Narrativa: Fricka la mujer de la luna – Emilio y Fricka – Fragmento 2

Fricka la mujer de la luna – Emilio y Fricka – Fragmento 2

Gocho Versolari

 

Emilio despertó una hora después que se hubiera resbalado golpeándose la cabeza. Se sintió desconcertado al observar que estaba amarrado. Tironeó del mecate y advirtió que los nudos estaban flojos.
– Malditas mujeres – murmuró.
Se desató y salió a buscarlas. Estaba furioso. Se fijó primero en el apartamento. No había rastros de matilde ni del niño
Salió al pasillo y se acercó a la puerta del apartamento de Sara. Golpeó varias veces.
  • ¡Matilde, abrime, sé que estás ahí! – grito y a la tercera vez que lo hizo apareció el portero del edificio.
  • Señor, le recuerdo que son cerca de las doce de la noche y no se puede hacer escándalo. Estamos en un edificio y hay otros habitantes de los apartamentos que están durmiendo.
  • Le recuerdo que ésta e s mi casa
  • Si no hace silencio me veré obligado a llamar a la pol.icía
  • Viejo de mierda – murmuró Emil.io cuidando que el hombre no lo escuchara . La puerta del apartamento de Sara estaba cerrada con llave, y en el momento en que el pasillo quedaba a oscuras, no había luz por debajo de la puerta.
No le quedaba más remedio que esperar. Habían quedado tallarines en la olla. Matilde antes de irse no había llegado a limpiar el plato que él estrellara contra la pared. Con un suspiro recogió los restos y se dispuso a calentar otro plato de fideos.
Mientras esperaba, se puso a pensar. Recordó la época en la selva colombiana. El día en que se enfrentaron a una patrulla del ejército. Estaban en un refugio entre los árboles y Matilde se había preparado con la ametralladora, dispuesta a defenderlo si llegaban. Recordó también el primer golpe. Fue al abandonar el grupo guerrillero y buscar la ruta a la ciudad, al apostamiento del ejército para aprovechar la oferta de desmovilización del gobierno. La ansiedad era terrible. Quizá hubiera sido el calor excesivo, el compartir la poca agua que llevaban. No recordaba el motivo, pero sí el golpe. Fue con el puño cerrado en la mejilla derecha y apartir de entonces tuvo una muela floja que perdió un año después. Se arrepintió enseguida, pero tuvo que reconocer que en el momento de la bofetada había sentido un profundo vértigo, casi un éxtasis. Algo que después se repetiría con cada golpe.
Ella sufría. Él se sentía mal, pero no podía evitarlo. A veces pensaba que si debía golpearla, no sería más que algo pasajero, quizá para que se sienta reprendida, regañada, pero no para las timarla. Era su intención brindarle un pequeño golpe de advertencia, pero le bastaba levantar la mano para saber que no sería así, que la golpearía hasta dejarla caída en el suelo.
Ahora pensó en el hematoma de su ojo. Sabía cuándo se lo había hecho. No era cierto que lo olvidara. Él recordaba cada uno de los golpes que le aplicaba, el momento, la fecha, lo que había sentido, lo que había dicho ella. Sabía por ejemplo que en el ojo la había golpeado quince días atrás y por experiencia, ese golpe debía estar curado, pero un par de horas atrás la herida se abrió y arrojó colgajos de sangre; aún los veía moverse en el piso de la habitación.
Lentamente, fue entrando en un clima de ansiedad y de culpa. Los fideos no le supieron a nada, y los dejó a medio comer. Admitió que no debía golpearla. Buscó en su mesa de luz: había una foto de Matilde de diez años atrás. Recordó que él la había conocido adolescente. Desde el retrato su rostro le sonreía. No era ni parecida a lo que era Matilde en ese momento. ¿Sería él el responsable de su envejecimiento, de su deterioro?
Revisó la mesa de luz de Matilde. Era poco lo que se había llevado y eso lo tranquilizó. Buscaba agendas, lugares donde podría haber ido en compañía de Sara. Encontró finalmente una de esas agendas. Era vieja, y empezó a buscar nombres que le resultaran familiares. Eran más de la una de la mañana, pero estaba demasiado ansioso, de modo que cuando tuvo tres ó cuatro teléfonos disponibles empezó a discar. Lo atendieron personas con voces adormiladas. Le dijeron que la persona que buscaba ya no existía en ese lugar.
Después del fracaso con el cuarto intento donde una voz masculina le exigió que no molestara más a esa hora, decidió abordar al portero. Tenía algún dinero que había cobrado del retiro que había establecido el gobierno de Colombia. Podía brindárselo para sacarle información.
Estaba por ir a buscarlo, cuando escuchó que abrían la puerta con la llave.

