Narrativa: Rampantes difuntos – Cuento .

 Rampantes difuntos

Gocho Versolari

 

La forma de morir de la humanidad cambió  de pronto. El residuo físico se redujo a un moco verde de pocos centímetros, mientras una esquiva y espectral imagen del difunto, flotaba a tres o cuatro metros del suelo. Al intentar atraparla, se escabullía y para retenerla se probaron desde métodos simples basados en la astucia, hasta complicados sistemas tecnológicos, pero todos fracasaron.
 Desde cualquier lugar del mundo donde se hubiera producido la muerte, los cadáveres fantasmales volaban a un valle del Himalaya. Así como las tortugas y las fuerzas magnéticas se orientan al polo, los exánimes cuerpos de hombres y mujeres planeaban como nubes diminutas hacia las legendarias montañas nevadas.
 Miles de llorosos deudos, realizaban largas peregrinaciones siguiendo la figura de su muerto, quien volaba boca arriba y con las manos cruzadas sobre el pecho. Esta postura era la única que evocaba las antiguas épocas de los féretros, los entierros y la dialéctica del polvo en que nos convertiríamos.
 Empresas de viajes ofrecían complicados itinerarios que permitían a los parientes acompañar al ser querido al lugar que — haciendo gala de poca imaginación — habían bautizado El Valle de los Muertos. Allí flotaban cientos y miles de cadáveres sin sustancia; fantasmas inmóviles y alados, chocando unos con otros, atravesándose y uniendo sus inmateriales cuerpos.
Esta exhibición monumental dio lugar a una cultura y un arte necrófilos. Artistas de todas partes fotografiaban, filmaban o pintaban los matices del sol, el viento o la lluvia al penetrar los tenues espectros. También se desarrolló un enorme comercio de la muerte, empezando por quienes afirmaban interpretar el lenguaje de los rampantes cadáveres y pedían para ellos desde monedas, cigarrillos y comidas insólitas, hasta gruesas sumas en dinero o valores. Estas ofrendas se arrojaban desde la montaña más cercana, y desaparecían luego de atravesar la masa fantasmal. Por cuestiones de respeto, había sido prohibido el acceso al valle, lo que no permitía verificar si las oblaciones eran recogidas por los difuntos para equiparse en un presunto viaje de ultratumba.
 
