Narrativa: Alemín, niño y Baraqah – Capítulo I – Quinta parte – Final

Alemín, niño y Baraqah – Capítulo I – Quinta parte – Final

Gocho Versolari, Poeta

— Tengo las imágenes. Las analizaré. Ellas podrán decirnos si han sido emitidas por el verdadero Taqlid…
 – O por otro – intervino Shar’iah – creo que dijo la verdad cuando afirmó que no estaba vivo, pero no dijo que estuviera muerto. De algún  modo, Taqlid vive, pero no cómo nosotros, sino de un modo virtual. Conozco a los hombres y a los fantasmas, sé cómo interrogarlos y qué hacer con las respuestas que me dan.
 – Aquí está – Hadud señalaba la pantalla de la caja computada que estaba manejando: a un costado brillaba un cursor amarillo.
 – La imagen que acabamos de ver ha surgido de la máquina holográfica instalada al extremo superior de la nave, en este sector…
 – Es donde se aloja Abd, el Servidor de Allah.
 – Hermano – dijo Hadjdj, Límites de Allah hacia adentro – podemos registrar todos sus actos.
 – No pueden – repuso Shar’iah – El jeque Abd es más que un ingeniero. Tiene sus sentidos preparados para percibir cualquier objeto digital que se encienda en su entorno. Yo me encargaré  de espiarlo. Hace más de treinta años que lo conozco y sus hábitos me son famliares. Ahora levantemos todo. Les ordeno controlar cualquier uso que se haga de los aparatos holográficos que no corresponda a las necesidades propias de la nave. La legislación sobre estas máquinas no está desarrollada, pero lo que nos ha llegado dice que está prohibido usarlas para fines personales.
 Apenas se fueron los agentes, el anciano buscó en la ordenador los planos de  circulación de aire en la nave. El gigantesco generador ocupaba todo el vientre de la misma y a partir de allí se iniciaba un complicado camino de conductos que recorría cada una de las habitaciones. En las opciones de búsqueda, Shar’iah escribió Abd, el Servidor de Allah y el monitor devolvió el esquema del túnel que daba a su habitación; fue pasando pantalla tras pantalla y retrocediendo hasta encontrar la suya. Debía retener en su memoria el trayecto, ya que no podía llevar ningún insrumento ni aún su reloj de pulsera, ya que Abd lo detectaría, por su intuición o por las trampas detectoras que rodeaban su habitación.
 El anciano decidió esperar: presuntamente a aquella hora, el jeque estaría durmiendo. Después de orar un rato, activó la noche virtual y los insectos nocturnos en la ordenador. Eligió un ciempiés con alas de El Cairo y una luciérnaga de la época en que Persia estuviera bajo el reinado de los Ayatollah. Marcó el nombre de Ibn Abi-Rab’iah en la pantalla y escuchó los zumbidos de la luciérnaga y el cienpiés, hasta que se transformaron en palabras.
 …he buscado la morada donde se oculta Salma
y he encontrado para ella una amplia soledad:
estaba revestida de una gris capa de polvo
como un amplio manto abandonado al viento.
 
Me detuve y dije a mis amigos:
dadme un descanso, detened vuestras monturas.
 Y mis débiles esperanzas, reunidas en mi grito
acechaban una respuesta en el campamento
 ……………………………….
 Un claro de luna ha aparecido en mi triste soledad,
desanudando sus tinieblas y echando al que vela.
 No, no he obtenido de ella nada ilícito,
salvo que a los dos nos ha vestido un manto rosa…
 Shar’iah detuvo el ordenador; el ciempiés y la luciérnaga se disolvieron en la pantalla como dos gotas de sangre ambarina; el anciano se quitó las sandalias y entró por la terminación de los conductos que daban a su habitación. Eligió el túnel más alto, que casi le permitía estar  de pie. Caminó despacio, con paciencia; cada dos metros una abertura le permitía ver el lugar en donde estaba. Las ramas laterales se abrían a habitaciones, o pasillos por los cuales el aire regulado a una temperatura agradable, sacudía suaves y silenciosas rejillas de teflón.
 Al llegar a la habitación del Capitán Giafar, alcanzó a verlo desnudo sobre su lecho; Bilhakki, el Veraz, Jefe de los Ulemas, estaba a su lado tocando suavemente el Gank. El anciano se apartó discretamente y siguió caminando.
