Narrativa: Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah – Primera parte.

 Alemín – Capítulo II – Introducción a la Baraqah – Primera parte.

Gocho Versolari

En el capítulo anterior, el jeque Shariah el de la ley viviente, se enfrenta a Taqlid, el de Pensamiento duro. Aparentemente ambos mueren en el afán de llegar al planeta llamado Infierno, que no deja de arder. En la nave, ocupada tan sólo por hombres, hay un niño, quien partió cuando era recién nacido. Ahora tiene ocho años y está a cargo de un criado transgénero llamado Wekil. Aquí comienzan las aventuras de Alemín: criado entre hombres y añorando a una madre que nunca conoció. 

Dos años atrás, habían celebrado el octavo cumpleaños de Alemín en el Planeta de los pájaros, muy parecido a la lejana Tierra,  con su aire limpio y sus enormes cielos tornasoles. Aquel astro, llamado también Attar, en honor al autor de El Lenguaje de los Pájaros, estaba repleto de  aves desconocidas; algunas volaban el cielo durante el día y a la noche se transformaban en serpientes; luego volvían a elevarse ritualmente para unir las profundidades de la tierra y el cielo del planeta. Especies de abubillas cantoras y parlantes, imitaban a la  perfección las voces de los tripulantes.
 Abundaban los insectos nocturnos. Habib, el Teniente que había reemplazado a Abdul Arabih luego de su extraña enfermedad, había explicado a Alemín la relación entre ellos y los pájaros. Algunos de los insectos son gusanos, y luego de una vida plena de batir sus alas, vuelven a transformarse en larvas. En este planeta, muchas especies de pájaros surgen de las serpientes y  vuelven a ser reptiles. La serpiente y el gusano, el pájaro y el insecto se transforman unos en otros en las profundidades de la tierra y en las alturas del cielo…
 Dejaban al niño hasta tarde en compañía de los insectos; a través de un programa de asimilación, Alemín podía incorporar especies  a su ordenador. Wekil, su  ayo, lo acompañaba por las zonas donde el canto de los insectos nocturnos era peligroso.  Niño: el ruido es tan intenso que puede destruir tus oídos o destruirte a ti mismo… Por muchos años el Islam los consideró satánicos, pero después del al-Azif, se los tiene en cuenta como complementos perfectos de los pájaros, como la voz de la tierra y sus profundidades. En estas épocas, luego de la Gran Jihad, donde los ejércitos islámicos de la Tierra han aniquilado a los infieles, los profetas de Allah ocupan todos los centros: desde los tronos celestes hasta las profundidades. Allah es Todo en todo.
 En el amanecer del  cumpleaños del niño en el planeta Attar,  entre una bandada de grullas que volaba hacia los soles amarillo y rojo, Alemín fue encomendado a Allah y a los Nabís , en su carácter de futuro guerrero. Para los festejos, montaron un campamento enorme y coloridoM pasaron varios días en medio de bailes y cantos que recordaban a la lejana Tierra.
 
