Narrativa: ALEMÌN,  Niño y Baraqah   (Primera saga de “CANTO DE INSECTOS NOCTURNOS”)

 

 

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 ALEMÌN,  Niño y Baraqah   (Primera saga de “CANTO DE INSECTOS NOCTURNOS”)

Gocho Versolari

Capitulo 1 (primera parte)

 Introducción al Infierno

 

“En el nombre de Allah,
el clemente, el misericordioso,
Soberano en el día de la retribución
Él toma tu cabeza con ambas manos,
te mira a los ojos y dice:
La noche se abre en la orilla del abismo.
Las puertas del infierno están cerradas.
Es tu riesgo atreverte a ellas.
Aquí están las llaves
ellas entran en la cerradura y serás satisfecho
Mis hijos, los profetas, entraron por vez primera
y ahora están hundidos en las brumas de la locura.
En el nombre de Allah,
el clemente, el misericordioso.
A ti es a quien adoramos,
de ti es de quien imploramos socorro
En medio de los zumbidos de los insectos nocturnos,
dirígenos por el camino recto…”
Descalzo, arrodillado y con su frente tocando el suelo de acero, el anciano Shar’iah, el de la Ley Viviente, terminó de pronunciar con devoción la primera Sura del  Korán. Desde el techo, un láser reproducía sobre el piso la alfombra: textura acolchada de luz, donde se delineaba la entrada de la Meca. Allí, como en cada salón de la nave, una rosa de los vientos animada por energía vulvar, señalaba a cada instante   la dirección de la Ka’aba en la Tierra de acuerdo a la posición de la mezquita volante.
 Al terminar, el anciano hizo un gesto y el láser simuló enrollar la alfombra; Shar’iah se puso sus sandalias y se asomó por la escotilla. A lo lejos, el planeta que estaban circundando, ardía en forma constante, sin consumir su materia. Desde allí lo veía como un punto luminoso, flameante; podía ampliar el aumento de la escotilla, pero lo prefería  en su tamaño natural. A veces colocaba sus dedos para calcular la cercanía de la nave: casi siempre lograba tapar el punto con el pulgar. Era un astro gigantesco, con una fuerte masa gravitatoria, y habían tenido que desviarse de las rutas trazadas para pasar junto a él. También alteraba las comunicaciones con la Tierra, y los psiquiatras sunnitas estaban preocupados por los cambios de carácter que sufría la tripulación  en su cercanía. Algunos ingenieros dudaban que se tratara de un planeta y fundamentaban la hipótesis de estar frente a una estrella menor. Sin embargo, las últimas investigaciones concluían que el astro giraba muy lentamente alrededor de un enorme agujero negro, que hacía las veces de un sol oscuro, con una gran energía concentrada en su masa. Un itsmo de naturaleza desconocida, al que llamaban Barzaqh, lo unía a él.
 Shar’iah, el de la Ley Viviente, encendió el ordenador. Recientemente los técnicos habían completado tres máquinas holográficas: un proyecto que existía desde que salieran de la Tierra, diez años atrás. Como prueba inicial habían dotado a algunas ordenadors de sistemas de realidad virtual basados en la holografía. Uno de ellos fue la utilización de insectos nocturnos que compartían su naturaleza propia con características virtuales. Ahora, el jeque Shari’ah se acercó a la pantalla, negra, activó algunos comandos y salieron del monitor una libélula negra, un caracol con alas y una abeja nocturna; volaron alrededor del anciano y sus zumbidos articularon palabras en árabe. El Jeque buscó entre los títulos que le ofrecía el ordenador el nombre de Ben Suhayd de Córdoba. Los insectos cantaron  las palabras de la poesía.
 Cuando, llena de su embriaguez, se durmió, y se durmieron los ojos de la ronda, me acerqué a ella tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo.
 Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño; me elevé hacia ella dulcemente como el aliento.
 Besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca.
 Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora.
 Los insectos giraron sobre sí mismos y volvieron al ordenador que mostró una sucesión de suras del Korán en forma de caligramas dorados.
 Mientras se lavaba para iniciar la jornada, Shar’iah, el de la Ley Viviente, recordó la sesión del día anterior en el Diwán cerrado:  la reunión de los seis jeques que formaban el Consejo de dirección de la nave. Sin saber cómo, Taqlid, el de Pensamiento Duro, burló la vigilancia, y de pronto lo vieron parado en una de las esquinas del salón: brazos cruzados,  ojos brillantes,  expresión empecinada. El anciano miró atentamente su frente amplia, las entradas en sus cabellos, su nariz y su boca pequeñas, rodeadas de una barba circular. En su juventud había estudiado las tablas fisognómicas de Ibn Arabi, y de aquel hombre podía decir que tenía la fidelidad de una serpiente, a pesar del celo que siempre mostraba de defensa del Korán y los profetas. Aquella mañana, Taqlid llevaba su alfanje láser desactivado, pero apretado contra su pecho. Tres de los jeques hicieron señas a la guardia, pero Shar’iah los detuvo con un gesto. Confiaba en su mirada: serena, penetrante. En su vida le  había servido para superar circunstancias peores que aquella. Él y Taqlid se miraron durante un rato. Cuando el anciano advirtió que el hombre movía los párpados como queriendo apartar sus ojos, habló.
 – Te escuchamos, hermano. Di lo que tengas que decir, y déjanos seguir con lo nuestro…
– Hermanos del Consejo: estamos sobrevolando un planeta enorme que arde en forma constante. Demoraremos 144 días terrestres en apartarnos de su órbita y retomar la ruta fijada. El fuego no lo consume, y supera nuestras mediciones en cuanto a su origen y a su final. Esto lo muestra como eterno. Es lo que ocurre con las pasiones mundanas que nos apartan de Allah, el Altísimo. Ellas actúan como un fuego que nos devora en forma permanente.  Exijo que en la reunión de consejo se trate el tema y se  declare oficialmente a este planeta como el Infierno; que se dirija la investigación a percibir entre las llamas los gritos y las siluetas de los condenados eternamente por Allah; aún de los que están vivos y forman la asquerosa secta llamada Rihán, de los Arrayanes Perfumados
 – Lo estudiaremos cuando llegue el momento, hermano. Ahora te pido que te retires y nos dejes seguir con nuestra reunión.

