Narrativa: Canto de insectos nocturno – Saga I – Alemín, niño y Baraqah – Capítulo I – Segunda parte

 Alemín, niño y Baraqah – Capítulo I – Segunda parte

Gocho Versolari

Esta historia comienza cuando el Islam decide enviar al espacio una nave en forma de mezquita con una tripulación exclusivamente masculina a fin de propagar el Korán a todo el universo. En la entrega anterior, dicha nave sobrevolaba un planeta en constante ignición. Uno de los tripulantes, Taqlid, de pensamiento duro, propone que oficialmente se declare a dicho planeta como el infierno. Ante la negativa, él mismo se lanza desde la nave, pero arde y supuestamente muere antes de llegar. Simultáneamente uno de los oficiales tiene una visión que cobra vida: se trata de una efrita, una mujer. Los personajes concluirán que a pesar de la exclusividad masculina de la nave, lo femenino tiende a surgir como una fuerza imparable, que exige su lugar. 

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– ¡Abdul…! – murmuró de pronto Shar’ iah, recordando al teniente, solo en su cabina, a punto de enfrentarse con el holograma de aquello que le había producido su enfermedad.
 Se levantó y caminó rápidamente por los pasillos hasta llegar a la unidad de enfermería. Se detuvo ante las risas que llegaban del otro lado de la puerta: parecían las de Abdul. Estaba por abrir cuando escuchó un sonido familiar: en las paredes de acero, cada metro y medio, se abría una pantalla de alarma contra incendios que ahora sonaba estrepitosamente; repasó con rapidez las órdenes del día: no se había ordenado ningún simulacro. Movió  los paneles y reconoció la zona que marcaba el cursor rojo: el incendio era allí mismo , del otro lado de la puerta, donde Abdul reía como loco.
 Shar’iah tanteó la manija: estaba  fría; la abrió: en el interior no había llamas y en el suelo  Abdul se arrastraba retorciéndose de risa.
 – ¡Altísimo sea Allah! – exclamó el anciano. – ¿ Qué está ocurriendo aquí?
 El Teniente lo miró sin dejar de reír. Escucharon voces y desplazamientos en el pasillo; varios mamelik, con ropas de amianto, se acercaron rápidamente a la habitación.
 – Anciano, ¿qué hace aquí…? es peligroso
 – Teniente – Shar’iah habló a una de las figuras con máscara  de oxígeno y armada con una pistola extinguidora de gran poder – tiene que haber un error; aquí no hay fuego.
 – No es eso lo que marcan los sensores. En este cuarto hay un incendio importante
 El hombre se interrumpió y miró asombrado frente a sí; Shar’ iah, el de la Ley Viviente, se volvió: una mujer vistiendo un largo sayo acababa de salir.
 – ¡Usted!, ¡detengase…!
 La mujer apuró el paso hasta llegar a un pozo de luz que llegaba desde el techo;  allí se desvaneció.
 – ¿Qué está pasando aquí…?
 A una orden del teniente bombero entraron a la habitación, donde Abdul seguía en el suelo, riendo sin fuerzas y con la cara empapada en lágrimas.
 – ¿Esa mujer era quién esperábamos? – preguntó Shar’iah – Sin contestar, Abdul se agitó en los últimos estertores de la risa.
 – Pueden ver que no hay llamas, señores – dijo volviéndose a los bomberos – por favor retírense y controlen el sistema de sensores. Sé que las posibilidades de un error son muy pocas, pero es casi seguro que ha ocurrido algo.
 Con gestos de desconcierto y vacilación, la cuadrilla se retiró. Shari’ah se inclinó hacia el Teniente.
 – Abdul, Taqlid, el de Pensamiento Duro, murió.

 

 Abdul dejó de reír, miró con gravedad al anciano y negó con la cabeza
 – Acabo de ver su cuerpo, estallar en llamas al bajar al planeta Infierno…
 El anciano calló: la mano de Abdul se cerró sobre su cuello y lo atrajo  a su cara; habló cuando sus labios estuvieron casi tocando los suyos.
 – Anciano: Recuerda la primera sura del Nuevo Korán. Sabes que ahora, además de la peregrinación a La Meca hay una viaje de purificación al Infierno. Yo viajé allí y regresé, pero regresé sumergido en la locura… Mira, anciano…
 El rostro de Abdul se torció hacia adelante y atrás, arriba y abajo, en muecas que parecían a la vez de dolor y de risa. Shari’ah lo miró fijamente antes de hablar.
 – Hermano, hablaste de la primera sura. Te invito a hacer la Kebla junto conmigo….
 Abdul soltó a Shari’ah y se incorporó asintiendo con la cabeza
El anciano encendió un par de lásers que iluminaron sendas secciones del piso como si fueran alfombras. Ambos hombres se descalzaron y apoyaron en el suelo sus cabezas en dirección a la Meca.

