Narrativa: Fricka, la mujer de la luna – Matilde y Sara. 01

Fricka, la mujer de la luna – Matilde y Sara. 01

Gocho Versolari

  • Hoy me tienen que soltar – dijo Emilio a su compañero de celda,
  • Yo no estaría tan seguro. Son muy hijos de puta
  • Si claro que lo son, pero en mi caso debe haber mucha presión de la gente. Soy un dirigente sindical reconocido y no tienen motivos para detenerme. No han encontrado explosivos en mi casa ni ninguna otra cosa que me relacione con la violencia.
  • Por lo menos tenés quien te espere
  • En tu caso también, me hablaste de tu esposa
  • La muy hija de puta me montó los cachos.
  • No tendrías que hablar así. Quizá le cueste llegar hasta aquí, vos mismo me dijiste que la situación económica estaba difícil. No tiene el dinero de tu trabajo.
  • Volvió con su antiguo novio, yo lo sé.
  • ¿Y qué pensás hacer?
  • Matarla cuando salga de aquí.
  • La violencia con la mujer no resuelve nada. Tendrías que pensarlo. Si la matás vas a volver y no vale la pena perder la libertad por una mujer. Tendrías que pensar en lo que hablamos estos días. Hay un compromiso tuyo con la clase obrera y el pueblo oprimido durante siglos. Tu violencia tiene que dirigirse contra la clase gobernante contra la oligarquía que asola el país, que lo convierte en una cárcel.
  • Vos estás casado, Emilio.
  • Así es y mi esposa me espera. No te digo que nos llevemos muy bien, pero trato de evitar golpearla. A veces se me va la mano, no te voy a negar, pero ls reconciliaciones siempre son muy dulces.
  • Entonces le pegás
  • Si ya te dije que de vez en cuando.
  • Mirá, te voy a dar el teléfono de un hombre que tiene mucho dinero y que si alguna vez tenés problemas por golpear a tu esposa, él te puede ayudar
  • ¿Quién es ese hombre?
  • Se llama Asdrúbal  Pinzón y tiene una fundación que es conocida como “La Vaca”
Emilio disimuló un gesto de disgusto y recibió el papel con el teléfono que el hombre le alcanzaba. En ese momento se abrió la puerta y entró uno de los guardias.
  • A ver, Emilio Maso.
  • Soy yo.
  • Estás libre
  • ¿Qué te dije? Me iban a dejar en libertad, no había vuelta.
Una vez afuera, Emilio caminó directo para su casa. Entró al edificio, subió a su piso.
– ¡Matilde!
Cuando se casaron en su pueblo, en las montañas de Colombia, ella era cinco años más joven que él. Ahora parecía diez años más vieja. Su cabello rojo, desarreglado, su falta de maquillaje, y en especial sus ojos temerosos que por un momento se clavaron en él para luego bajar hacia el suelo. También estaba su bata, mejor dicho sus batas ya que disponía de dos, exactamente iguales. Ambas con manchas de grasa que se resistían a los sucesivos lavados. Emilio sintió disgusto. El espejo del corredor devolvía su imagen. Cuarenta años, rubio, con ojos penetrantes, las sienes plateadas, lo que gustaba a muchas mujeres. En ese momento Matilde levantó la cabeza y Emilio advirtió que el ojo negro, producto de uno de los últimos golpes, la hacía muchos años más vieja. Entró al apartamento y dejó el bolso que llevaba.
  • te voy a servir algo de comer, Emilio, debés venir con hambre.
Emilio no contestó. Sobre la mesa había una botella de aperitivo. Sirvió un vaso y bebió ávidamente.
  • Mujer, hoy sale tu esposo de la cárcel no por ladrón o asesino, sino por el compromiso de su lucha a favor de los desposeídos. No me fuiste a buscar a la puerta, eso lo entiendo, pero por lo menos podrías haberte arreglado, haber cambiado de vestido, ponerte un poco de maquillaje. Un hombre espera que su mujer se ponga alago para él… es lo que se mereceluego de sufrir durante diez días en el interior de una celda oscura.
