Narrativa: El universo es un enorme pie – Escena del roble – II

El universo es un enorme pie – Escena del roble – II

Gocho Versolari

Rodolfo Uzcátegui ha sufrido un infarto y a raíz de eso le han detectado un bloqueo coronario y una insuficiencia cardíaca. Mientras aguarda la resolución médica ante la posibilidad de ser operado, vive en un pequeño pueblo en compañía de una muchacha veinte años menorque él y muy seductora. Además de atraerlo, sabe que las mujeres del lugar se reúnen en la luna llena bajo un roble. Siente la necesidad de espiarlas y esa noche se trepa al árbol para ver desde arriba lo que ocurre. 

 

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Volvió a recordar a Rosario: al otro día de la noche en que su novio  sufriera aquel percance, ella le avisó solemnemente que había roto con  él. Aún la recordaba: con el cabello apenas recogido, los mechones  cayendo sobre su cara, el vestido rojo, ajustado al cuerpo,  evidenciando que no llevaba ropa interior; se había sentado frente a  él, y levantando su pie descalzo lo había apoyado en su entrepierna.
 Rodolfo, sabes que eres el guía de mi vida. Eres el autor del libro que  me llevó a ser la que soy, por eso te comento lo ocurrido: acabo de  dejar a David. Estoy sola, completamente sola…
 Rodolfo al escucharla se preguntó cuándo había estado acompañada, ya  que el muchacho era muy poca cosa para ella.
 Pensarás que no es demasiado hombre para mí, que es muy mojigato, pero  esa es la naturaleza del hombre contemporáneo. Lo verás en el pueblo:  la mayoría de los matrimonios jóvenes están formados por hombres  decadentes y mujeres luminosas. Ellos  nos acusan de abandono, pero no  advierten que están perdiendo sus vidas…
 Rosario había sido estudiante de historia y tenía un vocabulario rico.  Muchas veces hablaba con Rodolfo sobre temas  diversos, historia,  política.
 …en tu caso eres el hombre que querría toda mujer para sí. Alguien que  ha escrito un libro como “Metafísica del Pie”, estaría capacitado para  disfrutar y hacer gozar de la mejor mujer del universo. Sé que aprecias  cada parte de mi cuerpo, que encuentras poesía en mis pies, en mis  manos, en mi cabello, cosa que a David le faltaba.
 A continuación, Rosario se inclinó hacia él y acarició su pecho por  debajo de la bata. Cuidó que él viera sus manos apartando el vello y  descendiendo hasta su bajo vientre.
 Creo que voy a escribir un libro sobre la sexualidad del hombre con un  infarto…
 Mientras subía, Rodolfo había escuchado voces al pie del árbol y tuvo  que contener un grito de júbilo cuando tomó la rama con una de sus  manos y empezó a trepar para encaramarse sobre ella. Lo hizo jadeando y  con el corazón latiendo apresuradamente, llenándolo de alarma, Avanzó  hasta ubicarse casi sobre el borde de la rama. Estaba demasiado alto  como para ser escuchado. Se inclinó levemente: casi debajo de él, había  dos figuras vestidas de blanco y hablando entre sí. La brisa sólo  dejaba llevar hasta él algunas palabras aisladas.
 –             …La noche está especial para abrir el tiempo…
 –             ¿Quiénes partirán hoy…?
 –             Creo que Rosario y Betty, pero no estoy segura…
 La luna se había ubicado definitivamente en el cielo: tal como  predijeran, aún no estaba decididamente redonda, sino que tenía una  forma achatada en los polos, una figura que aún estaba por hacerse.  Rodolfo miró con más atención: podía ver a su luz a las dos mujeres.  Las miró con atención: distinguía cosas aisladas, como sus túnicas  blancas, casi brillantes, y sus cabellos, negros los de una y rubios  los de la otra.
 Sintió un sopor súbito que empezó a aumentar momento a momento. Temió  que fuera en aumento: sería terrible quedarse dormido sobre aquella  rama. Trató de despejarse y miró a lo lejos: Unas cinco casas que  quedaban en las afueras del pueblo habían encendido las luces. La noche  estaba fresca y de una de ellas con chimenea, salía un humo blanco y  delgado de la estufa a leña que habrían encendido para calentar el  ambiente. A su izquierda se levantaba el prostíbulo: desde allí podía  ver la mitad de su estructura: el resto estaba cubierto por los árboles  del pequeño bosque que separaba su casa de la planta central del  pueblo; respondía como en todo el