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 Después de un segundo duelo de miradas entre Taqlid y el anciano, el tripulante guardó su alfanje digital, bajó la vista y se retiró.
 Aquella noche, Shari’ah pensó en las palabras de Taqlid: la versión de que estaban circundando el propio infierno, no era tan disparatada. El hombre la hacía correr entre sus grupos de seguidores en la tripulación; era frecuente que los reuniera en cualquier lugar y que citara suras fundamentando su posición. Los tripulantes, solitarios y aislados luego de diez años de navegar el espacio, se aferraban a la postura rígida de Taqlid; especialmente miembros de la casta de los Mamelik
 El anciano miró el planeta: las llamas tenían un color amarillo, vibrante; la nave había reducido su velocidad a dos  tercios de la normal, ya que el volumen del astro aumentaba su gravedad, y hacía mucho más lento el desplazamiento. Las cifras mencionadas por Taqlid sobre los 144 días, eran reales y respondían al informe actualizado que los ingenieros habían publicado.
 Antes de salir, el anciano  Shar’iah, el de la Ley Viviente, se miró al espejo: había cumplido 75 años terrestres, y si bien se sentía fuerte, y los chequeos médicos habían sido favorables, su rostro mostraba señales de vejez. En su cuarto había ocultado la caja donde  guardaban sus Baraqahs; la últim,a había sido extraída con las debidas condiciones rituales en el mes de Ramadán. La abrió: una reproducción de sí mismo, de tres centímetros de alto, vestida con una gandura clara le devolvió su propia mirada y a continuación se posternó tres veces hacia La Meca. Shari’ah advirtió que sus labios se movían, pero por su tamaño no podía escuchar las  palabras. Sabía que recitaba el Dhikkr y el Shikr, hundida en un tiempo sagrado. La costumbre incluía que debía elegir alguien de confianza en la tripulación, para tragar su Baraqah y, al producirse su muerte, reconstruyera su original de acuerdo al rito establecido.
 El anciano posponía una y otra vez esta decisión: no estaba seguro de querer volver de la muerte; sentía que había vivido mucho, y cada día que pasaba aumentaba la nostalgia de los tiempos pasados: no sólo de lo vivido en la tierra, en las llanuras del Yemen, sino en la misma nave, donde hasta unos años atrás, el clima era de alegría. Recordaba la excursión al Planeta de los Pájaros donde celebraron el cumpleaños del único niño de la nave, Alemín: las relaciones de camaradería eran mucho más intensas; el aire más diáfano, como en aquel planeta, y a todos los unía el afán de trasmitir el Korán a todos los rincones del universo.
 Dejó los pensamientos que lo entristecían: como presidente del Diwán no podía darse el lujo de deprimirse. Salió de su habitación y se dirigió a  la unidad sanitaria en la que descansaba Abdul Arabih. Recorrió los pasillos adornados por  complicados  arabescos; jóvenes oficiales de la casta Saalik, lo saludaron con respeto. La enfermería estaba bañada por una luz que entraba por el centro de energía de la nave: reproducía la luna de la Tierra. El anciano saludó con un gesto  a los médicos que lo reconocieron enseguida y entró al cuarto de Abdul.  El teniente estaba  acostado boca arriba, con sus ojos abiertos, sin expresión, fijos en el techo.
 – ¿Estás despierto, hermano?
 Eran tres meses de enfermedad tratada por psiquiatras Sunnitas y Schiítas en el sector de aislamiento de la nave; muchas veces, Shar’iah, el de la Ley Viviente, había llegado y Abdul permanecía con los ojos abiertos y un rictus en su boca, junto a su conmisura izquierda. No le contestaba y parecía no escucharlo, pero igualmente el anciano hablaba sin cesar, leyendo trozos del al-Azif, del Korán y de los hadith. Ahora, ante la pregunta, el enfermo movió la cabeza en señal de asentimiento.
 – Hermano, ¿quiere decir que puedes escucharme y contestarme?
 Abdul no respondió ni hizo ningún gesto.