Matilde contestó con una sonrisa. Había abierto muy grandes sus ojos mientras preparaba un poco de sopa del día anterior.
  • Está bien, vamos a comer, pero debo decirte que  mi pan así como el tuyo debiera cambiar por la preocupación por el proletariado y las masas oprimidas.
Matilde no dejaba de sonreír y mientras cocinaba trataba de no mirar a su esposo, De vez en cuando, en sus ojos muy abiertos había una expresión como si estuviera por enfrentarse a una catástrofe.
  • ¿Dónde está el niño?
  • Con Sara
  • ¿Es que no viene a saludar a su padre?
  • Lo dejé con ella para que no te molestara. Supuse que querías descansar.
  • Victoria Stoyanova 1968 - Bulgarian Abstract painter - Tutt'Art@ (66)
  • ¿Piensas que quiero descansar con todo lo que nos exige la revolución? Quiero ver al niño. Ahora. Que sepa que su padre llega de una detención injusta por este régimen negrero.
Sin contestar, Matilde fue hasta el apartamento de Sara.
  • Quiere al niño
  • ¿Cómo está?
  • Creo que mal. Es posible que me golpee…
En la mirada de Matilde, el miedo se mezclaba con la resignación. El niño tenía la misma expresión de su madre. Los ojos grandes, llenos de venas y una mirada constante de miedo.  Emilio lo recibió con los ojos abiertos.
  • hijo querido. Ven y dale un beso a tu padre.
El niño se acercó a Emilio y le besó la mejilla. Los fideos estaban listos. Matilde sirvió un plato y colocó salsa de una botella.
  • ¿Tú no comes?
  • No tengo mucha hambre
  • Ya entiendo tu juego.   quieres hacerte la víctima para que me sienta mal. Debes saber que lucho por todos los oprimidos, pero tú no estás entre ellos. Las mujeres histéricas no son oprimidas, son mujeres histéricas.
Matilde lo miró un instante como si fuera a decir algo, pero se calló de inmediato, mordiéndose los labios y mirando hacia abajo.
  • Algo ibas a decir. Te exijo que hables. ¿Te da rabia lo que digo?
Matilde guardó silencio.
  • ¡Te exijo que hables…!
Emilio se incorporó, tomó el borde del plato y lo arrojó contra la pared, llenando todo de salsa roja y de fideos. El niño se lanzó a llorar.
  • ¡Que se calle!¡ No lo soporto!.¡ Haz que se calle…!
  • Querido vamos con Sara
  • Con sara no. Eres la madre te tienes que hacer cargo.
Entonces llegó el golpe.    Matilde lo esperaba, por lo que el impacto no fue tan tremendo. En realidad, su mano derecha dio con fuerza en el ojo, el que mostraba el hematoma. Algo saltó y un chorro de sangre negra salió de él y dio en la cara de Emilio.
  • ¡Asquerosa!, qué me estás haciendo…
  • No me sigas golpeando, por favor…
Matilde trataba de no suplicar después del primer golpe. Sabía que de hacerlo los castigos se repetirían ya que las súplicas aumentaban la furia de Emilio. Sin embargo, ahora se contuvo: el chorro de sangre que había caído en su cara lo había cubierto el rostro; era sangre gelatinosa que parecía . El hombre tomó un trapo de la cocina y lo pasó por su cara. Dejó en él colgajos rojizos y negruzcos que se movían por sí mismos como si estuvieran vivos.
  • ¿Qué es esto?
  • Es mi ojo. Me lo golpeaste el otro día.