 Se detuvo un momento en el cuarto del único niño de la nave: Alemín; moreno, alto para sus diez años. Estaba de espaldas a él, mirando con avidez el video en el que su madre, le enviara mensajes desde la Tierra. A su lado, su ayo Wekil estaba vestido con ropas de  fémina y hojeando un libro. Shari’ah se apartó y siguió su camino

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 Al rato de andar, le pareció que el apenas perceptible zumbido de las corrientes de aire era el canto de los insectos nocturnos que le decían poesías desde su ordenador. De pronto reconoció la voz de Abd repitiendo el Shikr y el Dhikr. Se detuvo y se inclinó: el anciano estaba sentado dándole el perfil; su cuerpo estaba tenso; su mejilla izquierda, se sacudía, al igual que sus  hombros. Era opinión de Shar’iah que en la oración, la postura del cuerpo hablaba del estado de la persona, no sólo espiritual sino psíquico y físico: ahora Abd, el Servidor de Allah, estaba tenso, crispado, como esperando algo terrible, a pesar de la fe con que murmuraba sus letanías.
 Shar’iah, el de la Ley Viviente, se sentó sin apartar la mirada del anciano; pasó cerca de media hora; de pronto se encontró repitiendo con Abd las oraciones, pero se interrumpió súbitamente: el jeque había dejado de orar;  fue hasta una pequeña máquina holográfica, pulsó algunas teclas, tomó un par de dispositivos y los dirigió al centro de la habitación. Sus manos temblaron y su rostro se agitó con  violencia. Shar’iah no se asombró al ver la silueta de Taqlid, el de Pensamiento Duro, formándose en el centro de la habitación.
 – ¿Por qué me molestas? – Taqlid estaba como siempre, con su cuerpo delgado, su túnica blanca y su barba circular. Miró con desprecio al anciano
 – No tengo tu Baraqah…
 Abd se levantó y se acercó a él con manos temblorosas, implorantes.
 – No puedo vivir sin tenerte…
 Abrazó y besó al espectro; sus manos resbalaron por los cabellos de Taqlid sin despeinarlos. El holograma permaneció con las manos a los costados, mirándolo fijamente, sin devolver sus caricias. Abd se arrodilló a sus pies, tomó uno de ellos, hizo el gesto de quitar la sandalia virtual y lo besó ansiosamente hasta que Taqlid flexionó la pierna, y su empeine golpeó la barbilla del anciano, produciendo un fogonazo y un chasquido; el jeque cayó a un costado.
 – No puedo darte mi Baraqah – dijo Taqlid, el de Pensamiento Duro – has visto que mi cuerpo se quemaba sobre el planeta del infierno. La Baraqah sólo se brinda de vivos a vivos. Yo soy un espectro, alguien que vive en los circuitos de las ordenadors. No tengo Baraqah para darte. Tendrías que alegrarte de que cuando lo deseas puedes disponer de mi presencia, hasta que yo pueda independizarme; hasta que sea el rey de la realidad virtual que se está creando en la nave. En otras palabras, viejo, esta imagen que ves ahora es mi Baraqah. Aprovéchala…
 Abd se acercó a él y volvió a abrazarlo. Le quitó la túnica como si lo desnudara; hizo el gesto de apretar y acariciar su pecho contra el suyo. De pronto, Taqlid se apartó, rió sonoramente y desapareció en medio de una lluvia de chispas.
 El anciano siguió arrodillado en el piso, con la cabeza baja y sollozando. Shar’iah esperó unos instantes, bajó silenciosamente por la rejilla, se acercó al jeque y le puso la mano en su hombro.
 – Que Allah el Altísimo te dé su paz, hermano.
Abd se incorporó y se volvió rápidamente, con asombro e indignación.
 – ¡Shar’iah! ¡Estabas espiándome…!
 – Tranquilo hermano, no supe nada que no sospechara con anterioridad…
 – ¿Qué me harás? ¿me denunciarás al Diwán? Tú y yo sabemos que la homosexualidad es un delito grave, que puedes hacerme un juicio sumario aún  en el espacio exterior, aún en mi condición de jeque…
 Abd, el Servidor de Allah, tenía los ojos muy abiertos; una gota de saliva caía de su boca hasta llegar a su mandíbula; desde allí se deslizaba por su cuello. Shar’iah, el de la Ley Viviente, había negado en todo momento con la cabeza, y ahora lo tomó de los hombros y lo sacudió.