 – Te lo pregunto porque, aunque no soy médico, en mi vida he visto a muchos enfermos. Algunos sanaron, otros murieron. Esa observación me hizo conocer los casos en que la salud decae cuando uno quiere. Eso es lo que te ocurre hermano. No llegaste a confeccionar tu informe de las horas que pasaste solo en el planeta de los Ultimos Hombres y sé que allí hubo algo que no has contado; algo que desató la enfermedad…
 Abdul no contestó ni hizo ningún gesto, y siguió mirando el techo, con los ojos fijos en un punto y los labios apretados.
 Dime al menos si me equivoco…
 Abdul negó rígidamente con la cabeza. Shar’iah, el de la Ley Viviente,  se inclinó sobre una mesa que estaba al costado de la cama del paciente: encima de ella había un pequeño ordenador, conectado en la parte inferior a un sistema de dispositivos muy complicados.
 – Si me permites, hermano, el cuerpo de ingenieros, actuando en nombre del Altísimo, han armado la máquina holográfica. Ella puede ayudarnos a ti y a mí a comprender todo esto. Antes debo preguntarte algo: ella, ¿ te dio la Barakah?
 Abdul asintió; sus labios seguían apretados.
 – Si te dio la Barakah, es decir si pudiste tragar una réplica suya, el sistema holográfico proyectará sus imágenes. Necesito tu consentimiento hermano, para que pueda observar quién te ha llevado a este estado. No será para castigarla, sino para prolongar tu placer…
 Hubo un silencio entre ambos hombres. En ese momento la nav giró y la escotilla que estaba en el cuarto de Abdul se llenó de la luz que llegaba del planeta “Infierno”. Pareció que las paredes y los muebles se incendiaban, y el resplandor mostró más arrugas en el rostro del teniente. Aquello duró unos minutos. Al terminar, el anciano siguió hablando.
 – Hermano: dime si quieres seguir con esto. Tendrás un holograma suyo en la habitación, podrás volver a verla y si la Baraqah que te dio funciona, hasta podrás conversar…
 Abdul volvió a asentir
 Con rapidez,el anciano colocó auriculares en sus oídos y electrodos en su cabeza. En el ordenador, un dispositivo con forma de flor de hermosos pétalos blancos, se abrió y su centro apuntó al teniente.
 Ahora deberás esperar…
 Ajustó los focos, y todo se iluminó con una luz mortecina. La pantalla se encendió; Abdul volvió su cabeza hacia el anciano, y miró frente a sí con los ojos muy abiertos.
 Pasaron los minutos. El dispositivo central de la holografía, con forma de loto, arrojó hacia Abdul Arabih un rayo tornasol. Figuras indefinidas intentaron mostrar sus siluetas.
 – Algo está fallando: hay formas que desean salir, pero ninguna de ellas puede hacerlo…
Los ojos implorantes de Abdul estaban clavados en el centro de la habitación, donde la luz se aglutinaba un momento y luego se disolvía hasta desaparecer.
 De pronto sonó un timbre en uno de los costados de la habitación y se encendió el fonovisor.
 – Es un mensaje para el jeque Shar’iah, el de la Ley Viviente. Debe presentarse urgente en el puente de mando…
– Abdul, me requieren y debo ir. Dejaré todo listo para que a mi vuelta sigamos probando…
 El anciano se alejó con rapidez, sin ver que a su espalda la luz   formaba una imagen femenina en el centro de la habitación.
 Shari’ah llegó al puente de mando: un grupo de oficiales lo esperaba en la puerta.
 – Señor… Hay una emergencia.
 El anciano entró rápidamente: una enorme pantalla mostraba el planeta.
 – ¿Qué es lo que ocurre?
 – Mirelo por usted mismo…
 A través de un “zoom”, la cámara conectada al ordenador, descendió rápidamente y enfocó una figura vestida con un traje espacial, colgando sobre las llamas desde una pequeña nave.
 – ¿Quién es…? – Los otros dos jeques dieron una señal y los técnicos acercaron aún más el objetivo: a través del casco, Shar’iah vio el rostro de Taqlid, el de Pensamiento Duro: la barba circular rodeando su mentón; los ojos cerrados, murmurando algo con los dientes apretados.
 – comandante: ordene el regreso a la nave central.