continente al esquema impuesto por  Carlos V en el siglo XVI: la plaza cuadrada, alrededor de la cual se  levantaba la iglesia, el municipio y la policía. Un pequeño arroyo con  tres puentes dividía el pueblo en dos: la parte norte donde se juntaban  los ricos, aquellos que aspiraban a llevar una vida acorde a los  últimos adelantos y modas de la capital. En el círculo que rodeaba al  pueblo donde quedaba el lupanar, una pequeña parroquia y su casa, había  dos viviendas una en cada extremo del pueblo que pertenecían por un  lado a Don Ruperto, un anciano que aconsejaba a los hombres del lugar,  muchos de ellos preocupados por las actitudes de sus mujeres, y en la  otra Doña Tecla, la jefa de aquella reunión de mujeres que ahora él  venía a espiar.
 A veces sentía que su vida con Rosario era la de un matrimonio de  muchos años, donde no hubiera sexualidad explícita: la chica vivía con  él, se sentaban a la tarde para tomar té y ella preparaba la comida y  lavaba su ropa con un placer que lo asombraba. Entendía que lo admiraba  por su libro “Metafísica del pie” que no sólo había cambiado la vida de  ella, sino que era utilizado por doña Tecla y el grupo de mujeres para  basar gran parte de sus creencias, en especial aquella afirmación por  la cual el pie era la síntesis de todo el organismo y de todo el cosmos  y que representaba la tierra o el principio femenino del cuerpo humano.  Era así que, siguiendo las indicaciones del libro, las mujeres del  lugar andaban descalzas y brindaban una especial importancia a sus  pies.
 Al recordar esta vez a Rosario desde la rama del roble, debía luchar  contra el sueño y la tendencia de que las imágenes de la chica tomaran  la forma de ensoñaciones. La veía como en aquella tarde, con sus  cabellos sueltos, una blusa muy escotada mostrando el principio de sus  pechos; pálida, con los ojos brillantes y su expresión apasionada. No  recordaba sus propias palabras, pero le había pedido participar en  aquellas reuniones. Él era el autor del libro en el cual se basaban  gran parte de sus rituales.
Es imposible. Puedes pedirme cualquier cosa menos eso…
 Rosario lucía un flamante par de pulseras en sus muñecas; intuía que  esto lo enloquecía. Mostró un anillo con una enorme piedra roja en el  dedo anular de su mano derecha.
 En este ritual sólo podemos participar mujeres. No se trata de  discriminar a los hombres, como se nos acusara alguna vez, sino que  para que el ritual tenga eficacia, quien participa debe ser una mujer.  Se habla de que algunos hombres nos han espiado, luego han dejado de  ser hombres. Han perdido su capacidad masculina. En las reuniones del  club que suelen hacer de vez en cuando los sientan juntos con un enorme  cartel que los llama “los impotentes…”
 Fue inútil que volviera a tocar el tema con Rosario, que tratara de  convencerla de seducirla o persuadirla de mil formas posibles. La chica  siempre respondía con una negativa. Y todos los sábados de luna llena,  ella salía llevando una de esas túnicas blancas hacia el bosque.  Rodolfo se despertaba deliberadamente a la madrugada para verla llegar:  despeinada, con ese brillo especial en sus ojos, más hermosa que   nunca
Rodolfo miró hacia abajo: el lugar se había llenado de mujeres y no  sabía en qué momento se habían agolpado allí. Habían encendido varias  lámparas y hablaban entre ellas. Rodolfo buscó con la mirada a Rosario,  pero al mover sus ojos, notó que las figuras se alargaban, se  estrechaban; tuvo que parpadear varias veces para que todo volviera a  la normalidad. Su corazón latía con fuerza y tenía cierta dificultad al  respirar. A la vez, un profundo bienestar se extendía por sus miembros:  el sueño estaba allí, inmóvil, silencioso, dulce, como un demonio que  lo tentara. Cambió de posición y sacudió su cabeza logrando  despertarse. Abajo las figuras femeninas volvían a recuperar sus  formas; allí estaba Rosario, hablando con una de las jóvenes. La  reconoció por su forma de mover la cabeza, por su gesto de apartarse el  cabello con las manos. Desde donde estaba no dejaba de admirarlas; como  si la chica supiera que él la estaba viendo, no dejaba de moverlas,  mostrando sus pulseras y sus anillos, sabiendo que esto lo excitaba.  