Narrativa: El universo es un enorme pie – Escena del roble – primera parte.

El universo es un enorme pie – Escena del roble – primera parte.

Gocho Versolari 

 

Rodolfo llegó al roble jadeando. Había caminado aproximadamente unas  diez cuadras desde su casa, pero ya desde antes de su infarto, recorrer  pequeñas distancias  lo dejaba sin aliento.
Era el atardecer: hacia el final del pueblo, la llanura se extendía  hacia el horizonte. El día era tranquilo y el cielo despejado, sin  nubes, estaba totalmente azul. Rodolfo se volvió hacia el roble: cuando  era  niño no hubiera vacilado en treparlo; sin embargo, ahora debía  evitar el dolor en los brazos cada vez que realizaba un esfuerzo.
Examinó más detenidamente el árbol: las ramas en zigzag  formaban casi  una escalera que llevaba hasata cerca de la copa, y la primera estaba  cerca de sus manos. Una de las ramas que esta a unos cinco metros de su  cabeza se extendía tentadora: aquel era un lugar  ideal para observar  lo que ocurriría en la planicie a pocos pasos de él. No había muchos  indicios de actividad; sólo debajo del roble, una superficie de varios  metros cuadrados donde parecían haber cortado el césped y los  matorrales que crecían en el resto del terreno. Aquí y allá, había  restos de hogueras viejas que las mujeres del pueblo utilizarían para  el ritual. Pensó que esa noche empezaba la luna llena: una de las pocas  cosas que le había dicho Rosario era que el ritual debía hacerse en esa  fecha, un poco antes que la luna tomara su forma redonda, definitiva.
La luz disminuía y debía trepar sin más tardanza. Una de ellas estaba  casi a la altura de sus manos. Respiró con fuerza y se tomó de ella.  Antes de salir de su casa había tomado varias dosis de betabloqueantes  y anticálcicos  y el gesto de subir con su cuerpo, apoyando los pies en  el tronco le resultó más fácil de lo esperado. Lentamente, con la boca  seca trepó mientras recordaba a Rosario: su risa fácil, sus cabellos  negros, sus ojos azules. También recordó con un estremecimiento la  madrugada en que se metió desnuda en su cama. Fue como una explosión  caliente en su espalda que lo despertó, mientras sus manos, delicadas,  llenas de anillos, jugaban con su pecho. Recordó su erección y al  volverse ella lo rechazó. No… puede hacerte mal, Nunca tuve sexo con un  hombre que tuviera un infarto…” . Cuando estuvo a varios metros del  suelo, se detuvo para descansar: el esfuerzo no era mucho pero jadeaba  y traspiraba como si hubiera corrido kilómetros. En su cabeza se iba  formando una niebla lenta, pero implacable: era el efecto que muchas  veces le producían los medicamentos para la presión arterial y para  evitar que se acumulen en sus arterias sales de colesterol. Ahora el  esfuerzo físico activaba su sangre, pero quizá no fuera suficiente para  mantenerlo despierto hasta el final.
Recordó otras historias de Rosario: al segundo día de su llegada a la  casa, la chica le pidió permiso para dormir con su novio. Él accedió  aunque no muy convencido. Desde su llegada, la miraba con deseo y a las noches  sus fantasías apuntaban a ella, desnuda, caminando por la casa, con sus  largos cabellos sueltos, como una Lady Godiva sin caballo. Esa noche le  costó dormir, y hasta tarde estuvo a atento a los ruidos, a posibles  gemidos o algo parecido, pero no escuchó nada: el silencio era total. A  eso de la una, tomó un ansiolítico suave que le habían indicado para  conciliar el sueño; llegó a dormirse, cuando  despertó de pronto: no  escuchaba ruidos, pero sabía que había una presencia en la habitación.  Encendió la luz, y vio a Rosario, apenas cubierta con una sábana que le  tapaba los pechos y se extendía hasta su bajo vientre. Antes de hablar  movió una y otra de sus piernas magníficas.