 – ¡Basta, hermano! Hace más de treinta años que me conoces y sabes cómo pienso: no me importa lo que hagas en tu vida privada; lo que escuché me bastó para tener la convicción de que Taqlid, el de Pensamiento Duro, está muerto, de que su cuerpo se ha disuelto en el fuego del planeta. Que piensa invadir el sistema de realidad virtual que los ingenieros instalan en la nave.
 Abd  se cubrió los ojos con las manos y lloró amargamente.
 – Le pedí que no lo hiciera, pero él insistió… no sabes hermano lo que es amar un espectro: su cuerpo es frío; todo él es frío… Taqlid era rígido en su pensamiento, pero íntimamente era un amante fogoso. Ahora, su doble holográfico, es un trozo de hielo.
 – Tranquilo, Abd.. si no quieres no  respondas ahora, pero por lo que escuché había otro objetivo en inmolarse de ese modo…
  Así es, lo que buscaba era convertirse en impulsos digitales de las ordenadors e introducir su mente en el sistema. Lo ayudé porque su intención no era mala: quería ser el alma de la nave para insuflar en ella el sagrado espíritu del Islam, para combatir el demoníaco hálito de la Efrita…
 – ¿La Efrita?
 – Si, la mujer genio que anda por los circuitos. Originalmente era una función virtual que estudiaba la antropología de los planetas explorados; por alguna razón, o mejor  por obra del Chaitán, se convirtió en una perversa fémina. Ella, como toda mujer, hará que finalmente dejemos el espíritu Muslim…
 – No puedes pensar eso, Abd. Sabes que nuestra condición de Muslim, es algo abroquelado, amurallado en cada uno de nosotros. Ningún Efrit o Efrita pueden destruirlo por más poderes que posean. Además, según creo, tú haces referencia a la entidad virtual y computada que se encargaba de estudiar las condiciones culturales, las costumbres, los tipos físicos de cada grupo humano de los planetas que vamos recorriendo. Debes saber que si bien su naturaleza es femenina, se trata de un programa cargado con todas las tradiciones islámicas.
 – Ese es el problema; Taqlid, el de Pensamiento Duro, afirma que la excesiva influencia de las distintas culturas ha creado un ser monstruoso; una fémina que tiene una base islámica pero que comete herejías a cada momento; que tiene un gran poder de seducción y con eso puede torcer  la voluntad de cada uno de los tripulantes de esta nave…
 Shar’iah no contestó de inmediato. Fue hasta el samovar y sirvió un vaso de té tibio con frutas que alcanzó a Abd.
 – Querido hermano, siempre en tren de confidencias: Taqlid mató a la efrita una vez.
 – Sí, lo hizo en el camarote del teniente Abdul Arabih; derramó su sangre brillante al cortar su cabeza con el alfanje-láser, pero  la fémina no murió; se rearmó en los circuitos de la ordenador. La intención al entrar en ellos  es luchar en su propio terreno y vencerla. Proyecta formar un ejército con tripulantes y sus Baraqahs… – otra vez, Abd, el Servidor de Allah, se lanzó a llorar – le pedí por favor que no lo hiciera, que lo amaba, que dejara a la Efrita, pero estaba cegado por su pensamiento…
 Ambos hombres siguieron hablando durante horas. Shar’iah recordó con Abd épocas pasadas, lo que levantó un poco el ánimo del anciano. Finalmente hicieron juntos la Kebla.
 – Piensa en la Meca, hermano. Ahora en Medina debe ser primavera, y desde todo el mundo llegarán allí los Muslim. Piensa que el Imperio del Islam se ha extendido por todo el planeta y a nosotros nos compete salir al espacio exterior para hacer conocer a todas las formas de vida el mensaje del  Korán…
 Cuando terminaron, Abd se recostó en su cama y se durmió. Shar’iah abandonó la habitación. Atravesó la nave para llegar a su cuarto, y  los tripulantes se asombraron al verlo caminar descalzo sobre los bulones y las placas cortantes del  piso. Ya en su habitación, tomó el rosario y oró Shikr y Dhikr; activó la ordenador y eligió entre  la lista de poetas al andaluz Imru’l-qays: Sobre la arena, la huella de nuestros cuerpos. La voz sugerente, masculina, se escuchó en toda la habitación.
 Detengámonos y lloremos en recuerdo de la amada.