Culminando la celebración, organizaron una cacería en el espacio. Como siempre, el niño fue confiado a su ayo castrado, Wekil.
– Responderé por él con mi vida si es preciso – dijo Wekil con su tono patético y su voz atiplada.
 En pocas horas se montó el plan de  caza: se eligieron siete naves de exploración, cuatro pequeñas y tres más grandes; a través de un truco de simulación computada, se revistieron las mayores de modo que parecieran caballos y las más pequeñas como perros de presa.
 Después explicaron al niño los detalles de la cacería: en uno de los módulos inferiores del vientre de la nave, funcionaba un gigantesco corral donde criaban animales de granja junto a venados, gacelas y ciervos.  Electrodos conectados a sus percepciones, les creaban la nítida ilusión de correr por los  campos del Líbano bajo un sol que nunca se ponía y en un clima de permanente  primavera. Botellones de suero inyectados a sus venas, los alimentaban en forma continua.
 Dos años atrás, la holografía no estaba tan avanzada, de modo que  células fotoeléctricas instaladas junto a venados y gacelas , proyectarían sus imágenes luminosas al espacio. Dentro de sus mentes, no saldrían de su hábitat y dosis de noradrenalina junto a otras drogas y a un complicado juego de estímulos, aumentarían su  temor a los hombres; estos, a su vez perseguirían las virtuales y majestuosas imágenes
 En el discurso brindado por el Sultán Hijab, el Velo sobre su Faz, antes de partir a la excursión, se dijo que la experiencia terminaría con la vida de los animales: su proyección al espacio exterior  alteraría la calidad de su sangre y sus principios vitales y no tardarían en morir. De todos modos – siguió el jerarca – la experiencia era ideal para la formación del guerrero, ya que el espacio no estaba vacío: asteroides, grupos de meteoritos, nubes gaseosas, cometas y lunas del planeta que acababan de dejar, eran obstáculos naturales como las montañas y los bosques de la Tierra.
 Consintieron en  que Alemín participara en la excursión, con la condición, aceptada por Wekil, de que ante una circunstancia  riesgosa, el niño debería volver.
 Fue así que la madrugada de aquel día del mes de Chewal, las naves de caza atravesaron la enorme membrana que habían instalado sobre el campamento y que separaba la atmósfera del planeta del espacio exterior.
 Alemín estaba sentado en las rodillas de Wekil, dentro de una nave con  forma de  perro, de largos colmillos y mirada feroz. El niño estaba ansioso por accionar la cuerda a su derecha: los  terribles  gruñidos del animal llenarían la cabina y se propagarían a las restantes naves. Su ayo le advirtió que no lo hiciera hasta recibir la orden. Las siete naves permanecieron un largo rato inmóviles, en formación, hasta que los cinco animales luminosos pasaron junto a ellas, cabalgando en el vacío y dejando tras de sí una estela brillante: cuatro gacelas y dos venados.
 Al verlos, Wekil levantó el brazo y el niño hizo gruñir al perro, mientras gritaba de excitación. Las naves se precipitaron detrás de las figuras, que marcharon raudas, atravesando el espacio azul.
 Uno de los caballos y el perro que ocupaban Wekil y Alemín, se internaron en uno de los pequeños satélites del planeta, que no recibía la luz de la estrella central; bajo la noche permanente y entre los oscuros acantilados, la gacela corrió acosada por las miradas cegadoras de los monstruos. Por momentos lograba esconderse, pero los haces de luz barrían los recodos de las rocas. Finalmente, el caballo activó dos armas láser ubicadas en sus ojos, y ante los gritos de excitación de Alemín, destrozó a la gacela que se deshizo entre chispas y olas de hectoplasma fulgurante.
 Por  radio recibieron la noticia de que otro de los caballos había matado a uno de los venados;  la  gacela restante, estaba acorralada en una zona donde los meteoritos se disparaban. Allí recibió varios impactos que la destrozaron.
 – Esto es muy rápido – comentó Wekil – creo, niño, que podremos ir a almorzar a la nave.