Tutt'Art@ ~ (12)

 – “En el nombre de Allah,
el clemente, el misericordioso,
Soberano en el día de la retribución
El toma tu cabeza con ambas manos,
te mira a los ojos y dice:
“La noche se abre en la orilla del abismo.
Las puertas del infierno están cerradas.
Es tu riesgo atreverte a ellas.
Aquí están las llaves
ellas entran en la cerradura y serás satisfecho
Mis hijos los profetas entraron por vez primera
y ahora están hundidos en las brumas de la locura.”
En el nombre de Allah,
el clemente, el misericordioso.
A ti es a quien adoramos,
de ti es de quien imploramos socorro
Por medio de los zumbidos de los insectos nocturnos,
dirígenos por el camino recto…”
 Shar’iah, el de la Ley Viviente tenía mucha experiencia en la Kebla: hacía más de cuarenta años que la recitaba diariamente, y esta vez, al terminar sintió  algo extraño  en la habitación. Levantó la cabeza, mientras Abdul seguía a su lado con la frente inclinada sobre el piso:  Taqlid, el de Pensamiento Duro, con los brazos cruzados, estaba parado frente a él con expresión de soberbia.
 – Hermano, sabía que no habías muerto. Conocí a muchos como tú antes y después de la gran Jihad; eres de aquellos que se ingenian para que otros mueran por ellos.
 – Calla, anciano. Mi fe es superior a la tuya. Soy amigo de Allah. Él me ama. Es mi dios,  pero yo soy el dios del Altísimo. Él envidia mi celo, y no puede reproducirlo, ya que  no tiene a nadie por encima a quien ser fiel hasta el extremo. Él no puede reproducir mi fidelidad, aunque la incite, la cree y la estimule.
 Taqlid, el de Pensamiento Duro, miró fijamente al viejo que aún permanecía en el piso.
 – Anciano: estás arrodillado frente a mí y es porque me demuestras respeto; no lo sabes pero estás adorando a aquel que hace a la perfección algo que Allah no es capaz de realizar.
 Shar’iah, el de la Ley Viviente, miró fijamente a Taqlid. detrás de su oreja izquierda latía una flecha roja, brillante; de vez en cuando  volvía a sumergirse en su cabeza.
 – Eres un holograma, Taqlid.
 – ¡Viejo irreverente! ¡Agacha tu cabeza! ¡Húndela entre las cenizas porque estás frente a un dios!
 Shar’ iah miró a su costado: había una ordenador sobre un mueble debajo del cual se acumulaban los dispositivos administradores de los hologramas.
 – Eres un holograma – repitió – si insistes en contradecirme, te lo voy a demostrar…
 Tomó lo que parecía una linterna y proyectó un haz de luz dorada sobre Taqlid; por unos segundos, siguió hablando con los ojos perdidos en un punto, como si pudiera ver a través del anciano.
 – Soy yo mismo y no soy yo. Soy mi centro y mi periferia, yo me proyecto a mí mismo en los cielos y en la tierra y….
 La figura, se deshizo  tal como acababa de hacerlo en la pantalla, cuando las llamas la alcanzaron.
 El anciano se volvió a Abdul.
 – ¿Estás bien, hermano?
 Abdul seguía con la cabeza en el suelo, y al moverlo Shar’iah cayó sin fuerzas: estaba en otro “sopor comatoso”, como lo definían los médicos. El viejo, fuerte a pesar de su edad lo tomó con sus brazos y lo acostó en la cama donde lo dejó boca arriba. Antes de llamar a los médicos miró sus ojos, muy brillantes como carbones encendidos.
 El anciano caminó hasta su cuarto y una vez allí llamó por el fonovisor a los agentes de inteligencia Hadud, Límites de Allah hacia afuera y Hadjdj, Límites de Allah hacia adentro.
 – Ordene, Jeque…
 Hadud era alto y delgado; su compañero, bajo y gordo.
 – Sabrán lo que ocurre…
 – Por supuesto, Shar’iah: la información es pública. Murmuran que hay fantasmas en los pasillos de la nave, y han colgado tapices con las suras del Korán y del Al Azif para protegerse. Hablan de apariciones de Taqlid, el de Pensamiento Duro, luego de su muerte, y de una mujer misteriosa…
 – Bien, quiero que investiguen todo: quién es esa mujer, y  si Taqlid ha muerto en realidad
 – En unas horas nos encontraremos en su cabina, Jeque.
 El anciano fue a su cuarto, y dio orden de que no lo molestaran. Oró, pero no pudo concentrarse. Entró en  sopor y en algún momento debió haber dado la orden a la ordenador de iniciar el programa de realidad virtual, ya que despertó entre los zumbidos de los insectos nocturnos. Esta vez no reconoció la poesía.
 Tutt'Art@ ~  (19).jpg
Nada quedó de mí
excepto mi pie derecho
y mi hombro izquierdo.
Yacían blancos como la hebra de una araña flotando
en un campo de nieve hacia una oscura mezquita
agitada y manchada por el viento.
Dentro del sueño, yo seguía soñando.
 
Una procesión de ancianas
cantaba suavemente sobre mí,
leves como mosquitos cerca del agua estancada.
 
Así esperé, en mi galería,
escuché al mar
llamarme.
Sabía que, en algún lugar afuera, el camello
estaba ensillado, hurgando en la arena,
esperando por mí.
 Shar’iah tendió una brillante red para cazar mariposas; eligió una de alas negras; también capturó una avispa y una araña roja con alas. Una vez prisioneras, las programó para avisar al resto de los jeques que en un par de horas se iniciaría una urgente reunión de Diwán; metió la red dentro de la ordenador y soltó los insectos nocturnos: ellos recorrerían los pasillos circulares de la noche virtual para llevar sus mensajes

GOCHO VERSOLARI

 
 

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