En la casa cerca del banco de arena entre Dakhul y Armal,
Tudiha y Miqrat, los vientos del Norte y del Mediodía,
han tejido su tela, pero no han borrado sus huellas.
Mis compañeros, cerca de mí detuvieron sus caballos
diciendo: Cálmate y aleja esta aflicción mortal”.
 Mi curación, amigos, está en dejar correr las lágrimas;
¿pero es justo llorar por unas huellas borradas?
¿No has acaso cortejado antes de ella a Um-ul-Huwayreth
y después aún, a la bella Um-ul-Rabar, en Ma’sal?
Cuando ellas se levantaban, los efluvios del almizcle
se expandían por doquier y el viento llevaba el perfume…
 
Shar’iah, el de la Ley Viviente, dormitaba; en el entresueño,  las palabras  tomaban cuerpo.
 …más de un día perfecto has podido obtener de ellas
y sobre todo, entre aquellos días, el de Darah-Djuldjul…
 Imágenes del desierto, con el viento hirviente, y el sol implacable, fulgurante, enceguecedor; el lomo del camello bajo sus piernas, su piel amarilla, caliente; a su lado las figuras cabalgando hacia el sur.
 …un día entré en el palanquín de Omayza….
¿Me forzarás a ir a pie, desdichado? me dijo;
mientras tanto el palanquín se plegó con nuestro peso…
 El anciano cayó en un abismo blanco y luego en una negrura total. Al despertar le pareció que continuaba la poesía, pero la pantalla estaba negra. Las estrellas de la pantalla, se correspondían con las que se desplegaban detrás de las escotillas. Al fondo continuaba la silueta circular y flameante del planeta que ya todos llamaban “Infierno”.
 Shar’iah supo que no estaba solo.
 – Te esperaba –  a su espalda estaba la  Efrita; la sintió acercarse, tomarlo de los hombros y cantar en un tono bajo muy cerca de su oído. Su voz era  dulce, y su canto reproducía las palabras sagradas de las suras.
 – Soy una hurí – dijo finalmente – cuando me entregue a ti, seré  virgen y al terminar de tomarme volveré a serlo otra vez. No me interpretes mal: soy una prolongación de la efrita Tariqah, el Sendero bajo sus Pechos que en su original es y será siempre la amada del Teniente Abdul Arabih…
 El perfume, el tono de  voz, la presencia que adivinaba suave, frágil entre sus fuertes manos, produjeron en el anciano el vértigo de un lejano pasado.
 Se volvió y miró a la mujer: estaba seguro que era un amor de su juventud, pero no podía recordarlo.
 – No te llamas como dices, aunque no recuerdo tu nombre. Fuiste uno de mis primeros amores y mis brazos tienen la huella de tu cuerpo blando y tibio, de tus muslos como océanos…
 – Mi rostro está en tu corazón, amado.

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 La mujer bailó. Un velo de luz la cubría desde el cuello dejando libres tan sólo sus manos y sus pies. Era muy sensual, y el anciano recordó la cita de Kayyam sobre el velo dicha por Abdul el día anterior.
 Finalmente el velo cayó; Shar’iah sintió que abrazarla, besar sus pechos era como hundirse en un mar. Después se amaron desesperada, ferozmente. Ella se entregó retorciéndose, arañando su espalda. El anciano volvio a ser joven , hasta que finalmente  quedaron abrazados y jadeando.
 Él tomó su cabeza y acarició con suavidad sus cabellos.
 – Te amo – dijo – mi servicio a Allah siempre me llevó a estar solo como un onagro; siempre he escuchado poemas de amor escritos por los maestros, pero tú eres un poema viviente….
 Cerró los ojos y se hundió en su pecho. Cuando los abrió no pudo evitar lo que iba a ocurrir: el holograma de Taqlid, el de Pensamiento Duro, armado con su alfanje digital estaba junto a ellos.
 – ¡Taqlid, no lo hagas!
 Todo fue muy rápido. El espectro tomó a la mujer de la frente la volteó hasta dejar al descubierto su garganta blanca y con un golpe del alfanje cortó su cabeza. Shar’iah alcanzó a ver por un momento el cuerpo frágil girar, agitarse y enseguida la sangre ambarina ocultó su imagen, llenando toda el cuarto.