–             Rodolfo, tú que tienes experiencia y eres un hombre de mundo,  te consulto: David tiene un problema en el miembro; parece ser una  herida, algo que le duele cuando me penetra.
Detrás de la chica, con aspecto de fantasma, surgió el tal David,  demasiado delgado, pálido y más bajo que ella. Rodolfo pensó en Julio  César, ya que el muchacho llevaba la sábana que lo cubría como una toga  romana, recogida en su hombro derecho.
–             David, muéstrale tu pito al señor Rodolfo – ordenó la chica con  vos perentoria.
El muchacho, con gesto avergonzado, se adelantó, levantó parte de la  sábana y mostró a Rodolfo un miembro muy delgado y largo, caído, con  una llaga redonda en su parte superior.
–             Me duele – murmuró señalándola
–             ¿Probaste con algún desinfectante? – preguntó Rodolfo – Eso  podría ayudar, pero lo más seguro es que por esta noche no tengan  relaciones…
Al ver que Rosario asentía con grandes movimientos de cabeza a sus  palabras, Rodolfo sintió un profundo alivio; saber que esa noche  Rosario no tendría sexo, lo llenaba de algo muy parecido al júbilo.
Volvió a detenerse en su subida: estaba a pocos metros de la rama que  había visto desde abajo; como era de esperarse, a medida que subía el  ascenso se hacía más y más difícil; el sudor corría por su cara y su  cuello. Miró hacia abajo y se asombró del trecho que había subido; tuvo  un amago de vértigo y volvió los ojos a la rama que se encontraba  tentadoramente cerca.
Rosario sabía que lo atraían las manos femeninas.  Otros eran fetichistas de pies; Rodolfo se consideraba fetichista de manos. Guardaba  celosamente su colección de fotografías y discos compactos donde   s se había encargado de coleccionar manos femeninas en  distintas posturas, de diferentes formas durante años. Sin embargo, Rosario sabía  que lo atraía cuando ella pintaba sus uñas, en especial cuando hacía  pequeños dibujos de flores y animales. Solían reunirse a la tarde para  hacerlo y ella retocaba el esmalte, y extendía hacia él sus manos muy  largas, blancas, tentadoras. ¿Me queda bien, Rodolfo…? El hombre, en  tanto imaginaba esas manos a lo largo de su cuerpo, y cuando no llegaba  a tener una erección, un vértigo doloroso recorría sus miembros. Toda  ella era una usina de seducción. Cuando se acercaba o caminaba  meneándose frente a él. A veces se sentaba en sus rodillas, simulando  una actitud infantil. De pronto tomaba su cabeza como si fuera a  besarlo en la boca y lo miraba con ojos muy asombrados. ¡Te excitaste!  Siento que te excitaste. Es mejor que me separe porque esto puede  hacerte mal…
Volvió a detenerse, esta vez con la firme decisión de no mirar hacia abajo.  Un esfuerzo más y estaría sobre la rama. En tanto, la luna emergió  desde el oeste, enorme, como un globo que fueran liberando y que  soltara con suavidad su luz tenue. Rodolfo se detuvo para verla un  momento más. En su juventud había estado en relación con algunos grupos  esotéricos; el de esas mujeres no tenía cosas muy originales: la luna,  el mar, la noche, todos símbolos profundamente femeninos. Sintió que el  sudor aumentaba más y más y recordó un viejo axioma que desde  adolescente lo había impresionado: “El sudor es el jugo del  corazón…” Desde su infarto, ocho meses atrás, ese órgano había sido el  protagonista de su cuerpo y   su vida. Aquella pequeña explosión en la  base del músculo había cambiado todo a su alrededor, entre otras cosas  motivaba su presencia en Ramalazo, aquel pueblo perdido donde llegara buscando tranquilidad. Paradójicamente, ahora, en una noche de  luna llena, estaba trepando aquel roble para espiar a un grupo de  mujeres que se reunían a efectuar extraños rituales.

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GOCHO VERSOLARI

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