Evgeniy Kuznetsov 1960 - Russian Abstract painter - Tutt'Art@ (89)

  • ¿Matilde?
Avanzó hasta la sala. En vez de su esposa estaba una mujer de rasgos pequeños y finos. Con franela y pantalón azules, llevaba atada al cuello una capa roja y en el centro de su pecho grabada una “F”.
Emilio saltó hasta ubicarse a un costado en un lugar donde tenía la pistola que no había sido requisada. La tomó y apuntó a la desconocida.
– ¿Quién es usted? ¿Quién le dio la llave?
– Soy amiga de Matilde, ella me dio la llave.
– ¿Qué es lo que quiere?
– Saber cómo está ella. Sé que usted la golpea.
  • Mire, puedo dispararle. No me importa matarla. Usted está en mi casa. Puedo alegar que me amenazó
  • Yo no lo estoy amenazando. Sólo quiero saber dónde está Matilde.
  • No lo sé, y aunque lo supiera no se lo diría. Creo que usted si es amiga de ella podría decirme dónde está.
  • Hace unos momentos me dijeron que estaba colgando del vacío sujeta a una vara de acero.
  • ¿En donde? Si usted lo sabe entonces por qué me pregunta…
  • Si ella escapó fue por usted, fue por sus golpes
  • Eso es algo privado entre ella y yo. Yo no le pedí que escapara… Además usted viene a juzgarme ¿Con qué derecho?
  • Tengo más derechos de lo que supone.
Emilio  sintió que traspiraba. Levantó la pistola.
No se acerque más. No quiero dispararle, pero lo haré .
  • Emilio, estás traspirando. Veo que tienes miedo. ¿Por qué vas a tenerlo? Eres el hombre, eres fuerte. Cuando golpeas te sientes poderoso, la sangre fluye por tus venas. Después te arrepientes, pero vuelves a hacerlo porque para vivir necesitas golpear a Matilde.
  • ¡Basta!, no hable más.
La mujer se detuvo. Levantó lentamente sus manos y en ese momento Emilio disparó. Mientras lo hacia gritaba, bramaba. Disparó tres veces hacia el pecho de la mujer, y esperó verla caer, pero ella colocó sus brazos en jarra y lo miró burlonamente. No parecía herida.
  • ¿Quién diría que el valienteEmilio necesita de una pistola? Creí que con tus puños bastaría.
Emilio miró desconcertado la pistola y miró a la mujer que seguía acercándose. Se acercó a ella levantó la mano y en ese momento la  miró fijamente a los ojos.
  • ¿Matilde?
  • Sí, soy Matilde. Soy quien quieras, golpea ¿Qué estás esperando?
Emilio estaba con la mano hacia arriba en actitud de pegar, pero no se animaba a bajar la mano. Finalmente la dejó caer a un costado. La mujer levantó su propia mano, lo apuntó con el dedo índice, tocó su pecho y con ese simple gesto lo arrojó sobre la cama.
Luego Emilio no entendió lo que pasaba. La vio convertirse en una luz plateada enforma de vórtice, volar y atravesar las paredes.
Un momento después que la mujere hubo desaparecido, el portero tocó la puerta. Habían sonado tres disparos. Nadie respondía, y recurrió a una de las llaves que tenía para esos casos. Cuando abrió encontró a Emilio en el suelo, llorando como un niño.
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GOCHO VERSOLARI

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