  • Esa vez como ahora yo también tuve la culpa. Cada vez que te golpeo es porque me sacás de quicio, porque me hacés perder la paciencia. Ahora me mojás con tu sangre… Lo hacés para que me sienta culpable, pero no lo vas a lograr…
Matilde se había replegado coontra la pared. Sabía que en ese caso no debería hablar. El niño estaba en un rincón mirando la escena con los ojos muy abiertos; debía tomarlo e ir a lo de Sara, pero no se animó. Se acercó al plato que se había roto contra el piso, y recogió los fideos caídos mezclados con la salsa.
  • Claro, te hacés la gata cruel, la pobrecita, la madre Teresa. Si te pegan ponés la otra mejilla.
Era algo superior a ella. Aquellos años de golpes la llevaban a repeitr lo que no debía decir. Quizá con la esperanza de que haciéndolo, mostrándose servil, algo cambiara de pronto; que la situación se convirtiera en la contraria. De que Emilio  sonriera de pronto; que los reproches se convirtieran en protestas de amor y los golpes en caricias.
  • Debés seguir con hambre. Si querés te preparo más comida. Sobraron algunos fideos.
El se acercó a la olla, la tomó con ambas manos y golpeó con ella el mentón de matilde. Ella Se corrió y tomó a su hijo. Emilio corrió tras ella, pero en ese momento pisó una gelatina sanguinolienta que h abía salido del rostro de matilde, se resbaló y cayó, golpeando su cabeza contra la pata de la mesa. Matilde se detuvo en la puerta. Sintió que debía inclinarse sobre él, preguntarle qué le había ocurrido, cómo estaba. Siguió detenida durante un rato.  Emilio desde el suelo, respiraba ruidosamente y movía la cabeza.
  • Mamá tengo miedo…
La voz del niño la sacó de su duda y corrió hacia el fondo del pasillo, hacia el apartamento de Sara.
– Se golpeó sara. Nosé lo que te pasó
Sara alcanzó a ver el golpe en el mentón de Matilde
  • Volvió a golpearte
  • Sí, pero él se resbaló se golpeó la cabeza y no responde.
Sara se quitó el delantal
_ Quédate con Ignacio, yo vuelvo ahora.
Tomó un grueso mecate y se marchó con aspecto decidido.
  • ¿Qué vas a hacer, sara? No le hagas daño…
  • ¿Qué pasó, mamá?
Ignacio estaba a  punto de llorar
No te preocupes mi amor, no es nada. Esto es algo que va a pasar. Todo va a pasar y vamos a estar bien─.
Media hora después volvió Sara
  • Listo todo. En una época hice un curso de nudos marineros.
  • ¿Qué es lo que hiciste, por favor?
  • Lo até a la columna que hay en la sala. De ahí no podrá moverse, al menos hasta mañana.
  • ¿Seguro que no le hiciste nada?
  • ¿Por qué te preocupas tanto por él, Matilde? Lo único que hace es golpearte
  • Quiero verlo
  • ¿Verlo? Lo que debemos hacer es irnos antes que vuelva en sí. Te confieso que los nudos no son muy apretados. Va a poder zafrarse. Eso lo tendrá a buen recaudo hasta que podamos alejarnos.
En la cara de Matilde, una gota de sangre llegaba a la comisura de su boca. Parecía una lágrima.
  • Quiero verlo aunque sea por última vez.
  • GTengo miedo que te convenza Matilde.
  • Te prometo que no. Lo veo y nos vamos.
Sara accedió después de discutir un rato con la condición de acompañar a Matilde a ver a su marido. E,milio no había recuperado el cnocimiento.
  • Quiero que me escuches bien, Matilde. Tengo todo listo desde hace un buen tiempo, un carro en el garage. No es como el que yo tengo, pero nos llevará a  nuestro destino. Allí tienes dos maletas con ropa para ti y para el niño. A Emilio con los problemas que tiene le será diifícil encontrarte. Debemos apurarnos. En cualquier momento puede volver en sí y apenas lo haga se desatara con facilidad. Es peligroso, Matilde. Puede llegar a matarte. Eso lo sabes
Matilde asintió mientras se m ordía el labio.
