba de su costado; de pronto abrió los ojos  y miró a Alemín con la misma expresión que el niño viera en el espacio cuando estaban a punto de destruirlo. En  su estremecimiento, recordó unas palabras que Wekil atribuía al Jefe Veterinario.
 Hay animales que apenas se entregan a sus hologramas: su fuerza vital pasa a ellos muy lentamente, y si bien mueren jóvenes, su resistencia es mayor. Hay otros que se entregan sin reservas, como si quisieran una libertad más allá de sus cuerpos. La imagen brillante los capta, los lleva con ella y  mueren muy rápidamente.
 Alemín no entendería hasta mucho después aquellas palabras, pero de algún modo sabía que se aplicaban al venado. Se acercó y abrazó su cabeza, metiendo su brazo entre los cables que lo rodeaban. El animal siguió mirándo con espanto, y Alemín encendió el monitor: en él corría por el espacio azul, perseguido por las naves; una y otra vez era acorralado en  la formación gaseosa y aniquilado por el láser.
 El niño movió los controles de la pantalla hasta obtener en ella la imagen de una llanura verde y amplia. Por un momento, el venado se tranquilizó. Volvió a acariciarlo; esperaba que el animal lo reconociera en su fantasía; quería correr con él, atravesar bosques y arroyos virtuales, pero de pronto la pantalla cambió: el venado se estremeció bajo las pequeñas manos de Alemín, y volvió la persecución por el espacio, el sonido angustiante de su respiración, su pelo traspirado y la muerte, repetida una y otra vez.
 El niño cambió nuevamente la imagen, pero el campo sembrado y los correteos apenas duraron unos segundos: la cara del animal se transformó, sus ojos recobraron la expresión enloquecida y la pantalla  registró otra vez la persecución.
 Finalmente Alemín debió permanecer junto al monitor y cambiar constantemente  el circuito: algo  en el venado  lo llevaba una y otra vez a las escenas de su muerte virtual. Por último, el animal apareció en un lugar idílico, tendido entre dos rocas; las imágenes se alternaron con rapidez, como si hubiera enloquecido. Una pequeña explosión y un chispazo anunciaron el fin del monitor; el venado se sacudió entre estertores.
 Alemín volvió a llorar y lo abrazó. Permaneció así varios minutos; a pesar del ambiente climatizado, la carne del animal se enfrió rápidamente. En medio de su dolor, el niño escuchó pasos en el pasilo; voces y puertas  se abrieron y cerraron. Reconoció el tono de voz: era Faqaha, el Doctor de la Ley, uno de los guardias más severos. Comentaban que habia sido amigo del ahora fantasma Taqlid, el de Pensamiento Duro. Era él quien tomaría la guardia, y en toda la nave se lo conocía por su rigidez. Hablaba con los otros.
– ¿Quieres un poco de jugo tranquilizante, Faqaha?
 – No, en absoluto. Debo permanecer despierto durante toda la noche.
 – Amigo Faqaha: se trata de vigilar unos pobres animales, a lo sumo intervenir si alguno de ellos muere: ¿quién puede realizar sabotaje en este lugar?
 – Es mi sagrado deber permanecer despierto. No será mi voluntad, sino los dedos de Allah los que mantendrán elevados mis párpados. Será su aliento el que hará permanecer brillante mi mirada…
 Así siguió el guardia, hablando con  voz potente, mientras sus compañeros lo escuchaban. La luz en el cobertizo del venado muerto disminuyó; Alemín advirtió que en el piso del establo había dos agujeros desde los que llegaba un débil brillo  Se asomó al primero: daba al pasillo de la nave donde se encontraba su habitación y la de Wekil. El diámetro del hoyo era lo suficientemente grande para que su cuerpo  pase por él. Afuera del cobertizo, se encendió la luz del pasillo: Faqaha estaba por iniciar su caminata nocturna y no tardaría en descubrirlo; pensó en volver a su habitación, pero  no deseaba hacerlo: pasaría la noche llorando desconsoladamente, y Wekil le pediría explicaciones que no quería darle.
 Afuera, los pasos del guardia entraron al pasillo: revisaba los cobertizos más alejados, pero no tardaría en llegar donde estaba Alemín; el niño no lo pensó más: besó la cabeza inmóvil del venado y se escurrió en las sombras del otro hueco; sus pies tocaron estribaciones en la pared, y de frente a la misma fue bajando con cuidado y lentitud.
 La luz  llegaba de varias lámparas muy débiles ubicadas en cuatro picas, una en cada esquina de la habitación. El niño bajó con dificultad, y cuando hizo pie, se volvió. Estaba en un ambiente  enorme, con un gigantesco bulto inmóvil tendido en el suelo. Caminó hacia él con curiosidad, y de pronto se detuvo frente a la planta de un enorme pie desnudo, que se levantaba como una montaña de carne rosada. Más allá, el tobillo estaba adornado por una ajorca.
 Alemín retrocedió espantado: recordó los cuentos de Wekil acerca de efrits y gigantes: ahora estaba frente a uno de ellos. Corrió; tropezó y cayó; se levantó y siguió avanzando. Llegó a la pared opuesta y se precipitó a una puerta  que estaba cerrada. Su corazón latió con fuerza; de vez en cuando se volvía al enorme cuerpo acostado, con la seguridad de que se levantaría en cualquier momento y lo devoraría, aunque la planta del pie seguía inmóvil. El niño deseaba llorar, pero  temía hacer ruido y despertar al gigante.
 Recorrió  la pared: allí no había salida y no quería ni pensar en dar la vuelta alrededor del cuerpo para fijarse en la opuesta. Finalmente levantó la vista y vio el agujero por el que había entrado: no tenía más remedio que volver por él.
 Se quitó las babuchas y subió llorando en silencio: el pánico lo dominaba al pensar que si el gigante abría los ojos, lo vería de inmediato. Al llegar arriba se volvió con miedo y vio desde la altura el cuerpo tendido con los ojos cerrados y un velo cubriendo su rostro. Por un momento recordó a su madre e imaginó que  en su afán de verlo, se había convertido en una efrita gigantesca; habría  llegado a la nave a través de prácticas mágicas para terminar muriendo misteriosamente en aquel módulo.
 Oskar Kokoschka - Tutt'Art@ 62

 GOCHO VERSOLARI

 

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