Naoto Tsujimoto

 Recibieron la noticia de que dos de las gacelas estaban perdidas en una nube  de meteoritos, y se dirigieron allí; Alemín activó con júbilo la cuerda que hacía gruñir al perro. Las presas, abrazadas entre sí en medio de la nube, podían recibir las ondas de sonido por un juego de células  unidas a sus figuras virtuales; la idea era asustarlas, que corrieran a uno de los extremos, donde los meteoritos se dispersaban y allí atacarlas. Wekil le explicó al niño que no usarían las armas de energía vulvar, ya que de impactar en ciertas piedras con uranio podrían producir una reacción en cadena
 Los tres perros se acercaron  a las gacelas; el que comandaba el Teniente Habib las atacó, hiriendo a una de ellas. Esto las hizo separarse y correr desesperadas; del otro lado, dos caballos  las aniquilaron de inmediato con los láser de sus miradas.
 – ¡El venado! ¡Se escapa el venado…! – avisó alguien a todas las naves; concentrados en la muerte de las gacelas, habían perdido a la quinta presa.
 – Corre delante de nosotros. Se dirige a una  nube de gases….
 A lo lejos, el animal era una mancha chispeante;  el visor mostraba sus ancas luminosas, alejándose sin cesar. La idea era cazarlo antes que llegara a la gigantesca formación gaseosa que los sensores registraban más adelante. Se lanzaron contra él con los motores al máximo. Al poco de andar, una  estela blancuzca y plateada llenó el espacio; en el visor, los flancos  del animal brillaban de sudor. Los caballos arrojaron dardos digitales, que por la distancia explotaron antes de llegar a la presa.
 Poco antes que las naves lo tuvieran a tiro, con un último salto desesperado, el animal atravesó la pared brillante y se perdió entre los gases. Vista de afuera, la masa era una superficie  casi trasparente, a través de la cual refulgían relámpagos. Las naves  se detuvieron antes de atravesarla; hubo un momento de silencio y por los parlantes se escuchó la voz del Sultán Hijab.
 – Vuelvan con el niño. Esto puede ser peligroso. Mis enemigos me acusarán de exponerlo a los peligros del espacio. Las restantes naves entrarán en el mar gaseoso y  tratarán de dar con la presa.
 – ¡No quiero volver…! – exclamó Alemín sollozando  amargamente
 – El niño no desea regresar, excelencia – aclaró Wekil. Era muy raro que Alemín llorara, pero cuando lo hacía, sus gritos eran potentes, ensordecedores, angustiantes.
 – Excelencia –  la voz en falsete de Wekil estaba en el límite exacto del ridículo y la solemnidad – El niño es un guerrero. Lo ha demostrado muchas veces. Es conveniente para su desarrollo que participe hasta el final de esta expedición…
 Deliberaron un rato, y Alemín se tranquilizó  cuando el Sultán confirmó que podía quedarse.
 – Escúchame, Alemín – el rostro del Sultán apareció en el visor. El velo que cubría sus ojos hasta su boca, era de un púrpura subido – Dejaré que vayas, pero con la condición de que no llores de miedo y que si ordeno nuevamente que vuelvas a la nave central, no me contradigas. La condición de un buen guerrero es  obedecer antes que mandar…
 Mucho más tarde, Alemín comprendió otros  detalles de la aventura: las naves tenían autonomía limitada, pero entrar en la nube gaseosa les permitía disponer de centros de energía vulvar adicionales con los cuales mantenerse en el espacio. Las provisiones eran  escasas; había formas de aumentarlas,  utilizando los sistemas de teleportación de la nave, pero nadie quería hacerlo: la expedición de caza era una cuestión de honor y debían llevarla adelante sin más recursos adicionales.
 Entraron a la formación gaseosa: tormentas de energía  se desataban alrededor de ellos; conglomerados estelares  despedían  fuertes y destructivas radiaciones. Esto preocupaba a los tripulantes, aunque los vehículos estaban preparados para evitarlos.
 – No entramos en sitios críticos porque  sabemos que el venado tampoco lo hará. Tiene la ventaja sobre nosotros de que puede desplazarse con rapidez en las partículas gaseosas mientras que nuestra velocidad se reduce… – explicó Wekil al niño.
 Las naves tendían frente a ellas las llamadas “redes infrarrojas”: grandes superficies de rayos que podían detectar la silueta del animal en aquel medio fulgurante.
 Pasó el primer día sin resultados. Wekil, con su voz blanca, cantaba las canciones que más gustaban a Alemín y en los momentos de descanso encendía el visor con sus juegos preferidos. El niño estaba molesto, aburrido, pero recordaba las palabras del Sultán y no se quejaba.
 Al tercer día de búsqueda infructuosa se desató una tormenta. Recibieron  la orden de no moverse y  rayos enormes explotaron cerca de las naves. Uno de los perros sufrió daños considerables y debió ser enviado a la nave central;  golpes de energía chocaban contra los vehículos, haciéndolos vibrar; sacudiéndolos como  vientos huracanados.
 El niño estuvo a punto de llorar, pero se mordió los labios y tragó saliva mientras escuchaba la voz tranquilizadora de su ayo.
 – Tranquilo, Alemín. Cuando volvamos a casa, te dejaré jugar dos días enteros con los insectos nocturnos…
 La tormenta pasó; las provisiones seguían disminuyendo, a pesar de que la nave que regresó a la mezquita volante, distribuyó las que tenía. Siguieron  buscando rastros del venado, y ya nadie esperaba encontrarlo, cuando escucharon el el grito del tripulante de uno de los caballos.
 – ¡Allá!
 Una de las cortinas infrarrojas dejó ver la mancha parda y luminosa entre los gases destellantes. Corrieron y el primero en llegar fue el perro de Wekil. El venado avanzaba con  dificultad, tratando de alcanzar una zona en la que los gases se hacían más espesos; daba muestras de cansancio y  sus patas se trababan unas con otras.
 Alemín sintió algo extraño: había anhelado aquel momento, pero al ver la silueta desesperada deseó que lo dejaran marchar. Ya estaban junto a él; ya lo habían alcanzado. ¿Qué más harían?.
 Escuchó los gritos salvajes de Wekil y por primera vez lo desconoció: no entendía el por qué de su mirada furiosa, de su júbilo casi bestial, cuando se precipitó con la nave sobre el venado y lo contuvo para evitar que siguiera huyendo hasta la llegada del caballo.
 En ese momento, el animal levantó la cabeza y se asomó por la escotilla. Sus ojos miraron a Alemín con desesperación, como suplicándole que lo dejara escapar. El niño se volvió hacia su ayo, que seguía enloquecido de furia; todo lo demás fue rápido: la llegada del caballo, su relincho, los zumbidos del láser. Casi entre sueños, Alemín escuchó los gritos de  Wekil:
 – ¡Hazlo gruñir, Alemín, hazlo gruñir!
 El niño tiró de la cuerda y el perro emitió  ruidos débiles, mientras  la cabeza del venado estallaba, atravesada por el láser brillante y afilado.
 Cuando terminó todo, los tripulantes que participaron en la cacería, fueron teleportados a la nave central. Alemín se marchó junto con Wekil, aturdido, con ganas de llorar: los ojos implorantes del  animal lo seguían a todas partes.
 En los días que siguieron soñó con ellos: las pupilas del venado crecían, su desesperación parecía llenar  el cielo estrellado y sus iris lanzaban  pequeñas llamas que alcanzaban su piel y lo abrasaban. Despertaba gritando y a veces Wekil tardaba horas en calmarlo.
  A partir de ese día, el niño extrañó furiosamente a su madre.

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GOCHO VERSOLARI

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