Sexo brutal al otro lado del espejo

Sexo brutal al otro lado del espejo

Gocho Versolari

En mi niñez te presentía
al otro lado del espejo
como una cometa derivando
en el cielo de abril
dispuesta a explotar alguna vez
entre las aves
Una noche de soledad en mi adultez
cuando las libélulas de la llovizna
mordían feroces
mi vientre debajo del ombligo,
surgiste desnuda
como un pan tibio y colosal.
Sonreías.
Te meneabas.
Tu vellón subía,
bajaba
al sonido de una música inaudible.
La superficie del espejo
era un lago sereno. Me bastó atravesarlo
con el bastón de mi deseo,
con los volcanes de mis palmas.
Entonces rodamos por el suelo
(El cuarto al revés,
el deseo al derecho)
una masacre de aves y centellas;
feroces tardes se precipitaron
y amarraron nuestros sexos
en el patíbulo de la alborada.
Me monté en la ola de tu orgasmo
y la noche se llenó de mochuelos
ardientes,
desatados. Te hice girar. Te puse de costado.
Vibraban las marismas en la lejanía. Los gritos
se aglutinaban al otro lado del espejo.
Tardó en llegar la paz.
Un exacto milenio
que nos mantiene unidos
en esta desnudez macilenta de las rocas.
La vejez arcana,
cenicienta
transcurre lejos de estos cuerpos
convertidos en látigos y en peces,
en panes y en gemidos.
A veces
del otro lado del espejo,
nuestros sexos
se transforman en sol.

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GOCHO VERSOLARI

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