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 Falleciste de pronto en el mes de setiembre, cuando   en el desván, escribía un poema para celebrar nuestro amor. Al regresar al cuarto te vi flotar en la habitación, mientras que, en la blanca sábana de seda, aún palpitaba tu residuo de gelatina verde. Repitiendo el gesto de tantos desesperados, trepé a una silla e intenté tomar tu imagen marmórea, pero evadiste mis abrazos y recordé el gesto travieso de cuando te resistías a entregarte y corrías por el jardín para que te persiga.
 Abran las ventanas a los muertos, diría un refrán popular de la época refiriéndose a ese movimiento incesante hacia el este que ahora iniciaras, golpeando contra la pared gris enfrentada a la puerta, buscando una abertura para marcharte y unirte a los demás.
 La televisión, la radio, los diarios anunciaban diariamente que retener un muerto era un delito. Cantidad de organizaciones que promulgaban el respeto por los derechos de los difuntos, marchaban con carteles orlados con pendones, logrando leyes que garanticen la libre circulación de las ánimas hacia aquel rincón del Himalaya. Yo no podía imaginarte como un botón inmaterial, un recuerdo en forma de nube; un vacío   dentro de esa multitud anónima de muertos; no podías ser una más en el viaje macabro que culminara en aquel lejano y odiado valle.
No tuviste hermanos, tus padres habían muerto y la única que podía preguntar por ti era tu tía Eduviges que llamaba cada tres meses. En una sencilla ceremonia enterré tus restos verdosos en el jardín y construí un enorme abanico con la hoja de una palma; lo único que podría dirigirte era una corriente de aire más intensa que el instinto de marchar al Valle de la Muerte. De ese modo, con mucha paciencia te llevé a la otra pared, hice que salieras de la habitación y dirigí tu cuerpo hacia el closet del pasillo.
 Esa noche soñé contigo por primera vez. Desde el aire, sin dejar de flotar, abriste tus ojos de muerta para mirarme con fijeza y hablaste con   voz de niña.
 No sabes lo que es estar muerto. Aquí necesitamos muchas cosas: monedas, tabaco, pañuelos, velas… especialmente velas para disolver un poco esta penumbra gris
 Hice una lista con   lo que me pedías y lo compré religiosamente. El suave vaivén de tu fantasma, que   buscaba la abertura del closet cuando abría la puerta, se encontró con una sarta de monedas, cigarrillos encendidos o apagados y sobretodo de velas a las que procuraba que refulgieran día y noche, llenando de cera las paredes y el piso.
 Pasaron los meses. Tu cuerpo fantasmal seguía balanceándose y golpeando insistente contra la pared del este. Guardaba la esperanza de que alguna vez te cansaras, renunciaras a aquel viaje e iniciaras el lento y trabajoso camino de la resurrección. Pasaba horas entre el polvo y las somnolientas arañas del closet, mirando tu rostro a la luz de las velas. Para mi consuelo, el fantasma en que te habías convertido, no se sometía a la putrefacción; no había en él gusanos ni humores pestilentes. Tus rasgos no se deformarían por los arrebatos de la muerte.
 El invierno, más crudo que otros, llegó y se fue sin que volvieras a aparecer en mis noches y en el tercer día de la primavera, volví a soñar con tu rostro.
 Debes hacer un papalote con forma de ángel: no te olvides de las alas y el halo en la cabeza. No te preocupes por hacerlo volar; será un cometa simbólico…
 Entonces tu rostro se acercó al mío y frunciste los labios como si fueras a besarme
 Te agradezco las velas que encendiste. Quizá cuando construyas el papalote, vuelva a la vida y podamos estar juntos.
 Desperté con entusiasmo. Lo primero que hice fue abrir la puerta del closet y anunciarte que aquel día ibas a tener la cometa. Esa mañana falté al trabajo y corrí a comprar papel muy fino, hilo de algodón y cañas a las que partí al medio. Cumpliendo mi promesa, esa noche terminé el enorme ángel de papel. Entré orgulloso al placard, apagué las velas y dejé que flotara hasta cerca del techo.
 En la madrugada volviste a aparecer. Llorabas y al preguntar qué ocurría, te negaste a contestar; recién en el sueño ligero de la madrugada, escuché tu respuesta.
 Nunca debiste apagar las velas. Las necesito junto con el papalote, sino me hundiré en las penumbras de la segunda muerte, no regresaré y jamás podré resucitar…
 Me levanté, volví al closet y encendí seis velas que iluminaron la majestuosa cometa. Desayuné y estaba por salir al trabajo, cuando estalló el incendio. La casa era de madera y las llamas llegaron con rapidez a un galpón lindero donde guardaba pinturas y solventes. Fueron inútiles mis intentos por apagarlo y debí escapar medio asfixiado, para ver la vivienda convertida en una tea.
 Esperé tu cuerpo fantasmal escapando triunfal hacia el este, pero esta imagen sólo apareció en los sueños de las siguientes noches. En ellos podía perseguirte con la velocidad del viento, y al llegar al Valle de la Muerte, me arrojaba con     placer a la masa trasparente de difuntos donde mi conciencia se disolvía en las laderas empinadas, en las quebradas trasparentes, en los cantos de los pájaros y en la niebla verdosa de los muertos que crecía y crecía, llenando por completo las hondonadas del Himalaya.

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 Gocho Versolari

 
 
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DifuntosCódigo: 1205061597752
Fecha 06-may-2012 23:17 UTC

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