Ella conocía su deseo secreto; él se lo había sugerido y algunas veces  lo había expresado en forma directa. A partir de allí la chica había conseguido detalles de manicuría como aerógrafos que servían para dibujar motivos en las uñas luego de pintarlas. Había llegado a llevar a una manicura del pueblo y a hacerse arreglar las uñas frente a Rodolfo, lo que constituía un motivo suplementario de excitación. A veces era tal la seducción que la chica ejercía con sus manos, que debía retirarse con ahogos y palpitaciones, como cuando se ponía guantes para realizar las tareas de la casa, se los quitaba y los dejaba al alcance de Rodolfo para que él los llevara con sigo y los pasara por su cara o por su cuerpo. Cada contacto de sus manos con él era estudiado cuidadosamente por Rosario; luego de exhibirlas durante un largo rato, sus manos llegaban a su pecho o a su rostro, o a sus propias manos, y una corriente eléctrica lo recorría.  A veces se preguntaba si aquello sería bueno para su problema cardíaco; no tenía relaciones sexuales con la chica, pero igualmente la circulación de su sangre se alteraba cada vez que la veía.
 Ahora, se movía desenvuelta; el ir y venir de sus manos, la postura de su cuerpo, la diferenciaba de todas las demás: tenía cierto salvajismo que se trasuntaba en su mirada. Se movió con dificultad: tenía el cuerpo entumecido. De pronto se vio a sí mismo encaramado en la rama, con el cuerpo dolorido, a punto de dormirse y con el riesgo de caer entre las mujeres. Se sintió ridículo; sabía que lo que las mujeres realizarían en ese lugar sería una suerte de conjuro. Se lo había explicado el comisario: no se trataba de algo prohibidosino, a su entender de una reunión de mujeres histéricas sobre la cual se tejían un exceso de rumores, todos ellos sin fundamento.
 Además, sin importar lo que vería desde esa posición, ¿qué haría después con la información? Quizá respondía a una actitud infantil, una especie de venganza contra Rosario por no haberle hablado de esas reuniones. Volvió a mirar a las mujeres, tratando de determinar quién era doña Tecla y en ese momento tuvo otro acceso de sudor, acompañado de dificultad para respirar. Trató de controlar sus funciones, pero el sueño seguía invadiéndolo como una niebla a la que no podía contener. Más abajo, una de las mujeres, a la que no podía ver desde su posición empezó a hablar a las otras.
 – ¡Hermanas! La noche tiene ojos. Esos ojos hoy son masculinos. Ellos nos miran atentamente sin saber lo que quieren. Nosotras seguiremos desplegando nuestro esplendor. A veces un relámpago negro muestra baños de luz negra donde nos movemos como peces oscuros. A veces resplandecemos hasta el punto que todos los que nos rodean se sienten enceguecidos, llenos de luz hasta los huesos y protestan y afirman que este exceso de luz es oscuridad. Predigo hermanas, que los hombres soltarán sus amarras y caerán del cielo sobre  nosotras…
 Rodolfo veía lo que la mujer hablaba: las estrellas convertidas en ojos, mientras que sobre un crepúsculo oprimente los hombres caían, aparentemente muertos y desnudos con sus penes erectos, mientras las mujeres oraban como los musulmanes, postradas sobre la tierra.
 Volvió a moverse y a recuperar su vigilia: seguía traspirando y sentía que las gotas de sudor caían sobre las mujeres.
 – Atardece en el mundo de los hombres. Ellos acumulan grasa, hollín en sus ombligos y humedad en sus corazones. Las telas de araña cubren sus pechos y pronto atacarán a muchas de nosotras. Aspiramos al hombre que transite nuestros   valles de las luces y las sombras, que entre a nuestro nirvana y beba nuestro exceso de sol. Aspiramos al hombre que recorra el prado verde en primavera, tome a nuestros enemigos y los arroje por el desagüe de las moscas, que nos regale todas las noches un collar de rubíes y nos escriba poemas frente a las montañas iluminadas por la luna…
 Rodolfo sabía que en esa declaración se estaban mencionando distintas partes del pie humano que figuraban en el libro que había sido publicado con su nombre. Ahora mismo, las mujeres con mucha rapidez habían desplegado sobre el césped un enorme pieCon algún mecanismo la figura tenía dimensiones tridimensionales y Rodolfo podía ver tanto la planta como el empeine, el talón y los tobillos. Súbitamente el sueño se apoderó de él. Intentó pellizcarse una mano con la otra, golpearse contra la rama hasta casi hacerse sangrar, pero el sueño invadió sus sentidos.