  • ¿Dónde iremos ahora?
  • A una posada. He hablado con la dueña hace ya tiempo. Ahora la llamé por el móvil
Matilde se asomö. Ya era de noche y arriba brillaba la luna en cuarto ctreciente.
  • Sara, ¿Tiene terraza la posada?
  • ¿Terraza? ¿Para qué querés terraza?
  • Salgo a la noche. Hoy me convertié en ella
  • Ah, ya entiendo, en esa mujer… ¿Cómo era el nombre?
  • Fricka
  • ¿Y para qué necesitás terraza?
  • Para que ella se manifiesta debo estar bajo la luna en un lugar alto. Entonces un fino rayo atraviesa el agujero de mi ojo, el sitio en el que me golpeara Emilio y me transformo en Fricka.
Sara vaciló antes de hablar. Sabía que había algo de desafío, que quizá su amiga interpretara como un poco de agresividad.
  • Matilde, ¿yo puedo estar cuando se produce esa transformación?
  • En principio debo estar yo sola, pero lo coonsultaré con Fricka.
  • ¿Y dónde se encuentra Fricka ahora?
  • Está en la luna y a la vez duerme dentro de mí.
La posada no tenía terraza. Sara decidió dormir allí para acompañar a Matilde. Tenía previsto ir por sus cosas al apartamento y tomar posesión de élñ. Un amigo suyo en la policía podría protegerla en caso que Emilio quisiera tomar alguna represalia. Si bien sus detenciones eran por razones políticas, ella sabía que hacía un año atrás había golpeado seriamente a un policía en una manifestación y ya tenía tres denuncias de parte de Matilde (debido a que Sara la había acompañado e impulsado).
Los cuartos en la posada eran pequeños, de modo que Sara debió tomar otro diferente a los que tenían Matilde y el niño. Ignacio comió bastante esa noche. Lo animó jugar con el hijo de la dueña del lugar y se durmió temprano. Matilde también se acostó: aún faltaban dos horas para que la luna estuviera madura y emitiera su rayo. En ese tiempo durmió y despertó a la hora precisa .
Ante la falta de terraza en la posada, se vería obligada a subir al techo. Parecía fácil ya que había una escalera de incendios a la que se accedía por una de las ventanas. Entre las cosas que había recuperado era la ropa de Fricka. En el bolso traía la camisa, el pantalón azul y las botas blancas.
La escalera terminaba abruptamente unos cuatro metros antes de llegar al techo. Podía acceder a través de una serie de peldaños de acero adosados a la pared a modo de  escala. Empezó a subirlos, pero dos metros antes de llegar a la parte superior, también terminaban.
Se detuvo, examinando la situación. Había una forma de llegar, si se sostenía de unas barras de hierro retorcido que arrancaban de la pared. Empezó a trepar hacia el costado. Al principio todo fue bien: sus pies, calzados con unas alpargatas gastadas, se podían sostener de la rugosa pared de cemento, pero de pronto perdió pie y quedó sostenida de uno de los travesaños de acero. Intentó afincarse nuevamente en la pared, pero estaba muy alejada, y por más que sacudiera su cuerpo a un lado y al otro, no llegaba. Pasaron los minutos. Las manos le dolían. Aún faltaba para que la luna estuviera madura y le arrojara su rayo. Matilde miró hacia abajo. El suelo estaba a muchos metros y de caer de allí se mataría.
Pensó que había llegado el final, que no había solución. Sara criaría a su hijo. Quizá buscaran a su madre en el lejano pueblo de la frontera. Quizá Emilio la recordara y se arrepintiera de haberla golpeado de ese modo.
Este pensamiento le trajo una lágrima. Soltó una de sus manos y sintió que la otra se resbalaba suavemente. En ese momento la luna pareció partirse en dos y un manojo de rayos se dirigió hacia ella.
Victor Wang - Tutt'Art@ (2)

GOCHO VERSOLARI

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