 – Ya lo hicimos, jeque Shar’iah, pero se niega. Reclama una reunión urgente del Diwán que   declare  Infierno al planeta cuya área gravitatoria estamos atravesando. Aclaró sin embargo, que aún en ese caso no volvería; que tiene la oportunidad de cumplir con la sura del Korán que reclama al fiel atravesar las puertas del infierno, purificar su alma con las llamas y luego peregrinar a La Meca.
 – Habilítenme el audio. Quiero explicarle que está equivocado a la luz de los mismos textos del Korán…
 – Es inútil, hermano – intervino el jeque Abd – Taqlid, el de Pensamiento Duro, ha bloqueado sus canales de audio. ha dicho que tú pretenderías disuadirlo de cumplir con lo sagrado…
 Se miraron entre los ancianos y los ingenieros.
– ¿Qué más dijo, hermanos?
 – Dijo que… eres el Chaitán, es decir, el Satanás de los Asrani, que actúas con frases engañosas y como él, eres muy versado en tu erudición de los textos sagrados.
 El rostro de Shar’iah, el de la Ley Viviente, se endureció; sus labios se apretaron.
 – Perdonen, hermanos, debo orar. La ira que está surgiendo de mi vientre, es sagrada según el al-Azif, pero no puedo entregarme a ella…al menos por ahora.
 A continuación Shar’iah se dedicó a murmurar Dhikr y Shikr con un fuerte susurro, mientras en la pantalla, el cuerpo de Taqlid, el de Pensamiento Duro, seguía bajando lenta e inexorablemente hacia las llamas del planeta. Finalmente uno de los técnicos llamó a los ingenieros y les avisó que de continuar unos minutos más, ardería inevitablemente.
 – En las llamas de la superficie, el fuego tiene la misma temperatura que el cuerpo humano, pero en las capas superiores del planeta alcanza el punto de ignición …
 El anciano Shar’iah dejó de orar y levantó la cabeza; hablaban de utilizar una sopapa gigantesca usada para recoger objetos que colgaban sobre abismos. Se corría el riesgo de que la fuerte presión destrozara el cuerpo de Taqlid o lo impulsara a las llamas con más rapidez.
 – ¡Se quemó! ¡Ahora se quemó…!
 La pantalla mostró un rápido fogonazo y el cuerpo desapareció de los monitores
 – Murió Taqlid, el de Pensamiento Duro – dijo uno de los jeques
 – Decía Moisés, el antecesor del profeta …extrañaré su espina en mi costado – murmuró Shar’ iah, pero nadie lo oyó.
 – Anciano, ¿qué corresponde hacer en estos momentos.?
 – Un sevicio fúnebre, pero sin tener presente el cuerpo. No corresponden honores oficiales, ya que Taqlid tenía cargos importantes en su contra, como las dos asonadas que protagonizó contra el sultán de la nave y en la que murieron varios oficiales.
 Pasaron los minutos. Los tripulantes seguían haciendo sus tareas habituales en los monitores, pero en todos se veía la misma expresión perpleja: nadie podía creer en la muerte de Taqlid, el de Pensamiento Duro, el obsesionado con la ortodoxia islámica.

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GOCHO VERSOLARI

2 Comments

  1. Siempre con mi amor por los tropos destaco éstos: “hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora.” Luego sigue una prosa colmada de erudición, una narrativa que podría llamarse con el bodrio de un neologismo provisorio TRADIFICCIÓN. Adaptas y aplicás, con in minucioso y riguroso conocimiento de causa sobre la SHARIAH y el CORAN y los HADICES , el ISLAM en una superlativa CIENCI AFICCION en términos de la TRADICION que conecta con la TRADICION PRIMORDIAL. Se barruntan parábolas y alegorías en los distintos devenires conforme a la ley islámica. Tu narración me atrapó y convenció, haciéndome olvidar todo , aun a ,mí mismo.

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    1. Querido Mario: entiendo que el texto pueda haberte chocado al menos en un primer abordaje. Está bien el neologismo “Tradificción” entendiendo por tal una metáfora ucrónica de lo que es la tradición islámica. Digamos que un atajo para acercarse a dicha tradición. Un fuerte abrazo.

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