 El fantasma de Taqlid flotó en esa nube y por un momento pareció que iba a desaparecer en ella. Shar’iah tomó su propio alfanje láser; la cabeza y la cara de su enemigo crecieron; su mirada de loco se volvió hacia él
 – ¿Vas a matarme? ¿Vas a matarme, anciano? ¡Sígueme…! – su voz se perdió entre ecos. Shar’iah temió por un momento que lo escucharan los otros tripulantes y que  detuvieran  su afán de venganza, pero  las palabras estaban dichas sólo para él. Avanzó hacia los pasillos más externos de la nave.
 – ¡Sígueme…! – la imagen de Taqlid, el de Pensamiento Duro, se alejaba más y más. El anciano vaciló un momento y de inmediato aceptó el desafío: se cruzó con algunos técnicos que lo miraron espantados, como sabiendo que iba a buscar el traje de vacío y la pequeña nave de mandos manuales para salir al espacio.
 Se vistió con rapidez, mientras Taqlid flotaba sobre la sangre brillante en el pasillo que daba a las últimas escotillas. Allí  estaban las pequeñas naves con forma de huevos, de un solo asiento. Shar’iah  subió a una de ellas, la puso en marcha y se precipitó a la escotilla final. Atravesó su pared membranosa . El polvo cósmico y pequeños meteoros, cruzaban el túnel que daba al espacio. Lleno de un odio lúcido, el anciano siguió la figura de Taqlid, el de Pensamiento Duro.
 El pasillo terminó con rapidez; salió al espacio y flotó; Taqlid planeó a su lado. Shar’iah recordó la frase del al-Azif: Es sagrada toda furia que arranca del vientre… Ahora su hígado se inflamaba; bombeaba una sangre entre azulada y verde  que llegaba a sus ojos y que  pedía la vida de Taqlid. De pronto levantó su alfanje: en su temeridad, el espectro se había acercado demasiado; fue menos de un segundo pero bastó para separar su cabeza. Volvió a cerrar la nave, y el cuerpo decapitado lanzó  a su alrededor chorros de  sangre roja y brillante que cubrió casi todo el espacio alrededor de la nave. Su cabeza suelta se pegó en la luneta delantera. Seguía riendo.
 – ¡Estúpido! ¿Piensas haberme matado?
 El anciano hizo girar rápidamente a la nave y la apartó del lugar. La cabeza de Taqlid cayó hacia un costado, y rodó entre las nubes de polvo; ella y el cuerpo se alejaron describiendo amplios círculos.
 Shar’iah, el de la Ley Viviente, quedó solo y supo con dolor lo que había ocurrido: la mancha pequeña y flameante del planeta “Infierno”, extendía hacia él su gravedad como un tentáculo  invisible. Persiguiendo a Taqlid, el de Pensamiento Duro, había pasado el límite por el cual con su sola fuerza  la  nave habría podido regresar a la mezquita central, que brillaba a su espalda como un símbolo del glorioso triunfo del Islam.
 Lentamente se iría acercando a aquel planeta que viera tantas veces desde las escotillas. En medio de su odio, debía reconocer que Taqlid tenía razón; aquel lugar era el sitio de los condenados, donde ardía el fuego eterno del que hablaban Korán y el al-Azif. Supo también que el infierno  estaba dentro suyo y acompañaba  a un goce y a un sufrimiento íntimos, simultáneos y sin límites.
 Después de viajar esas distancias inconmensurables, supo algo que siempre fue evidente: aquella soledad frente a su destino, aquel último viaje en el que lentamente caían los velos de la realidad, lo había iniciado desde su nacimiento. El calor que quemaría sus carnes era el del seno de su madre.
 Recordó una vez más a sus antepasados derviches, recorriendo el desierto, muchas veces a pie. Recordó los soles abrasadores que  atravesara en su juventud, para llegar a aquel punto. Reconocía esa sensación, como la inicial y la final.
 Ya la velocidad era mayor y la mancha del planeta había crecido. El amor de Tariqah, el Sendero Bajo sus Pechos, su muerte, el odio hacia Taqlid, fueron tan solo pretextos para aquel viaje hacia el corazón del Infierno. Sintió que podía vencerlo, y recordó la fuerza de su mirada; sabía que cuando estuviera cerca del planeta, las radiaciones quemarían primero sus ojos, pero lo miró desafiante, como queriendo apagar el fuego que crecía momento a momento.
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 GOCHO VERSOLARI

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