 – Este es el mandala precioso sobre el que estamos ubicados… Un enorme pie sostiene al mundo y en él nos movemos y somos…
 La voz de la mujer se escuchaba mucho más lejana. De pronto, en el sueño tuvo la certeza de que el pueblo había cambiado. Algo sutil, extraño se extendía de pronto a sus costados y a su espalda. El pueblo era otro, y algo amenazante se extendía desde él.
 Se durmió sin poderlo evitar, y al despertar, quizá unos segundos después, vio por encima de su cabeza la copa del árbol: sus brazos y sus piernas estaban sujetos con fuerza, sólo que estaba boca arriba, colgando de la rama. Abajo las mujeres entonaban un canto con notas agudas que parecía envolver la noche.
 Lentamente, Rodolfo se incorporó y volvió a ponerse en la misma posición.  Advirtió que mantenía los ojos cerrados: por alguna razón sintió que  no debía ver lo que estaba ocurriendo abajo. La idea le pareció absurda y abrió los ojos: en principio no había nada excepcional: las mujeres se habían ubicado en la planta del pie, orientadas hacia un centro imaginario. La música había cesado, pero ellas se movían como siguiendo las notas inaudibles de una extraña danza. Aquel silencio era más impresionante que las palabras, y Rodolfo sintió un extraño vértigo que recorría sus intestinos y todas sus entrañas. Sintió que ellas estaban haciendo algo con el tiempo, y por primera vez tuvo una visión de lo que sería por largo tiempo motivo de sueños y fantasías: el tren blanco, gigantesco, que recorría una vía fantasmal exhibiendo en el frente el símbolo enorme de una hoz y un martillo entrelazados.
 Esa imagen volvió a hundirlo en el sueño. Esta vez se durmió sintiendo que todo estaba bien, que no podría caer porque era capaz de flotar en el aire de la noche. Nunca supo si las voces las escuchó dentro de sí, o las pronunciaban las mujeres que estaban más abajo.
 – …mezclar tres gotas de rocío, moler tres arañas y agregar la saliva de trece sapos…
 – .. el tiempo se burla de nosotros; nos hace creer que es una línea recta, pero a veces es un círculo, otras toma la forma de una nube, de un pez; nos eleva a laberintos extraños, repletos de monstruos terribles para finalmente revelarlos que era un pétalo cayendo en forma incesante…
  …después lo más difícil de encontrar es una porción de la sustancia misteriosa que se encuentra dentro y fuera de nosotros, pero sin la cual la poción no da ningún resultado…
 – …el tiempo es entonces una amante infiel; es esa mujer que simuló elegirme, que besó mis labios y me clavó su puñal en el medio del pecho. Ahora marcha desnuda por las calles, exhibiendo orgullosa su traición…
 En cierto momento, Rodolfo sintió un olor agrio, penetrante, como si quemaran algún tipo de semillas. Las nubes penetraron su nariz y parecieron llegar a su cerebro
 – …quisiera ser un animal, convertirme en un animal y correr por el bosque. Llamar a mi amado con un aullido y hundirme en los deleites de la lna llena…
 Sintió que las mujeres lo habían descubierto. La anciana a la que llamaban doña Tecla estaba en el centro del pie que servía como mandala, y levantaba su mano, señalándolo con su índice
 – …quiero sentir el júbilo del instinto: romper una garganta tibia y ahogarme con la sangre que sale a chorros. Después la luna se llenará de sangre y semen y nos destrozaremos al hacer el amor…
 Ahora las mujeres con sus manos levantadas lo sostenían sin tocarlo. Sentía la presión en todo su cuerpo, que se aflojó, se dejó estar. Sus brazos y sus piernas parecieron animales secos que se desprendieron lentamente del árbol. No sintió que caía: flotaba, sensible a cualquier movimiento de la brisa; flotaba lentamente mientras abajo lo esperaban levantando sus pies descalzos en señal de saludo.
 Cuando llegó al suelo alcanzó a escuchar algunas expresiones de asombro y un fuerte dolor llego desde su tobillo, caracoleó en su rodilla y se extendió hacia sus ingles. Después vio las vestiduras blancas, enceguecedoras de las mujeres inclinadas sobre él y finalmente se desmayó.
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GOCHO VERSOLARI

 
 

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