Narrativa: Baile – Cuento por Gocho Versolari.

 Baile – Cuento por Gocho Versolari.

La bella mujer vivía miserablemente y para alimentarse, recorría París, buscando comida en la basura. Una noche, el criado de un señor poderoso le hizo una oferta. En el interior de un cuarto cerrado, debía desnudarse lentamente y bailar al compás de una música.  El amo  la observaría desde otra habitación a través de un detalle en los muros o en los muebles. Quizá fuera en el espejo con volutas de madera; en el camafeo insertado en la pared, o en una de las diminutas rejillas  de los zócalos. Ella debía ejecutar la  danza erótica en el centro, bajo un grueso chorro de luz.
 Luego de la primera sesión,, el criado le adelantó  una cantidad de dinero con el que pudo  alquilar un pequeño cuarto en las Tullerais. Después de mucho tiempo, era la primera  noche que dormía en una cama, pero se sintió incómoda. Deseaba volver a  la habitación misteriosa, a danzar bajo la luz para aquel desconocido; a balancearse para él y producir ese intenso y anónimo  placer. Hubiera querido saber cómo se satisfacía el señor poderoso; cuáles eran los pensamientos que despertaba  en él su cuerpo desnudo. Un carillón indicaba el fin de la sesión. Debía dejar en otra habitación el fino vestido de cabaret con el que danzaba. Luego  salía a un vestíbulo donde  en  un hueco en la pared, alguien dejaría caer el dinero.  
 Aquella noche, al cumplir una semana de contrato, sonó el campanil indicando que debía  retirarse, pero ella continuó bailando,  concentrada en su danza y en desnudarse una y otra vez para aquel ojo invisible. El criado volvió a la habitación y le ofreció servir a aquel hombre veinte horas al  día; en las cuatro restantes, comería y dormiría en un pequeño cuarto del piso superior.
 Ella aceptó y volvió a preguntar si la contemplaba desde el otro lado del espejo o  por el adelgazado estuco de una de las paredes
 —  Eso deberás descubrirlo tú misma. — contestó el hombre al retirarse…
 La mujer repitió  la danza erótica veinte horas al día. El  arte  se perfeccionaba con la práctica y cada día lo hacía mejor. Al terminar, sonaba el carillón  y por un hueco al pie de la puerta, le alcanzaban un plato con comida. Exhausta, se alimentaba, dormía  unas pocas horas y otro campanilleo  la despertaba. Día tras día  ponía su corazón en la danza erótica Aprovechaba los claroscuros y los exasperantes matices que producía la tenue luz del cuarto.. A veces, en el paroxismo del baile, experimentaba orgasmos repetidos, imaginando las silenciosas reacciones del hombre al contemplar su desnudez.   .
 Pasaron tres años. A pesar de las agotadoras jornadas, la mujer mostraba el cutis terso, la piel ardiente, la mirada vivaz. Luego de ese tiempo, regresó el sirviente en una visita de inspección. Ella se arrodilló a sus pies. “Dime dónde está el que me admira, dime el lugar desde donde me contempla” el hombre oscuro lo contestó que si no lo había descubierto no se lo diría. Ella imploró: él debía saber que lo amaba, que    le pertenecía en cuerpo y alma.
 El hombre se fue sin contestar y pasaron otros siete años. De pronto la mujer cayó enferma; un súbito problema en los pulmones dificultó la respiración y la danza se hizo más y más lenta hasta que un día se desmayó bajo el chorro de luz.. Al volver en sí intentó levantarse sin lograrlo. Desde el suelo, bajo la tenue luz de la lámpara, vio un enrejado en el techo. En aquellos tiempos nunca había mirado hacia allí. Ahora, a través de las ranuras y en la bruma del  desvanecimiento, distinguió un par de ojos helados  que la observaban.
 Alguien la recogió   y en los días siguientes vio el desfile blanco de las enfermeras; la fiebre se extendía como una ululante línea ondulada. En los momentos de lucidez, repetía a todo el que la escuchara, que deseaba seguir bailando y desnudándose para él.
 Un mes después, el criado llegó al hospital.
 “Estás curada”, le dijo, la hizo levantarse y la cubrió con una manta, ya que en el diciembre parisino, la nieve cubría los paseos alrededor del Sena.
. El hombre contestó afirmativamente cuando ella preguntó si seguiría desnudándose para él. Al regresar, cambió la coreografía. El baile estaba dirigido a la rejilla del techo en la que procuró inútilmente distinguir los ojos esquivos.
 En los años que siguieron, la mujer no   volvió a enfermar, pero envejeció. Los senos se derrumbaron lentamente, la  piel se arrugó y los labios se marchitaron Un día, luego del baile más perfecto e intenso,  tomó los pocos muebles que había en el salón, formó con ellos una pila y trepó hasta  el cielo raso. Rompió con facilidad el papel chino que la cubría y descubrió un enorme agujero. Entró a él sosteniéndose de los bordes. En aquella oscuridad fría que quizá diera a los conductos de ventilación, encontraría a su amado… 

Are_we_human_or_are_we_dancer_by_xXkio_pdagXx

GOCHO VERSOLARI

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